Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Sinaí, Egipto.

A pesar del largo trayecto desde El Cairo, Morgan se sentía alerta mientras avanzaban más y más hacia la zona salvaje del desierto del Sinaí. Habían salido a las cuatro de la mañana, la hora más fresca y tranquila del día, y ella agradecía haber escapado de la metrópolis desbordada.

Después del tiroteo en el museo, Julius se había hecho cargo de solucionar el desastre y animó a Khal para que se uniera a Morgan.

Natasha se dirigiría hacia el sur, a Etiopía, así que los riesgos eran menores, y el conocimiento experto de Khal aceleraría la misión; él aceptó con entusiasmo, como una manera de completar la investigación de su amigo y tal vez de encontrar una forma de vengar su muerte.

Khal conducía, concentrado en el camino lleno de baches que se extendía ante ellos, pero con su manejo cuidadoso el coche avanzaba rápido a través de los kilómetros.

—Ya falta poco —dijo mientras un bache lo obligaba a dar un pequeño volantazo—. Solo he estado en Serabit el-Khadim una vez, hace mucho, durante mi primera carrera. Es impresionante.

—¿Por qué es importante? —preguntó Morgan.

—Fue una mina importante. Los antiguos egipcios usaban la turquesa y el cobre para fabricar joyería, y los pigmentos para pinturas y decoración. También hay un complejo de templos enorme que data del 2600 a. C., aunque, por supuesto, los británicos se robaron todo lo valioso.

Había una sonrisa en su tono, pero Morgan sabía que estaba en lo cierto.

Los primeros arqueólogos retiraban objetos como recompensa a sus aventuras y conquista imperial, algunos tal vez salvaron esos tesoros de un destino peor, pero ahora el clima político había cambiado y había llamados para devolver los objetos a sus culturas de origen.

Khal continuó con su explicación.

—En 1904, la expedición Petrie, patrocinada por el Fondo de Exploración de Egipto, hizo un estudio de la región; cuando encontraron el templo, Petrie postuló que Moisés había recibido ahí los Diez Mandamientos y construido el arca de la alianza, pero la Iglesia considera que el sitio real es el Monasterio de Santa Catalina (junto con Jebel Musa, el monte Sinaí), al este.

Los registros de la expedición Petrie fueron suprimidos para no poner en duda la versión oficial.

Khal miró a Morgan con un brillo de emoción en los ojos.

—Pero Abasi encontró una copia del reporte y su comentario está en las últimas cuatro páginas de la libreta.

La teoría tiene mucho sentido: si Moisés fue en realidad un sacerdote egipcio que escapaba de quienes querían restablecer el politeísmo, habría huido hacia este lugar.

El becerro de oro de la Biblia podría ser una referencia a la diosa Hathor, representada con orejas de vaca, cuyo templo está en Serabit el-Khadim.

También hay evidencia de alquimia ritual, quizá la fuente del misterioso poder del arca. Es un lugar fascinante.

Mientras recorrían los últimos kilómetros que los separaban del templo, Morgan consideró lo extraña que se había vuelto la misión.

El arca estaba envuelta en mitos y leyendas, pero en algún lugar había un trozo de verdad, solo debían encontrarlo.

Si Natasha la encontraba primero, Morgan la cazaría, pero si ella y Khal daban antes con el arca, Natasha iría tras ellos; de cualquier forma habría un ajuste de cuentas, y sería pronto.

La Cumbre por la Paz se acercaba y Jerusalén era una caja de cerillos a punto de encenderse ante la posible violencia.

Khal se detuvo en lo que podría llamarse un estacionamiento, aunque más bien era solo un ensanchamiento del camino en mal estado, y un hombre con una chamarra polvorienta y tenis desgastados, que además vestía una djellaba tradicional, estaba agachado al borde del camino, bebía de una botella de refresco.

Khal levantó la mano en señal de saludo y el hombre se puso de pie con lentitud mientras los observaba salir del auto.

— Salaam alaikum —dijo Khal, en la forma árabe tradicional.

— Alaikum as-salaam —respondió el guía, que aceptó el sobre con dinero que Khal le ofreció, luego asintió hacia Morgan y les permitió continuar.

—Los locales están encargados de detener a los saqueadores —explicó Khal—, pero como viene tan poca gente, su trabajo principal es aceptar algo de dinero para sostener a las aldeas cercanas.

El lugar era una ruina casi olvidada por el turismo, sin caminos pavimentados para subir a la montaña, así que la caminata hasta la cima era exigente; avanzaron con cuidado entre un terreno cubierto de escombros.

Antiguas estelas y obeliscos emergían del campo de piedras, Morgan se detuvo a trazar con los dedos las letras grabadas en uno de ellos.

—Parece algún tipo de escritura hierática —comentó y giró hacia Khal—. ¿Sabes qué significa?

