Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

D ecidieron retrasar la fiesta en casa de Agatha unos meses, hasta después de la apertura de las tiendas, para que coincidiera con el inicio del verano.

Aprovecharían para anunciar el nuevo embarazo de Marta, que ya entonces estaría de tres meses.

Esa misma noche, según volvían a su casa compraron un test de embarazo en una farmacia de guardia.

Los gemelos dormían en casa de los padres de Mateo, así que sentados en la cocina, contemplaban impacientes el palito.

—Esas dos rayas…

—Sí, estoy embarazada.

—No puedo creer que el novio de Ana lo haya sabido antes que nosotros.

—Te dije que no compraras los preservativos en el chino.

—Fue un caso de emergencia cielo.

—Ya, pues mira el resultado —dijo Marta acariciándose la barriga.

No se notaba aún el embarazo, pero le hacía ilusión saber que estaba gestándose una nueva vida dentro de ella.

Esperaba que fuera una niña, adoraba a sus gemelos, pero quería comprar vestidos y muñecas.

Había fantaseado con la posibilidad de aumentar la familia, sin embargo, su edad y su próxima aventura empresarial, la habían hecho desistir de la idea.

—Los niños estarán encantados.

—¿Tú crees? Con la tienda, tal vez no sea el momento de tener un bebé.

—Seguro que están felices. No te preocupes por la tienda, reduciré mi horario en la oficina, puedo trabajar desde casa.

Contrataremos a alguien que nos ayude con los niños y las tareas domésticas.

Además, tenemos varios titos que estarán más que dispuestos de echarnos una mano si hace falta.

Es el momento, aquí y ahora, ese bebé será más muy bienvenido.

Mateo no se equivocó en su hipótesis. Los gemelos dieron saltos en sus camas, emocionados al saber la noticia. Ellos querían un hermanito para enseñarle a jugar al futbol, estaban dispuestos a compartir sus juguetes con él y a cuidarle si era necesario.

—Las niñas también juegan al futbol —les aseguró Marta.

—Mejor un niño, pídeselo a la cigüeña, que se asegure bien —afirmó resuelto uno de los niños, mientras el otro asentía con la cabeza enérgicamente.

El tiempo fue pasando, y cuando quisieron darse cuenta las tiendas estaban abiertas y funcionando.

Era el momento de celebrarlo. Ana se volcó en la fiesta veraniega de embarazo.

La próxima maternidad había suavizado la furibunda reacción de Marta, al descubrir que era una vampira.

Quería recompensarla por tantos sobresaltos y disgustos.

Hasta Jaime colaboraba solicito con ella, en los preparativos que compaginaban con la apertura de la tienda de ropa de su amiga y las dos de ella.

Habían decidido unificarlas en la marca común: Abuela Margarita .

Los diseños de Marta eran ropa cómoda y confortable tanto para pequeños como para mayores, con encanto clásico, pero sin ñoñez.

Con una línea dedicada al estampado tartán del clan de los MacGraw, que usaban también para los embases de las cremas que llevaban plantas y semillas traídas por ella misma desde Inverness.

En la tienda de comida, vendían verduras de cultivo ecológico, quesos y productos lácteos de granjas cercanas, huevos de gallinas cuidadas con cariño, hasta vino de un viñedo de Börg en la baja Sicilia.

Había sido toda una sorpresa cuando el vikingo anunció con timidez que tal vez tuviera un producto adecuado para la nueva tienda.

El vino era excelente, y al cabo de unas semanas, los pedidos se fueron incrementando.

Agatha quería decorar el jardín con farolillos, disponiendo mesas y sillas en torno al parterre de madreselvas que destaca en el centro.

Las flores inundaban el aire de dulces fragancias, compitiendo en belleza con los frutos de los árboles y de los arbustos.

Habían colocado un par de columpios que hacían las delicias de los niños con sus vibrantes colores.

—Como se ponga a llover, ya me dirás que hacemos —protestó Ana cuando Agatha le contó su idea.

—No va a llover. Seguro. Yo me encargo.

—¿Puedes hacer eso? —preguntó Ana sorprendida del don de Agatha que asintió con sonrisa complacida.

—Si es necesario puedo crear un pequeño microclima. Será algo transitorio, en unas horas seguirá lloviendo, pero será suficiente.

—¿Lo has probado alguna vez? —quiso saber Ana sin poder ocultar su curiosidad.

—¿Cómo te crees que dejo de llover el día que inaugurasteis las tiendas, si estábamos en alerta con la borrasca Daniel? Menudo ojo tuvisteis a la hora de elegir el día.

Las tiendas habían sido un éxito desde el mismo día de su apertura.

Las mamás del colegio de los gemelos, las antiguas clientas de Ana, alguna de las autoras de la editorial M&B.

