Capítulo 12
E l vikingo había resultado ser una caja de sorpresas: el paño de lágrimas donde llorar la ausencia de Ana y Jaime, el enfermero atentó que se desvelaba por su paciente, el jardinero que cuidaba de jardín bajo las directrices de Agatha, los brazos en que refugiarse en busca de afecto.
Como Börg no quería separarse de su hada, era habitual que Mateo acudiera a la casa de esta, para reunirse con su socio por temas de la editorial que juntos llevaban: M&B.
Cuando los gemelos salían de colegio, Marta los recogía y se iba también a casa de su amiga para perfilar los patrones de la primera colección de ropa de su tienda.
Entre diseño y diseño, ellas dos solían conversar elucubrando con lo que Ana pudiera estar haciendo, mientras los niños hacían los deberes bajo la supervisión de Börg convertido en el mejor de los profesores particulares.
—Calista ha preguntado por ti.
—¿Cuándo?
—Fui al supermercado donde trabajabas, es el único que vende ese pate que le gusta a Mateo, y en cuanto me vio, vino directa a preguntarme por ti.
—El abogado de Margarita se encargó del papeleo. Me di de baja voluntariamente. No tengo nada que hablar con ella.
—A mí tampoco me gusta demasiado, pero se me acercó con una falsa sonrisa preguntándome que tal estabas, qué te echaban de menos, etc.…
—¡Será hipócrita!
—Tus compañeros la miraban asombrados.
—Es una mala persona. Sabes, la semana que viene voy a celebrar una fiesta aquí, en casa. Con todos mis amigos y los compis del super.
—Y ella estará la primera de la lista.
—Oh sí, de las no invitadas —afirmó Agatha haciendo reír a Marta.
Börg las oía hablar desde la mesa de la cocina donde estaba con los gemelos.
Entre sus habilidades como vampiro estaba la de poder escuchar el vuelo de una mosca a varios metros de distancia.
Recordaba como desde la terraza de su ático había visto el coche acercarse a Agatha.
Impotente había bajado de un salto a la calle sin prestar atención a que alguien le viera, desesperado al escuchar como la cabeza de su hada golpeaba la calzada.
Esa fue la única vez que deseo no tener tan desarrollado el sentido del oído.
No intentaba espiarlas, pero relajaba oírlas conversar, después de los momentos de angustia vividos.
—Tito B está resta no me sale —le dijo uno de los gemelos desesperado. Con paciencia les volvió a explicar cómo se hacía la operación, a la vez que se aseguraba que merendaban.
Cuando un poco más tarde la feliz familia, se marchó a su casa, él salió a dar una vuelta.
Necesitaba alimentarse y ya tenía un objetivo: el bruto al que había visto golpear a un cachorro por hacerse pis en su pie.
Él sí que iba a hacer que se hiciera pis encima.
Al regresar a casa de Agatha para cenar con ella se encontró una agradable sorpresa.
En su ausencia, había preparado una preciosa mesa en el salón, el cual había llenado con decenas de velas y de flores.
—Espero que te guste —dijo Agatha señalando una fuente con una dorada a las finas hierbas, que había horneado mientras decoraba la habitación y se cambiaba a la carrera.
Börg llevaba una semana viéndola en pijama, sin maquillar y con pelos de loca.
Aunque decía que estaba preciosa, ella sabía que no lo estaba.
El vestido de seda azul que había elegido, dejaba ver los moratones de las piernas, así que se había puesto unas medias tupidas que ayudaran a disimularlos.
Quería tener una velada romántica con él y por la expresión que veía en la cara del vampiro, se iba a salir con la suya.
—¿En una hora te ha dado tiempo a todo? —preguntó Börg acercándose a Agatha.
—Los dones de hada a veces son muy útiles.
—Umm ¿cerraras las puertas si intento marcharme?
—Algo me dice que no será necesario —contestó Agatha poniéndose de puntillas y besando al atractivo hombre que tenía delante. Él respondió con profundidad al beso, sin timidez ni reparó, tanteando con su lengua la lengua de la bella mujer que tenía entre sus brazos.
—¡Ay! —gritó de pronto Agatha.
—¿Qué ocurre? ¿Te he hecho daño?
—La costilla —respondió el hada llevándose la mano al costado.
—Siéntate, deja que sirva yo.
—Lo siento. No ha sido muy romántico —se lamentó Agatha con pesar.
—No necesito nada de esto —dijo Börg arrodillándose a los pies de Agatha, solo estar contigo es suficiente.
Disfrutaron de la cena que el hada había preparado, intercambiando recuerdos de Margarita que seguro estaría dando palmas al verlos juntos.
Era raro que ella misma no hubiera hecho nada por presentarlos, pero conociéndola diría que no era cosa suya intervenir, que el destino debía guiarlos uno al encuentro del otro.
—Al menos salió algo bueno del accidente, ver a mi abuela y lograr que Jaime y tú hablarais.
—Por mi salud, preferiría que no repitieras la hazaña. Estoy muerto, sino me hubieras matado del susto.
