Capítulo 5
El Cairo, Egipto.
El sol apenas despuntaba y El Cairo ya estaba colapsado por el tráfico. Mientras el taxi avanzaba a vuelta de rueda hacia el museo, Morgan bajó la ventana en busca de aire, pero el humo de los escapes, mezclado con el hedor de la ciudad contaminada fue demasiado, de modo que la cerró de inmediato.
Con más de veinte millones de personas hacinadas en edificios altos, barrios marginales y viviendas de alta densidad, El Cairo se mantenía en equilibrio sobre el filo del caos, pero también era una ciudad de sueños, donde su gente luchaba por una democracia moderna con el telón de fondo de una cultura milenaria que había existido por más de mil años, apodada la Ciudad de los Mil Minaretes por su arquitectura islámica.
Esa zona había sido fronteriza con Menfis, la antigua capital de Egipto, muy alejada de la ciudad moderna que se extendía hasta la distancia brumosa.
Finalmente, el taxi se detuvo frente al Museo de Antigüedades Egipcias y Morgan se encontró ante el lugar que había inspirado a tantos arqueólogos. Los sueños de una civilización antigua llenaban sus salas abovedadas y las pesadillas de dioses muertos yacían en las sombras bajo sus pies.
El edificio tenía el color de los flamencos deslavados, pero el sol de la mañana, que se filtraba a través del esmog de la ciudad, lo volvía de un amarillo apagado, color nicotina.
Un nuevo museo estaba en construcción cerca de las pirámides, como representación del Egipto moderno, pero este siempre conservaría el romance de la historia entre sus muros sagrados.
Morgan subió por la imponente entrada neoclásica entre dos esfinges desportilladas, con las bocas abiertas como si le pidieran al viajero un antiguo acertijo para pasar.
Los guardias de seguridad bebían qahweh , el café espeso y oscuro que mantenía a la ciudad funcionando; uno de ellos levantó la mano para hacerle señas de que pasara.
No parecían preocupados por el protocolo ni por intrusos a pesar del reciente asesinato en el museo.
—Doctora Sierra —la llamó una voz cálida desde la entrada del museo.
Un hombre delgado, vestido con un traje de lino color crema y una elegante camisa de rayas bajó trotando los escalones. Por su piel negra y sus ojos vivaces, Morgan supo que debía ser Julius Kagame, uno de los agentes locales de ARCANO.
Extendió la mano y ella le devolvió el gesto. El apretón de Julius fue firme y Morgan sintió la fuerza controlada de sus huesos nudosos en el agarre. Él le dedicó una sonrisa amplia.
—Bienvenida a Egipto, Morgan, Jake me ha hablado mucho de ti. Aunque lamento decir que quizá sea un pobre sustituto como compañero. Jake tiene toda la fuerza, pero quizá yo tenga el cerebro, ¿eh?
—Tengo muchas ganas de trabajar contigo —respondió ella.
Julius la guio escaleras arriba hacia el interior del museo.
—Normalmente estoy asignado en África central, pero mi árabe oxidado necesitaba algo de práctica, además, quería ser parte de esta misión por motivos personales —frunció el ceño—. ¿Cómo está Jake?
Morgan pensó en su compañero de ARCANO, tendido en una cama de hospital en Oxford.
—Sigue en coma, pero estoy decidida a contarle que esta misión fue un éxito cuando despierte.
Julius negó con la cabeza, tenía los ojos oscurecidos por la preocupación.
—Jake es como un hermano para mí, compartimos una historia desde antes de ARCANO. Le debo mi vida, así que pedí ayudarte en este proyecto. Juntos, encontraremos a esa asesina.
Un músculo en su mandíbula se tensó al hablar, y percibió que la necesidad de venganza de Julius igualaba la suya. Se alegró de tener a un aliado mientras avanzaban por el interior del cavernoso museo.
Dado el valor cultural de miles de años que contenía, Morgan había esperado un sitio prístino y bien organizado, pero era El Cairo, y la abundancia de objetos antiguos no se traducía en dinero para su conservación: era caótico, con millones de piezas expuestas en un orden que parecía aleatorio, olía a humedad, como si el polvo de los milenios no hubiera sido perturbado en mucho tiempo.
Sus pasos resonaban en el edificio vacío.
—Está cerrado al público por ahora —explicó Julius—, pero ya hubo filtraciones sobre lo ocurrido, han subido fotos de la atrocidad en línea y se rumora de un mal antiguo que se está despertando desde la oscuridad. Así que, de todos modos, nadie quiere venir.
Morgan se detuvo y limpió con suavidad una capa de polvo de la parte superior de una vitrina.
Algunos objetos tenían etiquetas escritas a mano, pero otros simplemente yacían ahí como si hubieran sido arrojados dentro de un cajón olvidado.
Había tanta historia que tal vez la abundancia hacía que cada pieza pareciera menos valiosa, a pesar de que en cualquier otro museo ocuparían un lugar central.
Pasaron por el gran vestíbulo de la entrada y entraron en una sala lateral que Morgan reconoció por las grabaciones del video.
