Capítulo 1
Hospital John Radclige. Oxford, Inglaterra.
Morgan Sierra se incorporó con cuidado de la cama de hospital y logró ponerse en pie sin ayuda. El dolor le palpitaba en todo el cuerpo, pero intentó disimularlo con una determinación férrea mientras la enfermera del área la observaba.
—Claramente no está lo suficientemente bien para irse, necesita descansar —dijo la enfermera, que sostenía los papeles del alta justo fuera de su alcance.
Morgan sonrió con lo que esperaba que fuera algo más que una mueca.
—El doctor ya lo autorizó, y me siento mucho mejor. De verdad.
Estaba decidida a salir del hospital ese mismo día. El director de ARCANO, Marietti, había conseguido que le dieran un alta anticipada tras recibir noticias de los acontecimientos en el museo de El Cairo, además, Morgan estaba ansiosa por comenzar la investigación.
La enfermera suspiró y le entregó los papeles.
—Puede que sea terca, pero no es superhumana. Voy a ponerle unas gasas extra en la bolsa, junto con los analgésicos. Tiene que cuidar esa herida.
Morgan se llevó una mano a la herida a medio sanar de su costado izquierdo; solo una más entre las cicatrices que le había dejado su carrera previa en el ejército israelí.
El recuerdo de aquel dolor anterior, y de su recuperación, era lo que le permitía soportar ahora, sin embargo, esa punzada parecía más profunda que una simple herida en su carne, había sido causada por un hombre transformado por una maldición demoniaca en una cripta hecha de huesos humanos, y Morgan aún se sentía contaminada por su maldad.
—¿Puedo ver a Jake antes de irme?
La enfermera sonrió.
—Sigue en coma inducido, pero puede despedirse.
Después de pasar demasiado tiempo vistiéndose y de estremecerse de dolor con cada movimiento, Morgan caminó despacio por el pasillo hacia la unidad de terapia intensiva.
El tenue ruido blanco de las máquinas y un zumbido bajo de voces llenaba el pasillo; el sonido de noticias entregadas a enfermos y moribundos, algunas buenas, otras malas, todas ellas pruebas de la fragilidad humana.
Su propio cuerpo estaba magullado y golpeado tras la batalla en la iglesia de huesos de Sedlec, pero ella conocía sus límites: había un margen de gracia entre el colapso físico y un cuerpo sostenido únicamente por la necesidad de venganza. Aún no había llegado al límite.
Morgan había aprendido en el ejército que un guerrero no pelea solo cuando tiene ganas, cuando los astros se alinean o cuando su estómago está lleno, lo hace porque la fe y la pasión mueven el cuerpo a actuar.
El cuerpo es apenas una envoltura de lo que la voluntad puede lograr, y Morgan tenía todas las razones del mundo para salir a esa misión ahora mismo.
Entró en la habitación privada, el agente de ARCANO, Jake Timber, yacía boca arriba con los ojos cerrados; unos tubos se internaban en sus venas y bajaban por su garganta mientras los monitores a su lado emitían pitidos constantes.
Su expresión era serena y los moretones en su rostro eran ya apenas sombras amarillentas, pero bajo las sábanas, el cuerpo de Jake estaba destrozado por las lesiones sufridas en la iglesia de huesos.
Este coma inducido médicamente le daría tiempo para sanar.
Morgan se sentó y tomó la mano de Jake. Ese cuerpo roto no era su compañero, el hombre con quien había peleado y matado codo a codo, su Jake estaba en el limbo, esperaba que su cuerpo y su mente volvieran a reunirse; era su amigo, tal vez algo más que eso, y también el responsable de haberla llevado al Instituto de la Alianza Religiosa del Conocimiento Arcano y Numinoso Oculto (ARCANO), sacándola del árido mundo de la academia, donde había estudiado la intersección entre la psicología y la religión.
ARCANO le había dado un vistazo a un mundo más allá de los titulares, un lugar en la sombra dedicado a resolver misterios surgidos de la religión, la psicología, lo sobrenatural y lo inexplicable.
A pesar de lo golpeado que estaba su cuerpo y de cómo las misiones anteriores habían destrozado sus creencias, Morgan ahora vivía para desentrañar esos misterios.
—Hubo un incidente en Egipto —dijo Morgan, con la esperanza de que Jake pudiera escucharla—, Natasha El-Behery no desapareció después de lo que sucedió en la cripta de huesos.
Se retiró a Egipto y cometió un asesinato de alto perfil en el Museo de Antigüedades Egipcias de El Cairo.
Voy a ir tras ella y, para cuando despiertes, ya no será un asunto pendiente.
Le apretó la mano y luego la volvió a colocar suavemente sobre la cama, se puso de pie y caminó hacia la puerta; miró hacia atrás en el último momento.
—La voy a atrapar, Jake. Cuídate.
Salió del hospital y tomó un taxi de regreso a Jericho, en el centro de Oxford, donde las casas en hilera junto al canal colindaban con las majestuosas residencias del casco antiguo.
Las imponentes puertas de la Oxford University Press dominaban la calle principal, con su entrada flanqueada por columnas corintias altísimas, del color de la miel líquida bajo el sol de la mañana.
El taxi se detuvo frente a la pequeña morada de Morgan, una típica two-up, two-down , una casa con dos salones en la planta baja y dos dormitorios en la planta superior.