—Muy gracioso —Rio Agatha, intentado buscar la mejor manera de hacerle la pregunta que rondaba su cabeza—. Börg, si quieres no me contestes, pero me gustaría saber cómo te convertiste en vampiro.
—Supongo que tienes derecho a saberlo —afirmó el vampiro, poniéndose cómodo e iniciando su relato—.
Provengo de Escania, una región de Dinamarca.
Mi pueblo era guerrero. Gustaba de realizar incursiones rápidas con las que obtener un cuantioso botín.
Construíamos unas fortificaciones en forma circular llamadas trelleborgs.
Me gustaba la geometría y era uno de los encargados de diseñarlas para mi rey: Tabilov.
Él era cruel y despiadado, en realidad todos los éramos.
Nuestra vida era luchar, saquear, violar, asesinar a quien se pusiera en nuestro camino —continuó Börg, viendo la mueca de desagrado en el rostro de Agatha—.
No pensamos si era justo o injusto, era la forma en que nuestro clan subsistía. Solo actuábamos.
—Veo la serie Vikingos.
—Éramos mucho más crueles de lo que ves en ella. Aunque es una buena adaptación, está llena de inexactitudes. No puedo culparles, se basan en los textos que han llegado hasta nuestros días. Hay lagunas que en la serie llenan con suposiciones e imaginación para captar la mayor audiencia posible.
—Será extraño para ti.
—Créeme hay veces que desearía tener a los guionistas delante para decirles un par de cosas. Pero nos estamos desviando del tema —dijo Börg, al observar que Agatha estaba cansada y dolorida, algo que nunca admitiría en voz alta.
—Continua —le invitó el hada cambiando de postura.
—Estaba comprometido con una de las hijas de mi rey.
La incursión en tierras en inglesas iba a ser mi último viaje antes de formalizar mi matrimonio.
Mi rey quería que construyera una fortificación en el asentamiento vikingo que teníamos en Wessex.
Era un gran honor que me hubiera elegido para ello.
El segundo día de mi llegada, estuve haciendo mediciones y cálculos para sentar las bases de la fortificación.
Tuve que interrumpir mi tarea porque esa noche celebramos un banquete, en la que estaban invitados nuestros aliados ingleses.
Salí de la tienda para vaciar mi vejiga y poder continuar bebiendo y comiendo.
Cerca había una arboleada, y allí me dirigí en busca de un lugar discreto.
Estaba algo mareado por la gran cantidad de cerveza e hidromiel que había bebido.
Me pareció oír un chasquido de alguna rama al partirse cerca del lugar donde yo estaba, no hice caso, pensé que sería algún guerrero retozando con alguna mujer.
Ya me había cruzado con alguna que otra pareja festejando a su manera.
Lo siguiente que sentí fue un lacerante dolor en el cuello, creí que era un animal mordiéndome, pero me equivocaba.
Tenía forma humana. Era uno de los druidas que habitaban el lugar, que para mi pavor hundía sus colmillos en mi piel, bebiendo de mí yugular.
En mi cerebro podía oír una voz ordenándome que estuviera tranquilo, y no me sublevará.
Perdí el conocimiento. Cuando desperté, bien entrada la tarde del día siguiente estaba en una gruta.
La luz del sol estaba desapareciendo, mientras la luna comenzaba a reinar en el cielo.
Tenía una terrible sed. Sentía pinchazos en cada musculo de mi cuerpo.
Trastabillando, logré llegar al lugar donde teníamos el asentamiento.
Los restos del banquete se mezclaban con cuerpos despedazados que ya se estaban descomponiendo, cubiertos por moscas.
El olor era nauseabundo, decenas de guerreros habían muertos atacados por seres de la noche que habían llegado tan silenciosamente como habían llegado.
“— Börg —llamó una voz a mi espalda.
—¡Tabilov! —exclamé con júbilo al ver a mi rey con dos de los guerreros que solían custodiarle—. ¡Estás vivo!
—¿Vivo? —preguntó riendo—. No amigo, no estamos vivos.
—No entiendo —negué confundido, sintiendo como la sed seguía aumentado, atenazando mi interior.
—He hecho un pacto con un druida —comenzó a explicarme—. A cambio de hacernos inmortales, fieros guerreros que no temeremos a la muere nunca más, le he dado la vida de todos mis guerreros. Bueno, menos la tuya y la de estos dos.
—¿Cómo has podido hacer algo así? —inquirí horrorizado.
—Ahora soy el rey más poderoso sobre la tierra. Todos los humanos deberán inclinarse ante mí si quieren seguir viviendo. Acabare con los insurrectos de una forma u otra. O me sirven o serán nuestro alimento. Conquistaremos Inglaterra, Francia, Noruega y toda la tierra que pisemos.”
—Por detrás del que había sido mi amigo aparecieron las figuras de tres druidas, sonriendo complacidos ante las palabras de Tabilov.
No habían logrado conquistar en vida las riquezas que ambicionaban y planeaban hacerlo en muerte —continuó explicando Börg ante la atenta mirada de Agatha que no perdía una coma del relato del vampiro.
