Capítulo 15 #2
Estaba segura que ese fue el último instante que estuvo de pie durante una hora.
Era poner un pie en el hielo y caerse, una y otra vez, para diversión del resto de patinadores y su familia.
Una monitora apiadándose de ella, intentó enseñarle los conceptos básicos.
Probó incluso a usar sus poderes de hada, pero lo único que logró fue derretir el hielo y empaparse cuando se cayó sobre él.
—Anda, vamos a sentarnos —le sugirió Macarena agarrándola del brazo y llevándola hacia la salida.
Los cuatro niños siguieron patinando junto con Börg, en perfecta sincronía y con gran destreza.
Las madres de los demás niños, habían dejado de vigilar a sus vástagos para quedarse embobadas mirando al esbelto y atractivo gigante rubio que patinaba magistralmente con los cuatro pequeños haciendo piruetas a su alrededor.
Al terminar, los cinco se sentaron en las sillas para cambiarse los patines, la pequeña María, inquieta y curiosa, paso unos de sus pequeños deditos por la afilada cuchilla de una de las botas.
La sangre comenzó a salir roja y escandalosa, entre gritos de dolor de la chiquilla.
—¿Es profundo? ¿Vamos al hospital? —preguntó Börg asustado.
—Cariño déjame ver la manita —le pidió Agatha a la llorosa niña que se abrazaba desesperada a su madre.
Börg, al adivinar lo que se proponía su hada, hizo que los otros niños se pusieran alrededor para impedir que el resto de personas vieran lo que Agatha estaba haciendo.
Entre sus manos, colocó la de la niña, cerró los ojos, y dejo que su poner fluyera desde su cuerpo hasta el de María, que al sentir el suave y confortable calor que recorría su mano, dejo de llorar.
Agatha fue cerrando los bordes de la herida, haciendo que la piel fuera sanando.
Segundos después solo quedaban restos de sangre, donde antes había un rasguño profundo.
—Listo, ya no te duele ¿verdad?
—No pupa —respondió la pequeña feliz agitando la mano.
—Gracias —dijo una temblorosa Macarena que ya había comenzado a buscar a Hércules con la mirada.
—No ha sido nada. Creo que no me ha visto nadie. ¿Los niños dirán algo? —preguntó Agatha, tomando conciencia de lo que había hecho: mostrar sus poderes en público.
—Los niños están acostumbrados a esto y más —aseguró Macarena, ayudando a la niña a ponerse de pie—. No dirán nada.
—Tranquila cariño, no te ha visto nadie —la tranquilizó Börg—. Entre los niños y yo os hemos tapado. Solo saben que María se ha hecho un pequeño rasguño, nada más.
Recogieron sus zapatos con rapidez, y se marcharon antes de que nadie pudiera percatarse de lo que había pasado. Dos horas después, camino de la casa de Ana y Jaime, Agatha recordaba la accidentada tarde.
—Quitando que verte patinar es todo un espectáculo, y que ahora mismo debe haber unas cuantas mujeres pensando en ti, conmigo no cuentes la próxima vez que quieras desliarte por el hielo.
—Trepas como un gato a los árboles, pero un poco de agua congelada te asusta.
—¿Un poco? Ni sobre el hielo, ni sobre tierra. Los patines y yo no nos llevamos bien.
—La próxima te llevare en trineo, y nos deslizaremos sobre la nieve por una montaña.
—Sí, sí, cuenta con ello —afirmó Agatha con ironía a la vez que llamaba al interfono del antiguo piso de Börg.
Marta y Mateo ya estaban allí. Por común acuerdo decidieron cenar primero, para que sus amigos se relajaran, y aceptaran el hecho de que Jaime era inofensivo, sin sospechar que Ana también lo era.
Con una copa en la mano, trasladaron la sobremesa al salón.
Sentados en los cómodos sillones hablaban de los últimos escándalos políticos, y daban sus opiniones sobre las noticias que ocupaban la atención mediática esos días.
—Nosotros tenemos algo que anunciaros —dijo Ana captando la atención del resto.
—¿Otra sorpresa? —preguntó Marta—. Me dais miedo con vuestras sorpresas últimamente.
Agatha se removió inquieta en su asiento, cogiendo nerviosa la mano de Börg, sin apartar los ojos de su tía, quien al darse de que Mateo y ella parecían ser los únicos que no estaban enterados de lo que ocurría, sintió que los nervios atenazaban su estómago.
—En Escocia ocurrió algo. Además de conseguir que este highlander recapacitara, y se diera cuenta que sin mí no es nadie —afirmó Ana sonriendo al pelirrojo que la contemplaba con dulzura, alentándola a seguir adelante con las explicaciones—, tomé una decisión que cambió mi vida y por ende en parte la vuestra.
Para poder estar con Jaime no solo durante cuarenta o cincuenta años hasta mi muerte, sino de forma permanente, tuve que convertirme en un ser inmortal como es él.
—¿Qué hiciste? No será lo que estoy pensando, ¿o sí?
—Tranquila cielo —intervino Mateo al ver como la vena que se marcaba en la frente de su mujer, anunciando un inminente enfado, comenzaba a latir.
—No tienes por qué enfadarte, todo sigue igual.
—¿Igual? Eres un vampiro, eso es lo que me estás diciendo. Mateo, no sé cómo estás tan pancho. Estamos cenando con dos vampiros, un hada y un tío que tiene más de mil años. Hace unos meses todo esto eran cuentos que les contábamos a los niños, pero ahora resulta que mi propia madre era un hada.
Mateo abrazó a Marta que había empezado a llorar desconsolada, balbuceando: “Es demasiado”. Estaban preparados para hacer frente a los gritos y al posible enfado de su amiga, pero no a sus lágrimas.
—No llores más por favor —le pidió Ana arrodillándose junto a ella, sintiendo sus propias lagrimas en sus mejillas.
—Lleva unos días nerviosa, los gemelos pueden ser agotadores. Se le pasara. Nos habéis pillado por sorpresa, dadnos tiempo para asimilarlo todo.
—No sé si es el momento —dijo Jaime, interrumpiendo a Mateo—, pero quizás deberías saber algo más.
—Jaime, ¿qué ocurre? —preguntó Ana confundida.
—Marta está embarazada, oigo el latido del bebé.
Los cinco enmudecieron, mirando la barriga de Marta. ¿Embarazada? ¿Qué más podía pasar?