Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

A llí estaban, las dos locas de sus amigas, tal y como le habían prometido.

Eran las diez y media de la noche cuando llegaban en el autobús que les había llevado desde Madrid a Salamanca.

Agatha se fundió en un abrazo con Marta y Ana, dando saltos de alegría por volver a verse, hasta que una suave tos les interrumpió.

Sus amigas miraban al inmenso pelirrojo que las contemplaba con chispeantes ojos verdes, cargado de maletas.

—¿Ya tienes el equipaje? ¡Genial! Chicas, os presentó a Jaime.

—Hola —respondieron las dos la unisonó.

—Ella es Ana —continuó Agatha señalando a la impetuosa mujer que ya le estaba plantando a Jaime dos sonoros besos en las mejillas, y lo estaba abrazando más de lo necesario.

—Yo soy Marta —se presentó la tía de Agatha, tirando sin ningún disimulo del brazo de Ana y ocupando su lugar. Quería a Mateo con toda su alma, pero esos músculos no los había palpado más que en sueños.

—Encantado de conoceros chicas. Te pareces a tu madre.

—¿Conociste a mi madre? —preguntó Marta sorprendida.

—Es una larga historia, ya hablaremos luego —contestó Jaime viendo el gesto de alerta de Agatha.

—¿Dónde se va a quedar? —cuchicheó Ana en el oído de Agatha que, caminando juntas, iniciaban el camino hacia el ascensor.

—En casa de abu Margarita, bueno en mi casa. No me acostumbró a llamarla así.

—¿En tu casa? ¿Tú y el highlander? Ya sabes. ¿Habéis unido lazos entre España y Escocia? ¿Quién gana el partido Alemania o Escocia? —preguntó Ana arqueando las cejas.

—No, al parecer no soy su tipo —respondió Agatha sin querer entrar en detalles.

Ya tendrían ocasión al día siguiente, relajadas en su casa, descubrir la historia que les había ocultado Margarita.

Le daba miedo su reacción. ¿Y si la rechazaban y se apartaban de su lado?

Esperaba que no fuera así, no podría vivir sin esas dos locas entrometidas y charlatanas en su vida.

—¿Le gustan más las morenas? —inquirió Ana esperanzada.

El pelirrojo escocés le había resultado tremendamente atractivo.

Si su amiga hubiera manifestado algún interés por él, ni se le ocurriría tener algo con el highlander, pero si como decía Agatha no había nada entre ellos, ¿por qué no iba a intentarlo?

Tenía una forma de mirar y de sonreír que eran un imán para el género femenino.

Según caminaban, varias cabezas se giraban a su paso, y no solo de mujeres.

Su amiga atraía las miradas masculinas. No podía explicarlo, pero Agatha brillaba de una manera especial.

Su rostro lucía relajado, sin rastro de la tristeza y la melancolía con que la habían despedido, antes de partir hacia Inverness.

Su melena rubia se agitaba al viento, como salida del mejor anunció de champú.

Tenía que preguntarle con que se había lavado el pelo en Escocia, tal vez debería incluir una línea de productos capilares en su futura línea cosmética.

—Estos son mis soles —explicó Marta, enseñándole a Jaime, las fotos de sus gemelos que guardaba en su móvil.

Los dos iban sentados en el asiento de atrás charlando como si se conocieran de toda la vida.

Ana les miraba por el retrovisor, sintiendo celosa y lamentado haber llevado su coche en lugar del de Marta, para poder ser ella la que iba sentada detrás y no su amiga que malgastaba la ocasión enseñándole fotos.

—Tienen los ojos de su abuelo.

—¿También conociste a mi padre? Serías un niño, ¿y te acuerdas?

—Le he enseñado fotos que tenía en mi móvil —intervino Agatha nerviosa por la indiscreción del escocés—. Las hemos comparado con fotos que Jaime guardaba de sus antepasados y hemos sacado parecidos.

—Agatha se parece mucho a Margarita —afirmó Jaime divertido con las conversaciones de las tres amigas.

Las tres eran muy atractivas. Agatha cada día estaba más resplandeciente, a medida que su poder se iba acrecentando.

Marta era tan graciosa y buena gente como lo fue su padre.

Igual que había ocurrido hacía tantos años cuando conoció a Lincoln, se había sentido en compañía de una amiga leal.

La morena que conducía era tema aparte, de voluptuosas curvas y profunda mirada, era toda una belleza española.

Por la forma en que le dirigía miradas furtivas, estaba claro que, para ella, él también era atractivo.

Aquel viaje iba a ser más interesante de lo que esperaba después de todo.

—Es verdad, según va pasando el tiempo el parecido va aumentando —dijo Marta mostrando su acuerdo, guiñándole un ojo a Agatha.

Tras varios minutos besos, adioses, y promesas de futuros encuentros, Jaime y Agatha pudieron descansar del largo viaje.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Agatha preparándose un té y abriendo una caja de galletas.

—Es buena idea, voy a dar una vuelta.

—¡Cómo mates a un vecino te clavo el cepillo de barrer en el corazón!

—¿Y a un no vecino?

—¡Tampoco!

Jaime desapareció por la puerta riendo a carcajadas, dejando a Agatha sumida en recuerdos ante su taza de té de arándanos con mandarina.

