Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

A rrastrando la maleta, que había llenado con la primera ropa que había encontrado, Ana corría por la terminal del aeropuerto, con las botas a medio abrochar.

¡Dichosos controles de seguridad! No le había resultado ni fácil ni barato conseguir un vuelo a Londres.

En el autobús que la había llevado a Madrid, había hecho desde el móvil la reserva del vuelo y ahora tenía que enlazar con el que la llevaba a Edimburgo.

A ese ritmo el dinero que le había donado Margarita, se le iba a agotar antes de poner en marcha su tienda.

Pero ya estaba hecho, y no había vuelta atrás.

Agatha le había dicho que desde allí sería fácil encontrar líneas de autobuses que la llevaran a Inverness. ¿Y luego? Ya lo pensaría al llegar.

Jaime saludó con cariño al matrimonio que se encargaba de que el castillo y el jardín estuvieran cuidados.

Se alegraban de ver al señor del lugar. Desde décadas su familia había cuidado de las tierras y había velado por el bienestar de Jaime MacGraw.

Sabían lo que era, desde pequeños eran advertidos de que no debían salir al exterior por la noche.

Al cumplir la mayoría de edad, el propio Jaime junto con sus padres les explicaba que era un vampiro, y les prometía, que, a cambio de su lealtad, no se alimentaria de ningún miembro de la familia de los cuidadores y se aseguraría de que no les faltara nada de lo que necesitaran.

Así había sido durante generaciones, y así seguiría siendo.

Sabían que, con el señor en el castillo, ningún maleante les molestaría.

O al menos no reincidiría, Jaime se encargaba de que no volvieran por allí.

No lo hablaban en voz alta, pero eran conocedores de que el malnacido que intento abusar de la joven hija del matrimonio, yacía bajo los rosales de la parte de atrás.

No era el único cadáver en las inmediaciones, si MacGraw había decidido acabar con sus vidas en lugar de hacerles olvidar hasta su nombre, como había hecho en un par de ocasiones, sus razones tendría.

—Parece cansado. ¿Quiere que le prepare algo de comer? —preguntó el ama de llaves al contemplar el semblante abatido de Jaime.

—Una taza de algo caliente estaría bien señora Darius —respondió sentándose en el sofá.

—Ahora mismo se lo traigo. Mi esposo ya le ha subido las maletas.

—Dele las gracias.

Jaime se sentó en su despacho, contemplado el fuego que sus fieles servidores habían prendido en la chimenea.

Desde que había salido de casa de Agatha, la sensación de frio no le había abandonado.

No dejaba de pensar, que tal vez se había precipitado, que debería haberse quedado en Salamanca antes de salir huyendo tras la confesión del que había sido su más odiado enemigo tantos años.

Creía que él había matado a su esposa y a su bebé, cuando ya estaban muertos antes de que Börg se acercara a ellos.

Hubiera preferido morir con ellos antes que vivir eternamente recordándolos.

—Aquí tiene señor.

—Gracias. Dígale al señor Darius que la nueva remesa de tartán es de mi agrado. He pasado por nuestro contacto en Edimburgo y he tenido ocasión de verla. El nuevo azul es más nítido que el que estábamos utilizando.

—Se lo diré y además…

El sonido del timbre de la entrada interrumpió la conversación.

Extrañada la señora Darius fue a abrir, con Jaime a prudencial distancia.

Eran casi las nueve de la noche, hacía rato que había oscurecido fuera.

No era hora de visitas, sino de estar leyendo junto al fuego o viendo la televisión.

Una visita a esas horas solo significaba problemas, y después del largo día que había tenido solo quería descansar y olvidarse de cierta española.

—Buenas noches señorita —escuchó Jaime que decía la señora Darius—. El señor no recibe a estas horas. Vuelva mañana.

—A mí me recibirá, no me he pasado todo el día viajando para que me dé con la puerta en las narices —exclamó decidida la joven, pasando junto una atónita señora Darius.

Al ver como el highlander la contemplaba con una mezcla de estupor y enfado a unos pasos de ella, se quedó quieta.

Era el momento de dejar salir todo lo que llevaba dentro desde que leyó la nota de Jaime.

—¡Ana! —exclamó Jaime que se había quedado sorprendido al reconocer la voz de la española. ¿Cómo había llegado hasta allí? Debería de estar a cientos de kilómetros, donde no pudiera verla y hacer que sintiera que la decisión de marcharse de España había sido un gran error —. ¿Qué haces aquí?

—¡Seguirte! —afirmó resuelta con las manos en la cintura y cara de estar regañando a un niño pequeño—. ¿O pensabas que con un “hasta luego” me iba a conformar? No hay suficiente helado de chocolate para eso.

