Capítulo 11
A gatha salió de casa de Börg sintiendo el corazón ligero, en su bolso llevaba el libro y la carta de su abuela.
La caja la había dejado con el vampiro para que le arreglara el cierre que estaba roto.
Le había prometido encontrar uno de la época y sustituir el roto por uno nuevo.
Estaba deseando llegar a casa y probar los hechizos de su abu Margarita.
Ayer había conseguido atraer una cuchara solo con el pensamiento: había deseado tenerla en la mano y al instante la tenía entre sus dedos.
Iba tan distraída que no se dio cuenta que un coche no frenaba al aproximarse al ceda el paso por donde estaba cruzando.
El impacto fue lo suficientemente fuerte como para hacer que su cuerpo saliera dos metros despedido para chocar con otro coche aparcado al lado de la acera.
Agatha quedó inconsciente en el suelo. El charco de sangre debajo de su cabeza cada vez era más grande.
—Agatha, Agatha, cariño, despierta.
—Umm
—Abre los ojos dormilona.
Agatha hizo lo que la dulce voz le decía, estaba cansada, quería seguir durmiendo.
Pero la voz, que le resultaba conocida, la llamaba.
Los parpados le pesaban, haciendo un gran esfuerzo, abrió los ojos y se encontró tumbada en el jardín de su abu Margarita, bajo el mandarino del que obtenía los frutos, que después desecaba para hacer el té que tanto le gustaba.
—¡Abuela! ¡Te he echado de menos! —exclamó Agatha dejándose abrazar por Margarita.
—Y yo a ti mi vida, estaba a tu lado, pero no podía abrazarte.
—Pero esto no puede ser real. ¡Tú estás muerta! Salía de visitar a Börg. ¿Lo conoces? Dice que es tu amigo.
—Es un buen hombre. Debes confiar en él. Te protegerá y será un leal compañero. Cuando seas consciente de todos tus dones, habrás ocasiones en que seas tú quien debas cuidar de él.
—Abuela, ¿estoy muerta? —preguntó asustada Agatha al darse cuenta de que, si su abuela estaba muerta y estaban hablando, era porque no estaban en el mundo de los vivos.
—Estas en una existencia intermedia, tenía que hablar contigo y he aprovechado la ocasión —le explicó Margarita a una sorprendida Agatha.
—¿Y en sueños no te valía? —preguntó la joven mosqueada.
—Intenté entrar en ellos, pero tu mente no me dejaba. Eres poderosa, tu esencia de hada es más fuerte que la mía. Te será útil en un futuro que espero sea muy lejano.
—¿Y Jaime? Tampoco me hablaste de él.
—Está confundido. Debería de haber ido a Escocia antes, no debería haberlo pospuesto tanto, siempre creemos que hay tiempo para todo y la vida se nos escapa como el agua en una cesta.
Le estas ayudando, eres buena para él. Debe hacer las paces con Börg, cuatrocientos años es demasiado tiempo para estar enfadados.
—Me hubiera gustado que me contaras que eras un hada. No te hubiera juzgado.
—Lo sé cariño. Sin embargo, la relación con tu madre no era buena y saberlo solo te traería más problemas con ella. Pensé que aún estaba a tiempo de decírtelo, pero esa maldita gripe me impidió hacerlo.
—Te echo mucho de menos.
—Y yo a ti, pero tienes mucha gente a tu alrededor que te quiere y te ayudará.
Sé que las otras hadas blancas te están enseñando como usar tu don, no te preocupes, lo iras descubriendo poco a poco.
Eres más poderosa que ellas. Natalia, Jaime y Börg podrán guiarte hasta un punto, luego tendrás que ser tú sola la que avance hacia delante.
Les sorprenderás a todos, empezando por ti misma.
—No quiero volver, quiero quedarme contigo —afirmó Agatha haciendo pucheros como una niña pequeña.
—No cariño, no puede ser. Tienes por delante muchos años por vivir. Habrá momentos de felicidad, de amor, de plenitud, también los habrá malos, de pesares y dolor. No estarás sola, habrá un hombre a tu lado con el que disfrutaras los primeros y sobrellevaras los segundos.
—Te quiero.
—Y yo a ti. Estaré a tu lado, cuando me necesites podrás contactar conmigo con tu don. No me mires así —explicó la anciana mirando aquel rostro que tanto había amado—, sé que ahora no sabes cómo, pero lo sabrás llegado el momento.
—Abu…
—Es hora de que despiertes.
—No sé cómo.
—Sólo tienes que quererlo.
Agatha cerró los ojos y sintió que se deslizaba en una especie de tobogán que no terminaba nunca.
Cuando se detuvo, llego el dolor, le palpita el lado derecha de la cabeza, notaba los labios secos.
