Arca de sangre (Arcano 3) Prólogo
3%
Arca de sangre (Arcano 3)

Arca de sangre (Arcano 3)

Por J. F. Penn

© inepub.com

Prólogo

Museo de Antigüedades Egipcias. El Cairo, Egipto.

Los djinns se filtraban por las grietas de la ciudad primigenia mientras Anubis merodeaba la noche egipcia en busca de moribundos.

Los dioses de los antiguos habían sido enterrados en lo profundo, pero, en la oscuridad, escarbaban su camino de regreso a la superficie, listos para beber una vez más la sangre del sacrificio.

Youssef Diab se concentraba en la última pista de su crucigrama, con el único sonido del zumbido y el chisporroteo de los ventiladores, que aun así eran incapaces de enfriar el sofocante calor del verano.

Era el único guardia en turno esa noche, la empresa de seguridad había enviado a todos los otros guardias a los negocios que rodeaban la plaza Tahrir, después de los recientes disturbios políticos.

El museo se encontraba en silencio y en calma, los muertos eran sus únicos ocupantes, justo como le gustaba a Youssef.

Un grito repentino con un sonido metálico reverberó a través de la pantalla de seguridad.

Youssef saltó lejos de su crucigrama, con la piel erizándosele ante el sonido fantasmal. Fue agudo al principio, luego se desvaneció en un gemido tembloroso.

Escaneó las pantallas, cambiando de vista hasta que vio movimiento en las galerías del periodo Amarna, entrecerró los ojos frente a la pantalla.

Parecía que unos intrusos le hacían algo a las estatuas gigantes, pero no podía ver quién o qué había gritado de forma tan espeluznante.

Presionó la alarma silenciosa para que los refuerzos llegaran rápido, pero tenía que hacer un esfuerzo por detenerlos mientras tanto, o perdería su trabajo.

Youssef sacó su arma de la funda y se dirigió a la planta baja.

Al llegar, dobló en una esquina hacia las galerías de Amarna y avanzó con cautela, se mantuvo cerca de las vitrinas repletas, donde los ojos de los cadáveres momificados miraban desde los desechos de una civilización muerta hacía mucho tiempo.

Un gemido animal sonó más adelante, un ruido terrible de sufrimiento. Youssef se apresuró, con el arma lista.

Sus zapatos chirriaron sobre los mosaicos y se quedó inmóvil a mitad del paso, con el corazón desbocado.

La compañía de seguridad no le pagaba lo suficiente para arriesgar su vida tan fácilmente.

Escuchó un momento, pero no apareció nadie, así que Youssef siguió avanzando a hurtadillas, se acercó de puntillas al umbral y se asomó entre dos vitrinas hacia la escena que se desarrollaba frente a él.

Un hombre estaba atado, con el cuerpo en cruz, entre dos esculturas inmensas, con los brazos extendidos hacia los dioses antiguos que lo observaban impasibles desde lo alto; su camisa estaba rasgada y la sangre goteaba hasta formar un charco a sus pies, proveniente del signo anj grabado en su pecho, el jeroglífico de la vida eterna en forma de cruz y un asa ovalada en la parte superior.

El rostro de la víctima estaba hinchado y ensangrentado, pero Youssef se dio cuenta, con un sobresalto, que se trataba de uno de los curadores especialistas, el doctor Abasi Gamal.

Junto al curador se encontraba una mujer que empuñaba un cuchillo ceremonial de hoja afilada; un traje negro ceñido acentuaba sus curvas femeninas y una máscara del dios halcón Horus cubría su rostro.

Otros dos la acompañaban, encarnaban a dioses vueltos carne: Anubis, el chacal, y Thot, con su cabeza de babuino.

La mujer deslizó su hoja sobre el pecho de Abasi dejando surcos sangrientos en su carne.

—¿Dónde está el arca? Sé que la has estudiado durante muchos años y descubriste algo nuevo recientemente. ¿Dónde está?

Abasi alzó la vista hacia ella, con el rostro deformado por el sufrimiento, aunque con un extraño brillo de fanatismo en los ojos.

—Nunca la encontrarás. El arca se ha protegido a sí misma durante generaciones y ahora permanecerá a salvo de ti. Te maldigo…

La mujer le golpeó el plexo solar con el extremo romo del cuchillo.

—Suficiente.

Abasi gruñó y cayó desfallecido sobre sus ataduras.

—Tengo tus diarios, encontraré tu investigación y a tu asistente. Yo no te necesito, pero los dioses necesitan un sacrificio para bendecir mi búsqueda.

Abasi alzó los ojos hacia su torturadora, aterrado y habló con voz temblorosa:

—No, no puedes hacerlo. Por favor… no tendría descanso en la eternidad.