—Pero, cómo sabías donde…—balbuceó Jaime contemplado a la joven con la ropa arrugada, con varios mechones saliendo de su maltrecha coleta, y con la maleta rosa más grande que había visto nunca.

—Agatha nunca borra las conversaciones del Whats App.

Le pedí que me reenviara tu localización, la que le enviaste la noche en que cenó aquí contigo —explicó Ana entrando en el castillo, arrastrando la gigantesca maleta.

Lo que no le diría al pelirrojo era que los gritos de Agatha al otro lado de la línea habían hecho que los pasajeros que aguardaban junto a ella, para embarcar en el avión que debía llevarles a Edimburgo, la miraran con suspicacia.

Su amiga le reprochó no darle tiempo a Jaime a centrarse después de la confesión de Börg.

Agatha opinaba que el highlander necesitaba un tiempo a solas para reorganizar el cumulo de sentimientos que el saber la verdad, debían de haberle provocado.

Ana no lo creía así, era el momento de estar a su lado, y hacerle ver que no estaba solo.

Jaime tenía que saber que ella estaría junto a él para ayudarle a reconstruir su vida.

Y allí estaba dispuesta a explicárselo—.

Me debes unas botas, se me han destrozado por ese sendero que llamáis carretera.

La señora Darius contemplaba en silencio la conversación, pasada la sorpresa inicial, sonreía divertida por lo situación.

Nunca había visto a su señor con ninguna mujer salvo encuentros casuales con jóvenes del pueblo que abandonaban el castillo tan silenciosas como llegaban.

Por mucha frialdad que quisiera demostrar, la recién llegada no dejaba indiferente a Jaime MacGraw que parecía un apocado adolescente al lado de la mujer de la maleta.

Pese a su desastrado aspecto, la recién llegada le gustaba.

La forma en que miraba a su señor, era lo que siempre había deseado para él.

—Quizás debería traer otra taza de té para la señorita, señora Darius —pidió Jaime intentando ganar tiempo para pensar con claridad y sin testigos.

—¿Y algo de comer, por favor? Estoy hambrienta, los cacahuetes rancios no son comida —añadió Ana notando un nudo en estómago.

Los nervios le daban hambre, podía comerse todo lo que pillara en la cocina en situaciones de stress.

Y aquella era la más estresante a la que se había enfrentado en mucho tiempo.

—Sí, claro —acertó a decir Jaime intentado reorganizar sus pensamientos que parecían mezclarse en su mente sin orden ni concierto—. Señora Darius traiga lo que la señorita desee.

—Gracias —dijo Ana, pasando entre los dos, dirigiéndose a la habitación donde oía crepitar el fuego. Estaba aterida, la cazadora vaquera no abrigaba nada y valía de poco frente la humedad de Inverness. Las botas estaban empapadas y rotas por varios sitios.

Jaime siguió hipnotizado el cimbrear de las caderas de Ana. Tenía que recomponerse, él era el dueño y señor del castillo. Era un vampiro que no necesitaba el amor para vivir: era inmortal y poderoso.

—Bonito despacho —afirmó Ana acercándose al fuego.

—Estas tiritando, toma, tapate con esta manta.

—Es como la de Agatha. Es tu tartán.

—Lo es. ¿Ana por qué has venido? —preguntó Jaime intentando mostrarse serio y firme, sin conseguirlo.

—Porque te quiero y tú me quieres a mí —explicó Ana, viendo como Jaime ponía los ojos en blanco—.

No lo niegues, se lo que siento y sé lo que tú sientes por mí.

No sabes reconocer el amor porque has estado tan cegado por el resentimiento hacia Börg y el recuerdo de tu esposa, que no te has permitido amar.

—Ana, yo te tengo cariño.

—¡Tonterías! —exclamó Ana, dejando caer la manta y poniendo sus manos en los hombros de Jaime para atraerle hacia ella y besarle.

El highlander, al principio mostró indiferencia, pero el calor del cuerpo de Ana junto al suyo y la intensidad de su beso, hizo que su mente se acallara y fuera su cuerpo el que tomaba el control.

Colocando sus manos en la cintura de la mujer que le había hecho enloquecer la atrajo hacia sí, abrazándola.

—Quizás tengas razón —concedió Jaime acariciando con la punta de su nariz la nariz de Ana. Esa endiablada salmantina había llegado a su vida para quedarse, lo quisiera él o no.

—Por supuesto que la tengo. Habrás vivido cientos de años, pero del amor sabes poco vampirito —afirmó Ana. Estaba feliz al contemplar como el escocés estaba tan colado por ella, como ella lo estaba de él.

—¿Vampirito? —preguntó divertido el escocés, sentándose en un sillón con Ana en su regazo, a la vez que hacia una indicación a la señora Darius para que dejara el té y el pudding en la mesa.