Tenía un tubo en la garganta, que le impedía hablar, abrió los ojos asustada, y encontró dos ojos azules como el hielo mirándola.
—¡Está despierta! —oyó como Marta gritaba a su otro lado.
—Tranquila, no pasa nada —la tranquilizó Börg—.
Tienes un tubo en la garganta, el médico vendrá y cuando vea que estas bien, te lo quitará.
Tienes una brecha en la cabeza —le explicó cuando vio como Agatha intentaba tocarse al frente—.
El cirujano ha hecho un buen trabajo, no te quedará cicatriz visible.
—¡Agatha! —exclamó Ana colocándose de cuclillas junto a Marta—. Nos has dado un buen susto. ¡Hay que mirar antes de cruzar!
—La estáis volviendo loca —intervino Jaime.
—Todos fuera —ordenó el médico haciendo salir a los cuatro fuera de la habitación.
Tras un exhaustivo examen el doctor comprobó que Agatha estaba bien, salvo un molesto dolor de cabeza que iría remitiendo. Tenía una fisura en una costilla y algún que otro moratón, pero nada que unos cuantos días de reposo y mimos no curaran.
La tensión entre los dos vampiros era perceptible por cuantos les rodeaban.
Intentaban guardar las formas en el hospital, pero Jaime no dejaba pasar ocasión sin decir un comentario malintencionado hacia Börg.
Harta de la situación, cuando dos días más tarde estaba cómodamente instalada con una taza de té, que Ana le había preparado siguiendo las instrucciones del recetario de Margarita, y una porción de pastel de manzana, que Maite había hecho para ella, hizo que los dos se sentaran a su lado.
Cada uno en un sillón, Jaime lanzándole dardos asesinos con los ojos a Börg, y este aceptándolos sin decir nada.
—Vosotros dos me tenéis muy harta y que sepáis que a Margarita más.
—¿Margarita? —preguntó Börg sorprendido.
—Sí. Cuando estaba inconsciente me habló.
—Agatha, tal vez fue un sueño, quizás debido a la medicación —dijo Jaime condescendiente.
—¡No fue ningún sueño! —negó la joven enfadada.
—Déjala hablar —pidió Börg ante el escepticismo de Jaime.
—Es demasiado tiempo para que sigáis enfadados por algo que no fue culpa de ninguno de los dos.
—¡Por supuesto que fue su culpa! Mató a mi bebé y a mi mujer.
—No, Jaime, no lo hizo. Ahora vas a calmarte y dejaras que Börg te cuente que fue lo que paso en realidad. Margarita y yo queremos que hagáis las paces y de aquí no saléis sin hacerlas.
Para sorpresa de los dos vampiros, la puerta del salón donde estaban, se cerró de golpe, escuchándose con claridad, el ruido de la llave al echarse.
Agatha dio un sorbo a su taza de té sonriendo.
En el hospital la quietud podía con ella.
A regañadientes, Ana rebuscó en el bolso de Agatha hasta encontrar el libro que Margarita le había hecho llegar a través de Börg.
El hada novata se había entretenido practicando los trucos y hechizos más sencillos del libro.
Las enfermeras no se explicaban como las flores de las habitaciones de la planta donde estaba internada Agatha, aguantaban tan frescas y lozanas.
Una vitalidad que parecía extenderse a los pacientes, que mejoraban de sus dolencias, día tras día.
Pero no solo había hecho progresos con las plantas, había otros trucos interesantes que había aprendido, como el hechizo inmovilizador, que hizo que los dos vampiros sintieran como si sus cuerpos estuvieran unidos por pegamento a los asientos.
—¿Tú has hecho esto? —preguntó Jaime sorprendido.
—Y te hare algo peor como no escuches a Börg.
El highlander asistió y volvió su mirada hacia el vikingo que contemplaba asombrado a la increíble mujer que tenía junto a él.
Haciendo un gesto a la bella hada repitió el relato de los hechos ocurridos aquella aciaga noche en Londres.
Agatha le escuchó, admirando sus marcados rasgos de guerrero que quedaban borrados por la expresión de pesar de sus ojos.
—Y eso es todo. Siento haberte causado tanto dolor.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—No me lo pusiste fácil.
—Necesito tiempo, son demasiados siglos odiándote, pensando que mi mujer había sido asesinada por el vampiro que me convirtió.
—Lo entiendo.
—Creo que volveré unos días a Inverness, para recapacitar sobre todo lo que me has contado. ¿Estarás bien si me voy Agatha?
—Lo estaré, pero no he oído aún lo que quiero oír.
—Eres tan cabezota como tu abuela.
—Más —afirmó Börg, dedicando una sonrisa fugaz a Agatha.
—Siento haber sido tan capullo todos estos siglos.
