Capítulo 8
D e la tortilla a la media hora no quedo nada, y de la empanada el trozo de la vergüenza que nadie se atreve a coger, pero todo el mundo desea.
—Estaba rica —dijo Ana, quitándose un resto de patata de la falda.
—Marta, y yo hemos comido dos trozos cada una. Eso quiere decir que tú Ana has comido…
—Los mismos que vosotras.
—Veamos, como si fueras uno de mis gemelos, ¿Doce menos ocho?
—No seáis pesaditas —respondió la aludida como si tal cosa—. El jardín da mucho trabajo, y el papeleo más.
—¿Cuándo lanzaras la primera línea? —preguntó Marta alargando la mano hacia el último trozo de empanada, era una pena dejarlo en la bandeja y ninguna de sus amigas se decidía a cogerlo, aunque a Ana no le podría caber ya ni una miga en el estómago.
—¿Y cómo se va a llamar?
—Cuando tenga todos los permisos en regla, lanzare mis productos por internet. Si se dan bien las cosas, y encuentro un local no muy caro, abriré la primera tienda. Me gusta el que hay al lado de la tienda de Marta, pero no sé si…
—¡¡El nombre!! —exclamaron Agatha y Marta a la vez.
—Quería que fuera una sorpresa.
—Ana, no seas mala. ¿Y si no es comercial? Déjanos darte nuestra opinión —pidió Agatha mientras Marta asentía con la cabeza, comiéndose un sándwich de jamón y queso que le había estado haciendo guiños desde la fuente, junto al solitario trozo de empanada.
—Está bien…—concedió Ana, que deseaba ver la cara de sus amigas al oír el nombre—. Abuela Margarita . No podía llamarse de otra forma. ¿Os gusta?
Agatha rompió a llorar emocionada, en tanto Marta tuvo que dejar de comer para darse aire y contener las lágrimas. Era el mejor homenaje que podía recibir Margarita. De haber estado vida le hubiera encantado, sería algo de lo que se habría sentido muy orgullosa.
—No sé si será comercial, pero estoy harta de perfumerías con nombres que soy incapaz de pronunciar.
Además, mis formulas son naturales, recetas de toda la vida.
El libro que me legó Margarita, es de gran ayuda.
Y Agatha, tú tienes una intuición increíble.
El otro día me sorprendiste cuando supiste distinguir por el olor los ingredientes del agua micelar que he elaborado.
¿Cómo supiste que eran rosas blancas y no rojas? No me lo explico.
—Ya, bueno…—balbuceó Agatha, haciendo una pelota con el pañuelo de papel que tenía en las manos.
En su cabeza había elaborado una historia sencilla que había repetido cuatro veces la noche anterior a Jaime quien le había aconsejado: “Déjate llevar por el corazón. Son tus amigas, te quieren, y van a alucinar con lo de que eres un hada. Cuantas más tardes en contárselo será peor.”
—Agatha, ¿ocurre algo malo? Me estas asustando —quiso saber Marta preocupada al ver la cara de susto de su sobrina.
—No es malo. Chicas sabéis que os quiero, y que nada va a cambiar entre nosotras. Soy la misma de siempre.
—¿No iras a irte otra vez? —preguntó Marta asustada, sin poder contener una lagrima esta vez.
—¿Te has vuelto lesbiana? A más tordos tocó, el mercado está muy mal.
—Ana no seas bruta. Me siguen gustando los hombres. Y no Marta, no me voy. Es otra cosa. Cuando estuve en Escocia, hice un descubrimiento. En realidad, fue gracias a Jaime. ¿Recordáis cuando no nos salían las cuentas al saber la verdadera edad de la abuela Margarita?
—Mi madre no podía tener ciento diez años. No pudo ser madre tan mayor. Es imposible. Aunque el abogado diga que no, hay un error.
—No lo hay Marta. Tu madre, era un hada —comenzó a explicar Agatha de un tirón, sin atreverse a respirar si quiera—.
Al parecer yo también lo soy. Se salta una generación, por eso ni mi madre ni tú lo sois.
Eso hace que nuestra esperanza de vida se alargue, sin convertirnos en inmortales, vivimos más años y envejecemos más lentamente.
—¿De dónde has sacado esa locura? —preguntó Ana incrédula, poniendo una mano en la frente de Agatha para asegurarse de que no tenía fiebre, mientras Marta olía furtivamente el vaso de refresco que había estado bebiendo su amiga en busca de algún olor extraño.
—Me lo contó Jaime. Os lo demostrare.
Agatha se levantó para coger una planta que había comprado esa tarde en un chino cerca de su casa. Era una hiedra, que tenía las hojas lacias por la falta de agua y de luz. La colocó en la mesa, donde sus amigas pudieran verla bien. Poniendo su mano sobre ella, la acarició con suavidad.
—Vamos bonita, muéstrame lo brillantes que pueden ser tus hojas.
