Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¿Conocías a mi abuela? No recuerdo que me hablara de ti —negó suspicaz.

Cada vez le desagradaba más su interlocutora, tenía que lograr que se fuera antes de que llegaran el resto de invitados.

Si le habían hablado de ella, había sido Calista.

Cada vez estaba más claro que el que la vampira fuera su jefa en su antiguo lugar de trabajo, no era ninguna coincidencia, como tampoco lo era que Ópalo fuera clienta del mismo.

—Oh, fuimos grandes amigas. He estado fuera pero alguien me dijo que Margarita había muerto y tu poder había despertado. Así que me dije, voy a presentarme.

—No quiero ser descortés, tal vez en otro momento…—dijo Agatha que no creía ni una sola palabra de lo que la siniestra hada le decía.

—No habrá otro momento Agatha —dijo Jaime a su espalda, enfadado como pocas veces le había visto. Empujándola suavemente a un lado, se colocó en el lugar que ocupa su amiga antes, situándose en frente de Ópalo—. Márchate, no tienes nada que hacer aquí.

—Jaime, querido, que gusto verte a ti también. ¿Cuánto hace? ¿Sesenta o cincuenta años? Cuando corrías tras las faldas de Margarita y le disputabas su cariño a un vulgar humano.

—¡Oye que ese humano era mi abuelo Lincoln! Un respeto —le ordenó Agatha poniendo las manos en jarras, dispuesta a sacar de su casa a esa oscura hada, aunque fuera a rastras.

—¡FUERA! ¡AHORA!

Todos en la casa de Agatha se quedaron paralizados.

Nadie se había percatado de que Börg había llegado trayendo la piñata para los niños.

Dejándola escondida, entró en la cocina y no le gusto lo que vio.

Una de las hadas más peligrosas de todos los tiempos estaba hablando con su confiada novia.

Con satisfacción podía ver como Jaime se había colocado entre ellas dos.

Por mucho resentimiento que pudiera haber entre ellos dos, el vampiro daría su vida por Agatha.

Enfurecido se acercó al grupo, dispuesto a poner las cosas en su lugar.

—Tranquilo cariño, ya se iba —afirmó la dueña de la casa, poniendo una mano en el pecho de Börg para evitar que sacara de malos modos a la intrusa, algo que podía hacer ella solita.

—El vikingo ha llegado. Veo que después de tantos siglos, por fin has conseguido enamorar a un hada. Cuando Tabilov me lo contó no pude creérmelo, era imposible que un ser milenario dejara de serlo por una vulgar campanilla.

—¡La única vulgar aquí eres tú, bonita! —exclamó Agatha cada vez más enfadada.

—¡Qué horror! Calista ya me advirtió que eres lo más opuesto a un hada que nunca se ha encontrado. La naturaleza ha malgastado en ti los dones.

De pronto un torbellino en forma de mujer morena cruzó la cocina, y agarrando a Ópalo, la sacó de la casa, dejando en medio de la calle.

—Si te vuelvo a ver cerca de mi amiga, te meteré la cabeza en la cloaca de la que has salido. Eres un hada, con lo que serás longeva pero mortal. Sera un placer acabar contigo. Por cierto, soy Ana, y ese escocés pelirrojo es mi novio. Cuidadito con lo que le dices también a él.

—Vámonos. Hoy no es el momento —una voz cortante como un cuchillo, con un suave acento de Europa del este, interrumpió el torrente de amenazas de Ana.

—Tabilov, estas muy lejos de Bulgaria —replicó Börg, que no necesitaba ser vampiro para deslizarse con suavidad y llegar sin que su presencia fuera advertida previamente.

—Me he cansado de mi retiro. Estoy pensando en regresar al mundo de los hombres.

—No serás bien recibido —afirmó el vikingo, mostrando en sus ojos la heladora mirada que Agatha hacía tiempo que no veía.

—Se acostumbrarán a los cambios, y el que no lo haga…

—Ya lo intentaste una vez y fallaste. No pierdas el tiempo.

—Interesante, oigo latir tu corazón. Lo hiciste, te vinculaste a un hada, tantos años junto a ellas, ¿qué te hizo cambiar de idea?