El diminuto jardín al frente ya había invadido el camino, y las hierbas se extendían hasta la puerta azul deslavada.
No parecía gran cosa, pero ahora era su hogar, lejos de los recuerdos de su pasado en Israel.
Entró y cerró la puerta, se recargó contra ella con el cuerpo vencido, ya no tenía que fingir que se sentía bien.
Una parte de su ser quería subir las escaleras, meterse en la cama, taparse con las cobijas y esconderse del mundo; el director Marietti podía encontrar a otra persona para esta misión mientras ella sanaba y se recuperaba.
Pero entonces pensó en Jake, acostado en la cama del hospital, en cómo Natasha los había encerrado a ambos con el demonio. Aquella mujer era una asesina despiadada, y Morgan estaba decidida a acabar con ella.
Entró a la sala y dejó su bolso. Los libros viejos abarrotaban cada rincón, reunidos de las muchas tiendas de antigüedades en Oxford, escritos por autores que hacía mucho habían muerto y que habían intentado alcanzar la inmortalidad a través de sus palabras.
Muchos de sus libros habían sido destruidos a tiros durante la invasión de Thanatos para encontrar las piedras de Pentecostés, y estaba decidida a reconstruir su biblioteca.
Sobre la repisa de la chimenea había una foto enmarcada, tomada un día de verano en la playa de Brighton, en ella aparecía arrodillada junto a su hermana gemela, Faye, y su pequeña sobrina, Gemma; construían un castillo de arena.
El sol les otorgaba un halo brillante al cabello, los ojos azules de Faye resplandecían, la marca violeta en su ojo izquierdo era nítida en la imagen.
Morgan tenía la misma marca en el ojo derecho, la única pista visible de que eran gemelas.
Faye y Gemma eran su sangre, aunque algunos miembros del equipo de ARCANO también comenzaban a sentirse como parte de su familia.
Un maullido lastimero rompió el silencio, la gata intermitente de Morgan, Lakshmi, entró a saludarla; la levantó y apretó su cara contra el suave pelaje de Shmi.
—Yo también te extrañé. ¿La señora Dawes fue buena contigo?
El vientre redondo de Shmi era prueba de que la amable vecina hacía más de lo necesario. Shmi se revolvió y maulló para que la bajaran, solo permitía unos cuantos mimos breves, eran el par perfecto: ambas compartían una independencia arisca.
Miró su reloj. Tenía que estar en la oficina de ARCANO en menos de una hora, lo que le dejaba poco tiempo para arreglarse.
Se apresuró a subir a su dormitorio, austero y funcional, y se desabotonó la camisa frente al espejo. Con cuidado, se despegó la tela de la herida y se examinó en el reflejo.
La garra del demonio la había cortado profundo, rozó sus órganos vitales, y la herida mostraba un rojo furioso alrededor de las puntadas.
Los moretones se extendían por su espalda y rodeaban su vientre plano, y aun sobre su piel de tono mediterráneo los tonos marrón moteado y púrpura eran evidentes.
Tocó los puntos con suavidad, palpó los bordes hasta que pudo sentir algo más que dolor.
Le tomaría tiempo sanar por completo, pero le proporcionaba un cierto consuelo, pues cuando su cuerpo recuperara toda su fuerza, y para cuando hubiera detenido a Natasha, tal vez Jake estaría listo para unirse a ella de nuevo.
Se colocó un plástico sobre la herida, entró con cuidado a la regadera para lavar el olor a hospital que aún se aferraba a sus rizos oscuros.
Aunque hubiera preferido un baño largo en la tina, eso tendría que esperar, Martin Klein la esperaba para informarle sobre su próxima misión.
Se apresuró a vestirse y prepararse para salir, pero había algo que necesitaba hacer antes.
En el descanso, fuera de su habitación, Morgan usó un bastón como gancho para jalar la pequeña trampilla del desván, bajó la escalerilla y subió al angosto ático, hizo una mueca por el dolor en su costado mientras se arrastraba por la viga central.
Un rollo suelto de alfombra vieja quedaba al fondo, metió la mano en el extremo opuesto para sacar una pequeña maleta maltratada, se arrodilló frente a ella y la abrió con cuidado. Era una especie de subconsciente externo que contenía recuerdos que deseaba mantener ocultos, pero cerca.
Pasó los dedos sobre los dos juegos de placas de identificación de las Fuerzas de Defensa de Israel; unas eran las suyas, retiradas al finalizar su servicio activo como psicóloga militar, las otras las había tomado del cuerpo acribillado de su esposo, Elian, después de la emboscada fatal que le arrebató la vida, varios años atrás.
El kipá de fieltro suave de su padre y un par diminuto de zapatitos, que pertenecían a Gemma, descansaban junto a otros objetos preciados que había coleccionado con el tiempo.
Morgan sacó un fragmento largo de hueso de su bolsillo, un trozo de fémur humano que había extraído del cuerpo de Jake y ahora lo sentía como un talismán, un lazo que la unía con él, incluso mientras él flotaba en la inconsciencia.
Jake se había enfrentado al mal aquella noche en la cripta de huesos, pero había pagado un precio físico muy alto por su valentía.
Natasha El-Behery seguía allá afuera, dejaba un camino de destrucción a su paso. Mientras Morgan se arrodillaba en el ático, susurró una promesa en silencio. Esta vez sería ojo por ojo.