Capítulo 9
Parque Nacional Gonarezhou, Zimbabue.
Natasha observó la última luz del día tocar las colinas antes de desvanecerse detrás de ellas.
El camino polvoriento se extendía por la sabana hacia las montañas del este, donde las colinas verdes emergían como un oasis en medio del gris reseco.
El camino se retorcía hacia las afueras del Parque Nacional Gonarezhou, donde un guía los esperaría.
Habían conducido en silencio durante horas, un silencio cómodo, facilitado por los años que Natasha había pasado junto a Isac. Ella rompió el silencio.
—Háblame del guía. No tenemos tiempo que perder, y el reloj de Jerusalén sigue corriendo.
Isac esquivó con destreza otro bache en el camino destartalado.
—Nuestro guía nació lemba, pero su codicia es más fuerte que sus vínculos tribales. Quiere formar parte del nuevo África, ser un hombre de negocios rico, no un anciano tribal. Nuestro dinero le permitirá empezar de nuevo, a cambio nos llevará a la cueva sagrada donde guardan el ngoma .
Natasha reconoció el término de la libreta del curador.
El ngoma era un tambor de madera utilizado para guardar los objetos sagrados de los lemba, se portaba delante de la tribu en batalla, y la leyenda contaba que los había guiado durante su larga travesía por el continente hasta su hábitat actual.
Se transportaba con dos varas insertadas en aros a los lados del tambor, y solo los sacerdotes podían tocarlo; cualquier otra persona que lo hiciera sería fulminada por el fuego.
Natasha también estaba decidida a que esa incursión fuera silenciosa y sin derramamiento de sangre.
Lo de Etiopía había sido un error, había perdido el control y había llamado una atención no deseada sobre su misión. Este viaje debía transcurrir sin incidentes.
Sacó la libreta maltrecha y revisó las notas mientras los kilómetros se alargaban y las sombras se extendían sobre el paisaje.
Los lemba eran un grupo étnico presente en Zimbabue, Sudáfrica, Mozambique y Malaui, proclamaban ser el pueblo elegido, descendientes directos de los judíos, también afirmaban poseer el arca de la alianza original.
Un académico británico había pasado tiempo con ellos buscando el misterioso ngoma, y concluyó que el arca era un tambor antiguo, ahora olvidado y cubierto de polvo en un museo.
Pero sus conclusiones no convencían a Natasha; después de todo, era un académico occidental, con prejuicios imperiales a cuestas.
Pero ella era egipcia, africana, y el resurgir de ese continente marcaba el inicio de un nuevo ciclo.
África había sido el centro de naciones poderosas alguna vez, y lo sería de nuevo.
Natasha estaba convencida de que había un arca en aquellas montañas, la única pregunta era si se trataba de la verdadera arca de la alianza.
Había buenas razones para pensarlo. Las pruebas genéticas realizadas a los lemba habían revelado que más de la mitad de la población masculina tenía orígenes semitas, también presentaban aspectos judíos en su cultura; una casta sacerdotal, observancia del shabbat y la práctica de la circuncisión; se negaban a comer cerdo y sacrificaban animales siguiendo un rito específico; no se mezclaban en matrimonio con otras tribus y conservaban un estatus separado.
Incluso los nombres de sus clanes recordaban variantes árabes o hebreas, lo que los diferenciaba de las demás lenguas africanas.
Se creía que los lemba estaban relacionados con un grupo judío que tal vez había cruzado originalmente hacia África por el estrecho que separa Yemen de Yibuti y Eritrea.
Natasha miró hacia el horizonte y se maravilló de la longevidad del mito del arca.
Había estado oculta durante mucho tiempo, era probable que ya estuviera destruida; de cualquier manera podría presentar cualquier artefacto antiguo y aun así encender Jerusalén en llamas, pero se enorgullecía de su profesionalismo y la recompensa económica era considerable.
Tenía la intención de entregarle el arca legítima al enigmático Al-Hirbaa, que estaba oculto, aunque Natasha percibía en sus mensajes un odio profundo hacia Israel.
El país era un uróboro, una serpiente que se devora a sí misma en un ciclo perpetuo de violencia, igual que su propia vida.
Natasha suspiró. Tal vez debería huir de todo y comenzar de nuevo como otra persona, con una vida en otra parte del mundo, en algún lugar seguro en el que la historia no sangrara, donde las disputas no se remontaran a generaciones incontables.
Su propio país estaba empapado en la sangre de milenios, con los huesos quebrados por faraones esclavistas, mujeres apedreadas y golpeadas, y eminentes académicos perseguidos por fundamentalistas imbéciles.
No había nada sencillo en ser egipcia, pero ¿realmente deseaba una vida simple?
¿Podría soportar sentarse a leer un libro en una playa e ignorar que allá afuera había tesoros por descubrir y aventuras por vivir?
Se sobó el vientre y sintió la mirada de Isac sobre ella.
—¿Hay algo que me quieras contar, hermana?
