Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Ó palo paseaba nerviosa por la habitación destartalada de la casa que habían ocupado en las afueras de la ciudad. Tabilov la había obligado a abandonar la comodidad de su casa, por temor a un ataque furtivo de Börg.

—No saben dónde vivo, en mi casa estaríamos mejor que aquí —insistió el hada al oír los planes del vampiro.

—Si no hubieras sido tan estúpida como para pagar con tarjeta todo este tiempo, tal vez fuera así, pero si se lo proponen a través de ella pueden llegar a nosotros. Estaremos mejor aquí. Te has vuelto blanda con tantos lujos.

No tenían luz, habían tenido que encender fuego en la chimenea para calentarse un poco.

Los vampiros parecían indiferentes al frío, durmiendo en alguno de los dormitorios, mientras aguardaban que el sol dejara de lucir en el cielo.

Otras dos hadas negras como ella habían llegado acompañadas de tres elfos oscuros que habían desertado, siguiendo los pasos del que ahora era su rey: Ícaro.

El resto de la comunidad elfica, escandalizada por el asesinato del padre a manos del hijo, había decretado su muerte.

Ícaro había tenido que huir, buscando refugio con las hadas negras, al mando de las cuales estaba Ópalo.

Tabilov les había prometido que, si lo liberaban, y le ayudaban a hacerse con el control de los vampiros, les restituiría las coronas que les habían sido negadas.

Para ello solo tendrían que hacer una cosa: esclavizar a los humanos, matando a las hadas blancas que equilibran con sus dones la naturaleza, impidiendo que los humanos perdieran su voluntad a manos de los vampiros, convirtiéndose así en sus siervos y en su alimento.

No esperaban que la nueva amiga de Börg, tuviera tanto poder.

Su abuela Margarita era poderosa pero su nieta lo era mucho más, y al vincularse con un vampiro milenario sus dones se habían incrementado exponencialmente, haciendo de ella el hada más poderosa sobre la tierra.

El vikingo ahora era un humano, según Tabilov sería fácil acabar con él durante el fragor de la batalla.

Una vez muerto, el poder de Agatha se debilitaría por el dolor y la perdida, y podrían acabar con ella.

Él mismo se encargaría de asestarle la fatídica puñalada.

Había esperado muchos siglos, desde aquel día que le había traicionado.

Cuando despertó siendo vampiro, esperaba encontrarlo a su lado combatiendo, sin embargo, se lo había encontrado enfrentado a él.

No le perdonaría jamás tamaña ofensa. Había esperado durante siglos el momento de su venganza, encerrado en aquella celda sombría y oscura, sin más compañía que sus pensamientos. ¡Por fin había llegado la hora!

Ícaro era el eslabón débil de su alianza.

Demasiado inestable y peligroso. No actuaba con cabeza, se movía por impulsos.

Ese lo convertía en doblemente peligrosos: para los suyos y para las hadas blancas.

No debería haber acabado con su padre de una forma tan chapucera, pero no podían quejarse.

A Ópalo y a Tabilov les venía bien contar con su ayuda, aunque no lamentarían su pérdida si resultaba muerto en la guerra con las hadas blancas y los vampiros que las veneraban.

Sin él, sería más fácil deshacerse de los elfos oscuros.

Los elfos del bosque serían su siguiente objetivo.

—¿Alguna novedad? —preguntó Tabilov acercándose al fuego.

Ópalo disimuló su repulsión ante el deforme ser, cuya figura le recordaba a la típica imagen de Nosferatur.

Calista venía con él. Maldita vampira, solo tenía que hacer una cosa: vigilar a Agatha y acabar con ella antes de que sus poderes aumentaran.

Para eso se había infiltrado en el supermercado como su jefa.

Se había confiado y en un descuido la dichosa hada se había ido a Escocia de forma inesperada, encontrándose con Jaime.

Al principio pensaron que tal vez saliera algo bueno de ello.

