Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Tengo que admitir que tu chico es de gran ayuda.

—Las letras que está creando para los nombres de las tiendas y todo lo relacionado con la imagen corporativa de la marca, está quedando genial —afirmó Agatha orgullosa.

—¿Le quieres mucho? —preguntó Marta mirando con cariño a su sobrina.

Se alegraba de que por fin tuviera a su lado a alguien que mereciera la pena, después de tantas relaciones superficiales, pero el que fuera un ex vampiro no le acaba de convencer.

Conocía a Börg desde antes de nacer los gemelos, era socio de Mateo desde hacía nueve años, y si bien no podía decir más que buenas cosas sobre él, cada vez que     le veían morder algo, no podía evitar fijarse en sus colmillos.

Mateo se reía de ella. Según él si Börg hubiera querido darles un mordisco, había tenido numerosas ocasiones para hacerlo.

No lo había hecho, eso demostraba que les quería y no debían temerle.

—No concibo mi vida sin él. Me da vergüenza recordar el miedo que sentía cada vez que aparecía en el supermercado. Era una tonta.

—Su presencia es imponente —dijo Marta con doble sentido, guiñándole un ojo a su amiga-sobrina.

Agatha era feliz, y eso era lo único que importaba para Marta, si tenía que aceptar que un exvampiro fuera un nuevo miembro de la familia, lo haría por ella.

Al menos Börg ya no era un chupasangre, Jaime seguía siendo un vampiro.

¡Sus amigas están locas! ¿No había hombres normales en España de los que enamorarse?

No, por lo que se veía, no los había. Eso hubiera sido demasiado sencillo para ellas.

Tanto Ana como Agatha le aseguraban que debía pensar en Jaime como un hombre, olvidándose su naturaleza sobrenatural.

Teniendo en cuenta que su sobrina era un hada, ¡ya qué más daba!

Börg sabía que Marta y Mateo conocían cuál era su anterior realidad.

Notaba sus recelos, y su miedo casi imperceptible, pero palpable en sus gestos y sus miradas.

Sin embargo, su enorme amor hacia Agatha hacia que superaran sus temores y le aceptaran con afecto.

Con Mateo se había llevado una sorpresa.

—¿Por qué no confiaste en mi antes?

—Mateo, no es fácil. ¿Cómo iba a decirte: tranquilo, soy un vampiro, pero no te voy a morder? Lo más seguro es que me hubieras tomado por loco.

—Eres mi socio y mi amigo desde hace más de diez años.

¿Crees que nunca me ha extrañado que siempre tuvieras el mismo aspecto?

Cuando comparaba fotos de cuando nos conocimos, con otras más recientes, no sabía que pensar.

Mi pelo encanecía, y las arrugabas asomaban en mi rostro.

Por el contrario, tú estabas igual, año tras año.

Marta siempre me pedía que te preguntara cual era tu crema hidrante.

—Ja, ja, ja. Dudo que le gustara la receta.

—Entiendo porque lo hiciste, pero me duele que no confiaras en mí.

—Lo siento —dijo Börg con pesar, poniendo su mano en el hombro de Mateo—. ¿Me perdonas?

—Por supuesto que sí —replicó Mateo abrazando a su amigo—. No me vuelvas a ocultar nada, difícilmente pueda ser peor que esto.

Esa tarde Agatha y Börg fueron a dar un paseo y tomar unas tapas. Iban de la mano disfrutando de la mutua compañía, planeando que iban a hacer con el piso de Börg después de que el vikingo se mudara a casa de Agatha.

—He pensado que tal vez a Jaime y Ana les gustaría irse a vivir a allí.

—¡Qué buena idea! El piso de Ana es minúsculo. No me importa que venga a trabajar en el jardín y en el laboratorio, pero también quiero tener intimidad para poder estar solos; saber que están en el sótano y que Jaime con su super oído puede escucharnos, me resulta incómodo.

—Además tu casa no está preparada para un vampiro y la mía sí. Según pasen los meses y aumenten las horas de luz y la intensidad del sol, les vendrán bien los cristales especiales que tengo instalados.

—Se lo diremos mañana cuando lleguen. Uy mira, mi antigua jefa, Calista la encargada del supermercado.

—¿Dónde está?  —preguntó Börg alarmado. No había querido asustar a Agatha más de la cuenta.

Calista era una vampira. Y no una de las que se hubiera adaptado a vivir como una más entre los hombres.

Era vengativa y cruel. Cuando Margarita le habló de ella, comentándole que su nieta tenía una jefa bastante antipática en el supermercado, no quiso creer que fuera la misma Calista.

Pero lo era. Desde entonces había procurado vigilarla en la distancia, y eso había implicado visitas ocasionales al supermercado.

Agatha creía que su frialdad al pasar por su caja, era por ella, no había querido confesarle que era por su jefa.

Como su hada ya no trabajaba allí, lo había dejado correr.

Tal vez hubiera sido un error. Calista no necesitaba trabajar.

Siempre había usado el control mental para manipular a las personas y obtener todo lo que quería de ellas: dinero, joyas, casas, coches y todo el lujo imaginable.

Empezaba a sospechar que si estaba en el supermercado, era por Agatha.

—Eso es que solo tienes ojos para mí —aseguró Agatha divertida—. Es aquella mujer, la que habla con ese calvorota de allí. Börg, ¿qué ocurre? —preguntó asustada al ver la cara de asombro de su chico.

—Ese calvorota es Tabilov, y ella es un vampiro también. ¿No lo notas? Debería estar recluido, alguien le ha ayudado a escapar.

—¡Qué! No, no puede ser…—negó Agatha sintiendo como la inquietud que sentía en presencia de un vampiro, y que con Jaime había logrado controlar, comenzaba atenazar su estómago.

Que esos dos se conocieran, no podía significar nada bueno.

No necesitaba ser un hada para saber lo que traería esa relación: problemas.