Capítulo 3
Oxford, Inglaterra.
Morgan atravesó la luz tenue del Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford, cojeaba un poco al apoyar su peso en el costado que no estaba herido.
El techo neogótico con arcos dejaba pasar la luz del sol a través de paneles de vidrio, pero, aunque era verano, la iluminación era débil.
Un grupo de niños reunido alrededor de los esqueletos de dinosaurios acariciaba con dedos curiosos los huesos de los muertos desde hacía milenios, mientras sus voces alegres llenaban la sala.
Las estatuas talladas en piedra caliza de Normandía rodeaban esa catedral de la ciencia, cada una sostenía una columna que se alzaba hasta la bóveda superior: Hipócrates, Galileo, Newton y Darwin, junto con otras luminarias a lo largo de los siglos, se erguían como guardianes apropiados para este cavernoso salón del conocimiento.
Morgan continuó hacia la atmósfera más sombría de Pitt Rivers, una zona separada del museo.
Las luces eléctricas dañaban las exhibiciones, así que se ofrecían linternas para que los visitantes pudieran ver dentro de los densos gabinetes.
Los destellos intermitentes de exploradores ocasionales brillaban entre las altas vitrinas de cristal, dando a la sala un aire de secretos íntimos ocultos en los rincones en penumbra.
Esta parte del museo contenía tesoros de antropología evolutiva y arqueología, traídos de tierras lejanas en el siglo xix , cuando pocas veces se cuestionaba el origen de las piezas.
Morgan entró en el laberinto de vitrinas cuando, detrás de ella, un grupo de niños soltaba chillidos al descubrir máscaras de animales en la sección de magia y brujería.
Sonrió agradecida de que la fascinación por lo macabro no fuera solo suya.
Al fondo del museo empujó una puerta sin ningún rasgo distintivo, para un observador casual, a simple vista parecía un simple cuarto de almacenamiento. Las luces parpadearon y escanearon su cuerpo antes de que el fondo falso del armario se deslizara hacia un lado.
Morgan se encontraba en lo alto de una escalera y miraba hacia las oficinas de ARCANO bajo el museo Pitt Rivers.
Cinco niveles rodeaban un tragaluz central que ofrecía destellos tentadores de los laboratorios situados más abajo, donde los equipos de investigación trabajaban con objetivos antiguos y ocultistas.
Martin Klein asomó la cabeza desde el tragaluz y le hizo señas con la mano.
Era el bibliotecario designado de ARCANO, un archivista brillante, aunque su trabajo desafiaba cualquier etiqueta sencilla: tomaba el conocimiento secreto del mundo y lo organizaba en bases de datos, creaba algoritmos para encontrar patrones en el caos y significado en el vacío.
Morgan cojeó al bajar las escaleras para encontrarse con él en el segundo nivel.
Al entrar en el laboratorio, Martin le dedicó una sonrisa radiante de bienvenida, con el cabello rubio organizado de forma curiosa, como si hubiera estado tirando de él.
Martin se ajustó los lentes con montura de alambre delgado sobre el puente de la nariz.
—Ven a ver, Morgan. Este amuleto tiene una inscripción totalmente diferente a lo que solemos ver en el politeísmo del antiguo Egipto. El faraón Akenatón es la clave de todo esto, estoy seguro.
Morgan levantó las palmas en un gesto de rendición.
—Despacito, Martin. Tengo que ponerme al día.
—Claro, claro —dijo Martin, balanceándose sobre la punta de los pies—. ¿Cómo está Jake?
—Sigue en terapia intensiva, pero es fuerte. Va a estar bien, estoy segura.
Morgan sabía lo difícil que era para Martin expresar sus sentimientos, pero le tenía un gran cariño a Jake.
Debido a su ausencia, Martin tomaba un papel más activo en la investigación y salía de su zona de confort habitual, la investigación pura.
Ambos trabajarían sin descanso para encontrar a Natasha.
Morgan sonrió.
—Muy bien, enséñame ese amuleto.
Martin se acercó a una mesa de laboratorio y Morgan lo acompañó por el lado opuesto. Un escarabajo de piedra turquesa, del tamaño de la palma de una mano, reposaba sobre una superficie de vidrio espejada, de modo que los jeroglíficos eran visibles en la parte inferior.
—Los amuletos en forma de escarabajo son comunes en los vendajes funerarios —explicó Martin—, pero este es diferente.
Es de la época del faraón Akenatón, cuando renunció a los demás dioses y convirtió a Egipto al monoteísmo; él adoraba al Atón, representado como un gran disco solar, pero fue un cambio profundamente impopular entre el pueblo.
Incluso tuvo que trasladar su corte a la ciudad de Amarna, donde se descubrió esto.
Morgan frunció el ceño.
—¿Y cómo se relaciona esto con el asesinato en el museo?
La herida en su costado palpitó con un dolor sordo, pero también sintió el cosquilleo de la curiosidad, su mente afilándose mientras analizaba el problema.
