Capítulo 9
L a semana transcurrió sin incidentes. Poco a poco se iban instalando en su peculiar rutina. Marta ultimaba con el decorador los detalles de su tienda, Ana probaba nuevos ingredientes para sus cremas y Agatha practicaba su don ayudaba por Natalia y otras hadas blancas que le había ido presentando.
—Venga, otra vez —le animaba Natalia cada vez que rompía una taza intentando levantarla por los aires unos centímetros.
—Vale, pero mejor lo hago con un papel que me voy a quedar sin tazas.
Los vecinos se preguntaban cómo era posible que el jardín siguiera tan florido a pesar de las heladas que caían habitualmente por la noche. Dos constructores más habían intentado hacer una oferta a Agatha.
—Una mujer joven como usted estaría mejor viviendo en un piso nuevo y moderno —le dijo uno en tono y paternalista.
—Una mujer joven como yo está tan ricamente en su casa con jardín sin que la molesten con tonterías. No se le ocurra volver, la respuesta es no.
—Sí cambia de idea…
—Créame no lo hará —afirmó Ana cogiendo del brazo al hombre y sacándolo del jardín antes de que Agatha hiciera caer en su cabeza algún fruto de los arboles como había hecho con el último, que se había ido con un buen chichón.
Jaime dividía su tiempo en ayudar a Agatha, hacer nuevos contactos para sus lanas y quesos, y tontear con Ana. Un día Ana se decidió y le pidió permiso a Agatha para trasladarse a su casa.
—Así estoy más cerca del jardín y del invernadero donde creo las cremas. Tu abuela tenía un pequeño laboratorio en su interior, perfectamente equipado. Pierdo tiempo yendo y viniendo a casa.
—Y de paso estás más cerca de Jaime —añadió Agatha mordaz.
—No sé me había ocurrido —respondió Ana con aparente inocencia.
—Te advierto que Jaime vive en el sótano, donde le llega menos la luz del sol, aunque supongo que eso ya lo sabes.
—¿Eso es un sí? —preguntó Ana abrazando a su amiga.
—¿Cómo voy a decir que no a vivir con mi amiga? Lo único que debes de tener claro es que Jaime se irá. Tal vez debería ir comprando helado de chocolate.
—Soy una mujer adulta, hecha y derecha. No te preocupes por mí, solo es diversión y quiero aprovecharla mientras dure.
Agatha no insistió, pero dudaba mucho de que Ana resultara indemne de esa relación desigual con un vampiro.
Cuando Marta supo que sus dos amigas vivirían juntas, no pudo reprimir algo de envidia.
Le encantaría unirse a ellas, pero Mateo y los niños no podrían valerse sin ella.
Además, estaba la tienda, que le quitaría el poco tiempo libre que le quedaba.
Estaba entrevistando a posibles dependientas que la ayudaran a atender al público.
La que más le gustaba era Ruth, una joven de veintiséis años, vital y despierta, que era un soplo de alegría que compaginaba muy bien con su propio carácter y el de Agatha, la cual también trabajaría a tiempo parcial en la tienda de ropa.
—Puedo ir por las tardes unas horas, así podrás estar con los gemelos cuando salgan del colegio hasta que llegue Mateo.
—¿No te importa? ¿Sería solo de 5 a 7?
—Por supuesto que no, no voy a estar todo el día en casa haciendo de conejillo de indias para las cremas de Ana. Estaré encantada de ayudar a elegir modelito a tus pequeños compradores.
Esa misma semana, celebraron el séptimo cumpleaños de los gemelos.
El viernes, con los amiguitos del cole, fueron a un local habilitado para fiestas de cumpleaños, con piscinas de bolas y otros artilugios que hicieron las delicias de los pequeños.
Un payaso, un cuentacuentos y una gran merienda con mucho dulce y demasiada cafeína, fueron el broche para un día inolvidable.
—Recordadme porque estoy aquí en lugar de estar retozando con mi escocés —pidió Ana atrincherada en una esquina con una Coca-Cola y un plato de patatas fritas, ensordecida por el griterío de los más de veinte niños invitados a la fiesta.
—Para ayudarnos a Agatha y a mí a cuidar de los gemelos y sus amiguitos, que te recuerdo que son tus sobrinos postizos, y les adoras.
—¿Y las otras madres que hacen? Están ahí sentadas sin hacer nada.
—Oh, sí que hacen —intervino Agatha—. Despellejarnos, nos están poniendo a caldo.
—¿Por qué van a hacer eso? —preguntó Marta con inocencia.
—Por lo que oí según iba al baño “accidentalmente” sin que se dieran cuenta —explicó Agatha con un guiño de complicidad— Ana y yo somos lo peor porque vivimos con un pelirrojo los tres en mi casa. ¡A saber qué hacemos!
—¿Quién ha dicho eso?
—La de la cara avinagrada.
—Eso es envidia —afirmó Ana dando un sorbo a su refresco.
—La de su derecha, dice que eres una mala madre porque vas a abandonar a tus hijos por una tienda que seguro fracasara.
—Pues ella es la menos indicada para hablar. Le pone cuernos a su marido con el fisioterapeuta una vez por semana.
—¿Y tú como lo sabes Marta?
