Capítulo 2
Monumento masónico Nacional George Washington. Washington, D. C., Estados Unidos.
A Lucía Estes le encantaba caminar muy temprano por las mañanas, cuando las calles aún no estaban tan llenas y podía hacerlo con libertad, antes de que los torpes turistas, con sus mapas gigantes, inundaran la ciudad.
Muchos iban a visitar ese monumento, y ella le daba gracias a Dios por América, por la nueva vida que tenía ahí…
y por su trabajo: era parte del equipo de limpieza del monumento.
Puede que fuera un trabajo humilde, pero la hacía sentirse conectada con la historia de esa tierra, donde los inmigrantes como ella llegaron para construir nuevas vidas.
No era el monumento más famoso de Washington, pero todos los días llegaban turistas, y a Lucía le gustaba pensar que su trabajo mejoraba su experiencia.
Aquellos que se desplazaban hasta el suburbio de Alejandría estaban comprometidos con aprender más sobre uno de sus Padres Fundadores.
No sabía mucho sobre los masones antes de empezar en ese trabajo, pero poco a poco leyó los paneles informativos mientras limpiaba, día con día, y descubrió que eran una hermandad temerosa de Dios, dedicada a la comunidad, cuya reputación había sido empañada por rumores escandalosos.
El propio George Washington había sido masón toda su vida, al igual que muchos hombres ilustres de su época.
Mientras el sol asomaba por el horizonte, Lucía subía por el sendero ondulante que atravesaba las terrazas cubiertas de pasto que conducían al monumento, pasó junto a una placa con el compás, la escuadra y la letra G, símbolo de la geometría que representaba al Arquitecto, al gran Creador.
Elevó una oración rápida al pasar: mi trabajo es para ti, Señor.
Conforme el sol ascendía, un rayo de luz tocó la torre de tres pisos con su fachada clásica, sostenida por seis columnas dóricas, un diseño apropiado para el austero monumento.
La primera de las tres secciones representaba la fuerza, las columnas jónicas centrales simbolizaban la sabiduría, y las columnas corintias en la parte superior, la belleza.
Una pirámide con una llama, inspirada en el faro de Pharos, en el antiguo Egipto, coronaba la torre; este había guiado a los barcos a través del mar Mediterráneo hasta el puerto de Alejandría, y ahora el monumento iluminaba la verdad de los principios masónicos.
Lucía entró por la puerta trasera, abrió la pesada hoja con su llave, como siempre, era la primera en llegar, pero los demás encargados de limpieza y los guardias llegarían pronto.
Le gustaba comenzar temprano, prefería el trabajo duro a las charlas triviales y seguía la misma rutina cada mañana.
A veces terminaba sin darse cuenta que había pasado el tiempo, así de automático era su ritual.
Durante todos esos años de trabajo, el lugar se le había metido hasta el fondo de su alma: conocía íntimamente los cambios de temperatura al paso de las estaciones, sabía que los objetos de madera requerían cuidados especiales cuando había humedad, conocía el olor característico de los pasillos, pero hoy había algo que no estaba bien.
Había un indicio de un ambiente oscuro, algo que resonaba a miedo y muerte; flotaba en el aire, como una presencia malévola. Lucía se estremeció. No podía comenzar su rutina de limpieza con esa sensación, así que salió del área de trabajadores y fue a investigar.
Revisó las salas Logia Norte y Logia Sur, así como las salas de exhibición, pero estaban vacías y olían a limpio; la sala de la Réplica de la Logia, que contenía el mandil masónico y la paleta de George Washington, también estaba despejada.
Lucía entró al Salón Conmemorativo principal, el piso pulido rechinaba bajo sus zapatos.
Unas columnas de granito verde sostenían el techo alto y, al fondo del salón, la gigantesca estatua de bronce de Washington, ataviado con su regalía masónica, la observaba desde lo alto.
Ahí tampoco parecía haber nada extraño, así que subió las escaleras hacia el segundo piso.
El olor se intensificaba conforme se acercaba a la Sala del Capítulo del Arco Real.
En ella se encontraba una réplica dorada del arca de la alianza y una menorá muy apreciada, además de murales que representaban las ruinas del Templo de Jerusalén.
Lucía solía dejar esa sala para el final y la limpiaba con especial reverencia; amaba su atmósfera casi sagrada…
pero ahora temía lo que pudiera haber dentro.
Juntó un poco de valor para cruzar el arco de mármol y entró a la sala. Se quedó paralizada por el horror, y rápido se cubrió la boca mientras el hedor abrumador de la muerte llenaba el aire.
La cabeza de un joven estaba encajada entre los dos querubines dorados sobre la réplica del arca, con los rizos oscuros pegados al cráneo y los ojos desorbitados en una expresión de agonía.