Él se agachó para examinarla.

—Los jeroglíficos no pertenecen a ningún dialecto conocido, así que este lugar es todo un misterio; tal vez el conocimiento más profundo de los antiguos aún permanezca oculto.

Siguieron por el sendero, al girar sobre una curva rocosa se encontraron con todo el complejo del templo extendido ante ellos.

Construido con arenisca extraída de la montaña, se camuflaba con el paisaje desértico.

Dentro del recinto principal había una serie de salas, santuarios, patios y cámaras interconectadas.

Khal señaló un pasadizo en penumbra, apenas visible más allá del laberinto de edificaciones.

—Tenemos que ir allá, a la cueva de Hathor.

Atravesaron el complejo laberíntico del templo y entraron en el sistema de cuevas, donde la temperatura descendía varios grados respecto del calor exterior.

Al sentir el fresco en la piel, Morgan respiró hondo y dejó que sus sentidos se expandieran.

Si Khal tenía razón, estaban en el lugar donde los antiguos egipcios ofrecían sacrificios a sus dioses, donde Moisés encontró refugio tras su expulsión de Egipto.

Le recordaba las grandes tumbas en el Valle de los Reyes, donde los cuerpos de la realeza yacían junto a batallones de esclavos para el más allá.

Una sensación de creencia permanecía grabada en las piedras, aunque el pueblo que practicó las artes divinas hacía mucho que había desaparecido.

Khal avanzó más dentro del sistema de cuevas; antes de encontrar la cueva de Hathor pasaron junto a un pilar erguido, luego una estela de piedra caliza del faraón Ramsés I. En el centro se alzaba una estatua colosal de la diosa con orejas de vaca, rodeada de jeroglíficos tallados en las paredes.

Khal pasó de largo la estatua y fue hasta el fondo de la cueva.

—Esto es lo que vinimos a ver: este grabado vincula a Akenatón con el Éxodo, las imágenes fueron suprimidas junto con el manuscrito de Petrie.

Morgan se acercó hasta donde estaba él para observar el tallado que tenía la bella figura delineada de una reina, con un cartucho en la corona.

—Es la madre de Akenatón, la reina Tiye —explicó Khal—, el estilo es muy similar a los grabados del periodo de Amarna. No hay nada así en el Monasterio de Santa Catalina, lo que hace de este lugar una ubicación mucho más probable para Moisés y su grupo de hebreos.

Se puso en cuclillas y apartó con la mano la arena de una hendidura en la piedra, justo debajo del tallado.

—Abasi sospechaba que esto era una especie de crisol relacionado con un particular polvo blanco oculto bajo losas que estaban colocadas con sumo cuidado en el templo principal, claramente con un significado religioso.

—¿Qué era? —preguntó Morgan— ¿Algún tipo de droga?

—Los antiguos egipcios lo llamaban mufkuzt .

Las notas de Abasi lo vinculan con oro monoatómico fabricado aquí bajo el pretexto de la minería de turquesa; en pinturas funerarias se ha representado como una figura cónica blanca que se ofrecía a los faraones.

Los textos antiguos también lo llaman pan blanco o Pan de la Presencia.

Morgan arqueó una ceja.

—El Pan de la Presencia se menciona en el Éxodo, al igual que el arca, y se le llama también pan de la proposición porque se ofrecía a Dios en el templo. Eso no puede ser una coincidencia.

—Exacto —dijo Khal—. Pero hay más: experimentos recientes con oro monoatómico han demostrado que tiene propiedades sorprendentes, pues puede funcionar como superconductor y, combinado con el grafeno, podría abrir el camino hacia energía casi gratuita y celdas de combustible ecológicas amigables.

Parece que hay mucho más en juego aquí que una simple reliquia antigua.

La mente de Morgan se llenó de posibilidades y preguntas.

—Las escrituras dicen que el arca tenía ese tipo de poder. ¿Y qué hay de los rayos de luz que salían de ella?

Khal pasó el dedo por una ranura en la hendidura de la piedra.

—En algunas tumbas egipcias hay grabados que vinculan al mufkuzt con un artefacto capaz de emitir un rayo de luz, como una especie de láser primitivo.

—¿Pero esa tecnología no sería demasiado avanzada para la época?

Khal negó con la cabeza.

—No necesariamente. Hay otros ejemplos de tecnología, como la batería de Bagdad, con más de dos mil años de antigüedad, que demuestra que los ancestros comprendían las celdas eléctricas y el almacenamiento de energía.

Se descubrieron cinco baterías de ese tipo y, en realidad, la descripción del arca de la alianza es parecida a la de un condensador eléctrico.

Khal dibujó con el dedo un esquema simple del arca sobre la arena.

