Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Aksum, Etiopía.

Mientras la avioneta daba vueltas sobre el pueblo al pie de las montañas, Natasha alcanzó a ver los edificios bajos, de un gris verdoso polvoriento, que recortaban el paisaje.

“Una tierra de fábula”, recordó que decía su padre sobre esa región.

Aksum era una ciudad pequeña en la región de Tigray, al norte de Etiopía, cerca de la frontera con Eritrea y durante mucho tiempo se había afirmado que el arca de la alianza se encontraba allí; las notas del curador apuntaban en esa dirección.

Natasha observó la tierra bajo sus pies, marcada y erosionada como el cuero de un dinosaurio muerto en combate. La avioneta se sacudió bruscamente y una oleada de náusea la invadió, pero se aferró a los brazos del asiento.

—¿Estás bien? —preguntó Isac.

Natasha asintió. En realidad, se sentía mal, pero no iba a demostrarlo, ni siquiera ante un hombre que la conocía desde hace tanto.

Isac Abdel Rahim había crecido en la casa de su padre, hijo del guardaespaldas más leal que tuvo, así que fue casi inevitable que, con los años, se convirtiera en su propio protector.

De niños se habían peleado en el patio, bajo la estricta supervisión de los padres, y cada uno tenía cicatrices profundas infligidas por el otro, sin embargo, Isac era el único hombre en quien Natasha realmente confiaba; había demostrado su lealtad una y otra vez.

¿Cuánto tiempo más podría ocultarle ese secreto? Un embarazo no era algo que pudiera esconderse por mucho tiempo, e Isac debía saberlo para protegerla a ella y también al bebé.

Natasha aún no decidía qué hacer al respecto.

Tenía ocho semanas de embarazo, así que todavía le quedaba tiempo para considerar sus opciones.

Nadie tenía por qué saberlo hasta que fuera obvio, y aunque ya tenía los pechos más grandes, podía usar eso a su favor para distraer a los hombres débiles a su alrededor.

Terminaría esta misión y luego desaparecería con suficiente dinero para mantenerse viviendo con lujo durante años, se escondería en Asia, tal vez en Singapur, quizá en la India; países con hospitales de primer mundo, el mejor tratamiento y que no hacían preguntas.

Pero, ¿quería conservarlo?

Natasha luchaba con esa pregunta. El padre era Milan Noble, un empresario checo que había sido transformado en un demonio en la iglesia de los huesos de Sedlec, la maldición de la Biblia del Diablo hecha carne.

Pero su linaje genético era aristocrático, y había sido un ejemplar masculino perfecto antes de pronunciar las palabras impías.

Natasha había ido a Europa para aprender de él.

En Medio Oriente era fácil tomar el poder mediante la violencia, la opresión o el miedo, pero Milan tenía una forma de atraerlo hacia sí, la gente quería seguirlo, y eso era algo que Natasha anhelaba.

El bebé era lo último que le quedaba de Milan, su legado final.

Sacudió la cabeza al percibir un destello de emoción.

Debían ser las hormonas que recorrían su cuerpo; la volvían frágil y no toleraría semejante debilidad.

Se desharía del bebé en cuanto terminara la misión.

Su padre la habría maldecido y golpeado por haberse embarazado de un occidental, en lugar de alguien con sangre real egipcia.

La habría llamado puta y la habría desterrado hasta que naciera el niño.

Habría sido una carga, alguien que necesitaba protección en vez de un activo capaz de luchar. Eso no podía tolerarse.

Su padre había estado obsesionado con el arca de la alianza.

Fue lo único que no logró conseguir antes de morir, cuando las sombras de las personas a las que había matado vinieron por él a mitad de la noche.

Encontrarla sería una especie de justicia, una venganza por haberla convertido en lo que era, una forma de demostrarle que lo había superado.

Natasha volvió a concentrarse en la libreta que habían tomado del museo, pasó las páginas y examinó las notas detalladas del curador.

Los etíopes habían sido los primeros en convertirse al cristianismo, y la Iglesia Copta Etíope seguía separada del resto del mundo ortodoxo cristiano, incluso el reino de Aksum tenía su propio idioma, el ge’ez , en el que se escribieron los textos sagrados.

Pero a pesar de las afirmaciones de poseer el arca y del rico patrimonio cultural de la zona, los problemas políticos, la pobreza y la violencia hacían que pocos la visitaran, y distaba mucho de ser un destino turístico concurrido.

Era mejor así para lo que Natasha tenía en mente.

Natasha guardó la libreta justo cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Aksum y se sacudió en la estrecha pista, en medio de una llanura que se extendía hacia las montañas del fondo. Una Range Rover los esperaba.

