Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 18
93%

Capítulo 18

A ún sonaban los truenos lejanos de la tormenta de inicios del verano que había caído minutos antes.

Agatha y Börg remoloneaban la sobremesa del domingo, con una taza de té con arándanos y mandarina que compartían, a la vez que leían un libro.

Habían desarrollado una perfecta técnica: él sostenía el libro, y ella recostada contra él, la preciosa taza de porcelana.

Habían elegido una novela policiaca con la que entretener las horas hasta que llegará la hora de ir a casa de Marta.

Los gemelos le habían pedido al vikingo con insistencia que fuera a jugar un “ratito” al nuevo video juego que les habían regalado.

—Solo un poquito tío B. —aseguró uno de ellos sentado en las rodillas de Börg, entre mordisco y mordisco al segundo trozo de tarta de chocolate, la noche antes durante la fiesta.

—Papá es muy malo y mamá no sabe —cuchicheó el otro desde las rodillas de Agatha, atacando su tercer trozo de tarta.

—Yo también quiero, porfi, porfi —pidió el pequeño Lino, metiendo la cabeza entre la pareja.

—Está bien. ¿Qué os parece si mañana te vamos a buscar y vamos los tres a casa de la tía Marta? —sugirió Agatha, viendo que Börg se estaba derritiendo con la petición, y la miraba pidiendo su opinión.

—¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

De modo que a las seis tenían que pasar por casa de Macarena y Julián, para cumplir su promesa.

—¿Cómo es posible que un viejales como tú sepa jugar con los videojuegos? —preguntó Agatha divertida mientras recogían los restos de la fiesta bien entrada la noche del sábado.

—No tenía una hadita que me distrajera por las noches —respondió mimoso robando un beso al objeto de su desvelos.

El pequeño Raúl al ver que su hermano mayor se iba con Börg, lloró con desconsuelo pidiendo ir con ellos también. La promesa de su padre de volver a ver por enésima vez, la última película de Disney, le hizo quedarse en casa algo más conforme.

Desde la cocina, Marta y Agatha oían los gritos de los cinco jugadores que haciendo dos equipos, buscan derrotar al adversario pasando de nivel antes que su oponente.

—Me gusta —afirmó Marta, bebiendo un sorbo de café, de la taza que le había robado a Agatha en un descuido—. Tenía mis reticencias al principio, pero tengo que reconocer que no es tan malo para ser un antiguo vampiro.

—No voy a decir te lo dije, pero lo estoy pensando. Más vale que me devuelvas la taza que tú no puedes beber café.

—Aguafiestas.

—Te he traído una infusión muy rica de frutas del bosque.

—¿Un poquito de té? —preguntó Marta esperanzaba.

—Infusión —contestó Agatha deslizando hacia su tía el saquito con las hojas trituradas—. Te vi hablando con Ana y Jaime ayer. Al final el highlander te ha conquistado igual que a todas las mujeres de la familia.

—Hasta mi hermana sonríe como una boba cuando él habla —comentó riendo Marta pensando en la madre de Agatha que al final había aceptado ir a la fiesta, por insistencia de Lucia y Candela.

—Como mi vikingo no hay nadie, pero tengo que reconocer que la abuela era buena eligiendo amigos. Aunque sigo sin entender porque no nos habló antes de él.

—Conociéndola diría que no era el momento, que el destino diría cuando —comentó Marta levantándose para prepararse una taza de la infusión que le había traído Marta. Distraída, se acarició la barriga mientras el agua hervía.

—Seremos unos excelentes tíos para mi sobrina —aseguró Agatha al ver el gesto de su tía.

—Chiss, que no te oigan. Siguen queriendo un chico, no saben que es una niña. Supuestamente en la próxima ecografía nos lo dicen, claro que mi ginecóloga no sabe que tengo una sobrina que se comunica con mi hija no nata sin mi consentimiento.

—Ella quiere que sea su madrina. ¿Qué otra niña puede presumir de tener una hada madrina? —bromeó Agatha haciendo que Marta llorase hasta que le salieron las lágrimas.

Eran poco más de las nueve y media, cuando dejaron a un dormido Lino en su casa, y volvían de la mano a la suya.

La calle estaba desierta. Televisaban un partido de futbol, en el que los dos principales equipos de Europa se enfrentaban.

El repiqueteo de los tacones de Agatha, rompía el silencio, en las últimas horas del fin de semana.

Delante de ellos cuatro amigos regresaban a sus hogares, comentando el partido.

De repente Agatha comenzó a sentirse revuelta.

—No debí de tomar esa segunda taza de café.

—No es eso —negó Börg quedándose parado.

—¿Qué pasa?

—¡Llama a Ana y a Jaime!

—Pero…

—¡AHORA! —gritó el vikingo colocándose delante del hada, que con nerviosismo rebuscaba en el bolso.

El móvil estaba en el fondo, al intentar sacarlo, un paquete de pañuelos y las llaves cayeron al suelo de forma escandalosa.

Agatha vio como los en apariencia cuatro inofensivos amigos se giraban.

Eran Ópalo, Calista, y dos hombres a los que no había visto antes.

