Capítulo 7 #2
—¿Tú también eres un hada?
—Sí, mi familia siempre ha sido amiga de la tuya. Nuestra casera es en realidad una prima mía.
—¡Pero si ella tiene por lo menos sesenta años!
—Yo tengo setenta, es mi prima pequeña.
—¡Imposible! —exclamó Agatha incapaz de creerse que la joven de treinta años que tenía sentada en su cama pudiera tener en realidad más del doble de años.
—Gracias por el piropo, pero tú misma puedes mirarte en el espejo y veras que aparentas ser tan joven como yo y pasas de cuarenta.
—¿Mi madre sabe algo de todo esto?
—Sí. Al ser la mayor era la portadora del gen de las hadas, ella era la destinada a dar a luz a la siguiente hada de la familia.
Tu madre renegó siempre de todo lo relacionado con los dones de tu abuela.
Consideraba que eran trucos baratos de feria.
Margarita sentía mucha pena por ello. Cuando tú naciste tanto tu abuela como tu madre sabían que tú eras la destinada a seguir los pasos de Margarita, algo que tu madre odiaba.
—Supongo que ese es motivo por el cual siempre sentí que su afecto hacia mí era diferente del que sentía por mis hermanas.
—Lo era. Tu abuela se sentía impotente, no podía hacer nada más que abrirte las puertas de su casa y darte el cariño que te estaban negando en casa.
—No entiendo porque no me hablo de todo esto antes de morir. Ya no le podía molestar a mi madre.
—Creemos que lo hizo para protegerte.
—¿Creemos?
—Las hadas blancas, tú eres una de nosotras.
Hay otras hadas, las hadas negras que permanecen ocultas y si tienes suerte no tendrás que verlas muy a menudo.
El don el fuerte en ti, cuando lo desarrolles todo, tu poder será grande, más que el de ninguna de nosotras y eso puede atraer a las fuerzas oscuras.
Margarita pensó que cuando más tardaras en saberlo, menor era la posibilidad de que tu vida se viera perturbada por su presencia. Creía que tendría tiempo pero…
—Lo sé —afirmó Agatha cogiendo las manos de Natalia. Juntas lloraron recordando a Margarita. Su ausencia era demasiado aún dolorosa en sus corazones.
—Te ayudaré en todo lo que pueda —prometió Natalia sonándose la nariz—. Todas las hadas blancas lo haremos. Incluso ese molesto escocés con el que vives lo hará.
—Lo tengo domesticado —se jactó Agatha.
—¿Tú crees? —preguntó Natalia haciendo que las dos estallaran en carcajadas.
***
Al tercer día de estar de regreso en Salamanca, Agatha decidió que había llegado el momento de contarles la verdad a sus amigas.
Había acordado con Jaime que él saldría a dar una vuelta y al cabo de un par de horas volvería para hablar él también con Ana y Marta.
Natalia se había ofrecido a ir si era necesario, pero Agatha pensaba que dos hadas juntas serían demasiado para sus amigas.
Antes de la merienda que había organizado, fue a comprar algunas cosas que necesitaba al supermercado donde había estado trabajado hasta su partida a Escocia.
Seguía manteniendo el contacto con sus antiguos compañeros.
Estos le habían informado que esa tarde la encargada libraba, de modo que decidió que era una buena ocasión para ir a saludarlos.
En el último momento Jaime se había ofrecido a acompañarla para ayudarla con las bolsas.
Ya estaban saliendo del supermercado, cuando en la puerta se tropezó con unos Ojos de Hielo que la miraban con sorpresa y un punto de emoción, aunque eso era algo que achacó a su imaginación.
—Siento haberte empujado.
—Es culpa mía, estaba distraída guardando el monedero —se disculpó Agatha. Ojos de Hielo apartó la mirada, desviándola a algún punto detrás de ella. Al girarse vio como Jaime clavaba sus ojos verdes en los azules que le observaban.
—Vikingo —dijo Jaime con tono acerado.
—Escocés. Ha pasado mucho tiempo. Estas lejos de las Highlanders.
—He venido con una amiga.
—¿Ella? —preguntó Ojos de Hielo mirando a Agatha que asombrada presencia el intercambio de animosidad.
—¿Os conocéis? —quiso saber sin poder contenerse más.
—Algo —respondió Jaime visiblemente molesto—. Será mejor que nos vayamos.
—Deberíamos hablar escocés.
—No tengo nada que decirte Börg —negó Jaime haciendo que Agatha se pusiera a caminar.
Durante unos metros caminaron en silencio, el enfado de Jaime hacia que su rostro hubiera adoptado un semblante adusto que no le veía desde la noche que los atacaron en el bosque al salir del castillo.
Jaime siempre tenía un aire socarrón en la mirada.
Difícilmente se enfadaba, ni cuando algún trabajador metía la pata, cambiaba el gesto.
Era por naturaleza afable y conciliador.
Por eso era tan rara su reacción al ver a Börg.
—Jaime, siéntate y hablemos —le pidió Agatha después de dejar las bolsas de comida en la cocina.
—No hay nada de qué hablar.
—¿De qué conoces a Ojos de Hielo?
—¿Ojos de Hielo? Es un buen nombre.
—Jaime…
—Mató a mi mujer y a mi hijo no nato. Hubiera preferido morir con ellos, pero Börg me transformó en lo que ves, y ahora debo vivir día a día con la pena de no verles más. ¿Te parecen suficientes razones para odiarle?
Agatha no pudo evitar echarse a llorar al escuchar a Jaime.
Ojos de Hielo era odioso, frío como un tempano y por lo que parecía un cruel asesino.
Jaime era todo lo contrario. Dejando aparte que era un vampiro, era un buen tío.
Sabía que, aunque le había dicho que mataba, nunca asesinaba a sus víctimas.
Bien fuera por no llamar la atención o por su carácter en el fondo benévolo.
Gracias a él había descubierto que un vecino del portal de al lado, era un maltratador que gustaba de dar una paliza a su mujer cuando perdía su equipo.
Jaime había bebido de él, hasta dejarle con un hilo de vida, para después hacerle olvidar lo que había sucedido, y manipular su mente para que a partir de ese momento obedeciera y cuidara a su esposa y sus tres hijos.
La única vez que había asesinado desde que eran amigos, fue aquella lejana noche en Inverness.
Agatha se sentía culpable, si ella no hubiera estado allí, Jaime les habría dejado con vida.
Estaba segura que no les habrían atacado, la muerte de aquel hombre pesaría por siempre en su mente.
—Agatha fui yo quien decidió acabar con su vida —afirmó Jaime intuyendo por donde iban los pensamientos de la joven—.
Ya había bebido una vez de ellos y en esa ocasión manipule sus mentes para hacerles cambiar, pero fue inútil.
La maldad estaba arraigada sin remedio en sus corazones.
Ellos fueron los únicos responsables de que uno terminara muerto y el otro en la cárcel. No tú.
Espera no volver a ver a Börg nunca más. Sabiendo que él iba los sábados al supermercado, con no regresar ese día, lo evitaría. A alguien capaz de asesinar a una embarazada no merecía la pena ni dedicarle un segundo de sus pensamientos.
Sonriendo para intentar animar a Jaime, se levantó de la silla, y se dispuso a dar los últimos retoques a la merienda.
Le faltaba por preparar una tortilla de patata, a la que acompañaría una empanada de pollo y verduras, especialidad de Marta.
Era una noche de chicas, los niños se quedarían con su padre y las tres amigas podrían contarse sus cosas.
¿Cómo reaccionarían al saber que el atractivo highlander era un vampiro?