—El amor, algo que nunca sabrás que es.

—Te equivocas. Se lo que es el amor. Me amo más que a nadie en el mundo. Y como me quiero tanto he decido darme el capricho de salir de la cueva donde las hadas me tenían retenido.

—¡Ópalo!

—Acertaste, ella y sus fieles seguidoras me sacaron de allí. No todas las hadas comparten la devoción que tú sientes por los humanos. Aunque claro, ahora eres uno de ellos.

—Ellas solas no han podido sacarte de allí, el bosque estaba protegido por un hechizo protector del rey de los elfos.

—Hechizo que quedo roto, al morir el rey. Una pena para él, una alegría para mí.

—Tú te encargaste de que lo mataran. Fue cosa tuya —afirmó Börg cortante.

—Me hubiera encantado llevarme el mérito, pero no fui yo. Su hijo estaba cansando de ser su sombra durante tantos siglos.

—Ícaro —pronunció Jaime acercándose a ellos, seguido por Ópalo. Cada uno se colocaron al lado de su respectivo líder, en actitud defensiva.

—Vaya, vaya, habéis hecho las paces.

—¿Tú no tendrías nada que ver en el atropello de Agatha?

—preguntó Börg suspicaz. Era muy extraño que la embarazada mujer de Jaime muriera en un atropello, y siglos después fuera la propia Agatha la que casi perecía en otro.

Jaime, adivinando por donde iba el pensamiento del vikingo apretó los puños, pero una furtiva mirada a Ana que aguardaba en la puerta de la casa junto a Agatha, le hizo recapacitar, y mantener la sangre fría.

Si iniciaban una pelea, algún inocente podía resultar herido.

Unas negras nubes comenzaron a cubrir el hasta entonces claro cielo, portadoras de lluvia y granizo.

—De eso nada monada. ¡Hoy no llueve en Salamanca!

—exclamó Agatha enfadada, dese la puerta del jardín.

Había visto los movimientos de la mano de Ópalo, y adivinando lo que se proponía la había contrarrestado.

La oscura hada la miró sorprendida, tenía más años y más experiencia, una advenediza no tenía nada que hacer contra su poder, pero el hecho es que estaba ocurriendo.

—¡No! —ordenó Tabilov al ver como Ópalo se movía a su lado, dispuesta a enfrentarse a el hada con él que Börg se había vinculado. Era poderosa, podía sentirlo, dudaba que ella misma o su antiguo súbdito supieran hasta que punto—. Vámonos.

Dándose la vuelta, con una leve inclinación de cabeza a modo de despedida, Tabilov se fue calle abajo alejándose de casa de Agatha.

—¿Por qué nos hemos ido? —preguntó molesta Ópalo, caminado junto a Tabilov—. Podíamos con ellos.

—No es inteligente iniciar batallas que no se pueden ganar.

Es la casa del hada, es su territorio y estaríamos en desventaja.

Tus poderes allí se verían disminuidos, además ni yo ni Calista podríamos entrar en ese jardín sin invitación de la dueña, y estoy seguro de que no nos la va a dar.

Otro lugar, y otro momento. Llegaran nuestros refuerzos y entonces atacaremos.

Haciendo acopio de fuerza de voluntad, Agatha y los suyos continuaron con los preparativos.

Börg no le dijo nada a su hada, pero alertó a los peculiares niñeros de los hijos de Maca y Julián, que estaban invitados a la fiesta, de que deberían estar atentos a lo que ocurría en el exterior.

Natalia avisada por Jaime llegó acompañada por dos hadas blancas que se quedaron vigilando la calle, por si Tabilov y los suyos decidían volver.

Dentro, con suerte, solo deberían de preocuparse de que los chiquillos no se atiborraran con demasiados dulces, y de que los comentarios de la familia de Agatha no hicieran enfurecer a la anfitriona.

Por suerte, el resto de la velada transcurrió con tranquilidad sin más sobresaltos, en un ambiente distendido y festivo.

Ninguno de los cuatro fue capaz de olvidar lo que había ocurrido horas antes, pero hicieron un esfuerzo por mostrar normalidad y unirse a la fiesta.