Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Natasha se deslizó entre las paredes de roca hacia el pasadizo toscamente tallado, con Isac detrás de ella.

El espacio era estrecho, y aunque podía ver la luz de la linterna de Matthew más adelante, por un momento sintió claustrofobia, una conciencia aguda del inmenso peso de la piedra sobre su cabeza.

El aire enrarecido no podía tener suficiente oxígeno para los tres, el estómago se le revolvió y una oleada de náusea subió por su pecho.

Pero Natasha no era ajena al miedo y mientras otros podrían desmayarse o gritar, ella se aferraba a la adrenalina de la situación.

Desde pequeña, su padre le había enseñado a experimentar el miedo sin jamás apartarse de él; había pasado por ritos de entierro y renacimiento: había sido enterrada viva durante dos días, respirando solo a través de un tubo que llegaba a la superficie.

Enfrentó muchas pruebas más y siempre había superado a sus hermanos en resistencia.

Ese corredor angosto no habría sido nada…

si hubiera estado en su estado mental habitual.

En silencio, Natasha maldijo a la cosa dentro de su cuerpo; juró deshacerse de ella. Esa debilidad no era propia de su ser.

—¿Estás bien? —susurró Isac.

Natasha se dio cuenta de que se había quedado inmóvil, respirando de forma rápida y entrecortada en el pasillo. Exhaló despacio.

—Por supuesto —respondió con brusquedad, luego giró el cuerpo para avanzar de lado y seguir la linterna de Matthew.

Él los esperaba más adelante.

—Aquí es donde se complica, manténganse cerca. Hay túneles, callejones sin salida y entradas falsas para confundir a quienes no conocen el camino correcto.

—¿Y tú, cómo sabes de este lugar? —preguntó Isac—. ¿Perteneces a un clan sacerdotal?

Matthew sonrió, sus dientes brillaron bajo la luz de la linterna.

—Fue por una chica, la hija de un Sumo Sacerdote que me la mostró por un reto. La generación joven tiene poco respeto por estos objetos sagrados. Vamos, les mostraré.

Tres túneles se bifurcaban desde donde estaban, todos descendía en direcciones un poco distintas, ninguno tan alto como para poder erguirse.

—Tenemos que arrastrarnos desde aquí.

Natasha siguió a Matthew hacia el sistema de cuevas con la respiración lenta para humedecer los tentáculos de claustrofobia que aún la amenazaban. Isac avanzaba detrás con un leve ruido de rasguños de vez en cuando.

Continuaron arrastrándose por otro túnel lateral con cuatro ramales, después otra bifurcación los llevó más profundo en las entrañas de la montaña.

Natasha se asombró ante el tamaño de aquel laberinto subterráneo y se preguntó cómo habrían logrado excavarlo los lemba con herramientas primitivas; debió tomar muchas generaciones.

Su emoción crecía ante la idea de lo que podrían encontrar.

Un sistema de cuevas como ese preservaría madera antigua, pues era, en esencia, un ambiente climatizado controlado y natural, con una temperatura constante todo el año.

La tumba de Tutankamón había sido sellada en el siglo xiv a.

C. y, sin embargo, los tesoros permanecieron en perfecto estado de preservación en el entorno seco durante más de tres mil años, hasta que fue abierta de nuevo.

Matthew se detuvo y les habló.

—Tengan cuidado en esta parte, cruzaremos algunos agujeros que llevan a pozos abiertos de los cuales es imposible salir una vez que caes. Debemos bajar por el túnel correcto hasta el ngoma.

Natasha le repitió el mensaje a Isac y continuaron arrastrándose hasta llegar a la serie de agujeros; alumbró con su linterna hacia las profundidades, pero no pudo distinguir nada dentro del abismo.

Sintió una súbita atracción hacia la oscuridad, pero reprimió el deseo y rodeó el agujero con cuidado.

Matthew se detuvo al fin y se deslizó dentro de un túnel que parecía igual a todos los demás.

Natasha esperó unos cuantos segundos y luego se deslizó detrás de él con los pies por delante.

La piedra tenía muescas ásperas que ayudaban a frenar el descenso; también harían un poco más fácil volver a trepar por ahí en el camino de regreso.

Pero el arca debía ser pequeña para encontrarse tan abajo luego de recorrer pasadizos angostos. ¿Y si todo eso no era más que una pérdida de tiempo?

Natasha emergió al fondo y cayó un metro hasta una cueva circular donde el aire tenía un olor más fresco, quizá por la filtración natural del aire exterior desde aberturas muy por encima.

