Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

A gatha dudaba. Tenía el dedo en el interfono del portal de Börg. Era un edificio en el centro de la ciudad, en una calle céntrica. Había esperado encontrarse algo grandioso, parecido al castillo de Jaime, pero estaba en una casa, que al menos en su exterior, era de lo más normal.

—¿Va a entrar? —le preguntó una pareja de mediana edad que salía del portal.

—Sí, gracias.

Reprendiéndose a si misma por ser tan tonta, apresuró sus pasos hacia el ascensor.

Ojos de Hielo, bueno, ya no debería llamarle así, pero la fuerza de la costumbre seguía imponiéndose, vivía en el último piso.

En un ático, que por lo que pudo ver al salir del ascensor, ocupaba toda la planta.

Junto a la puerta no había el típico interruptor para tocar el timbre, sino que un precioso llamador de hierro antiguo, con forma de mano, hacia sus funciones.

Agatha lo cogió para golpear con él la puerta con suavidad.

Sorprendida, observó cómo al levantarlo sonaba un timbre en el interior.

—“¡Curioso! —pensó Agatha—. Combina un llamador antiguo con un timbre moderno.”

De repente la puerta se abrió, no había escuchado los pasos de Börg acercándose, algo a lo que empezaba a acostumbrarse con Jaime aproximando a ella sin que le oyera cada dos por tres.

Al principio solía asustarla, pero al ver que Agatha le dedicaba una de sus miradas asesinas, había dejado de hacerlo.

—Buenas tardes Agatha —unas mariposas se agitaron en el estómago de la joven. La forma que tenía el vampiro de pronunciar su nombre, como si paladease cada una de las silabas del mismo, hacían que se estremeciera—. ¿Encontraste bien el edificio?

—Hola. Sí, es muy céntrico —respondió siguiendo al hombre al interior de la casa.

El piso era una preciosidad. Muebles antiguos yuxtapuestos a otros más modernos y convencionales, en una arriesga mezcla que aumentaba su elegancia.

Girando admiró cuanto la rodeaba, quedándose impacta por la preciosa vista que se adivinaba tras los cristales.

—Espera que anochezca, entonces saldremos a la terraza. Es más bella incluso —explicó Börg adivinando lo que pensaba Agatha.

—Se ven las catedrales, los Dominicos, la Clerecía. ¡Es maravillosa!

—El resto del piso es más normal, las habitaciones no son demasiado grandes, pero me bastan para mí solo.

—¿Cómo haces en verano? Las horas de sol son muchas y con tanto cristal será difícil evitar que la luz lo ilumine todo.

—Son cristales tintados que no dejan pasar los rayos dañinos para los vampiros. De todas formas, a ser tan “antiguo” —entrecomilló Börg recordando el calificativo de “viejo” que Agatha había utilizado con él, haciendo que esta se ruborizara—, resisto mejor la luz del sol.

Nervioso como hacía tiempo que no lo estaba en presencia de una mujer, le enseñó el resto del ático.

Dos dormitorios, un baño, la cocina y un pequeño estudio completaban el recorrido.

Las paredes, como no podía ser de otra forma en un editor amante de los libros estaban recubiertas casi en su totalidad por libros.

Con reverencia, Agatha se aproximó a una antigua edición de Sentido y Sensibilidad, de su adorada Jane Austen.

—Es la original, la primera edición —le indicó Börg acercándose a su invitada, notando como un sutil perfume de madreselva llenaba su nariz.

Sonrió al recordar que era el mismo que solía llevar Margarita—.

Recuerdo el día que lo compré en una pequeña librería de Londres en 1811.

Como ves está firmada con el seudónimo que utilizaba “By a Lady”, un editor aceptó publicarla asumiendo la autora los riesgos.

Quien le iba a decir que dos años más tarde, el príncipe regente, gran admirador de su obra, enviara a su médico personal a tratar a su hermano Henry.

—¿La conociste?

—No tuve el placer, en aquella época vivía en New York, mi estancia en Londres fue circunstancial. Puedes quedártelo.

—No, no puedo aceptarlo es muy valioso.

—Insisto. Sé que estará en buenas manos —afirmó Börg mirando con atención, aumentando la desazón que sentía el hada—. Volvamos al salón, allí tengo la caja que tu abuela dejo para ti.

—¿Una caja? ¿Y por qué te la dejo a ti? —quiso saber Agatha siguiendo al vampiro, a la vez que portaba con reverencia el libro de Jane Austen.