Ante la mirada incrédula de sus amigas, las ramitas y los tallos comenzaron a enderezarse y a crecer. En unos instantes, la planta había pasado de ser una masa verde y blanca sin forma, a ser una espesa mata que tendría que ser trasplanta a un tiesto mayor.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Marta tocando una de las hojas para comprobar que era de verdad.
—Déjame tu brazo, enséñame la herida que te hiciste al entrar en casa con el perchero.
Marta alargó el brazo hacia Agatha, quien, colocando su mano a unos milímetros de la herida, dejo que su energía fluyera a través del aire hacia el brazo de su amiga. Marta sintió un ligero calor en la zona, y asombrada notó como la herida se sanaba, cerrándose sin dejar ninguna cicatriz.
—Es magia —dijo Ana boquiabierta.
—¿Cómo lo sabía Jaime? Dices que él te explicó que eras y que sabía que mi madre también era como tú.
—Jaime conoció a los abuelos, a Margarita y a Lincoln antes de que se casaran. En realidad, el abuelo y él eran amigos, cuando Margarita llegó a sus vidas.
—El cañón con el que vives no es tan mayor. Estoy segura, sobrina.
—Es más mayor en realidad de lo era tu madre. Tiene 420 años y es un vampiro.
—¡Venga ya! Esos son cuentos. Está bien para Iker Jiménez y su programa, pero no son reales. Son mitos y leyendas.
—Me gusta ser un mito, suena sexy, pero soy real —dijo Jaime sobresaltando a las tres amigas.
—Demuéstralo —pidió Marta mirándolo con suspicacia.
—Tú lo has querido —afirmó el highlander chasqueando la lengua molesto.
Mirando a la joven, cambio sus ojos del verde musgo al negro más oscuro que nunca había visto.
Su labio superior se retrajo unos milímetros dejando asomar unos grandes colmillos.
Marta se ocultó con pavor detrás de Agatha, ahogando un grito.
—Tranquilas, no nos va a hacer daño —las tranquilizó Agatha.
Sin embargo, al girarse a mirar la expresión del rostro de Ana, no encontró lo que esperaba.
Marta estaba pálida y temblorosa, con los ojos abiertos de par en par.
Por el contrario, Ana tenía las mejillas ruborizadas, y no podía ser…
, era imposible…¡¡¡Estaba reteniendo una carcajada! !!!
—Soy un vampiro, me gusta serlo, pero a las amigas no las muerdo. Marta, puedes salir de tu escondite que no voy a hacerte nada.
—¿Qué estáis ocultando vosotros dos? —preguntó Agatha enfada mirando alternativamente a Ana y a Jaime—. Tú lo sabías. Cuando os he contado que soy un hada no sabías de que estaba hablando, pero lo de que el pelirrojo aquí presente sea un vampiro no te ha tomado por sorpresa.
—Lo siento chicas, pensamos que sería mejor no deciros nada —se disculpó Ana.
—¿Decirnos qué? —inquirió Marta lanzándole un cojín a su amiga Ana.
—Estamos follando —afirmó resuelto Jaime.
—¡No seas vulgar! —exclamó Ana incomoda—. Tenemos un rollete. No es nada serio. Sólo es…
—Sexo —intervino Jaime sentándose en un sillón satisfecho por el efecto causado por sus comentarios.
—¿Cómo has podido acostarte con mi amiga? —preguntó Agatha enfadada. Como había podido ser tan tonta. Jaime siempre se ofrecía a ayudar a Ana. Había pensado que era muy amable por su parte, y lo que estaban haciendo era reírse a su costa.
—Es cosa de dos. No he forzado ni obligado a nadie —se defendió Jaime.
—Veamos chicas, está bueno, no hay nada más —alegó Ana con desparpajó, haciendo que Jaime sonriera como buen macho alfa—. Con mi línea de cosméticos estoy demasiado ocupada para pensar en relaciones. El estaba cerca y dispuesto. A nadie le amarga un dulce.
—Yo tampoco quiero complicaciones. En unas semanas volveré a Escocia, no busco ningún compromiso a largo plazo.
—Contigo hablaré más tarde —amenazó Marta a Ana—, lo que me gustaría saber es como Jaime conoció a mi madre, por qué es un vampiro, por qué tu eres un hada, por qué lo era mi madre…
—No puedo darte otra explicación a parte del hecho de que tu madre y Agatha son hadas porque está en su esencia, en sus genes si lo quieres ver así.
Conocí a tu madre cuando viajo a Escocia hace muchos años.
Lincoln, tu padre, trabajaba conmigo, sabía lo yo era y aun así era mi amigo.
Un amigo como no he tenido nunca más hasta toparme con la loca de tu sobrina.
—¡Eh! Qué estoy aquí —se quejó Agatha sonriendo un segundo, pero dejando de hacerlo al pensar en lo engañada que la había tenido la parejita.
—Margarita supo que yo era un vampiro en cuanto me conoció.
Se había topado con otros vampiros aquí y en Francia, donde había ido antes que, a Escocia, a ver sus míticos campos de lavanda.
Las hadas sois vida, los vampiros muerte.