La sangre chorreaba sobre el cofre dorado hasta el piso, donde yacía su cuerpo decapitado, en cruz, en un charco de sangre y excremento.
Había unas palabras garabateadas con sangre sobre el mural del templo destruido de Jerusalén: Shoah para los árabes. No a la paz.
Lucía extendió un brazo para aferrarse a la columna más cercana mientras el estómago se le revolvía, contuvo las náuseas, oró en voz alta, suplicó a Dios que le diera su fuerza para enfrentar semejante maldad.
Jerusalén, Israel.
El inspector general, Lior Avidan, caminaba de un lado al otro del elegante salón de juntas en el opulento Hotel Rey David, con la mente acelerada por los problemas que se avecinaban.
El atentado terrorista de 1946 había convertido ese lugar en un escenario simbólico para cumbres de paz y firmas de acuerdos.
Era una encarnación física de la supervivencia, y también contaba con uno de los sistemas de seguridad más sofisticados del mundo.
A pesar de la protección tan elaborada, faltaban solo seis días para que el presidente de Estados Unidos, si la cumbre salía bien, se sentara en esa misma mesa a firmar un nuevo Acuerdo de Paz, y Lior sentía una inquietud que iba más allá de sus preocupaciones habituales ante un evento histórico de tal magnitud.
Su equipo había revisado el sistema de seguridad varias veces, pero Lior seguía intranquilo. Llevaba el tiempo suficiente en el cargo como para saber cómo se sentía cuando todo había sido considerado, cuando todo había sido planeado, cuando él y su equipo habían hecho su trabajo correctamente.
Hoy no sentía eso.
Primero, la llamada desde Washington: un asesinato en el Memorial Masónico Nacional George Washington, con la cabeza de un hombre árabe colocada sobre una réplica del arca de la alianza.
Por el momento, el crimen se había mantenido fuera del conocimiento de la prensa, pero no tardaría en filtrarse.
Los masones eran un imán para los teóricos de la conspiración y enloquecerían con una Cumbre por la Paz tan cerca.
Las palabras pintadas en la escena del crimen resonaban en la mente de Lior; shoah era el término que los judíos usaban para referirse al Holocausto, el genocidio de seis millones de personas a manos de los nazis.
Era la razón por la cual su nación defendía a Israel hasta la muerte en la época moderna.
No permitirían ser aniquilados en una tierra ganada con la sangre y las cenizas de sus antepasados.
A veces, Lior no se sentía orgulloso de las acciones de su país, pero usar la palabra shoah contra otra raza era impensable.
¿Podrían haber sido extremistas judíos quienes cometieron el asesinato en Washington? ¿Era una advertencia o algún tipo de amenaza?
Un asesinato tan brutal no encajaba con los grupos habituales que protestaban contra la paz: halcones de derecha a ambos lados de la Línea Verde que separa a israelíes y palestinos.
El asesinato por sí solo ya habría sido suficientemente grave, pero ahora había una amenaza publicada en un sitio web y replicada por todas las redes sociales.
Cada minuto que pasaba acumulaba más vistas y era compartida más veces.
Lior se sentó a la mesa, en el salón, y abrió su computadora portátil para examinar la página, una vez más, que mostraba el arca de la alianza tal como era en la antigüedad, alzada sobre varas doradas posadas en los hombros de sacerdotes que desfilaban alrededor de los muros de Jericó.
El dibujo en blanco y negro era tan detallado que casi podía escuchar el estruendo del shofar, el cuerno de carnero.
Según el libro de Josué, los muros fueron destruidos por el poder del arca.
La imagen era claramente judía, pero debajo aparecía un texto en árabe con una cita del Corán, Surah al-Baqarah 2:248:
Una Señal de su autoridad será que les llegará el arca de la alianza… y las reliquias que dejó la familia de Moisés y la familia de Aarón, llevadas por los ángeles. En esto hay un símbolo para ustedes, si de verdad tienen fe.
Debajo, en hebreo, aparecían las palabras de las escrituras judías, 1 Samuel 4:5:
Cuando el arca del pacto del Señor entró en el campamento, todo Israel lanzó un grito tan grande que la tierra tembló.
Una cuenta regresiva avanzaba en la esquina de la pantalla, un temporizador hasta el último día de la Cumbre de Paz, a la hora exacta en que el presidente de Estados Unidos debía firmar los Acuerdos de Paz entre Israel y los palestinos.
La fecha del viaje era del conocimiento público, pero el horario exacto de la firma era información privilegiada.
El potencial de conflicto estaba en el filo de la navaja en aquella ciudad milenaria. Jerusalén había sido bañada en sangre durante milenios, y eso nunca cambiaría, pero Lior estaba decidido a no permitir que sucediera una catástrofe bajo su vigilancia.
El arca era la única cosa que podía detonar el apoyo de extremistas en ambos bandos en esta ciudad llena de contradicciones.