Natasha se puso unos lentes de sol espejados y salió al exterior mientras Isac indicaba a dos de sus hombres que los acompañaran. Solo necesitaban un pequeño equipo para esta incursión.

—Bienvenidos a Aksum —los saludó el conductor con una sonrisa cálida.

Isac se adelantó y habló con él en voz baja mientras le entregaba un fajo de billetes estadounidenses. Natasha y los otros hombres permanecieron en silencio mientras la actitud del conductor cambiaba y un destello de miedo se asomaba en su mirada.

Tomó el fajo de dólares, lo hojeó rápido y asintió.

—Por supuesto, señor, los llevaré ahora mismo.

Las llantas del viejo vehículo levantaron una nube de polvo al internarse en Aksum, a ambos lados del camino había eucaliptos que ofrecían apenas algo de sombra contra el sol etíope.

Un hombre con una djellaba blanca guiaba un camello por la calle, y una niña con un shamma color mostaza pastoreaba tres cabras con una vara.

Ninguno les prestó atención, era un pueblo al borde de la supervivencia, y ganarse la vida exigía toda la energía de sus habitantes.

Natasha no lograba comprender cómo el arca podría estar ahí. ¿Cómo había podido pasar del templo dorado de Salomón a ese rincón empobrecido y olvidado?

Pero tenía que asegurarse.

Al mirar hacia su izquierda notó un campo salpicado de obeliscos de granito inusuales que se alzaban hacia el cielo azul añil.

El conductor notó su interés y se atrevió a hablar.

—En Aksum hay muchos misterios. Este campo de obeliscos contiene las piezas de las piedras más altas extraídas en el mundo antiguo, incluso mayores que las de Egipto. Tal vez marquen tumbas, pero en realidad no se sabe nada con certeza sobre ellos —suspiró—. Ya casi no vienen estudiosos por aquí.

La Range Rover se detuvo frente al santuario, dentro de un recinto amurallado en el centro del pueblo.

—Santa María de Sion fue construida en el siglo iv , es la iglesia cristiana más antigua del África subsahariana… —empezó a explicar el conductor en tono turístico, pero su voz se diluyó ante el silencio hostil de sus pasajeros.

Natasha bajó del vehículo y pisó el polvo observando a su alrededor. Unas escalinatas llevaban hasta la iglesia, y un muro de piedra rodeaba todo el recinto. A un lado se alzaba una garita con torreta, pero los guardias que solían ocuparla hacía tiempo que habían desaparecido.

Los olivos proporcionaban algo de sombra en el patio lateral de la iglesia, donde unos cuantos monjes permanecían sentados en silencio. Sus túnicas se confundían con las sombras mientras observaban a los recién llegados con una curiosidad apenas perceptible.

Natasha se cubrió la cabeza con un chal, en señal de respeto a la tradición religiosa local. A veces, un objetivo podía lograrse sin violencia, y no quería provocar un incidente internacional en torno al arca; al menos no todavía.

Caminó despacio hacia los monjes que vestían túnicas color púrpura deslavadas, del color de una berenjena dejada demasiado tiempo al sol, todos tenían barbas grises o blancas en sus rostros arrugados.

Natasha se dirigió al monje de mayor edad con la mirada modestamente baja.

—Padre, he recorrido un largo camino para conocer más del arca de Sion y para orar en el santuario.

Hizo una pausa, luego lo miró directamente.

—He traído regalos para su comunidad, como muestra de respeto.

Isac se acercó con un sobre grueso con un fajo de billetes de cien dólares, el anciano miró el sobre y luego a sus hermanos; algunos de ellos asintieron de forma casi imperceptible. El monje habló con un inglés vacilante.

—Nos complace recibirte aquí, hija. Apreciamos tu generosidad. ¿Qué deseas saber?

Tomó el sobre que le ofrecían y lo deslizó dentro de su túnica. Natasha sintió una leve decepción ante lo fácil que había sido convencerlo, pero contuvo su necesidad de recurrir a la violencia.

Se sentó sobre un muro bajo mientras Isac y los otros dos hombres se mantenían a cierta distancia.

—¿Cómo llegó el arca hasta aquí?

El anciano monje respiró hondo.

—El libro sagrado etíope, el Kebra Nagast, la Gloria de los Reyes, dice que cuando la reina de Saba fue a Jerusalén para encontrarse con el rey Salomón, se acostó con él y quedó embarazada.

A su alrededor, los otros monjes asintieron, dando su aprobación al relato.