Así de sencillo y de aterrador. Los seres como yo somos los mayores depredadores de este mundo, pero una sola gota de la sangre de hada en nuestra boca, puede matarnos.
Es curioso, como mi sangre puede curar a un humano, pero la de Agatha puede acabar conmigo en segundos.
—¿Lo has probado? —le preguntó Marta a Agatha en un indisimulado susurro.
—Te he oído —contestó Jaime.
—No es tan malo Marta —aseguró a su tía—. Ana puede confirmártelo —añadió aún molesta por el engaño—. Al parecer lo sabe de primera mano.
—Debéis de comprender que Agatha es un hada porque está en su naturaleza. Yo no nací así. A mí me convirtieron. No tuve elección.
—¿Quién lo hizo?
—Un ser terrible Marta. Fue hace cuatrocientos años, en Londres.
Estaba con mi esposa haciendo un viaje a la capital para negociar con unos importantes tejedores.
Una noche, después de cenar con mis futuros socios, regresamos caminado al hotel.
Entre la espesa niebla surgió un carruaje sin conductor.
Los caballos corrían desbocados por las calles, asustados por algo, habían huido tirando al cochero del pescante.
Fue cuestión de segundos, no lo vimos venir.
Cuando quise reaccionar, el coche nos había atropellado.
Mi esposa estaba tendida junto a mí, con el cuello en una extraña postura.
A mí me costaba respirar, no me llegaba el aire a los pulmones.
De repente surgió una negra figura que agachándose sobre mi esposa le robó el último halito de vida, y con él, la del bebé de su seno.
Era un hombre, siniestro y sin piedad. No contento con haberme arrebatado a mi familia, mi futuro, mis sueños, se acercó a mí.
Cogió mi mano, asiendo mi muñeca para tomarme el pulso.
Quise zafarme de él, pero estaba demasiado débil, no fui capaz de defenderme.
Lo último que recuerdo son unos colmillos similares a los míos acercándose a mi cuello.
Dos noches más tarde desperté encerrado en una cripta, sediento de sangre, y sin entender que mi ocurría.
—¡Oh! Tu mujer…—comenzó a decir Marta acercándose a Jaime para ponerle una mano en el brazo.
—Muerta y enterrada. Hasta eso me robó, no pude enterrar ni a mi esposa, ni a mi bebé.
Tuve que fingir amnesia cuando regrese al hotel, lleno de barro y con la ropa hecha jirones, donde todo el mundo me buscaba.
Pretexte que el carruaje me golpeó en la cabeza, dejándome aturdido.
Les dije que había pasado los dos días, caminando por la ciudad sin saber dónde estaba.
Mi palidez, y mis ropas raídas, dieron credibilidad a mi historia.
Nadie hizo demasiado hincapié en averiguar lo que había ocurrido, era un desconsolado viudo que había perdido lo que más quería.
—¿Qué fue del vampiro que te atacó? —quiso saber Marta.
—No os lo vais a creer. Lo hemos visto esta mañana aquí mismo —afirmó Agatha interviniendo en la conversación.
—¿Aquí? ¿En Salamanca?
—¿Dónde?
—En el supermercado. ¡Es Ojos de Hielo!
—Nos hemos encontrado antes, a lo largo de los siglos hemos coincidido un par de veces. Margarita sabía la historia, dudo que supiera que Börg estaba aquí. Me hubiera dicho algo.
—Es frío, antipático, desagradable. Lo peor de lo peor —aseguró Agatha recordando las veces que se lo había encontrado en el supermercado, comprando su pertinaz botella de vodka.
—Espero no tener que verlo nunca —afirmó Ana abrazando a Jaime que depositó un beso en la cabeza morena que buscaba su hueco en su pecho.
Ella ya conocía la historia, el vampiro se la había relatado la primera noche que habían pasado juntos.
Por lo que a ella concernía si alguna vez se topaba con Börg, le clavaría una estaca en el corazón para acto seguido cortarle la cabeza.
—Ni yo —corroboró Marta dándole un beso a Jaime en la mejilla y sonriéndole con afecto. Después de todo si Ana tenía un rollo con él, y Agatha decía que era un buen amigo, le daría una oportunidad.
—¿Estamos bien chicas? —quiso saber Ana pesarosa por no haberles hablado antes de su tonteo con Jaime, pero el vampiro le había pedido esperar un poco y ahora entendía el motivo.
—Sí vosotras podéis aceptar que soy un hada, creo que podre sobrellevar el hecho de que te acuestes con un vampiro —dijo Agatha, sacando la lengua a Jaime.
—¿Se lo puedo contar a Mateo? No me digáis que no, me conocéis, se me va a escapar.
—A los niños no —le advirtió Jaime divertido.
—¿Y que tengan pesadillas? Mejor que no.
Las tres amigas se fundieron en un abrazo colectivo al que se unió Jaime. Ninguno lo diría en voz alta, pero los cuatro estaban seguros de haber olido a madreselvas al abrazarse. Un aroma muy parecido a la colonia de Margarita.