—Margarita no quería que la caja y la carta cayeran en malas manos. No se fiaba de tus padres y tus tíos. Temía que si la dejaba en su casa, alguno de ellos la encontrara antes de que tú tuvieras ocasión de ver su contenido.

Agatha cada vez estaba más convencida de que la idea que tenía Jaime sobre Börg era errónea.

Todas las historias tenían dos versiones y quería escuchar cual era la del atractivo vampiro que tenía delante.

Sus exquisitos modales, y su afable trato, contrastaban con la idea que tenía sobre los vikingos, a los que imaginaba rudos y guerreros.

—Esta es la caja —dijo Börg acercando al sillón donde Agatha había tomado asiento, una caja de madera con incrustaciones de marfil que recordaba haber visto alguna vez en casa de su abuela—. Y esta es la carta. Creo que deberías leerla primero.

Agatha asintió, emocionada y con las manos temblorosas, rasgó el sobre y sacó la carta doblada de su interior. Al ver la letra de su abuela, las lágrimas no tardaron en llenar sus ojos.

“Querida Agatha,

Sé que desde mi muerte el mundo que conocías habrá temblado bajo tus pies.

Tus poderes estarán aflorando, estarás confusa y no sabrás manejarlos.

Confía en el hombre que te entrega esta carta.

Quizás ya te haya dicho que es un vampiro.

Era mi amigo, un buen amigo leal que siempre estuvo a mi lado.

Cuando un día por la calle me indicaste que el gigante rubio que iba por la otra acera era Ojos de Hielo, tuve que hacer un esfuerzo para no reírme.

La animosidad que sentías hacia él se debía a tu esencia de hada, y no a su maldad.

No todo es blanco o negro, hay una escala de grises con infinitos matices.

No todos los vampiros son malos, ni todas las hadas son buenas.

En ambas especies hay maldad, y hay seres oscuros que sueñan con un mundo donde no tengan que ocultarse, donde los humanos les sirvan como esclavos.

El equilibrio es frágil. Son una minoría hasta ahora, y así debe de seguir siendo.

En la caja encontrarás un libro de “hechizos” donde encontraras una guía sobre tus poderes.

No lo he escribí yo, mi abuela me lo dio y a ella su abuela.

Espero que algún día se lo des a tu nieta.

Natalia, a la que envié para que velará por ti, te ayudará.

Su familia y la nuestra han estado juntas durante muchos siglos.

Estaré a tu lado, todas las hadas de nuestra familia están a tu lado, tal vez no nos veas, pero nos sentirás en tu corazón.

Te quiero,

Abu Margarita”

Agatha dejo la carta a un lado y abrió la caja, donde un libro muy antiguo, con las hojas tan finas como la seda, escritas a mano, y tapas de piel atadas a ellas con una cuerda, descansaba sobre una tela de terciopelo.

En las últimas páginas reconoció la letra de su abuela.

Sin duda ella había hecho descubrimientos por su cuenta.

En ese instante llegó hasta su nariz el suave aroma de la taza de té que Börg, había depositado a su lado.

—Es una mezcla especia de té: arándanos…

—…con mandarina.

—Sí, tu abuela me la dio. Me encanta su sabor. Espero que en ese libro encuentres como elaborarla.

—Espero. También en mi favorita —añadió Agatha dando un sorbo a la taza.

Estaba delicadamente endulzado con miel de romero.

Observó como Börg daba un sorbo de la suya, deleitándose con su sabor.

Era un hombretón rubio muy atractivo. Su mezcla de erudito editor y guerrero vikingo, la atraía cada vez más.

Al beber los músculos de su brazo se marcaban bajo el fino jersey azul oscuro que llevaba.

No podía verla, pero seguro que tenía los abdominales en forma de tableta de chocolate digna para ser admirada.

—Puedes preguntar —la animó Börg, que la miraba con el mismo interés que ella lo hacía.

—Dejando aparte el tema de las hadas, que prefiero dejar para otro día que haya echado un vistazo al libro de Margarita, me gustaría saber que paso entre Jaime y tú.

—Estoy seguro de que él ya te lo ha contado, a ti y a tus amigas. Solo hay que ver la forma en que me mirabais las tres ayer.

—Lo ha hecho, pero todas las historias tienen dos versiones y me gustaría oír la tuya.

Börg dejo la taza en el planto, giró la cabeza evaluando a la preciosa rubia que tenía sentada ante sí.

Sentía que ella era parecida a Margarita, pero a la vez muy diferente.

Durante su larga existencia como vampiro, había tenido en las brujas de la familia de Agatha leales compañeras de viaje.

