Capítulo 7
Natasha presionó suavemente el cuchillo contra el cuello del monje e hizo que una gota de sangre se deslizara por su túnica.
Él murmuraba oraciones en amárico mientras ella brincaba la barandilla y lo guiaba, lento hacia el santuario interior.
De pronto, el monje giró con brusquedad y lanzó la cabeza hacia atrás para golpearle el rostro con el peso de su cráneo, Natasha anticipó su movimiento, pues era un sacerdote torpe, sin habilidades de combate, no representaba un contendiente para la experimentada asesina.
Su intento de escape fue la excusa perfecta para que Natasha diera rienda suelta a su sed de sangre.
Mientras él giraba, Natasha flexionó las rodillas y usó el peso de su cuerpo para clavarle el cuchillo en el costado; sus pesadas túnicas amortiguaron el impacto y respondió golpeándola con los puños. Pidió ayuda con un grito, su voz rompió la quietud del día.
Afuera, los perros comenzaron a ladrar.
Natasha escuchó gritos, pero sabía que Isac los mantendría alejados. Ni siquiera volteó hacia la puerta.
El monje se lanzó contra ella, pero en el último segundo, Natasha blandió su cuchillo en un arco amplio.
El monje se llevó las manos al cuello, sus gritos se apagaron con el gorgoteo de la sangre que brotaba de la herida abierta.
Cuando cayó de rodillas, Natasha se colocó detrás de él, tiró de su cabeza hacia atrás y le abrió la garganta por la misma herida; la sangre salió a borbotones y tiñó su túnica de un púrpura profundo.
Sus ojos se nublaron, pronto estaría con su dios.
Natasha limpió el cuchillo en la túnica del monje y lo guardó de nuevo en su funda, caminó hasta el fondo del santuario, apartó la cortina y entró en el sanctasanctórum, el santuario interior.
Ahí encontró un altar modesto sobre el que descansaba un cofre cubierto con una tela bordada que mostraba personas danzando frente al arca y unos ángeles que alababan a Dios volaban por encima; las pinturas en las paredes mostraban a un grupo de sacerdotes negros que llevaban el arca de Jerusalén a Etiopía mientras los reyes se inclinaban ante ella.
Natasha levantó la tela y encontró debajo un cofre de madera oscura; era humilde, simple madera, con aros metálicos para insertar varas y transportarlo, pero eran lo único que lo conectaba con el arca legendaria.
Pasó los dedos por la superficie lisa del cofre.
La libreta del curador describía aquello como el tabot y aunque había muchos tipos de tabots en Etiopía, todos réplicas del arca que contenía las tablas donde se había escrito la Ley, se suponía que ese era el original y que debía contener objetos sagrados: la vara de Aarón y la vasija del maná.
Natasha levantó la tapa, que crujió ligeramente; encontró una tela dorada enrollada, cubierta con bordados en espiral y formas geométricas.
La tomó entre sus manos y una sacudida de energía le recorrió el brazo, un ruido como el de una cascada rugiente llenó sus oídos y un vértigo repentino la desestabilizó.
Natasha jadeó y dejó caer el bulto, el ruido cesó de inmediato. ¿Qué demonios había sido eso? Sacudió la cabeza para despejarse, volvió a sacar su cuchillo y lo usó para separar con cuidado los pliegues de la tela y revelar lo que estaba adentro.
Un fragmento de madera reseca del tamaño de una mano humana con restos de hoja de oro esparcidos por su superficie. ¿Podría ser aquello una parte del arca original? ¿Y qué era ese ruido y esa energía extraña?
Aquella reliquia no era un símbolo capaz de unir a una nación, pero si aún conservaba algún poder latente entre sus piezas, Natasha necesitaba encontrar el resto y llevarlo a Jerusalén. Siempre cumplía sus misiones, y esta no sería la excepción.
Usó la punta del cuchillo para envolver el fragmento de madera en la tela, y arrancó la del altar para usarla como capa adicional antes de levantar el paquete por completo del cofre. Caminó de regreso por el santuario, pasó por encima de los restos del monje y salió de la Tesorería.
El patio era ahora un escenario completamente distinto. Isac y sus hombres rodeaban al grupo de monjes, que estaban de rodillas, con armas apuntándoles a la cabeza.
Los monjes gritaron al ver lo que Natasha había sacado del santuario.
—Dios te castigará por tocar la reliquia sagrada —clamó el monje principal—. No puedes llevártela de este lugar. Él nos la entregó para custodiarla.
Natasha se acercó con paso firme, sin rastro de piedad.
Agitó el bulto frente a su rostro y le escupió las palabras:
—¿Esto es tu preciada arca? ¿Este pedazo de madera, esta astilla patética?
El monje cayó hacia atrás mientras ella se erguía sobre él, los otros monjes intentaron arrebatarle el paquete, pero Isac y sus hombres los apartaron.
Natasha se inclinó hacia el anciano.
—¿Dónde está el resto? Dímelo o lo quemo aquí mismo, en el patio y no volverás a ver tu reliquia sagrada nunca más.
La mirada del monje seguía fija en el paquete, incluso mientras se encogía ante la violencia de Natasha.
—Isac. Tráeme a uno.
La obedeció y tomó a un monje del grupo, lo empujó junto a ella; Natasha sacó su pistola y la apoyó contra la sien del hombre.
—¿Dónde está el resto del arca?
El monje al que le apuntaba oró en voz alta, su canto crecía hasta un clímax. El anciano permanecía en silencio.
Natasha jaló el gatillo. Su víctima cayó al suelo con la sangre corriendo desde la herida en la cabeza, empapando la tierra del santuario.
—Tú vienes de parte del diablo —susurró el más anciano de los monjes con las manos temblorosas—. Dios no nos pediría esto.
Isac empujó a otro monje junto al cuerpo del anterior.
—¿Cuántos hermanos vas a sacrificar por este pedazo? —preguntó Natasha.
Ese monje no era tan fuerte como el anterior.
—Por favor, Padre, déjame vivir. Perdóname…
Natasha le disparó en un costado de la cabeza y su cuerpo se desplomó junto al otro. Esta vez, la sangre y los sesos del hermano salpicaron el rostro del anciano; al intentar limpiarse, balbuceó palabras en amárico y señaló hacia el sur, lejos del santuario.
Cuando Isac fue a buscar otro monje más a quien sacrificar, el anciano elevó sus manos en señal de rendición.
—No más, por favor. Deben ir con los Lemba.
Natasha miró a Isac y arqueó una ceja. Él asintió.
La libreta del curador contenía investigaciones sobre la tribu Lemba, en Zimbabue, que también reclamaba un vínculo ancestral con los judíos y el arca de la alianza, pero no había previsto que estuviera fragmentada y supuso, de forma equivocada, que había sobrevivido intacta durante milenios.
Natasha se alejó del anciano y los otros monjes se agruparon a su alrededor para sostenerlo y arrastrarlo lejos de los cuerpos de los hermanos asesinados. Salió del recinto, flanqueada por Isac y los otros hombres que apresuraron el paso de regreso al vehículo que los esperaba.
Un gemido desgarrador de dolor se alzó cuando Natasha cruzó el muro de santa María de Sion con el fragmento del arca en los brazos. Después de miles de años, los monjes la habían perdido una vez más.