Sabía que llevaba un tiempo escondida en la puerta sin atreverse a entrar, y si no se confundía, el señor Darius no estaría lejos.

—Por favor suba la maleta de la señorita Ana.

—¿A la habitación que ocupó la señorita Agatha?

—No, a la mía —respondió Jaime mirando a los ojos a la española cabezota que le había seguido hasta su castillo.

Ana sonrió complacida. No las tenía todas consigo al llegar a Inverness.

Hasta allí solo había pensado en como desplazarse de un lugar a otro, pero una vez que puso los pies en la ciudad, a un par de kilómetros del castillo, las dudas le habían asaltado.

Sabía lo que ella sentía por Jaime, se había enamorado de él desde la primera vez que le vio.

Cuando estuvo segura que entre su amiga y él no había nada, decidió dar un paso adelante y tomar la iniciativa.

Jaime había sido receptivo en todos los sentidos a su acercamiento.

No podía evitar recordar la primera noche de desenfreno y lujuria en su apartamento.

Al ver la furibunda cara de la viuda que vivía en el piso de al lado, se dio cuenta de que no debían de haber sido tan discretos como ella creía.

Desde entonces su relación había ido consolidándose, avanzando poco a poco.

Ante sus amigas fingía que solo era sexo, pero en su corazón sabía que era más.

Estaba total y perdidamente enamorada del pelirrojo highlander.

Pensaba que, aunque no lo habían dicho con palabras, el sentimiento era reciproco.

La forma en que la miraba, la manera en la que buscaba el sutil contacto de su mano, le indicaba que era así.

Hasta que la confesión de Börg había hecho que la fantasía se viniera abajo, provocando la huida de Jaime, algo que no estaba dispuesta a aceptar.

—Jaime —comenzó a decir Ana una vez que se quedaron a solas—, te quiero, no trato de reemplazar a tu esposa. La madre de tu hijo siempre tendrá un lugar en tu corazón, y yo tendré el mío.

—No será fácil.

—Lo sé. Me enamoré de ti en el primer instante en que te vi. Al principio pensé que se sentías algo por Agatha y no me atrevía a intentar nada contigo. Creía que entre vosotros dos había habido más que una amistad, durante el tiempo que Agatha estuvo aquí contigo.

—No voy a negarte que Agatha me atrajo, pero nunca podría tener nada con ella.

—¿Porque su sangre es venenosa para ti?

—No exactamente. Ana, reniego del motivo por el que me convertí en un vampiro, pero ahora que lo soy, después de tantos años, no renunciaría a mi inmortalidad por nada. Me gusta serlo, no querría ser humano de nuevo.

—¿No es posible que vuelvas a ser humano? ¿O sí? —preguntó sorprendida.

—Ana, Agatha es un hada, ella es vida. Si un vampiro entrega su amor a un hada y esta le corresponde, el poder vital que hay en ella hará que él recupere su humanidad y deje de ser un vampiro.

No voy a negar que el parecido de Agatha con Margarita me atrajo, pero en cuanto sentí que era un hada, di un paso atrás.

No hubo nada entre nosotros porque ella veía en mí solo un amigo y yo no quería correr el riesgo de enamorarme y perder mi inmortalidad.

—Börg se ha enamorado de Agatha y estoy segura que ella de él. Por lo que sé sigue siendo un vampiro.

—Cuando sus cuerpos se unan y su corazón lata al unisonó, volverá a ser humano.

—Pero yo soy mortal —dijo Ana en un susurro, expresando en voz alto la única duda que albergaba su corazón acerca de su relación con Jaime—, envejeceré y tú seguirás siendo joven.

—He dicho que yo no quiero perder mi inmortalidad —afirmó el highlander mirándola a los ojos y apretando su mano—, no que no quiera que tú dejes de ser humana.

—¿Hacerme vampiro? —inquirió Ana abriendo los ojos de par en par asustada.

—Sí. Así estaríamos siempre juntos. ¿Lo harías por mí?

Ana no sabía que contestar. Convertirse en vampiro era algo que siempre había estado relegado en su mente a un rincón pequeño y cerrado con llave.

Oculto, sin que molestara a la vista. Algo que estaba ahí y en lo que prefería no pensar.

Quería a Jaime, eso era un hecho, incuestionable y cierto.

El atractivo escocés era lo que siempre había querido.

Un compañero de vida, con el que disfrutar de cada instante del día, sabiendo que estaría a su lado para las alegrías, las penas, la diversión y las dificultades.

Fuerte y firme, como era ella. Segura de sí misma.

Pero, ¿estaba dispuesta a sacrificar la vida tal y como la había conocido, para unir su destino al del vampiro, convirtiéndose en un ser inmortal con instintos asesinos?