Unos pasos a sus espaldas, le indicó que no estaban solos.

Le dio tiempo a pulsar el botón de llamada, pero un rápido movimiento a su derecha capto su atención.

Era Tabilov, que sonreía mostrando sus colmillos.

—Estáis solos y aquí no hay ningún hechizo que os proteja —afirmó amenazante mirando fijamente a Agatha—. Una pena que ya no seas un vampiro y no puedas proteger a tu hadita.

—No necesito ser un vampiro para acabar contigo —aseguró Börg sacando una antigua espada del forro del gabán con la mano derecha, a la vez que agitaba un hacha de mango corta que había salido del mismo sitio minutos antes, ante el asombro de Agatha que por fin entendía porque su chico era tan tiquismiquis a la hora de colgar su ropa: no dejaba que nadie lo hiciera por él.

—Y yo no necesito que nadie me defienda —replicó Agatha que había recuperado la compostura, cambiando el miedo por ira.

Con las plantas de los pies apoyadas con firmeza en el suelo, y los brazos formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con su cuerpo, se colocó detrás de Börg, espalda contra espalda, dispuesta a presentar batalla.

No le quitaba el ojo a Calista, estaba más que harta de su antigua jefa.

—Ícaro, lamentaras haber salido del bosque —siseó Börg mirando con despreció a uno de los hombres que acompañaban a Calista. Al fijarse con detenimiento, Agatha se dio cuenta de que los dos desconocidos tenían las orejas puntiagudas.

“—¿Elfos? —se preguntó extrañada—. Ya solo faltan un par de hobbits.”

En un segundo todo se precipitó. Los dos elfos se abalanzaron hacia el vikingo, a la vez que Calista y Ópalo atacaban a Agatha.

Esta, hizo que un fuerte viento comenzara a soplar, derribando a sus dos enemigas, de una violenta ráfaga.

Girándose, estiró la pierna, haciendo la zancadilla a uno de los elfos.

Börg, con un diestro movimiento, asestó un tajo en el tórax al elfo al que había llamado Ícaro.

—¡Corre! —exclamó el vikingo, huyendo con Agatha hacia una calle lateral.

Solo pudieron avanzar unos metros, cuatro vampiros más y una mujer que debía ser otra hada negra, les cortaban el paso.

Girándose, observaron con pavor que, en la retaguardia, Calista y Ópalo, con Tabilov en el centro, tomaban posiciones.

Börg estaba desesperado, no podría luchar contra todos y al mismo tiempo proteger a su hada.

Por mucho viento y lluvia, que ella creara, solo lograría confundirlos momentáneamente.

—Te quiero —dio Agatha sonriendo a su guerrero, que con infinito amor le devolvía la mirada—. Dudo que salgamos de esta, pero sé que volveremos a encontrarnos. No te preocupes amor mío, esto no es el final para nosotros.

—Te equivocas rubita. Aquí y ahora acaba vuestra existencia —afirmó Tabilov a unos centímetros de ella.

—Lamento ser un aguafiestas —tronó una voz desconocida a la entrada de la calle.

Era un atractivo hombre de metro noventa, musculoso, de fieros ojos verdes, con una brillante melena ondulada hasta los hombros que llevaba una espada que refulgía bajos los rayos de la tormenta que Agatha había creado y Ópalo alimentaba divertida por la inocencia de la inexperta hada.

A Agatha le pareció estar viendo al protagonista de la película 300.

Junto a él, una bella mujer, con el pelo sujetado en una alta coleta, apuntaba con su arco a Calista.

A su lado estaba el hombre más gigantesco que Agatha había visto nunca.

Uno de sus brazos tenía el diámetro de una de las columnas de su porche.

Estaba segura —, pero el que sobra aquí eres tú Tabilov.

—Lino, me alegro de verte —le saludo Börg aliviado por contar con inesperados aliados.

—Estos dos que son unos tardones —respondió Lino señalando a sus acompañantes.

—María y Raúl no se dormían —replicó la mujer.

—Atenea, ya te he dicho que tienes que ser más firme con ellos, o no conseguirás dominarlos.

—Hércules, guárdate los consejos para ti. He visto como le dabas refresco de cola al pequeño Lino cuando creías que su madre no miraba.

—¿Llegamos tarde? —preguntó una voz con marcado acento escocés, desde el otro extremo de la calle.

—No cariño, justo a tiempo —aseguró Ana, mirando con desagrado a las hadas negras que estaban junto a su amiga.

Al caérsele el teléfono a Agatha, la llamada no se había cortado y pudo escuchar lo que estaba ocurriendo.

El azar hizo que estuvieran saliendo de cine, donde se habían encontrado con Natalia y Ruth que habían hecho buenas migas durante la fiesta el día anterior.

Los dos vampiros se habían traslado a la velocidad del rayo a la calle donde transcurría la pelea, llevando a las dos mujeres con ellos.

Gracias a su don, Natalia había podido localizar su situación mejor que un GPS.

Jaime mostró reparo a que Ruth les acompañará, pero al ver el medallón que colgaba de su pecho, sonrió y la cogió por la cintura para llevarla con él.