La mujer les hizo un gesto a Anubis y a Thot para que se acercaran. Los hombres bajo las máscaras desataron a Abasi y lo arrastraron hasta un sarcófago, una caja funeraria de gran tamaño, diseñada para contener restos momificados.

—El sarcófago es apropiado —susurró la mujer—, la palabra significa comedor de carne, y eso será lo que te pase. Deberías sentirte halagado de que tu cuerpo sea tratado tal como el de los faraones, aunque, claro, ellos ya estaban muertos cuando comenzaba el proceso.

El curador forcejeó y clamó en una lengua antigua, una súplica a los dioses para que le perdonaran la vida, mientras los hombres lo ataban sobre la tapa del sarcófago.

Le introdujeron una mordaza en la boca mientras se retorcía, intentando escapar, pero las cuerdas lo sujetaban con firmeza.

La mujer giró y destrozó el vidrio de una vitrina que contenía las herramientas del proceso de momificación, rescatadas de una tumba en el Valle de los Reyes.

Seleccionó un cincel y un martillo y los acarició como si anticipara el placer que estaba por venir.

Youssef comprendió lo que la mujer pretendía hacer, pero estaba paralizado por el miedo, incapaz de moverse. Solo podía mirar mientras ella tomaba los instrumentos y se acercaba a su víctima.

Entonaba oraciones antiguas en una voz tan vasta y vacía como el desierto, sus hombres respondían en un coro repetitivo que invocaba dioses que durante mucho tiempo se habían creído muertos.

Abasi intentó zafarse, gritó con la mordaza, pero Anubis mantuvo su cabeza quieta con unas manos carnosas, fuertes y gruesas.

Con delicadeza, como si no quisiera marcarlo, la mujer insertó el cincel en una de las fosas nasales del curador y con un ligero golpe del martillo, pegó el extremo y la sangre brotó alrededor del instrumento.

Abasi gruñó y la mujer golpeó de nuevo, más fuerte esta vez, los ojos del curador se pusieron en blanco del dolor lacerante.

—No puedes detener esto, Abasi —la voz de la mujer era inquietantemente serena pese a la sangrienta escena—. Dime dónde está el arca o realizaré el ritual para destriparte antes de extraer el cerebro de tu cráneo.

Abasi gimió contra su mordaza y sacudió la cabeza con una negativa enfática.

—Que así sea, entonces —dijo la mujer inclinándose sobre el curador, tan cerca como una amante, luego presionó el cuchillo ceremonial en el costado izquierdo; observaba cómo la hoja atravesaba la piel.

Movió el cuchillo de un lado a otro, lo hundía cada vez más profundo mientras respiraba con fuerza, excitada por la íntima violación.

Abasi gemía en una agonía tortuosa, se retorcía bajo las manos de los dioses que lo sujetaban.

Youssef sabía que debía hacer algo para salvar al hombre, por lo menos correr para pedir ayuda, pero estaba paralizado por el horror y aterrorizado de convertirse en el siguiente.

Las figuras enmascaradas comenzaron a cantar de nuevo, palabras antiguas que avivaban el horror primitivo de aquel lugar mientras la mujer cortaba la carne del curador.

La sangre le chorreaba por las manos a medida que cortaba más profundo, con el costado que dejaba al descubierto sus órganos internos.

Introdujo la mano dentro del cuerpo de Abasi y sacó un pedazo de sus intestinos, cuyo hedor hizo que uno de los hombres casi vomitara. La sangre y los fluidos corporales brotaban en borbotones sobre el suelo… pero el curador seguía vivo.

—Algunos hombres han visto sus intestinos arder antes de morir, pero contigo terminaremos a la manera tradicional.

Se inclinó para tomar un cincel más largo, lo insertó en la nariz y levantó el martillo.

Esta vez puso todo el peso de su cuerpo en el golpe. Una vez. Dos veces.

Con el segundo impacto el cincel emergió por la parte superior del cráneo de Abasi, goteando materia cerebral y fragmentos ensangrentados de hueso.

El curador se estremeció, quedó inmóvil. La mujer calmó su respiración mientras miraba el cadáver a sus pies con la ropa manchada de sangre y las vísceras humeantes sobre el suelo.

Volteó hacia los hombres.

—Registren su oficina, quiero todo en lo que estuviera trabajando. Llévense todo.

Los dos hombres se marcharon, la mujer se quedó a solas con el cadáver mutilado. Extendió una mano y pasó la yema de los dedos por la sangre en el pecho del hombre para trazar el símbolo de la vida eterna.

De pronto giró hacia el lugar donde Youssef se escondía, como si pudiera escuchar el palpitar de su corazón. Él se encogió contra la pared y contuvo la respiración, ella dio un paso en su dirección.

Youssef entró en pánico y echó a correr, huyendo de la horrible escena mientras una risa lo perseguía como una maldición.