Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Monasterio de Santa Catalina. Sinaí, Egipto.

Un susurro en la fresca oscuridad despertó a Morgan: el roce de los hábitos sobre el suelo de piedra, mientras los monjes se dirigían a sus rezos matutinos.

Desde la estrecha cama escuchó la escena que se repetía todos los días durante cientos de años mientras los fieles invocaban a su dios silencioso.

Ella y Khal habían llegado al monasterio ya bien entrada la noche anterior, y fueron llevados directo a sus habitaciones austeras, así que Morgan tenía muchas ganas de explorar.

Se levantó y se vistió rápidamente con pantalones ligeros de senderismo, camiseta y chamarra de lana para protegerse del frío de la mañana en el desierto; se calzó unas botas resistentes, también para senderismo, y entreabrió la puerta, observando cómo los últimos monjes se desplazaban hacia la capilla para comenzar sus oraciones.

Morgan cruzó el umbral y salió con paso ligero sobre las losas, su aliento era visible en el aire mientras apreciaba la paradoja del desierto: podía matarte de calor durante el día, pero, por la noche, de frío.

La humanidad solía dar por sentada la supervivencia física, tal vez porque era la única forma de lidiar con la posibilidad diaria de morir, pero en el desierto cada respiración era una bendición.

Un pequeño haz de luz que emanaba de la Capilla de la Zarza Ardiente iluminaba el patio en silencio, en su interior se encontraba lo que muchos consideraban ser la zarza original, aún viva, desde la cual Moisés habría escuchado la voz de Dios.

La leyenda contaba que fue ahí donde Dios le dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”.

Morgan no practicaba ninguna religión, pero en el desierto, alejada del bullicio de la ciudad, sentía una presencia divina.

Sin distracciones, ni ese mundo entre paredes que impiden la contemplación de la naturaleza tal vez era más fácil encontrar a Dios; en la cima de una montaña, en medio de la nada…

Empujó la puerta baja del monasterio y se agachó para salir, subió con paso firme por la empinada ladera del monte Sinaí rumbo al lugar donde la leyenda decía que Moisés recibió los Diez Mandamientos.

Estar tan cerca de sitios tan antiguos la hacía reflexionar sobre su pasado.

Tenía una relación complicada con el judaísmo, y estar ahí le removía recuerdos e inseguridades que se transportaban a su presente.

Su madre había sido una cristiana galesa; su padre, un judío secular.

Cuando se divorciaron, Morgan vivió con su padre en Israel, su hermana gemela, Faye, se quedó en Inglaterra con su madre.

Morgan fue criada como judía israelí, pero eso significaba diferentes cosas para distintas personas.

De adolescente, lo que más le interesaba eran los atletas israelíes bronceados que jugaban voleibol en la playa de Tel Aviv, con los músculos aceitados y requemandos por el sol.

También conoció otro tipo de judíos cuando acompañó a su padre en excavaciones arqueológicas cada verano, cuando él era profesor en la Universidad Hebrea.

En aquellas reuniones se mezclaban los judíos conservadores y reformistas con los seculares; comían comida kosher y entonaban canciones por la noche, melodías ancestrales de ese mismo desierto y del Dios fiel que los sacó de Egipto.

Alrededor de la época en la que Morgan se integró a las Fuerzas de Defensa de Israel para hacer su servicio nacional, su padre redescubrió la fe que había dejado de lado en su juventud y tras una excavación en Safed se sumergió en el misticismo; con el paso de los años, mientras Morgan estudiaba psicología, él se convirtió en devoto de la cábala, entonces su pequeño departamento se llenó de textos sagrados y escritos de los cabalistas, y al igual que ellos buscaba la verdad detrás de las palabras de la Torá.

Morgan nunca se unió a la fe que su padre abrazó, por lo que nunca se convirtió de forma oficial.

Pudo haber tomado esa decisión en cualquier momento, pero una parte de ella seguía atada a su madre y a su hermana gemela en Inglaterra, deseaba permanecer como extranjera para no olvidarlas nunca.

Morgan pensó en Faye y en Gemma, que a esa hora dormidas en sus camas, en una pequeña aldea a las afueras de Oxford.

Su apego a ellas había puesto sus vidas en peligro durante la búsqueda de las piedras de Pentecostés, y Morgan juró jamás volver a permitirlo.

El amanecer se alzó en tonos rosa peonía sobre las rocas del Sinaí y sobre una catedral de piedras retorcidas y azotadas por el viento mientras Morgan ascendía hacia la cima para recibir el despuntar del sol.

Conforme subía los Peldaños del Arrepentimiento hacia la cima del Jebel Musa resollaba por el esfuerzo debido a sus heridas, pero se obligó a continuar, a vencer la necesidad de detenerse solo con fuerza de voluntad.