El olor a cloro flotaba en el aire, pero no alcanzaba a enmascarar del todo el aroma metálico de la sangre ni el hedor de los intestinos vaciados que se le aferró a la garganta.
El sarcófago de piedra estaba en el centro de la sala, aún manchado de sangre y fluidos corporales, donde la limpieza había sido apenas superficial.
Julius señaló las marcas de cepillado que habían quedado por las herramientas especiales.
—Tienen que tener cuidado al remover las manchas, el sarcófago tiene más de tres mil años.
Morgan se estremeció. ¿Cuántos de los muertos en el museo habrían sido víctimas de semejante brutalidad?
Volteó hacia Julius.
—Natasha le talló un símbolo anj en el pecho a la víctima. ¿Eso es importante?
—Representa la vida eterna —la voz le llegó por detrás y Morgan giró para ver una figura en el umbral, su silueta recortada por el sol matutino.
—También refleja la forma del río Nilo con su delta en el norte, y se repite en la cruz copta egipcia.
El hombre entró en la sala y Morgan lo vio con claridad por primera vez; con una barba incipiente y oscura, una chamarra arrugada sobre una camiseta azul desteñida, era la encarnación moderna de los reyes egipcios tallados en el mármol que los rodeaba.
Julius estrechó su mano en señal de saludo y lo presentó.
—Este es el doctor Khaled El-Souid, trabajaba de cerca con el difunto curador en el periodo de Akenatón. Khal, ella es Morgan Sierra, una especialista en psicología de la religión y mi compañera de ARCANO en este caso.
Khal dio un paso al frente y extendió una mano que Morgan estrechó en señal de saludo.
—Haré todo lo que sea para ayudarlos a encontrar a la asesina. Abasi era mucho más que un colega, fue mi mentor… y mi amigo.
—¿Decías algo sobre el significado del símbolo anj? —le recordó Morgan, intentando no distraerse con sus rasgos de estrella de cine.
—Claro. Curiosamente, hoy en día también lo utilizan los seguidores del kemetismo, un movimiento neopagano que busca revivir la religión del antiguo Egipto.
Morgan arqueó una ceja.
—La asesina, Natasha El-Behery, quien asesinó a tu amigo, habló de la necesidad de un sacrificio. ¿Eso podría estar relacionado con esos kemetistas?
Khal negó con la cabeza.
—No lo creo, son bastante inofensivos, aunque hay rumores sobre una secta oculta mucho más oscura que recrea los rituales antiguos, con todos los detalles horribles.
Se acercó con lentitud al sarcófago y extendió la palma de la mano sobre las manchas de sangre, como si honrara el sacrificio de su amigo, con una expresión cargada de pesar.
—¿Cuál es la conexión entre el faraón Akenatón y el arca de la alianza? —preguntó Morgan, tratando de enfocarlo de nuevo en la misión.
Él señaló una de las enormes estatuas de piedra que representaban al faraón, con una mandíbula angulosa, labios carnosos y suaves, y una nariz delgada.
—Ese es Akenatón, conocido como el rey hereje. Intentó transformar Egipto en una religión monoteísta que adorara solo a Atón, una manifestación del dios solar; trasladó su capital a Amarna y le arrebató el control a los sumos sacerdotes.
Khal giró hacia una sección de un mural donde unas jóvenes jugaban entre juncos.
—La adoración de Akenatón por Atón era más personal de lo que la religión había sido jamás.
El Gran Himno a Atón, hallado en las tumbas excavadas en la roca de Amarna habla de un dios creador de una manera similar a las escrituras bíblicas.
Cuando Akenatón murió, el pueblo egipcio volvió al politeísmo, sus estatuas fueron profanadas y su ciudad quedó en ruinas.
—¿Y cómo se relaciona eso con el arca? —preguntó Morgan.
—Moisés era egipcio, pero nuestras investigaciones sugieren que también fue sacerdote en Amarna durante el reinado de Akenatón, ahí descubrió su propia fe.
Cuando Egipto volvió al politeísmo, Moisés encontró un grupo de gente dispuesta a seguirlo: la casta oprimida de esclavos hebreos.
Los guio fuera de Egipto hacia el Sinaí en el Éxodo bíblico.
Así que, mientras Akenatón inició el monoteísmo, Moisés lo transformó en los cimientos del judaísmo que conocemos hoy.
El arca de la alianza tuvo un origen egipcio. Vamos arriba y les mostraré por qué.
Morgan y Julius lo siguieron por los vastos pasillos hasta las galerías de Tutankamón.
El carruaje del faraón parecía etéreo, liviano y ventilado sobre ruedas doradas con radios y aros finos, como si el rey-dios no hubiera pesado nada.
La hoja de oro delineaba la intrincada decoración, como varas extendidas hacia adelante, para los poderosos caballos que nunca más volverían a jalar el carruaje.
Khal se detuvo frente a la máscara de la muerte del joven rey, cuyo rostro resplandecía en oro bruñido, con incrustaciones de piedras y ojos negros de obsidiana delineados con kohl .
La estatua llevaba el tocado nemes a rayas azul y dorado, con la cobra y el buitre emergiendo de su frente, y una barba estilizada se extendía desde su barbilla.