Y a estas les habían seguido las amigas, los conocidos de conocidos, y cuando habían querido darse cuenta, Abuela Margarita era ya una marca de referencia en la ciudad.

Con el verano a la vuelta de la esquina, Marta decidió crear una línea de ropa para ceremonias, para madres y niños.

Todo parecía ir viento en popa, tanto en lo profesional como en lo personal, para las tres amigas y sus parejas, pero como solía pasar, la felicidad era momentánea y sin malos momentos que les hicieran valorar lo que tenían, la vida no tenía sentido.

Agatha no tuvo que hacer ningún hechizo el día de la fiesta.

Desde primera hora el sol brillaba en el cielo, y la temperatura era suave.

La empresa del catering llegó poco después de la encargada del mobiliario que habían alquilado para la ocasión.

A Börg casi le parecía ver polvo de hada como en los cuentos, al paso de Agatha que cual Campanilla, se movía de un lado a otro.

Pizpireta, llevaba un vestido de color verde musgo, con flores bordadas en el cuerpo, por detrás y por delante, diseño exclusivo de Marta para la ocasión.

Lucia y Candela, habían llegado el día anterior, dispuestas a ayudar a su hermana.

Sus padres no habían estado muy conformes, cuando estas anunciaron su intención de hospedarse en la que había sido la casa de su abuela.

—Siempre os habéis quedado aquí con nosotros —protestó la madre de las tres hermanas que seguía molesta con su hija mayor.

—Bueno mamá, en casa de Agatha hay mucho espacio y será divertido ayudarla con los preparativos.

Börg no da abasto con las locas ideas de mi hermana —respondió Lucia por teléfono cuando tres días antes había llamado a sus padres para contarles sus planes.

Candela no se había atrevido a decírselo, y había delegado en su hermana la tarea, al ser la menor, estaba más consentida.

Desde la muerte de la abuela Margarita, su madre y sus tíos parecían estar todo el día enfadados.

Por el contrario, con la relación de Agatha con Börg, su hermana resplandecía.

A su lado se sentían llenas de vida y felices.

Era una sensación que antes no habían notado, pero ahora era evidente, y aunque no lo habían comentado entre ellas, ambas sabían que las dos lo sentían.

Además, el novio de su hermana, no solo era guapo y atento, era un excelente conversador, y habían comenzado a habituarse a consultarle las decisiones complicadas que debían tomar en su vida diaria.

Así que allí estaban las tres hermanas atando lazadas en las sillas, colgando farolillos, distribuyendo paquetitos de regalos para los invitados en sus platos, y un sinfín de cosas más que su hermana les iba pidiendo.

Uno de las personas que había traído el catering le avisó de que una mujer esperaba en la cocina, para verla.

Agatha dejo lo que estaba haciendo para ir al encuentro de la inesperada visitante.

Sus amigas hubieran pasado directamente, y los invitados tardarían aún un poco en llegar.

—Hola. ¿Me buscabas? —preguntó Agatha a la mujer de corto pelo castaño, complexión menuda, que curioseaba su cocina y a la que solo podía ver de espaldas.

—Hola Agatha. ¿Qué tal estas? —preguntó la intrusa girándose y dejando ver su rostro.

Agatha reprimió un grito de asombro. Era la estirada antipática que solía ir al supermercado donde trabajaba antes de la muerte de su abuela, y siempre pagaba con tarjeta de crédito sin mirarla siquiera.

Ahora la tenía delante de ella, sonriéndola como si fueran amigas.

—Bien, gracias. No quiero ser descortés, pero como ves estamos algo liados, si me dices que te trae por aquí y en que puedo ayudarte —respondió Agatha sin disimular su desagrado por la inesperada visita.

No le gustaba esa mujer, era de esas personas falsamente simpáticas, a la que la sonrisa no le llegaba a los ojos. Solo sus labios se curvaban en un vano intento de afabilidad. El resto de su cuerpo mostraba a las claras, que estaba en posición defensiva y alerta.

—Me llamo Ópalo. Soy un hada como tú, estaba deseando hablar contigo, pero en el supermercado no tuve ocasión. Me han hablado mucho de ti.

Agatha se sobresaltó mirando a su alrededor, temiendo que alguien ajeno a su círculo más íntimo pudiera haber oído lo que la extraña mujer decía.

Los camareros encargados de servir la cena, entraban y salían de la cocina, disponiendo las bandejas y la comida por las distintas superficies.

Ellas dos estaban algo apartadas, pero no podían evitar las furtivas miradas que estos les dedicaban.

—Tranquila, está controlado, no nos oyen —aseguró la intrusa haciendo un gesto con la mano.

Agatha comprendió que el hada había realizado algún hechizo para que no pudieran escucharlas—.

Te pareces mucho a tu abuela —continuó Ópalo inclinando su cabeza hacia la derecha, observando a Agatha con detenimiento, escrutinio que a esta no le gustó.