No tuviste la culpa de la muerte de mi esposa y mi bebé, pero si hubiera tenido opción de elegir, habría escogido morir con ellos.
Eso es algo que me robaste: mi derecho a morir.
Entiendo tus motivos, pero me va a costar un tiempo perdonarte lo que hiciste.
Börg asintió a las palabras de Jaime, notando su corazón más liviano después de tantos años de sentimientos de culpa. Agatha liberó del hechizo inmovilizador a los vampiros, y abrió la puerta.
—Alguien ha estado practicando —dijo el highlander levantándose del sillón—. Voy a hacer la maleta.
—Habla con Ana —le advirtió Agatha—. No quiero a mi amiga llorando por los rincones, atiborrándose de helado de chocolate y patatas fritas.
—Lo haré —prometió el escocés.
—Y más te vale volver pronto, o iré a buscarte.
—¿Es una amenaza?
—Tenlo por seguro escocés —respondió Agatha dejándose abrazar por el pelirrojo al que tanto había llegado a querer.
Era un buen amigo, divertido, socarrón y difícil de hacer enfadar.
Al principio había creído estar enamorada de él, pero solo había sido atracción física.
Lo que sentía por Börg era diferente. De la indiferencia inicial, incluso rayando en el odio, había pasado a un sentimiento muy próximo al enamoramiento, que crecía día a día.
Los silencios compartidos, las miradas cómplices, las risas al fallar en sus hechizos, habían ido haciendo un hueco en su corazón, que el vampiro, iba llenando sin proponérselo.
Sus ojos ya no le parecían de hielo, sus gestos antes adustos, se habían suavizado recalcando su serena madurez.
Sonriendo al objeto de sus pensamientos, le hizo una invitación muda a sentarse junto a ella.
El vikingo se acercó al sofá donde estaba la rubia que había conseguido quitarle el sueño, como ninguna otra mujer lo había hecho en siglos.
Incluso con la cara amoratada por el golpe, y unas terribles ojeras, seguía siendo la mujer más bella que había visto nunca.
Retirando la manta que la cubría se sentó a su lado, tapando a los dos con ella.
Era la manta con el estampado tartán que Agatha había comprado hacía semanas en su viaje a Inverness.
—Estará bien.
—Lo sé, Börg, pero Ana no va a ser la única que lo eche de menos.
—Tengo que reconocer que a pesar de ser un presuntuoso highlander, es un buen tipo en el fondo.
—A ti también te cae bien.
—He dicho en el fondo, muy en el fondo —indicó Börg sonriendo.
El vampiro la abrazó, besándola en la cabeza con cuidado, para no lastimarla y la atrajo hacía su pecho.
Una hora más tarde, llegó Ana de recoger unas semillas en un vivero.
Al atravesar la puerta del jardín, se encontró a Jaime sentado en un escalón de la entrada a la casa de Agatha.
Con un suave ademán le indicó que se sentará junto a él.
Le contó lo que había hablado con Börg esa tarde, y su necesidad de regresar a Inverness para serenar su espíritu.
Necesitaba sentir la tierra donde había nacido bajo sus pies, y después, más sereno, quería visitar la tumba de su mujer y su bebé en Londres, sin odio en el corazón.
—Dijimos que lo nuestro era un entretenimiento sin ataduras —afirmó Jaime al ver los ojos llorosos de Ana.
—Lo sé, pero te he cogido cariño —afirmó Ana intentando hacerse la fuerte, pero no podía. Algo en su interior se había roto al ver que Jaime se iba dejándola atrás. ¿Por qué le pasaba eso? El pelirrojo solo era un pasatiempo. O eso había creído hasta ese momento.
—Y yo a ti. Volveremos a vernos. Agatha y ese maldito vikingo vendrán a visitarme y yo vendré a visitaros a vosotras.
—¿Esto es un adiós?
—Es un hasta luego.
Esa noche Ana y Agatha se acurrucaron en la gran cama del dormitorio principal con la compañía de una tarrina de helado gigante de chocolate con pistachos y un paquete de pañuelos de papel mucho más grande aun.
Agatha no pudo evitar quedarse dormida, bajo el calor de las sabanas, pero Ana no la acompañó al mundo de los sueños.
Cuando los primeros rayos del sol se filtraron por las rendijas de la persiana, Agatha se despertó, descubriendo que estaba sola en la cama.
En la mesilla, un sobre con su nombre, aguardaba a ser abierto.
“Es mi turno de conocer Escocia. Hasta luego es demasiado tiempo. Cuida del jardín.
Ana”
Sonriendo dobló el sobre. Jaime no conocía bien a Ana si pensaba que su amiga se iba a quedar tranquila esperándole. Le encantaría ver su cara cuando la viera.