Si caía en manos musulmanas, se convertiría en una ficha de cambio de proporciones astronómicas, o desataría una guerra por poseerla; si los judíos ultraconservadores se apoderaban de ella, asaltarían el Monte del Templo y derribarían los lugares sagrados musulmanes para reconstruir el templo judío una vez más.
Y si las naciones musulmanas se unían contra Israel, eso podría desatar una guerra mundial.
Desde cualquier ángulo que lo viera Lior, el arca de la alianza solo podía traer violencia.
Pero claro, nadie sabía dónde estaba y la idea de montar una búsqueda sonaba más a Hollywood que a la Jerusalén del siglo veintiuno, sin embargo, esta era una tierra donde las reliquias antiguas aún podían cambiar el curso de la historia.
Lo mejor para todos sería que el arca permaneciera como una leyenda.
Lior había trabajado de cerca con los servicios de inteligencia de otros países, pero no había indicios claros de quién estaba detrás del sitio web o del asesinato en el monumento.
Muchos extremistas religiosos de ultraderecha afirmaban preparar la llegada del fin de los tiempos mediante distintos actos, pero esta vez ningún grupo se había adjudicado la autoría.
Ni siquiera los mejores hackers habían logrado rastrear quién había subido la imagen y la cuenta regresiva.
Los datos rebotaban entre servidores internacionales, pasando por empresas, sitios gubernamentales y direcciones privadas, pero eran imposibles de rastrear o eliminar a pesar de los numerosos intentos por bajar la página.
Lior suspiró, agotado, y se pasó las manos por el cabello negro y espeso, ahora salpicado con más canas que nunca.
Le había tomado años llegar a ese punto, y las negociaciones de paz eran tan frágiles como siempre.
La última vez que habían estado tan cerca como ahora fue en 1993, cuando Yasser Arafat estrechó la mano de Yitzhak Rabin en el jardín de la Casa Blanca.
Los dos hombres habían compartido el Premio Nobel de la Paz, y el mundo entero esperaba que ese evento marcara el inicio de una nueva era de paz.
Ambas partes del conflicto respiraron aliviadas… pero por poco tiempo.
En 1995, un judío extremista asesinó a Rabin, y Arafat murió casi una década después, sitiado en Ramala; más tarde, su cuerpo fue exhumado por temor a un envenenamiento con polonio, lo que elevó aún más las tensiones entre ambos lados.
La segunda intifada trajo años de violencia, y la paz pareció estar más lejana que nunca.
Demasiados jóvenes de ambos lados, incluidos los propios hijos de Lior, crecieron en medio del conflicto.
Una disrupción de la estabilidad y una oleada de violencia en este punto echaría por tierra todo el proceso, tal vez por otra generación más.
Lior no permitiría que eso ocurriera, estaba comprometido con la paz, como también lo estaban muchos otros israelíes y palestinos moderados. La esperanza debía prevalecer.
Empujó la silla hacia atrás y se acercó a la ventana, con vista hacia las murallas de la Ciudad Vieja. Los versículos del Talmud resonaban en su mente: “Dios le dio diez medidas de belleza al mundo: nueve se las dio a Jerusalén, y una al resto de la creación”.
Pero mientras las nubes de tormenta se acumulaban sobre la ciudad, Lior suspiró. También era cierto que “Dios le dio diez medidas de sufrimiento al mundo, y nueve cayeron sobre Jerusalén”.
Volvió a sentarse y hojeó un grueso expediente con material muy delicado para mantenerlo en formato digital en un mundo de cibercrimen en aumento.
Los grupos extremistas musulmanes nunca antes habían mencionado al arca de la alianza, siempre habían sido los cristianos estadounidenses quienes la buscaban en Jerusalén.
Un extremista incluso afirmaba que estaba bajo el Gólgota, donde la sangre de Cristo había goteado sobre el propiciatorio durante la crucifixión, pero, como siempre, esas investigaciones no revelaban nada importante.
Lior repasó la información sobre grupos judíos de ultraderecha decididos a recuperar el Monte del Templo, pero sus acciones se enfocaban en protestas. Una cuenta regresiva calculada no era su estilo.
El sitio web implicaba que, en seis días, un artefacto antiguo, perdido desde hacía millones de años, aparecería de repente en Jerusalén. Pero la ubicación del arca había estado oculta durante milenios. ¿Qué tan probable era que ese grupo pudiera obtenerla y mostrarla en tan poco tiempo?
Sin embargo, Lior sentía una profunda inquietud, pues el arca era tanto un arma como un símbolo de victoria, tenía que hacer algo, pero no podía arriesgarse a involucrarse en rumores y especulaciones religiosas.
ARCANO le debía un favor desde que había ayudado a resolver el desastre en el Instituto Ezra. Tal vez ellos pudieran ayudarlo a resolver el misterio.