—¿Y lo lograron?
—Durante un tiempo sí pero en una remota tierra al norte Escocia, las tribus de los pictos no estaban dispuestas a consentirlo. Sus druidas estaban en contacto con la naturaleza y sus fuerzas ocultas. Acudieron a ellas en busca de ayuda, y los guardianes del bosque respondieron.
—¿Los guardianes del bosque?
—Hadas como tú, y elfos dispuestos a defender la vida por encima de la muerte. Sin embargo, entre ellos también había seres dispuestos a aliarse con los vengativos druidas y su ejército de vampiros. Además, había hadas poco dispuestas a ayudar a los humanos que destruían la naturaleza.
—¡Pues si eso era entonces, no te digo ahora! El humano es el peor enemigo de la naturaleza.
—No había fabricas con sus venenosas emisiones de gases a la atmosfera como pasa en la actualidad, pero los hombres con su afán de conquista destruían y asolaban lo que encontraban a su paso, para construir casas, fortificaciones, ciudades…
Era el inicio del pulso entre el hombre y la naturaleza que ha continuado implacable hasta nuestro tiempo.
Si bien, a los druidas y a los vampiros, con Tabilov a la cabeza, no les importaba eso.
Ellos querían gobernar sobre todo lo conocido: naturaleza y hombres, por igual.
Las fuerzas se alinearon en dos bandos y hubo una terrible contienda, en la que hadas y elfos, junto con los pictos y sus druidas, salieron victoriosos a costa de cientos de vidas en los dos ejércitos.
Los malvados druidas que habían iniciado la lucha perecieron en la contienda.
Tabilov fue recluido en una gruta, oculta a los ojos de los hombres, vigilado por las hadas.
—Todo lo que me has contado parece una historia de Tolkien.
—Lo sé. De hecho, algunas historias y leyendas de la antigüedad, nacen en los hechos acaecidos entonces. Los hombres piensan que son cuentos de niños para ser contados en noches de invierno junto al fuego, pero no es así.
—Quizás sea mejor. Imagina lo que podría ocurrir hoy en día si hubiera un ejército de vampiros y de druidas campando a sus anchas por el mundo. ¿Tabilov sigue prisionero?
—Por lo que yo sé, sí, sigue bajo el control de las hadas.
—¿Volviste con los tuyos a Escania?
—No. Lo hice siglos después cuando ya no quedaba nadie que me conociera. No podía volver. Nadie creería que todos habían muerto luchando junto a Tabilov, y yo, uno de sus más fieros y leales guerreros hubiera sobrevivido. Mi familia, mi futura esposa y los suyos no me lo habrían perdonado.
—¿Y qué hiciste?
—Pasé un corto tiempo con las hadas. Sabían que no era su enemigo, pero estaba en mi naturaleza alimentarme de sangre.
Lo intente con animales, pero no voy a engañarte, la sangre de ciervos y ardillas no me saciaba.
Aprendí a controlarme para no beber de mis victimas hasta matarlas.
Por haber luchado junto a los elfos, me concedieron el privilegio de resistir cierto grado de luz solar, lo que me permite caminar por la calle durante el día si no es muy luminoso y durante no mucho rato.
—¿Te quedaste en Escocia?
—Unos años, luego viaje a Inglaterra y Francia.
Más tarde volví a Dinamarca, donde me asenté unos años.
Es difícil permanecer más de diez años en un lugar.
La gente comienza a hacerse preguntar si no ven que envejeces.
Tengo varias identidades creadas para residir en diferentes países.
Al cabo de unos años regreso fingiendo ser un descendiente del anterior hombre que había vivido en esa casa.
—¿Börg es tu verdadero nombre?
—Sí. Lo es. Aunque he adoptado otros, en Europa suelo conservar mi nombre —contestó el vampiro, comenzando a sentir cierto alivio al ver que Agatha permanecía junto a él, sin visos de estar asustada por lo que le había contado.
—¿Por qué editor?
—Fui constructor muchos años, sin embargo, las largas horas de soledad se hacían menos tediosas leyendo. Comencé a viajar cada vez con más libros en mis maletas, de modo que el cambio de profesión a editor fue algo natural.
—¿Cuántos años llevas aquí? —quiso saber Agatha, decidiéndose a hacer al final la pregunta que más temía hacer.
—Nueve. Vine para esta con Margarita sus últimos años de vida. La familia de hadas a la que perteneces, ha sido mi compañera de viaje todos estos años.
—Así que te irás pronto —afirmó Agatha con pesar.
—Quizás un par de años más, pero sí, mi tiempo en Salamanca va llegando a su fin.
Agatha suspiró. Era mucho que asimilar y mucho en lo que pensar. Börg, imaginando que su hada necesitaría unas horas de soledad, se despidió de ella, no sin antes asegurarse de que estaría bien sola.
—¿Me llamarás mañana? —preguntó inseguro en la puerta antes de irse.
—Lo haré —respondió Agatha poniéndose de puntillas para darle un tímido beso en los labios.