Si se hubiera vinculado con el highlander, su poder habría sido menor.

Incluso cabria haber esperado que se hubiera quedado en Inverness de forma permanente.

Todo parecía indicar que sería así. Ópalo había liberado a Tabilov de su prisión en una remota aldea de Galicia, donde los elfos lo ocultaban a los ojos indiscretos de los humanos.

Se disponían a hacerse con el control de todo ser de la tierra, aprovechando que las fuerzas que mantenían el equilibrio de la naturaleza, comenzaban a resquebrajarse tras la muerte de Margarita, cuando un inesperado cambio tuvo lugar.

El hada no solo había regresado, sino que se había enamorado del vikingo al que tanto odiaba Tabilov.

Este había intentado acabar con ella, de la misma forma que se había deshecho de la mujer de Jaime y su bebé nonato: un desgraciado atropello.

La primera vez el plan había funcionado a la perfección.

El pilluelo que había robado al tendero, provocando la persecución que había desencadenado que el caballo se asustara, convirtiendo el carruaje del que tiraba en un arma, había sido fácil de manipular.

La mujer de Jaime era la descendiente de una familia de hadas de la vieja Inglaterra, y él bebé estaba destinado a convertirse en una poderosa hada.

Un elfo oscuro, al que Tabilov le había indicado que hacer desde su celda, había impedido que naciera, acabando con la estirpe de hadas.

Solo quedaba otra familia de hadas igualmente poderosa: la de Margarita.

Durante siglos habían fracasado en sus intentos de acabar con ellas.

Protegidas por el vikingo milenario y otros vampiros, ocultos en las sombras, pero vigilantes, habían salido indemnes de las diversas tentativas de asesinato.

Esta vez creían que lo lograría, Agatha era la descendiente más débil de las últimas generaciones.

Normalmente un hada alcanzaba su poder en la veintena, pero Agatha ya estaba mediada en la cuarentena.

Era el momento propicio para acabar con las hadas blancas.

Calista conducía el coche que se había llevado por delante a la despistada Agatha.

Era cuestión de minutos que Tabilov se saliera con la suya.

No contaban con que Margarita lograra contactar con ella en la realidad paralela de la inconsciencia, haciéndola volver a la vida.

Además, de forma inesperada, Börg había renunciado a su inmortalidad, uniendo su espíritu al de Agatha, haciendo que las grietas por las que pretendían hacerse con el poder, comenzaran a repararse.

No había tiempo que perder, tenían que romper esa unión fuera como fuera, antes de que fuese demasiado tarde.

—Han llegado refuerzos —explicó Ópalo a la pareja de vampiros.

—Será esta noche —anunció Tabilov— No esperan que les ataquemos tan pronto. Estarán relajados tras la fiesta de ayer, es el momento.

—Su casa está protegida —indicó Calista.

—La del hada sí —dijo Tabilov sibilino—. Atacaremos en otro lugar. Vamos a alimentarnos, necesitamos estar fuertes esta noche. Nada puede salir mal. El fracaso no es una opción.

—No fracasaremos —afirmó la vampira con seguridad.

—Por tu bien, más vale que sea así. No hay más oportunidades Calista. Te confiaste, y no acabaste con Agatha antes de que su abuela muriera. Te di una segunda oportunidad, solo tenías que pasarle el coche por encima y eso tampoco fuiste capaz de hacerlo bien.

—No fallaré.

—Más te vale, o yo personalmente te arrancare en corazón y me lo comeré. Y puedes creerme, no dudaré en hacerlo —amenazó Tabilov a Calista en un sepulcral silencio, en el que ningún ser se atrevía a moverse.

—¡Venganza! —exclamó Ópalo, a una imperceptible señal de su señor y maestro, que nadie más captó.

—¡Venganza! —repitió un coro de voces con Ícaro al frente.

Tabilov sonrió satisfecho. Había llegado el momento. Esa noche sería el fin de la era de los hombres.