—Muchos años después, su hijo Menelik regresó a Jerusalén para conocer a su padre y reclamar su herencia.

El arcángel Miguel protegió el arca durante el viaje de regreso, y desde entonces ha permanecido en Aksum.

Las alas de los ángeles aún descansan sobre su cubierta, porque Dios está con nosotros y no nos ha abandonado, ni siquiera durante las guerras o la hambruna.

El monje señaló hacia un edificio separado, detrás y a un lado de la iglesia principal.

—El arca de Sion está en la capilla de la Tabla, también conocida como la Tesorería.

Se mantiene oculta dentro de su propio cofre y es custodiada por un monje designado especialmente para ello; el hermano que asume ese deber sagrado vive dentro de la capilla y no puede abandonarla jamás hasta el día de su muerte.

La pequeña Tesorería cuadrada estaba rodeada por una reja metálica color óxido, más alta que un hombre, que la separaba del resto del recinto sagrado.

Tenía ventanas enmarcadas en turquesa y grabados geométricos en las paredes de ladrillo, en el techo, una pequeña cúpula con una cruz ornamentada se alzaba hacia el cielo, y una cortina escarlata, ya decolorada, colgaba sobre la entrada al santuario.

En conjunto, era un lugar de descanso decepcionante para una reliquia tan importante, al menos comparado con las tumbas impresionantes que Natasha había visto en el Valle de los Reyes.

La libreta del curador decía que el emperador etíope Haile Selassie había trasladado el arca a la Tesorería para mantenerla más segura, y debido al conflicto militar con la vecina Eritrea, nadie más que el Sumo Sacerdote de la Iglesia podía verla, ni siquiera el presidente de Etiopía.

—Me gustaría orar ante el arca —expresó Natasha con una mirada significativa al bolsillo donde el monje había guardado la donación.

Él asintió.

—Por supuesto, puedes orar en su interior, pero no puedes verla, ya que solo se muestra dos veces al año, en la Epifanía y en la festividad de santa María de Sion, pero estarás muy cerca de ella.

El monje le hizo un gesto a uno de los hombres que lo rodeaban, tal vez era el más joven, aunque aun así tuvo dificultades para incorporarse. Era evidente que esos hombres santos no vivirían otra generación, y los secretos que guardaban morirían con ellos.

El monje se acercó arrastrando los pies hacia el santuario y sacó una llave de su cinturón. Abrió la reja y le indicó a Natasha que pasara, pero levantó la mano para señalar que Isac y los guardias debían permanecer afuera.

Natasha atravesó el umbral, apartó la cortina de terciopelo y entró al santuario.

El aire se sentía denso, había un olor a sudor corporal mezclado con el denso aroma del incienso. Era un ambiente pesado, empalagoso, sin rastro de santidad, muy distinto al asombro reverente que Natasha experimentaba al encontrarse frente a la grandeza de los templos egipcios antiguos.

Pero debía estar segura. El curador, Abasi Gamal, nunca había visitado ese santuario ni examinado lo que había dentro. Las preguntas en su libreta seguían sin respuesta.

— Tadiyass .

El saludo formal en amárico llegó desde la penumbra.

— Tadiyass —respondió Natasha.

A medida que sus ojos se adaptaban a la mínima luz, distinguió la silueta de un monje sentado en una silla al fondo del santuario.

Custodiaba una puerta sobre la que colgaba otra cortina de un rojo apagado, frente a él había una delgada barandilla con cojines para que los penitentes se arrodillaran.

Natasha adoptó una postura modesta, como correspondía a una mujer en súplica ante su Dios: se arrodilló frente al altar, pero mientras lo hacía sacó un cuchillo de una funda en el tobillo y lo ocultó bajo los pliegues largos de su chal, murmuró una oración, no al dios cristiano, sino a sus ancestros y a los dioses guerreros de Egipto.

El monje se inclinó hacia adelante, como si tratara de escuchar sus palabras. Natasha se preguntó cómo sería estar encerrado ahí tanto tiempo, sin esperanza de descanso. ¿Valía la pena la recompensa en el más allá?

Después forzó una tos, luego otra, una aspiración con un jadeo; el monje se levantó, tal vez para ofrecerle agua, entonces Natasha se desplomó contra la barandilla, fingiendo debilidad.

En cuanto el monje estuvo a su alcance le sujetó la mano, presionó un punto clave y le torció el brazo, al mismo tiempo se incorporó para impedirle escapar, con la otra mano sacó el cuchillo y lo colocó contra la garganta del monje.

—No hables —susurró—. Muéstrame el arca. Ahora.