Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

L a mano de Ana temblaba al llamar al timbre de la puerta de Agatha. Miró a Jaime quien le sonreía animándola en silencio a permanecer allí y no salir corriendo como deseaba en su interior.

—¡Ana! —exclamó Agatha feliz al ver a sus amigos—. Pasad, estaréis helados, el aire es muy frio.

—Me alegro de haber vuelto. ¿Börg qué tal todo? —le preguntó Ana besando en la mejilla al gigante rubio.

—Muy bien —respondió arrugando el entrecejo—. Es bueno teneros aquí. Jaime.

—Börg.

Los dos hombres se estrecharon la mano, ante la mirada benévola y alegre de Agatha. Ana nerviosa miraba las caras de uno y de otro, sin saber que decir. Börg atrajo a su chica hacia él, en ademán protector.

—¿Qué pasa cariño? Jaime y tú ya habéis hecho las paces. No estés celoso —le cuchicheó Agatha mientras Ana y el highlander se acomodaban en el salón.

—Habla con tu amiga —le susurró antes de sentarse junto el hada en el sofá.

—¿Qué te ha parecido Inverness? —preguntó Agatha incomoda por la tirantez que notaba entre sus amigos y su chico.

—Es tal y como que habías contado y me había imaginado. Esos paisajes tan verdes, tan agrestes. Son muy diferentes a lo que estamos acostumbradas a ver. No creo que nunca haya respirado un aire tan puro como el de Escocia.

—¿Y la casita de Jaime?

—Ja, ja, ja. En su entrada cabe mi piso entero. Es precioso, y muy bien conservado. El matrimonio Darius que lo cuida, tienen mucho trabajo.

—A mi me trataron como a una reina. Nunca faltaban los ramitos de lavanda entre mis sabanas. Eran atentos y serviciales.

—Ana, creo que tienes que contarle algo a tu amiga —intervino Börg receloso.

—¿Börg qué ocurre? ¿Ana?

—Cariño soy la misma, te quiero, no te asustes —comenzó a decir Ana cogiendo las manos de Agatha, que sin pretenderlo se había acercado más al cuerpo del vikingo en busca de instintiva protección—.

En Escocia ocurrió algo que me cambio. Amo a Jaime, no puedo pensar como sería mi vida sin él.

Quiero pasar cada día a su lado, ahora y siempre.

Aquella terrible tarde en que se marchó de esta casa, y tuviste que atiborrarme a helado para ahogar mis lágrimas, lo supe.

Sin él, nada tenía sentido. Así que cogí la maleta y crucé un mar en busca de este highlander cabezota, que salió huyendo sin mirar atrás con un estúpido “hasta luego”.

—No me lo perdonaras nunca, ¿verdad? —se quejó Jaime mostrando en su cara una felicidad ajena a sus palabras de disgusto.

—Todavía no te lo he olvidado. Tienes que ganarte mí perdón haciendo muchos meritos —replicó Ana besando al pelirrojo que tenía junto a ella, y volviendo a centrar su mirada en Agatha, que no entendía nada de lo que ocurría—.

Cielo, para estar junto a este escocés susceptible que tengo a mi lado he tenido que cambiar por así decir.

—¿Cambiar? —preguntó Agatha empezando a comprender que el malestar que sentía no era solo por Jaime.

—Ahora soy un vampiro. No te asustes, al contrario que Jaime no quiero alimentarme de humanos.

Prefiero el reino animal. Nunca, nunca, os haría daño ni a ti, ni a Marta, ni a nadie en el mundo —aseguró Ana mirando a Agatha a los ojos sin titubear, ni dudar un segundo.

Quería que sintiera que sus palabras eran reales.

Estaba dispuesta a alimentarse de palomas, ratas, lo que fuera necesario, antes de beber de humano por muy malvado que fuese.

Jaime decía que cambiaría de opinión, pero estaba segura de que no lo haría.

—Ana, ¿cómo has podido?  —preguntó Agatha con más curiosidad que reproche.

—Lo hice por amor. ¿Tan difícil es de entender? —contestó Ana suspirando aliviada al ver que su amiga no la rechazaba.

—Bueno, no demasiado. Börg ha hecho algo parecido por amor también —explicó Agatha mirando con ternura a su compañero de vida que, aunque más relajado, no disminuida del todo su actitud protectora hacia su hada.

Si alguno de los dos vampiros hacia un movimiento sospechoso, se encontraría con una pata de la mesa clavada en el corazón.

—¿Os habéis acostado? —inquirió Ana sorprendida, pensaba que el vikingo no se decidiría a dar el paso, que preferiría seguir siendo un vampiro.

—Lo has hecho, después de tantos años en este mundo te has enamorado. Börg, el vikingo sin corazón, resulta que al final si lo tenía —dijo Jaime sonriendo a su antiguo enemigo.

—Ana, soy humano ahora, como tú, lo he hecho por amor —añadió el vikingo mirando a Ana—. No tuve nada que pensar, era sencillo. Agatha es la mujer de mi vida.

—¿Y no te arrepientes? —preguntó Ana a la que le había llegado el turno de sorprenderse—. No me malinterpretéis, sé que os gustáis antes de que vosotros lo supierais, pero pensé que Börg tardaría más en decidirse por todo lo que implicaba.

