Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Originalmente, la máscara cubría la cabeza de la momia, que permanece en el Valle de los Reyes, pero dos de los sarcófagos están aquí, junto con otros tesoros de la tumba.

Julius se inclinó hacia el vidrio con los ojos brillantes por la pasión de un explorador.

—Imaginen lo que debió haber sido descubrir todo esto.

Khal avanzó con pasos largos entre las vitrinas.

—Increíble, sin duda, pero quienes lo descubrieron pagaron el más alto precio: la maldición de los faraones.

—¿Seguro una exageración de la prensa, no? —comentó Morgan— ¿Qué no murieron por un contaminante en el aire que respiraron cuando se abrió la tumba?

—Eso depende de tu perspectiva —respondió Khal con una sonrisa—. La maldición proclamaba que la “Muerte llegará con las alas veloces a quien perturbe la paz del Rey”. ¿Quién puede asegurar que las maldiciones antiguas no tienen poder en los tiempos modernos?

Morgan pensó en lo que había visto en la cripta de huesos, en cómo un hombre se había transformado en un demonio por las palabras de una antigua maldición. Khal tenía razón. No volvería a descartar tales posibilidades.

Khal se detuvo frente a una enorme vitrina de cristal que contenía objetos dorados para la vida después de la muerte del faraón, así como los frascos usados para conservar los órganos internos del difunto.

El cofre canópico estaba hecho de calcita translúcida, casi luminosa de color marfil y cada jarra tenía la forma delicadamente esculpida de la cabeza del faraón con inscripciones de un pigmento azul contrastante que indicaban el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos.

—Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón en 1922 —explicó Khal—, y la muerte de su equipo convirtió la maldición en realidad.

Quien financió la expedición, Lord Carnarvon, murió de septicemia pocas semanas después de abrir la tumba, y varios miembros más fallecieron por esas fechas.

De cualquier forma, fue el mayor descubrimiento en el Valle de los Reyes porque no había sido saqueada por ladrones; aún es el mejor ejemplo de prácticas funerarias reales…

que también está vinculada con el arca de la alianza.

Khal señaló un cofre grabado del tamaño de un pequeño altar, apoyado sobre cuatro varas de transporte; encima del cofre reposaba el dios Anubis, el chacal de los muertos, con sus ojos negros y oblicuos que miraban hacia el horizonte distante.

Morgan se inclinó para observar más de cerca los intrincados grabados en el costado del cofre y recitó las palabras del libro bíblico del Éxodo: “Harás un arca de madera acacia y la recubrirás con oro, fundirás cuatro anillos y los colocarás a los lados; harás varas también de madera de acacia, las recubrirás de oro y las insertarás en los anillos para transportarla”.

Miró a Khal.

— Es similar al arca, pero ¿qué hay del querubín? Y el Éxodo también habla del oro labrado sobre la tapa.

Antes de que Khal pudiera responder se escucharon pasos desde el pasillo, después gritos apagados… seguidos de disparos.

Julius tomó su arma.

Dos hombres irrumpieron en la galería y abrieron fuego contra el tesoro de Tutankamón. La enorme vitrina estalló y una lluvia de vidrios cayó por todas partes.

Morgan jaló a Khal detrás del mármol del cofre canópico de Tutankamón, que los protegió mientras Julius se agachaba y devolvía el fuego.

Sacó su pistola de repuesto y la deslizó para Morgan, quien la tomó al vuelo y disparó hacia la entrada, con el corazón latiéndole con fuerza por la adrenalina de la acción.

No podrían contenerlos por mucho tiempo. Morgan miró a su alrededor, buscó una vía de escape y maldijo su falta de preparación; en definitiva no habían previsto que Natasha regresaría.

Los disparos cesaron.

Una mujer gritó:

—Solo quiero la libreta final, doctor El-Souid. Sé que la tiene. Lo dejaré vivir si me la entrega rápido.

Morgan reconoció la voz de Natasha, aunque la asesina permanecía oculta en la entrada, fuera del rango de tiro.

Khal sacó una maltrecha libreta de espiral del bolsillo de su chamarra y se encogió de hombros, murmurando:

—Lo siento.

Julius parecía furioso y Morgan supo que habría reforzado la seguridad si hubieran sabido que existía otra libreta.

—Voy a contar hasta cinco, entonces entrarán mis hombres —gritó Natasha—. Tendré esa libreta y sufrirás un destino peor que el del curador si tengo que pedírtela en términos más… íntimos.

Morgan apretó los puños, tuvo que contenerse para no lanzarse contra su enemiga. Natasha estaba tan cerca, pero Morgan sabía que debía mantenerse oculta, pues no sabía que ella estaba ahí, y quería que siguiera de esa forma.

Miró a Julius, inclinado sobre un costado y, al girarse, Morgan vio sangre en su hombro. Le habían disparado.

—Uno —gritó Natasha.

Morgan miró su reloj. El tiempo de respuesta de la policía local y de los servicios de seguridad era notoriamente lento, era de suponer que los guardias en la planta baja ya habían sido neutralizados. No podrían ganar esta vez, no había otra opción.

—Dos.

Morgan le susurró a Khal:

—¿Has estudiado lo que hay en la libreta? ¿Podemos dársela sin poner en riesgo nuestra misión?

Khal frunció el ceño.

—Hay dos teorías sobre dónde podría estar el arca; la ruta africana la sigue hasta Etiopía, y la ruta del Sinaí sigue a los egipcios; hay pruebas sólidas para ambas.

Al principio de la libreta, Abasi está convencido de que la ruta africana es la más probable, pero en las últimas páginas revela nuevas pruebas que apuntan al Sinaí.

—Tres.

Morgan tomó la libreta de manos de Khal y arrancó las últimas cuatro páginas con cuidado.

Con los dedos sacó los trozos de papel que habían quedado entre el espiral para que no se notara el engaño.

Dobló las páginas y se las devolvió a Khal, quien las guardó dentro del bolsillo de su chamarra. La libreta parecía intacta.

—Cuatro.

—Apúrate —siseó Julius—. No sobreviviremos si entran por nosotros.

El dolor y la conmoción por el disparo en su hombro lo afectaban y, en ese instante, Morgan sintió la ausencia de Jake a su lado. Se sentiría mucho más segura si estuvieran juntos, pero estaba decidida a regresar a él.

—Cinco.

Morgan deslizó la libreta hacia la puerta, cuidando no mostrar su rostro, que se detuvo a unos cuantos pasos de la entrada.

—Ahí está —gritó Julius—. Esa es la libreta final, ahora déjennos.

Estalló una ráfaga de disparos, destinados a cubrir al hombre que se deslizó hasta alcanzar la libreta.

Pasó un minuto de silencio mientras Natasha examinaba las valiosas notas, Morgan contuvo el aliento, contando los segundos. Había un riesgo real de que notaran las páginas faltantes y todo acabara en ese momento, pero mientras los segundos pasaban, parecía que el engaño había funcionado.

Un minuto después, el eco de botas corriendo se escuchó por el pasillo y se desvaneció hasta que todo quedó en silencio.

Natasha y su equipo se habían ido… junto con la libreta.

Morgan corrió para ayudar a Julius, que estaba recargado contra la pared, sujetándose el brazo. La sangre brotaba entre las yemas de sus dedos.

—Estaré bien —dijo, entre dientes—, pero no puedo ir contigo. Necesitas encontrar el arca antes que Natasha.

Morgan miró hacia Khal, quien estaba sentado y leía las páginas arrancadas de la libreta, con el ceño adusto por la concentración. Tal vez Khal no sería el compañero ideal para una misión así, pero necesitaría ayuda.