Siempre que lo tomaba recordaba a su abuela recogiendo bayas y frutos en su jardín.

Le gustaba ayudarla, disfrutaba con sus manos manchadas de tierra, y oliendo los suaves aromas de las flores.

En la repisa de la ventana había unos tiestos con romero, tomillo y hierbabuena.

A sus amigas se les había olvidado regarlos y estaban mustios y resecos.

Inspirando, cerró los ojos, y pasó su mano por encima de las plantas, imaginando que reverdecían recobrando su vitalidad.

Agatha abrió los ojos, y ante si vio tres preciosos tiestos con aromáticas hierbas con las que aderezar los guisos.

No le había dicho nada a Jaime, pero además de curar a pequeños animalillos había logrado curarse a sí misma una herida que se había hecho al caerse por las escaleras del castillo.

O para ser más exactos, de la barandilla de la escalera por la que se había deslizado aterrizando de forma ruidosa en el suelo.

Había resultado una gran tentación desde la primera vez que la vio, y aprovechando una tarde que Jaime había ido a Inverness, había hecho su pequeña travesura.

El resultado: un tobillo torcido y una herida en el brazo.

En un primer momento pensó en llamar a algún trabajador de la finca para que la auxiliara, pero después decidió probar sus dotes curativas antes de que la señora Darius la viera.

Quería probar en otra persona, si bien, no era fácil que alguien la dejara su pequeño truco sin más.

Aprovecharía cuando alguna de sus amigas se hiciera un arañazo, para probar su teoría.

Cansada, se fue al que había sido el dormitorio de su abuela y ahora era suyo.

A Jaime le había adjudicado una habitación en el sótano, donde el sol no llegaba para que pudiera refugiarse los días soleados.

¿En qué momento se había convertido en compañera de casa de un vampiro?

¿Qué dirían sus amigas cuando se lo contará?

¿Qué estaría haciendo? Prefería no pensarlo.

***

Al día siguiente de su llegada recibió una llamada a primera hora de la mañana, era Natalia su antigua compañera de piso.

—Buenos días compi, ¿qué tal por Escocia?

—Hola Nata. Genial, es mucho más bonita de lo que yo me imaginaba.

—Me alegro de fuera bien el viaje. Hoy no voy a ir a trabajar porque estoy algo fastidiada con la garganta. ¿Qué te parece si te pasas por tus cosas y charlamos un poco?

—Vale, te llevare una infusión de las que prepara mi abuela para la garganta.

—Gracias, eres un amor.

Sorprendida por la llamada de Natalia fue a desayunar a la cocina.

No se veía ni rastro de Jaime, pero teniendo en cuenta el brillante día de invierno que lucía en el exterior, no era raro que estuviera enclaustrado en su habitación.

Decidió prepararle una bandeja con algo de comer y llevárselo al sótano.

—¿Jaime? —preguntó llamando suavemente a la puerta—. ¿Estás bien?

—Todo lo bien que se puede estar con ese foco en el cielo —respondió Jaime abriendo la puerta y dejándola pasar—. ¿No decías que solía estar nublado en invierno?

—No siempre. También tenemos días preciosos de sol y frío.

—¿No me digas? No lo había notado.

—No te preocupes, anochecerá pronto.

—Si tú lo dices —gruñó el highlander.

—Me ha llamado Natalia, voy a pasarme a por el resto de mis cosas.

—Si quieres déjalo para la noche y te ayudo a traerlas.

—No hace falta, serán cuatro cajas. En un taxi me las traigo.

Así que a las once estaba Agatha entrando en su antiguo piso. Natalia no tenía tan mala cara como ella había pensado. Tras tomar juntas un café, se pusieron a guardar la ropa que le quedaba a Agatha en el armario, y alguna que otra cosa más. Al final serían cinco cajas y una maleta.

—Creo que está todo —afirmó Natalia cerrando la última caja.

—Nata, no pareces estar muy enferma, y en el rato que llevo aquí no te he oído ni toser ni carraspear. ¿Qué está pasando? ¿Por qué querías que viniera con tanta urgencia? Dudo que fuera por vaciar mi habitación.

—Siento haberte engañando —contestó Natalia con un gesto de disculpa—. Ven, siéntate conmigo —le pidió dando un golpecito en la colcha que cubría la antigua cama de Agatha.

—De acuerdo. Habla.

—Jaime me aviso de que ya habías llegado.

—¿Jaime? ¿Conoces al escocés?

—Le conocí hace muchos años, en un viaje que hice a Escocia hace años. Sé que sabes lo que él es y lo que eres tú.

—Veo que no soy la única.

—Él me llamó al descubrir que Margarita no te había contado nada.

—¿También conocías a mi abuela antes de que compartiéramos piso?

—Agatha, compartimos piso por ella. Quería prepararte poco a poco para decirte que eras un hada, y me pidió que me mudara contigo.

Margarita sabía que su tiempo se acababa y empezaba el tuyo.

Muchas le aconsejamos decírtelo antes, pero considero que teniendo en cuenta el resentimiento que tu madre sentía hacia ti, no sería bueno que sospechara que tú sabías que eras un hada.