Matthew encendió una lámpara que proyectó un cálido resplandor sobre las paredes, mientras Isac descendía detrás de ellos.

—Esto es el santuario —apuntó Matthew con reverencia a pesar de su anterior tono bravucón—. Ese es el verdadero ngoma.

Natasha se acercó al pedestal de piedra donde descansaba un artefacto de madera realmente antiguo. Era un tambor grande, hecho de madera dura con un cuero estirado sobre la parte superior. Era claro que la versión moderna en la cueva exterior se había basado en el diseño de esa.

Extendió la mano para tocarlo, anticipando la descarga de energía que había sentido en el santuario de Aksum.

—No lo toques —dijo Matthew que la sujetó del brazo y la jaló hacia atrás.

Natasha se rio.

—De pronto tan reverente. Pero yo no creo en tus dioses.

Lo empujó con rudeza y colocó la mano sobre la madera milenaria.

Matthew contuvo el aliento con preocupación, como si esperara que un trueno la fulminara desde los cielos, pero Natasha no sintió nada, salvo una creciente decepción por un viaje en vano.

—No hay poder en este objeto, ustedes se lo otorgan con su veneración, pero no es nada más que un tambor de madera.

Giró hacia Isac.

—¿Qué opinas? ¿Podemos llevar esto a Jerusalén como si fuera el arca?

Examinaron juntos el ngoma.

—Sin duda es antiguo —exclamó Isac—, pero no se parece a lo que los fieles en Jerusalén esperarían; no tiene querubines ni oro. El arca debe ser un objeto inspirador si queremos que polarice a los extremistas hacia la violencia.

Natasha sonrió.

—Venir aquí para nada.

Dio vuelta y advirtió que Matthew se había ido.

—Quédate aquí —dijo Isac, y trepó por el túnel. Natasha lo escuchó raspar contra la piedra mientras se apresuraba tras el guía.

Luego, el silencio volvió a reinar.

Para calmar su respiración Natasha se sentó frente al ngoma y se concentró en los remolinos de la madera oscura y el movimiento del aire que pasaba por la parte trasera de su garganta; podía reducir su ritmo cardiaco con gran rapidez gracias a ese método, mientras permanecía inmóvil durante horas.

Había perfeccionado esta disciplina desde joven y aún confiaba en ella cuando todo amenazaba por salirse de control.

La práctica le daba claridad dentro del caos.

No pasó mucho tiempo antes de que oyera un roce proveniente del túnel.

Isac cayó de nuevo en la cueva.

—Seguí varios túneles hacia atrás, pero se ha ido; tomará el dinero y huirá. Listo, el chico.

Natasha se incorporó y estiró las extremidades.

—Nos hacemos viejos, hermano mío, mira que dejar escapar a un muchacho así…

Isac se encogió de hombros.

—No importa. Se ganó el dinero por engañarnos.

—Pero ahora estamos atrapados y tenemos un plazo ajustado. No quiero quedarme aquí hasta que nos encuentren los sacerdotes lemba.

—¿Alguna vez te he fallado?

Natasha se detuvo un momento, pensativa.

—Jamás.

Él le dedicó una pequeña reverencia.

—Entonces, sígueme. Marqué los túneles para que pudiéramos encontrar la salida. Me enseñaste a no confiar en nadie —le lanzó una mirada afilada—, pero últimamente has estado un poco distraída.

La gratitud por su previsión y su dedicación abrumó a Natasha, incluso sintió un leve ardor de lágrimas en sus ojos, lo cual la desconcertó. No solía experimentar ese tipo de emociones.

Las reprimió de inmediato y recuperó el control con rapidez.

—Vales cada centavo que te pago, Isac. Guía el camino.

Ante sus palabras hoscas, la luz en los ojos de Isac se apagó un poco, pero Natasha dejó sus sentimientos a un lado. Él era su protección, nada más.

Isac giró y trepó de vuelta al túnel, después la ayudó a subir por las marcas que había dejado, navegaron juntos de regreso a través del laberinto.

Lograron regresar al jeep. La mochila que contenía el dinero ya no estaba en el asiento trasero, como lo habían anticipado.

La luna seguía alta mientras conducían hacia el norte, rumbo al aeropuerto. Natasha deseaba con todas sus fuerzas llegar rápido a Egipto, ahí haría un sacrificio y pediría ayuda para su búsqueda a los dioses.