Jamás usaba ese apelativo de cariño en presencia de otros. Natasha sabía que él guardaría su secreto, pero ese no era el momento de contarle.
—Nada, hermano mío. Solo pisa el acelerador, tenemos que llegar a ese rendezvous a tiempo.
Dumghe, montaña sagrada de los lemba, Zimbabue.
La noche cayó rápido en África y las sombras se tornaron negras como tinta antes de que Natasha e Isac llegaran al punto de encuentro.
Habían atravesado una de las entradas principales del Parque Nacional Gonarezhou, nombrado así por el colmillo del elefante.
El aire estaba impregnado con el aroma de las jacarandas y los sonidos de la noche emergían: ranas toro, chicharras, el ladrido de las hienas; enormes murciélagos frutales sobrevolaban el cielo con sus alas oscuras recortándose contra la noche.
Natasha se sentía extrañamente en paz. La muerte estaba muy cerca, podía internarse sola en la maleza y vendría a su encuentro en forma de león o víbora, incluso en el zumbido de un mosquito.
Se tocó las cicatrices de los brazos bajo las mangas largas que siempre usaba.
Cortarse había sido su forma de dominar el miedo a morir, pero ahora la muerte le parecía más bien una amiga; la llamaba, le ofrecía consuelo en su abrazo helado.
A veces le costaba resistir la tentación de entregarse a ese sueño, pero ahora tenía algo más en qué pensar.
¿Podría crecer una nueva vida dentro de un cuerpo que era, al mismo tiempo, herida y arma?
Una luz parpadeó a lo lejos en la oscuridad, Isac redujo la velocidad y se detuvieron frente a una cerca.
Un joven se asomó por la ventanilla.
—Un gusto conocerlos, soy Matthew.
Isac señaló hacia la parte trasera del auto.
—Sube. El dinero está en la mochila.
Matthew subió de un brinco.
—Debemos darnos prisa, hay una celebración en el pueblo esta noche, y mientras estén distraídos podremos pasar sin que nos vean los guardias.
Isac lo miró por el espejo retrovisor.
—Pero nos vas a llevar al lugar secreto, ¿verdad? Espero que no hayamos venido en vano.
Matthew asintió.
—Claro, verán el ngoma. Para eso están pagando. Además, esta noche dejaré el pueblo, ya no significa nada para mí; hay que seguir adelante, basta de objetos tribales e historia sagrada, no más actitudes coloniales y caridad condescendiente. Seré parte del renacimiento de África.
Su pasión impresionó a Natasha. Esa era, en verdad, la nueva África: forjar un futuro en lugar de vivir anclados al pasado. Tal vez eso era lo que ella necesitaba hacer con su vida.
Pero Isac no parecía tan impresionado.
—Todavía te falta camino por recorrer, amigo. Esta nueva África puede terminar gobernada por China al ritmo que aceptan su dinero y un amo oriental puede ser tan malo como uno occidental.
Matthew negó con la cabeza.
—Los chinos no son tan condescendientes como los coloniales, ellos entienden que somos emprendedores, que nuestra vida es móvil desde el origen.
Mira a Angola, los portugueses que antes los esclavizaban ahora hacen fila para entrar en Luanda porque las empresas angoleñas están comprando compañías portuguesas y el dinero fluye en dirección contraria.
—Basta de política —interrumpió Natasha—. Háblanos del ngoma.
Matthew acarició la mochila a su lado, el dinero era la promesa de un futuro. El fuego en su mirada se apagó un poco mientras se sumergía nuevamente en el pasado.
—Los antiguos lemba creen que el ngoma contiene la voz de Dios, que su esencia habita ahí y que lo llevamos desde la tierra perdida de Senna.
El ngoma no debe tocar jamás el suelo, y quienes no son sacerdotes no pueden tocarlo: muerte por fuego y humo aguardará al impuro que intente tomarlo —hizo una pausa—.
Al menos eso es lo que siempre nos han dicho.
Matthew señaló hacia adelante.
—Gira a la izquierda en el sendero que está después del próximo baobab. Es un camino duro, así que prepárense para los baches.
El jeep saltó sobre el terreno irregular mientras el sendero se adentraba en la maleza más densa y el camino se estrechaba cada vez más.
—¿Traen armas, verdad? —preguntó Matthew—. Esta es zona de elefantes y los leones cazan aquí; no es seguro andar tan profundo en el monte de noche. Pensé que vendrían más personas.
Natasha lo miró por encima del hombro.
—No necesitamos involucrar a nadie más, y estamos bien armados. ¿Cuánto más falta?
—La maleza es demasiado densa para ver las laderas superiores, pero pronto estaremos al pie de la montaña sagrada, quizá diez minutos más. Luego debemos escalar.
Finalmente, Matthew indicó detenerse y saltó fuera del jeep, Natasha lo siguió con las mochilas e Isac condujo un poco más adentro en la vegetación para camuflar el vehículo por si se acercaba algún guardia.
Trepó sobre los asientos y salió del coche, luego bajaron ramas para cubrirlo lo más posible.