Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Se echaron las mochilas al hombro y Matthew los guio hacia la espesura. Los sonidos de la noche africana reverberaban a su alrededor, el chirriar de las cigarras y los llamados de las aves nocturnas enmascaraban el sonido de sus pasos.

Avanzaron entre árboles y matorrales mientras el sendero comenzaba a inclinarse.

Natasha agradecía caminar después de tantas horas apretados en el coche.

La vida natural del mundo allí era un alivio: el olor de la tierra, el peligro latente de los depredadores, la posibilidad de ser descubiertos.

Vivía para esas emociones, así que ¿cómo podía siquiera considerar llevar una vida normal?

No era su vida. Tenía hermanos en Egipto; ellos continuarían el apellido.

Tal vez incluso podría llevar a una de sus sobrinas a los campos de entrenamiento terroristas un día y crear una nueva generación de asesinas.

De pronto, Matthew alzó una mano; se detuvieron y guardaron silencio.

Las voces llegaban desde más adelante, dos hombres bromeaban y reían.

Isac se quitó la mochila y sacó una pequeña bolsa de cuero, extrajo dos jeringas de un sedante de acción rápida y le dio una Natasha.

Se acercaron más hasta agacharse, espiaron entre las ramas hacia un pequeño claro frente a una cueva.

Dos guardias estaban sentados junto a una fogata con latas de cerveza; había otras dos vacías detrás de ellos. Estaban relajados, pero aun así, atentos.

Natasha le hizo una seña a Isac de que ella se encargaría del guardia que estaba a la derecha, y rodearon el perímetro del matorral para acercarse a los hombres.

Ella e Isac habían trabajado juntos tantas veces que caían, sin esfuerzo, en un patrón de comportamiento en el que casi conocían los pensamientos del otro.

Natasha se colocó en diagonal, detrás de uno de los hombres y visualizó el momento: ponerle la jeringa en el cuello, presionar el émbolo y atrapar su cuerpo al caer. Sabía que Isac haría lo mismo.

Se escuchó un crujido desde el arbusto frente a los guardias, estos se pusieron en pie de inmediato, con las armas listas.

Matthew salió al claro.

Los guardias se relajaron al ver su rostro familiar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó uno.

Natasha e Isac emergieron del matorral y en ese mismo instante inyectaron a los hombres en un lado del cuello. Los guardias se desplomaron en segundos.

—¿Por qué te mostraste? —le reprochó Natasha a Matthew.

—Quería que recordaran que estuve aquí —se sonrojó—. Significa que no puedo regresar, y quiero que el corte sea definitivo.

Isac puso una mano en el brazo de Natasha para contener su enojo y asintió.

—Entiendo, pero debemos darnos prisa en caso de que alguien venga a ver si están bien.

Natasha trepó la última pendiente y, antes de que los demás pudieran alcanzarla, entró sola en la cueva.

El techo era bajo y el ambiente fresco; por un instante saboreó la calma en la oscuridad.

Distinguía las formas de las rocas, las figuras en las paredes, y sombras que no lograba identificar.

Entonces, la luz de su linterna rompió la penumbra y la luz fría iluminó las paredes mientras Matthew e Isac se unían a ella.

Los fantasmas de las figuras se convirtieron en pinturas.

Un grupo de sacerdotes cargaba una caja sobre varas largas, mientras los hombres danzaban delante de ella y las mujeres ululaban hacia el cielo.

A Natasha le recordó la descripción del libro de Samuel, donde el rey David saltaba y danzaba frente al arca del Señor.

Las pinturas eran antiguas, pero los colores habían sido renovados muchas veces: los rojos habían sido realzados con capas, aunque los bordes estaban desgastados.

Llevaban mucho tiempo ahí. Los lemba tenían tradiciones orales y el ADN sacerdotal… ¿podrían en verdad tener ellos el arca?

Matthew caminó hacia el fondo de la cueva.

—Vengan. Esto fue lo que le mostraron al investigador británico hace algunos años.

Isac y Natasha se agacharon bajo las rocas bajas y lo siguieron.

La segunda cueva era pequeña y sofocante, alejada del flujo de aire de la entrada, olía a sangre con un fondo empalagoso de incienso.

En el centro, sobre una plataforma elevada se encontraba lo que parecía un gran tambor de madera, rodeado de paquetes de ofrendas envueltos en hojas verdes frescas.

Había aros de cobre en los costados del tambor para insertar las varas de transporte, que estaban cuidadosamente apiladas a un lado de la sala.

Pero incluso con las similitudes, aquello no era el arca, y tampoco tenía miles de años.

—Este es el ngoma —dijo Matthew—. Al menos el que usamos para la mayoría de los rituales.

Natasha giró con brusquedad.

—¿Qué quieres decir? ¿Hay otro?

Matthew le dedicó una sonrisa traviesa.

—¿No es por eso que están aquí? Les prometí el ngoma original, la verdadera arca de los lemba.

Caminó detrás del altar hacia la pared de roca, tanteó con la mano y luego se deslizó hacia un espacio camuflado por sombras y relieves.

Desapareció un segundo y luego asomó la cabeza.

—Vengan, es por aquí.