Era por eso que amaba trabajar en ARCANO, investigar misterios que unían el pasado con el presente, descubrir secretos antiguos largamente ocultos.
Martin volteó hacia su laptop y abrió un video de las cámaras de seguridad del Museo de Antigüedades Egipcias.
—Los perpetradores llevaban tocados de antiguos dioses egipcios, máscaras de culto extremadamente bien elaboradas, y sospecho que se utilizan en otros rituales religiosos, no solo en este asesinato.
Un grito desgarrador salió por el altavoz de la computadora. Martin apartó la mirada, pero Morgan se obligó a mirar cómo se desarrollaba la violencia.
La figura del dios halcón Horus era, claramente, Natasha El-Behery. Morgan la había visto matar antes, y no había ni un ápice de duda mientras Natasha clavaba el cuchillo en el costado del hombre.
Observó los momentos finales del asesinato brutal, con la bilis subiéndole por la garganta cuando el cincel emergió por la parte superior del cráneo del curador. La máscara ocultaba el rostro de Natasha, pero Morgan sabía que los ojos de la asesina serían fríos, sin un solo rastro de empatía.
Vio la escena hasta el final. No apartaría la mirada del asesinato, ni se alejaría de la tarea que tenía por delante.
—¿Quién era la víctima?
Martin revisó sus notas.
—El doctor Abasi Gamal. Es… era, el curador de la sección del periodo de Amarna en el museo; ha escrito varios libros y una gran cantidad de artículos académicos sobre cómo se expandió el monoteísmo en el antiguo Egipto. De ahí el vínculo con Akenatón.
Martin tecleó algo más en su computadora.
—La policía egipcia culpó del asesinato a los disturbios fundamentalistas que azotan en este momento al país. No les importa mucho la muerte de un académico poco conocido, así que depende de nosotros seguirle la pista a Natasha.
Hizo aparecer una imagen del rostro impactante de Natasha El-Behery. Podría pasar por una supermodelo, pero sus ojos delataban la crueldad y el dominio de una depredadora alfa.
—Los El-Behery son de la aristocracia egipcia.
Su abuelo proporcionó hombres a Howard Carter, el arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamón, y se llenó los bolsillos vendiendo antigüedades a Occidente.
Más tarde se convirtió en un gran benefactor que organizaba robos por encargo de artefactos específicos que luego donaba a los museos egipcios.
Hay pruebas que sugieren que formó parte del consorcio que repartió los bienes del museo de Bagdad después de la invasión, y que también organizó robos por encargo de ciertas antigüedades.
Después de su muerte, hace cinco años, Natasha se mudó a Europa, emergió como una pieza clave en la organización Thanatos de Milan Noble, y ya sabes cómo terminó eso.
La pantalla cambió a una foto de Natasha del brazo del magnate mundial de la salud, Milan Noble, con la Ópera Estatal de Viena de fondo.
Formaban una pareja espectacular, pero Morgan no podía sacudirse la imagen de la figura demoniaca en la que Milan se había convertido en las últimas horas de su maldecida vida.
—Natasha es una mercenaria —continuó Martin—. Una asesina por contrato con vínculos en el submundo del terrorismo y con experiencia en el tráfico de antigüedades. Tiene mucha demanda.
Morgan asintió.
—Sin duda es buena en su trabajo, y ya va un paso delante de nosotros. Necesito saber a dónde va ahora. ¿Qué se llevaron del museo?
Martin revisó sus notas.
—Todo lo que había en el despacho del curador, incluyendo diarios y algunas copias de sus libros sobre Akenatón, el origen del relato de Moisés y el Éxodo de los judíos desde Egipto.
Volvió a teclear en su computadora.
—Pero el asesinato en El Cairo es solo una pieza del rompecabezas. Tu amigo Lior, en Israel, nos reenvió esto hace apenas una hora.
La pantalla mostraba la cabeza cercenada y las palabras escritas con sangre en Washington, la cuenta regresiva de la página web y la imagen del arca.
Morgan sintió una punzada de pérdida al escuchar el nombre de Lior.
Habían sido buenos amigos cuando Elian aún vivía, pero después de dejar atrás su vida en Israel, había perdido contacto con muchos de sus viejos amigos.
Un breve encuentro tras la explosión en el Instituto Ezra en Jerusalén reavivó su amistad, pero aún tenían mucho que reconstruir para recuperar la confianza. Tal vez esta misión ayudara.
Morgan se inclinó para examinar las imágenes con más atención; las escrituras relataban cómo el arca fue llevaba alrededor de los muros de Jericó, tras su caída ante el poder del arca, los habitantes de la ciudad fueron masacrados; cada ser vivo fue asesinado en nombre de Dios.
Un símbolo religioso poderoso que también podía ser un arma terrible.
Aquella ya no era una simple misión para vengar las heridas de Jake. Israel era su país y la arena de su desierto corría por la sangre de Morgan.
—Natasha le preguntó al curador en dónde se encontraba el arca antes de matarlo. Tiene que estar involucrada en esto —dijo, mirando a Martin—. Tengo que ir a El Cairo.