Capítulo 19
L a casa de Agatha estaba atestada de guerreros reponiéndose de sus heridas.
Ana y Jaime como eran vampiros se recuperaban ellos solos de sus heridas por su capacidad regeneradora.
El profundo tajo del brazo de Börg iba sanando poco a poco gracias al don del hada.
La espada de Tabilov había cortado músculos y tendones, llegando a rozar el hueso.
—Es increíble —susurró Hércules.
—En el Olimpo podemos curarnos —afirmó Atenea, contemplando sus propias heridas.
—Prefiero que la reina de las hadas me cure —respondió seductor Hércules guiñando un ojo, para enfado de Börg—. Hoy me toca guardia con los niños de Maca y si me ven sangrando se van a asustar.
—Pues ponte una tirita, mi novia solo me cura a mí.
—Tranquilo vikingo, tu eres el que más guapo, el que mejor lucha, el único dueño de mi corazón.
Börg le dedicó una mirada orgullosa, para acto seguido robarle un beso a su hada que le dejara claro a Hércules que no tenía nada que hacer.
—Buscaros una cama —bromeó Jaime ante las risas del resto.
—Fue una suerte que el hacha estuviera a tu lado en ese instante —comentó suspicaz Lino.
—¡Ja! ¡Suerte! —exclamó Agatha terminando de curar a Börg. A continuación, le pasó una toalla mojada que había traído Ana, para que se limpiara la sangre, el sudor y el barro.
—Somos uno, Agatha no solo cura mis heridas, lucha a mi lado para que no las tenga. Un guerrero debe saber que batallas puede ganar solo y en cuales debe dejarse ayudar.
—Bien dicho amigo —asintió Lino, apretando el hombro del vikingo.
El hada cambió de asiento para curar las heridas de Hércules que no eran más que leves rasguños comparadas con las de Börg.
El dios griego se quejaba a cada segundo de las molestias que sentía a medida que Agatha cerraba sus heridas.
Börg vigilaba las reacciones del dios, dispuesto a cortarle una mano si se propasaba con su chica.
—¿No fuiste tú el que mató al León de Nemea, a la Hidra de Lerna y se enfrentó al Toro de Creta y no sé a qué a más? —le preguntó socarrón.
—En el fragor de la batalla las heridas no duelen, pero ahora me estas matando rubia —respondió quejica Hércules.
—Listo. Veamos esa herida de la pierna Atenea —dijo Agatha pasando del bravucón de Hércules.
La hermosa diosa se había limpiado la sangre y el barro, dejando la vista una fea herida que abarcaba toda la pierna derecha, causada por una lanza de uno de los elfos oscuros—.
Noto algo de veneno, quédate quieta, lo eliminaré.
Los ocupantes del improvisado sanatorio guardaron silencio, contemplando maravillados el don de Agatha.
Hasta Natalia y Ruth observaban calladas, conocedoras de que el poder que estaban viendo sobrepasaba en mucho al de cualquier otra hada.
Cuando vieron volar a Agatha lo comprendieron, ninguna de ellas podía hacerlo, y que ellas supieran, ningún hada, blanca o negra, era capaz de hacerlo.
En ese instante una tenue luz blanca parecía salir de sus dedos recorriendo el contorno de la herida, causando que un reguero de pus amarillento manara de ella.
Con una toalla limpia, Lino ayudó al hada a retirarla de la pierna de Atenea.
Una mezcla de admiración y orgullo inundó el corazón de Börg.
Su hada era generosa y valiente. No se había amilanado en la batalla, luchando a su lado como el más fiero de sus guerreros.
Eso sí, tardaría en perdonarle que les hubiera ocultado a todos lo poderosa que era.
Cuando vio aparecer a Tabilov, su único miedo fue que ella muriera.
Después de más de mil años en busca de la dueña de su corazón, no soportaría perderla tan pronto.
Agatha pensó que nada mejor para reponer el cuerpo y la mente, que una taza de té de arándanos con mandarina. Jaime sugirió que con unas gotas de Whisky escocés mejoraría, algo en lo que todos estuvieron de acuerdo para enfado de Agatha.
—No sabéis apreciar lo bueno.
—No te enfades hadita, solo son unas gotitas —afirmó el highlander volcando la botella en la taza.
—Por cierto, Lino —comenzó a decir Agatha sonriendo con picardía—, ¿qué hay que hacer para contratar una niñera de tu servicio de cuidadores?
—¡No soy una niñera! —exclamó Hércules enfadado, haciendo reír a Atenea.
—Agatha no creo que Marta quiera un dios por su casa —intervino Ana—. Si han sabido criar a ese par de terremotos que son los gemelos, Mateo y ella se las arreglaran con uno más.
—No es para ellos —negó el hada dando un sorbo a su té, haciendo que cierto guerrero vikingo se atragantara con el suyo.
—Apolo me debe un favor —dijo Lino entendiendo la situación—. Además, es el dios de la curación y de la protección contra las fuerzas malignas y está conectado con la naturaleza.
—Y de la muerte súbita, de las plagas, de la verdad… —continuó enumerando Hércules.
—Precisamente, el indicado —aseguró Lino.
—Me estoy poniendo nervioso —declaró Börg mirando a Agatha—. ¿Qué más no me has dicho?
—Estoy embarazada. ¿No te hace ilusión tener un vikingo o una vikinga en miniatura?
FIN