—El arca de madera de acacia fue descrita como recubierta de oro por dentro y por fuera: en esencia dos capas de oro, un conductor, intercaladas de un aislante no conductor, la madera de acacia aquí y aquí —dijo y señaló los bordes del arca.

—Los dos querubines de oro en la parte superior podrían haber funcionado como electrodos externos.

Incluso con un potencial eléctrico bajo, el arca se habría cargado con el tiempo, y la descarga podría saltar de un querubín al otro con suficiente energía almacenada como para matar; podría haber sido un arma.

Morgan se sentó en una roca, asombrada por la explicación de Khal.

Resultaba difícil de reconciliar una reliquia antigua con ideas tecnológicas tan modernas, pero los egipcios fueron una civilización increíblemente avanzada, y después de lo que Morgan había presenciado en misiones anteriores no podía descartar nada demasiado pronto.

Si el arca era en verdad un arma, ¿cuánto más daño podría causar en tiempos modernos?

Khal se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro sobre el suelo del templo, era visible que estaba alterado y Morgan intuyó que le ocultaba algo.

—Vamos, dímelo todo. Necesito saber a qué nos enfrentamos.

Khal se detuvo y volteó hacia ella con el ceño fruncido.

—Abasi era racional, un hombre de ciencia. También era un amigo querido, pero incluso para mí es difícil comprender las últimas palabras de su libreta.

Sacó las páginas dobladas.

—Es una cita de un profesor de física cuántica: “El oro monoatómico, o el legendario mufkuzt, tiene una atracción gravitacional menor que cero. Como la gravedad determina el espacio-tiempo, el polvo blanco es capaz de curvar el espacio-tiempo”.

—¿En serio? —Morgan negó con la cabeza—. ¿La gente cree en esas cosas?

Khal asintió.

—Incluso hay una teoría de que el arca todavía existe en la catedral de Chartres, en Francia, pero que se encuentra en una dimensión paralela debido a los elementos de oro monoatómico contenidos en ella.

Morgan no pudo evitar reírse y el sonido resonó por la cámara.

—Estoy bastante segura de que un arca en otra dimensión espacio-temporal no representa una amenaza para la Cumbre por la Paz en Jerusalén. Mejor concentrémonos en las posibilidades del arca física, ¿sí?

Khal pareció aliviado.

—Quería que supieras todo, pero esa parte de la investigación es un poco extrema, incluso para mí.

Sacó las páginas de la libreta y las hojeó con rapidez.

—El siguiente paso de Abasi fue ir al Monasterio de Santa Catalina, donde encontró algo pero no lo registró con gran detalle. Es ahí a donde debemos ir ahora.

Regresaron al auto y reanudaron el camino mientras el cielo se oscurecía y la noche se deslizaba sobre el horizonte.

Las montañas escarpadas se extendían hasta donde Morgan alcanzaba a ver: el granito primitivo desgastado por el viento y la lluvia, con rocas expuestas a la arena que soplaba desde los desiertos de Arabia.

Era un lugar hecho para demonios, para los espíritus de un desierto desolado; un lugar para morir de sed y exposición a un sol castigador, donde los escorpiones reptaban sobre los cadáveres resecos de los viajeros perdidos.

Las nubes oscuras proyectaban sombras desde los picos irregulares y las profundas quebradas, entonces Morgan se preguntó cómo habían logrado sobrevivir los hebreos errantes durante tantos años en el desierto.

Khal señaló por la ventanilla hacia el fondo de un barranco.

—Mira. Puedes ver Santa Catalina a lo lejos.

El nombre oficial del monasterio en funcionamiento más antiguo del mundo era Monasterio Sagrado e Imperial del Monte Sinaí Pisado por Dios, era ortodoxo oriental y hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO, protegido por la Organización de las Naciones Unidas, pero sus orígenes eran, en realidad, macabros.

Catalina de Alejandría fue una mártir cristiana, golpeada hasta la muerte mientras estaba encadenada a una rueda con radios, después fue decapitada.

La leyenda cuenta que los ángeles llevaron sus restos al Sinaí, donde los monjes los descubrieron en el año 800 d. C.

Incluso desde esa distancia Morgan notó que el monasterio estaba fortificado; hasta hace poco, solo se podía acceder por una puerta situada en lo alto de los muros exteriores. Estaba integrada a la roca de la que fue tallada y se fundía con el paisaje: una fortaleza de piedra impenetrable.

Detrás de él, Jebel Musa, el monte Sinaí bíblico, se alzaba majestuoso sobre el suelo del desierto, siendo una de las cumbres más altas de la región.

Se creía que en ese lugar Moisés había recibido los Diez Mandamientos; Morgan sintió un escalofrío de emoción al contemplarlo.

Aquel lugar antiguo escondía muchos secretos.

Tal vez en esos pasillos remotos encontrarían una pista sobre el paradero del arca.