Él las había protegido y ayudado cuando sus poderes despertaban, y ellas habían hecho que su vida no fuera tan solitaria.

Juntos se habían enfrentado al grupo de hadas y vampiros rebeldes, pero desde hacía trescientos años no habían vuelto a saber de ellos.

Y esperaba que Agatha no tuviera que conocerlos.

Le gustaba, más de lo que debería gustarle un hada, y para su pesar no podía hacer nada para remediarlo.

—Era una noche fría y húmeda en Londres.

Al día siguiente iba a viajar a Francia.

Había salido a alimentarme, no siempre era fácil hacerlo en alta mar sin despertar sospechas.

En aquella época los rayos del sol eran muy dañinos para mí, y debería pasar la mayor parte del día en el camarote, fingiendo un inoportuno mareo por viajar en barco.

Así que prefería alimentarme bien la noche antes.

—Ahórrate los detalles —le interrumpió Agatha. Por muy civilizado que él parecía prefería no imaginárselo chupando la sangre del cuello de una inocente víctima.

—Lo siento, no era mi intención importunarte —se disculpó Börg continuando con su relato—.

Me hospedaba en una pensión en una zona apartada de la ciudad donde mis salidas nocturnas pasaban desapercibidas.

Regresaba a ella paseando por el centro, cuando vi como un ladronzuelo le robaba una ristra de salchichas a un tendero que recogía su género.

Se había organizado un pequeño revuelo, que un policía calmó saliendo en persecución del muchacho.

Corrían por las calles, esquivando a los escasos paseantes, y a los aún más escasos carruajes.

Sin embargo, alguno había, llevando a las pacificas gentes de Londres a sus casas.

Uno cochero se había bajado del pescante de unos de ellos.

Estaba abriendo la puerta del carruaje, para que una pareja se subiera, con tan mala fortuna que el caballo que tiraba del mismo, se asustó al pasar el ladrón junto a él corriendo, y el policía llamándole al orden con su silbato aumentó su desasosiego.

El caballo se encabritó y huyo asustado por la calle que tenía ante sí.

El cochero intentó inútilmente detenerlo, siendo arrollado por las ruedas del carruaje.

Como sabrás, los vampiros podemos desplazarnos más rápido que los humanos, de modo que me retiré para no llamar la atención y oculto en las sombras, corrí en busca del caballo.

No llegue a tiempo, a unos pocos metros se había llevado por delante a una pareja.

No pude hacer nada por la mujer, estaba muerta tendida en el suelo.

El hombre seguía respirando, pero la vida se escapa de su cuerpo.

—¡Jaime!

—En efecto. ¡Era tan joven! Se aferraba a la mano de la mujer con sus últimos estertores. Era tan injusto, debí dejarle morir junto la mujer que amaba, pero no pude. No sé qué pasó por mi mente.

—Te compadeciste, intentaste ayudarle —afirmó Agatha cogiendo una de las manos de Börg, que permanecían crispadas sobre sus rodillas.

—Fue un error.

—Fue un acto de amor.

—Jaime me odia.

—¿Por qué no le contaste lo que pasó?

—He querido hacerlo, sé que piensa que mate a su esposa. Es más fácil culparme a mí que a un inoportuno accidente. Es lo único que puedo hacer por él, darle un verdugo al que odiar.

—No es justo para ti.

—Agatha he matado a hombres inocentes. Antes de convertirme en vampiro era un guerrero cruel y despiadado.

La guerra era mi único propósito en la vida.

Después de mi conversión, me alimenté sin preocuparme de quien lo hacía durante años, durante siglos.

No seré el responsable de la muerte de la mujer de Jaime, pero si lo soy de lo que es.

Agatha era incapaz de dejar de llorar, por Jaime, por su mujer y su bebé no nato, por Börg. Cuatro vidas entrelazadas y marcadas por un destino trágico.

—Mírame Börg, mañana vendrás a casa y hablareis los dos, no podéis seguir así.

Él debe de dejar de odiarte y tú debes de dejar de culparte.

No te conozco lo suficiente, pero si mi abuela y mis ancestros te querían en sus vidas, era porque lo merecerías, no por pena.

Ayer vi como los hijos de Macarena te llamaban tío B.

y te hacían participe de todos sus juegos.

La pequeña Sofía se pasó media tarde en tus rodillas, y para mis primos eres un crack.

No he visto a nadie seguirles el ritmo con los videojuegos como lo haces tú.

—¿Y tú qué piensas?

—Mi instinto de hada y mi corazón de mujer están de acuerdo. Te quiero en mi vida.