Capítulo 18 #2
Börg saludo con un gesto a Jaime y a Lino.
Hacía siglos que no estaba en una batalla con sus antiguos camaradas.
Era hora de ver si seguía siendo tan diestro con la espada como lo era antes.
Con un grito, salido de lo más profundo de su garganta, golpeó la espada que Tabilov había sacado de una funda que lleva en su espalda.
Era un espectáculo ver al antiguo rey vikingo y su mano derecha batiéndose en una lucha sin igual.
Las chispas que saltaban al chocar las espadas, competían con el fulgor de los relámpagos que Ópalo creaba.
El hada negra se acercó sibilina cual serpiente a Agatha, que la miraba temerosa, sonriendo las otras dos hadas negras estrecharon el circulo dejándola sin posibilidad de huida.
Guiñando un ojo a Ana que se acercaba junto a Atenea, dio su propio grito de guerra y se elevo un metro sobre la cabeza de Ópalo que cambió su gesto de furia por uno de sorpresa.
—¿Creías que me teníais atrapada? Pues os vais a quedar con las ganas, tengo un regalito para vosotras —afirmó Agatha haciendo surgir del suelo hiedra venenosa que se enroscó en las piernas y en los brazos de las hadas negras, impidiéndoles cualquier movimiento.
Ópalo observó con estupor como Ana y Atenea le cortaban la cabeza a sus dos compañeras, a la vez que dos elfos del bosque salían de una abertura de la tierra que Agatha había abierto en el suelo y la atrapaban, haciéndola desaparecer de la vista del resto, para llevarse a una celda, de donde no saldría nunca.
—¿Y tú desde cuándo vuelas? —le preguntó Ana a su amiga que había vuelto a poner los pies en el suelo.
—Desde que estuve en Escocia. Jaime lo sabía, pero le pedí que no dijera nada. Ya me mirabais como un bicho raro sabiendo que era un hada, buena gana de contaros más detalles.
—Vosotras dos, ¿qué tal si dejáis de charlar y os ponéis a cazar elfos oscuros? —les sugirió Jaime mientras peleaba con un vampiro al que ya le había arrancado un brazo y seguía dando mordiscos al aire.
Dos vampiros y un elfo oscuro tenían arrinconado a Lino que peleaba con bravura y energía.
—¿Necesitas ayuda?
—Ahora que lo dices Atenea, si te encargas de este vampiro de la izquierda, de los otros dos ya me encargo yo.
—Un placer —contestó la diosa disparando una certera flecha al corazón del vampiro que se deshizo al instante en cenizas.
De un solo golpe Lino acabó con el elfo oscuro y le cortó la cabeza al vampiro. Con un gesto le agradeció la ayuda a Atenea, y juntos fueron hacia donde Hércules peleaba con cinco vampiros y otros tres elfos oscuros. Ana y Agatha ya estaban allí, peleando junto a Jaime en perfecta sincronía.
—Caray con la mosquita muerta —comentó Calista molesta, al ver que lo que creían una batalla ganada, se iba convirtiendo en una guerra en la que iban perdiendo y que Agatha no era la inocente hada que les había hecho creer a todos.
—Nunca me gustaste. Eras una mala jefa y una peor compañera. Y por cierto, si aquí alguien está muerto eres tú, y voy a encargarme de que vuelvas a la tumba de la que no debiste salir jamás.
En un triple ataque, Jaime le arrancó el corazón por la espalda a Calista, Ana le clavó un cuchillo en su cuello y Agatha hizo que la hiedra le arrancara una pierna.
—No ha estado mal chicas.
—¿Ese no es el cuchillo que te regale para trinchar el pollo? —preguntó el hada al ver el objeto que Ana recogía del suelo, una vez que el cuerpo de Calista se había convertido en polvo.
—Es multiusos —respondió Ana encogiéndose de hombros.
Cuchillos, flechas, espadas, hiedras, rayos, la calle se llenó de ruidos de la batalla que se estaba desarrollando sobre el asfalto.