—Porque hace dos semanas yo era la que estaba en un corrillo y cotilleaba sobre las otras madres —contestó Marta haciendo reír a sus amigas.
Al día siguiente, el sábado, en casa de Marta y Mateo, estaban otra vez reunidas para preparar una celebración de cumpleaños más íntima con sus amigos y su familia.
—¿Cuántos vamos a ser?
—Vendrán tus padres y tus hermanas, Ana con Jaime, Maca y Julián con sus cuatro hijos, el socio de Mateo en la editorial, mi amiga Luna y su hija, tu antigua compañera de piso Natalia, y tú.
—¿Luna es la bibliotecaria?
—Sí, esa misma. Por cierto, ¿has hablado con tu madre?
—Ayer comí con ellos, pero como imaginaras no hablamos ni una palabra de que soy un hada, y mucho menos de que Margarita lo era también. He tenido bastante con inventar que Jaime, es un amigo del que no les había hablado antes por despiste.
—Como llegará con Ana, mi hermana no se pondrá quisquillosa contigo.
—Un tercer grado que me ahorro —comentó Agatha distraída, acariciando una planta de hierbabuena que Marta tenía en la cocina, haciendo que al instante inundara con su fragancia toda la cocina.
—Agatha estate quietecita. Has hecho tan exuberantes las plantas que mi salón parece un vergel. Ponte a hacer tortillas y cuidado no hagas crecer un patatal.
Las dos amigas continuaron charlando mientras remataban los preparativos de la fiesta.
Al rato llegaron Luna y su hija Sofía, que era un torbellino de tres años que al momento estaba correteando sin vergüenza por la casa.
Natalia llegó a la vez que ellas con una deliciosa tarta de chocolate para el cumpleañero.
Macarena y su familia fueron los siguientes en llegar.
Su hija mayor Vega era una preciosa adolescente, que pasaba de sus hermanos, hundiendo su nariz en la pantalla del móvil.
Lino tenía siete años, e iba a la misma clase que los gemelos de Marta.
Eran inseparables. María y Raúl, otra parejita de gemelos de tres años, pronto hicieron pandilla con Sofía.
Macarena era la escritora estrella de la editorial de Mateo, el marido de Marta.
Su amistad se había hecho extensiva a toda la familia, y era habitual que se reunieran para celebrar todo tipo de acontecimientos.
El marido de Maca, como solían llamar a Macarena, competía por atractivo con Jaime.
Eran dos hombres de los que hacían girar cabezas a su paso.
—Esos deben ser tus padres Agatha —apuntó Marta al oír el timbre. Saliendo de la atestada cocina, fueron a la entrada a saludarles, junto con Ana que había dejado en la nevera la tarta de cumpleaños.
—¡Oh no!
—¿Qué pasa Agatha?
—Marta, ¡Es él!
—¿Quién?
—Ojos de Hielo, Ana. Ese que está ahí es Börg —respondió Agatha señalando al gigante rubio que tenía a una horda de niños agarrados a él como una lapa.
Sofía y María estaban cada una sujetadas con firmeza por uno de sus brazos, a la vez que con sus bracitos le tiraban del pelo en lucha por ver quien le daba más besos babosos en la cara.
Lino se había encaramado en su espalda, en tanto Raúl intentaba infructuosamente trepar por una de sus piernas, en dura pugna por los gemelos de Marta que hacían lo propio por la otra.
Börg reía a carcajadas, Julián apiadándose de su hijo, lo cogió en brazos y lo acercó al alegre grupo.
Hasta los padres de Agatha sonreían al ver la escena.
—Está bueno —dijo Ana, sin hacer caso de la mirada furibunda que su amiga le dedicaba.
—A mi no me parece muy peligroso. Es el socio de Mateo, le conozco desde hace años—cuchicheó Marta—. ¿Le arrancó a los gemelos de las piernas? —preguntó al ver el ceño fruncido de su sobrina.
—¿Quién este tío? ¡Está cañón!
—¡Candela! —la reprendió su hermana Agatha.
—No es para tanto —añadió Lucia, la otra hermana añadiéndose al grupo de mujeres.
—Eso lo dices porque a ti no te gustan los hombres —afirmó Ana sonriendo a la hermana de su amiga.
—Eso es cierto, Macarena es más mi tipo.
—Chicas, ese hombre es peligroso —aseguró Agatha no demasiado convencida. No sabía si era su gen de hada, o las risas alegres de los niños, pero lo que en esos instantes Ojos de Hielo despertaba en ella, no era enfado, sino ternura.
—Peligroso para la libido —replicó Candela haciendo reír a todas.
Los ojos de Börg, se encontraron con los de Agatha.
El azul helado de los del vampiro se fundió en el azul cálido del mar de los del hada.
Ella reconoció la esencia vampírica del hombre que la mirada, él dejo que la magia del hada le recorriera.
Jaime contemplaba desde una esquina la escena.
Impasible. Recordando a su mujer muerta a su lado.
Incapaz de encontrar el perdón en su alma.
Marta consiguió con su buen arte como anfitriona, que la tirantez entre sus dos invitados más extraños se suavizara entre las conversaciones del resto. Con un gesto le indicó a Ana que Jaime era cosa suya, esta con un guiño le hizo entender a su amiga que no debía de preocuparse.
—Vamos niños dejad al pobre Börg tranquilo.