La maleza de la montaña surgía en la oscuridad mientras el sol asomaba en el horizonte, los arbustos densos y rocas angulosas emergían del polvo como monumentos antiguos, medio sepultados en la tierra color ocre.

Además de los pasos y la respiración agitada de Morgan, el correteo ocasional de algún lagarto era el único sonido.

Tal vez sus ancestros habían observado el amanecer en ese mismo lugar durante los cuarenta años de peregrinación por el desierto, guiados por una columna de fuego por la noche y una de polvo durante el día.

Ese cielo desértico había fascinado a generaciones, las estrellas habían inspirado a los profetas, y fue ahí donde un pueblo elegido se había reunido con su Dios.

Un chillido agudo resonó desde lo alto, Morgan alzó la vista y encontró un águila real con una envergadura de más de dos metros que cazaba damanes roqueros; planeaba en el aire de la montaña, majestuosa y eterna.

Aves como esa habrían visto marchar a los israelitas a través del desierto, entonces Morgan sintió que el mito se elevaba y se arremolinaba a su alrededor.

El águila descendió en picada con las garras extendidas, luego volvió a elevarse.

Llevaba a su presa, aún forcejeando, hasta sus crías hambrientas que la despedazarían mientras aún respiraba.

Morgan se tocó, casi sin pensar, las cicatrices de sus propias batallas.

La naturaleza no es compasiva. Como dijo el poeta Tennyson, es “roja en dientes y garras”.

Tal vez eso decía algo del Dios que la creó.

Morgan continuó hasta que emergió detrás de una gran roca sobre una plataforma construida en la cima para que los visitantes pudieran sentarse y contemplar el paisaje.

El desierto se extendía hasta el horizonte, esculpido en valles profundos y riscos afilados, vacío de presencia humana salvo por el diminuto monasterio que reposaba abajo.

Morgan inspiró el aire fresco mientras su ritmo cardiaco volvía a la normalidad tras la escalada.

El calor en sus músculos comenzó a disiparse cuando se quedó inmóvil para contemplar el amanecer.

Rayos de luz anaranjada y rosa atravesaban las nubes mientras un haz dorado tocaba la tierra del desierto.

Sonrió al recordar que su padre decía que los ángeles viajaban sobre esos rayos; tal vez uno descendía a la tierra en ese preciso momento.

La escena era mucho más serena que la descripción en el libro del Éxodo, cuando Dios convocó a Moisés a la cima de esa montaña, con el Sinaí cubierto de humo y el Señor descendió en fuego.

Toda la montaña tembló, pero Moisés entró en la espesa oscuridad y se encontró con su Dios, recibió las tablas del Testimonio, piedras grabadas por el dedo divino.

Morgan se estremeció, ya fuera por el aire frío o por la sensación de que ese lugar era realmente sagrado.

Había sitios donde el velo entre el mundo físico y el espiritual se hacía delgado, y el Sinaí estaba cargado de simbolismo, impregnado por la fe de quienes viajaban allí en busca de su Dios.

El sol ascendió más alto y los tonos rosa y anaranjados se desvanecieron en rayos amarillos que absorbieron las rocas de tono gris pizarra.

El paisaje parecía devorar la luz, como si los demonios del desierto empujaran contra el sol para proteger sus escondites.

Mientras Morgan contemplaba las colinas rocosas le pareció distinguir figuras escondidas y criaturas que se deslizaban a través de las sombras entre las grietas de las ciudades abandonadas.

Miró la cima. Esa plataforma baja era el lugar más seguro para los turistas; un sendero abrupto que conducía más arriba estaba bloqueado con señales de advertencia, Morgan trepó por la cima de la barrera y ascendió por la cara rocosa hacia una hendidura en las piedras más altas.

Cuando Moisés escaló a esa montaña pidió ver la gloria del Señor.

Dios se le reveló, pero al pasar, escondió a Moisés en la hendidura de una roca porque nadie podía ver su rostro y seguir con vida.

Aquella historia siempre había fascinado a Morgan.

¿Cómo se había atrevido Moisés a pedir algo así? ¿Y cómo se vería la Gloria de Dios?

Ascendió por el sendero y encontró una hendidura en la roca, cerca de la cima, era tan amplia como para esconderse y Morgan se deslizó de lado para entrar.

Desde ahí contempló el desierto ante ella y sonrió.

Si Jake pudiera verla ahora se reiría de verla interpretando el mito, pero ambos sabían que algunas cosas no pueden explicarse.

Los dos compartían un tipo de fe que no encajaba en ninguna caja religiosa, también compartían un sano cinismo.

Pensó en Jake en el hospital, en el sonido de las máquinas que lo mantenían con vida.

Morgan apretó los puños. Necesitaba encontrar el arca… y a Natasha.