Natalia y otra hada blanca habían acudido a ayudar a Agatha, pero al ver que contaba con suficientes aliados, ocuparon posiciones a ambos extremos de la calle, creado con su poder una ilusión óptica que engañara los sentidos de los curiosos que atraídos por el ruido pudieran asomarse por alguna de las ventanas.
Aparentemente la lluvia caía con fuerza, creando una cortina de agua que junto con la oscuridad de la noche impedía ver nada de lo que ocurría en la calle.
Los vecinos preferían dedicar su atención al partido de futbol que se acerca al final en una emocionante prorroga.
Ruth había hecho aparecer un arco y unas flechas de la nada, y las disparaba certeramente, haciendo blanco en los vampiros.
Ícaro al ver como las hadas negras y sus compañeros, los elfos oscuros iban cayendo uno tras otro, decidió que era mejor escapar de allí.
Ya llegaría su momento, pero no era ese.
Con Hércules y Lino a la cabeza, uno a uno fueron acabando con los vampiros que apoyaban a Tabilov en su lucha de poder.
En el centro solo quedaban Börg y su antiguo rey luchando como fieros guerreros, recordando lejanos tiempos, siglos atrás, cuando eran los hombres más temidos y respetados de cuantos poblaban la tierra.
—Quieta —le ordenó Jaime a Agatha sujetándola por el brazo—. No es tu lucha.
—Pero si intenta algo sucio…
—Mira a tu alrededor, no tiene posibilidad de huir. Tabilov lo sabe, quiere morir como vivió. Como un guerrero a manos de un igual.
Agatha miró el rostro de su amado. Pese a su aspecto, con su ropa moderna, y el gabán hecho jirones agitado al viento, era a un vikingo a quien veía.
Tabilov, aunque era consciente de su derrota inminente, peleaba con el temple de un rey.
Sabía que iba a morir, pero si podía, se llevaría a Börg por delante.
¿Y tenía que parecerle bien? ¿Pretendían que se quedara quieta viendo como el hombre al que amaba podía morir a manos de ese asqueroso vampiro? Lo llevaban claro.
Tabilov sacando fuerza, de donde ya no la tenía, con una magistral maniobra, logró arrancar de la mano la espada de Börg, haciéndole una profunda herida en el brazo.
El antiguo vampiro cayó al suelo, colocando su mano derecha, inútil y sangrante, sobre su rodilla.
El pelo le caía sobre los ojos, empapado de lluvia y sudor.
Entre dos mechones, desvió su vista hacia su hada.
Esperaba encontrar miedo y espanto, pero encontró furia y determinación.
Agatha, con un imperceptible movimiento de cabeza, le indico que mirara a su izquierda.
Unas pequeñas hojas verdes asomaban con timidez, en una diminuta grieta del asfalto, junto al verdor percibió un destello.
¡Era su hacha! La había perdido en los primeros momentos de lucha con Tabilov, de alguna forma Agatha la había encontrado y se la acercaba con ayuda de una mata de arándanos que había hecho crecer de la nada.
Deslizando con lentitud su mano izquierda para que el vampiro no captara sus propósitos, fue acercándola al hacha, al mismo tiempo que las ramitas le acercaban el mango de la misma.
—Creías que podrías vencerme. ¡SOY TU REY Y SIEMPRE LO SERE! —gritó Tabilov, levantando con las dos manos su espalda, dispuesto a darle el golpe final a su antiguo leal servidor ante el espanto de los espectadores que se preparaban para atacarle antes de que matara a un indefenso Börg.
—No, ¡Mi reina es MI HADA! —afirmó Börg incorporándose, con el hacha en la mano izquierda.
Sin darle tiempo a reaccionar, se la clavó al vampiro en el corazón.
Le quitó la espada de la mano, y de un tajo, le cortó la cabeza.
Al instante una llamarada surgió del cuerpo inerte de Tabilov, prendiendo fuego al último rey de los vikingos que había caminado sobre la tierra.
Como una cadena, uno a uno el resto de cuerpos de vampiros decapitados estalló en llamas.
Al día siguiente las noticias hablarían del sorprendente fenómeno que aquella noche de principios de verano había hecho que varias personas, en diferentes países, murieran tras una combustión espontánea de sus cuerpos.