—No quiero una vida de inmortalidad si Agatha no está conmigo para vivirla —afirmó con rotundidad, apretando la mano del objeto de sus tiernas palabras.

—Bueno chicos, ya está bien de momento corazón —dijo la dueña de la casa devolviendo el apretón a Börg a la vez que acariciaba la recia mano vikinga con su pulgar—, tenemos algo más que deciros que os va a gustar.

—¿Más sorpresas?

—Sí Jaime, venga Börg, cuéntaselo tú.

—Desde hace unos días vivo aquí con Agatha.

—¿No me digas? —preguntó Ana entre risas—. Pues sí que han pasado cosas en mi ausencia.

—Chisss, no seas mala. Sigue cariño —alentó Agatha a Börg dirigiendo a Ana una mirada de reproche.

—Mi piso está acondicionado para la luz solar, creo que será más agradable para vosotros vivir allí que aquí en el sótano. Es una pena que se quede vacio, y me da pena alquilarlo. Está lleno de recuerdos. Iré trayendo mis cosas aquí pero no podré traérmelo todo.

—Así os dejamos solitos para que juguéis a las casitas.

—¡Anaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —riñó Agatha a su amiga dándole un manotazo en la rodilla.

—Estaremos encantados de aceptar vuestro ofrecimiento Börg. Muchas gracias a los dos —aseguró Jaime sonriendo, pensando que se libraba de vivir como un estudiante en el sótano de la casa del hada. El vikingo tal vez no estuviera tan mal como amigo.

—¿Y qué ha dicho Marta de lo vuestro? —preguntó Ana cogiendo las llaves que el vikingo les tendía.

—¡Uy Marta! Si a mí me mira con recelo, no sé cómo os mirara a vosotros —afirmó Börg divertido mirando a Jaime.

Lo prepararon todo hasta el menor detalle.

Aprovechado la vuelta de Ana, al día siguiente organizaron una cena en la que había sido casa de Börg, para las tres parejas.

Los suegros de Marta aceptaron quedarse con los gemelos.

Nunca desperdiciaban la oportunidad de mimar y malcriar a los pequeños, que solían volver a casa de sus padres con los bolsillos y las barriguitas llenas de dulces.

Jaime había resultado ser un excelente cocinero, que ayudado por Ana preparó una deliciosa cena escocesa, similar a la que Agatha disfrutó en su primera noche en el castillo del highlander.

Agatha creía que, al darles la noticia en un entorno reducido, sin testigos, podrían controlar las reacciones de Marta y Mateo.

—Todo saldrá bien —dijo Agatha confiada, abotonándose la camisa beige con volantes que estrenaba esa noche, con un pantalón azul.

Estaban en su dormitorio, a punto de salir hacia la casa de sus amigos.

Börg llevaba un jersey azul pálido, a juego con sus ojos, que combinaba con un pantalón de pinzas gris marengo.

Con su percha de modelo junto con la serenidad que había adquirido en el transcurso del tiempo, no podía evitar convertirse en el centro de las miradas al entrar en una habitación.

Agatha suspiró pensando en que era una pena no disponer de diez minutos más para repetir lo que habían hecho en el salón, en la cocina, en el invernadero…

—¿En qué piensas? —preguntó Börg poniéndose el abrigo y ayudando a su hada a ponerse el suyo.

—En que te quiero.

—Dudo que eso te haga ruborizar tanto como lo estabas hace un minuto —afirmó el vikingo con una pícara sonrisa.

La niebla había empapado las calles, dando la impresión de que había llovido.

Caminaron ligeros, para entrar en calor.

Agatha pensó que debería haber cogido una chaqueta debajo del abrigo, pero era una pena no lucir la camisa.

Con el frio habitual de Salamanca, el uniforme invernal era jersey de cuello alto de la mañana a la noche, sin embargo, en esa ocasión, Agatha quería lucir más elegante, y menos informal.

Conociendo a Marta, no habría desperdiciado la ocasión de ponerse mona.

Como solía decir, le gustaba dejar salir la mujer seductora que llevaba dentro, dejando durmiendo a la mamá que corría de un lado a otro llevando a los niños de una actividad extraescolar a otra.

Agatha aún sentía el trasero entumecido.

Esa tarde habían ido a patinar con Macarena y sus hijos.

Cuando Börg se lo propuso, aceptó encantada, nunca lo había hecho y tenía ganas de probarlo.

¡En mala hora se le ocurrió aceptar la proposición!

Él ya no sería vampiro, pero se deslizaba por el hielo como si fuera igual de grácil.

Viniendo de un país nórdico, el hielo era un elemento natural para Börg.

Agatha, por el contrario, prefería sentir la tierra y la hierba bajo sus pies.

En cuanto intentó ponerse de pie sobre esas dos cuchillas que tenían las botas que le prestaron en la pista de patinaje, comprendió que había sido un garrafal error.

Los cuatro niños, incluidos los pequeños gemelos de tres años brincaban emocionados a su alrededor, mientras ella era incapaz de soltarse del brazo de Börg.

—Voy a tener moratones por primera vez en mil años.

—Lo siento —se disculpó Agatha aflojando la presión.

—Es muy fácil, tú solo deslízate, fíjate en Vega, es una excelente patinadora.