Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No pasa nada Marta —respondió dejándose derrotar por los tres chavales agarrados a sus piernas. En un momento, una montaña de brazos y piernas rodaron por el suelo. Raúl se escurrió de los brazos de su padre para unirse a la melé, Börg al verle llegar, le cogió con suavidad.

—¡Eres más divertido que mis niñeros! —exclamó Lino jugando con los gemelos a subir a caballito en la espalda del vikingo.

—¿Tus niñeros? —preguntó Agatha confundida.

—Hércules y Atenea —respondió la pizpereta María.

—Curiosos nombres.

—Ya sabes, hay padres que tienen un extraño sentido del humor —explicó Maca quitándole importancia con un gesto de la mano.

La magia de Disney logró que los niños se quedaran tranquilos viendo Coco en la televisión del salón, merendando los sándwiches y demás delicias que Marta colocó delante de ellos.

Incluso algunos mayores sucumbieron al encanto de la película.

Agatha intercambió algunos comentarios educados con su madre, que desde la muerte de Margarita, la miraba y trataba más como una extraña que como una hija.

Su padre bajaba la cabeza, pero tampoco hacía nada por acercarse a ella.

Pesarosa, los dejo conversando con sus hermanas, quienes confundidas asistían al distanciamiento de Agatha y sus padres.

Candela y Lucía sabían que sus padres y sus tíos tenían planes para repartirse el dinero que la venta de la casa y el preciado terreno en el que estaba, pudiera generar.

Sin embargo, la estrecha relación de su abuela Margarita y Agatha, era conocida por todos y no era extraño que le hubiera legado su más valiosa posesión a su adorada nieta.

Desde bien pequeñas, habían presenciado como su hermana mayor se refugiaba en los brazos de su abu, en busca del cariño que su madre le negaba.

En la disputa actual, preferían mantenerse al margen y no avivar ningún fuego de resentimientos.

Con tristeza, vieron como Agatha se marchaba a la cocina a por un refresco y recomponerse un poco.

Eran sus padres, les quería. Ella no tenía la culpa de que su abu Margarita no les hubiera dejado a ellos la casa.

Sus razones habría tenido. Tampoco había pedido ser un hada, pero eso era algo que no podía cambiar.

Jaime sentía pena por su amiga, nadie debería odiar tanto a una hija, como sentía que la madre de Agatha la odiaba.

—Margarita sabía por lo que tendrías que pasar al recibir su legado.

Agatha se giró sobresaltada. Creía que estaba sola en la cocina, pero Ojos de Hielo estaba a su espalda. Era tan silencioso como Jaime. ¡Dichosos vampiros y sus truquitos! Enjuagándose una lágrima le miró recelosa.

—¿Conocías a mi abuela? —preguntó confundida. Todos los vampiros con los que se topaban parecían saber más de su abuela que ella misma.

—Desde antes de que naciera. Y a la abuela de tu abuela, y a la abuela de esta.

—¿Cuántos años tienes?

—Mil doscientos ochenta y tres.

—¡Eres muy viejo!

—¿Eso es un cumplido? —preguntó Börg sonriendo, haciendo que el azul de sus ojos parecía más luminoso.

—Lo siento yo…

—Tranquila, tu abuela Margarita reaccionó peor. Me tiró a la cabeza la azadilla con la que estaba trabajando.

—Muy propio de mi abuela —afirmó Agatha sonriendo a recordarla. ¡Cuánto la echaba de menos!

—Igual que Jaime ha hecho contigo, yo le desvelé a Margarita su naturaleza. Me hubiera gustado hacer lo mismo en tu caso, pero te marcharse a Escocia antes de que pudiéramos hablar. Además, cada vez que me acercaba a ti huías despavorida.

—Lo siento —respondió Agatha con sinceridad, empezaba a ver que tal vez le había juzgado equivocadamente, aunque por otro lado la historia de Jaime no dejaba lugar a dudas de su maldad. Había algo que no encajaba—. Tu presencia me inquietaba.

—Es tu instinto de hada. No eras consciente de ello, pero detectabas que era un vampiro y tu cuerpo te avisaba.

—¿Eso quiere decir que cada vez que un tío me resulta repulsivo es porque es un vampiro?

—Ja, ja, no siempre. Algunos sí, pero no todos. Agatha, tu abuela me dejo algo para ti, está en mi casa. Me gustaría que mañana vinieras por la tarde a mi piso, estaré encantado de entregártelo y resolver tus dudas.

—¡Tito B! —gritó una vocecilla detrás de ellos antes de que Agatha pudiera responder. Era la pequeña María, la hija de Macarena que sin que ellos se hubieran percatado había entrado en la cocina y tiraba del pantalón de Börg reclamando su atención.

—Cariño —replicó el vampiro agachándose para besar en el moflete a la niña y levantarla en brazos—. ¿Quieres algo preciosa?

—¡Chocolate! —pidió mimosa, poniendo sus manitas en la cara del vikingo a la vez que hacia un pucherito.

—Diría que ya has comido bastante chocolate hoy —viendo los berretes de la cara de la pequeña.

—Un poquito —insistió la niña.

—Un momento —dijo Agatha, recordando donde guardaba su amiga el chocolate fuera del alcance de los gemelos: en el último estante del armario que había encima del fregadero.

Subiéndose en la encimera, ante la mirada divertida de Börg y la expectante de María, estiró el brazo palpando el fondo de la balda, hasta dar con su objetivo: una tableta de chocolate.

Partiendo dos onzas se las dio a la chiquilla que alborozada se lanzó a cogerlas sin soltarse de los brazos del vampiro.

—Será mejor que la lleve con su madre.

—Börg —le llamó Agatha según salía por la puerta de la cocina—. ¿A las cinco te va bien?

—Perfecto —contestó el vampiro con visible alivio—. Te doy la dirección.

Su instinto, de hada o de mujer, o de ambas cosas le decía que podía confiar en él y que debía escuchar lo que tenía que decirle.

No le diría nada de momento a Jaime. Buena gana de complicar las cosas.

Cogiendo otras dos onzas de chocolate para ella, salió de la cocina para unirse al resto de invitados.