Capítulo 6
¡U n hada! Era de locos. Después de la afirmación de Jaime, Agatha había huido para refugiarse en su habitación, bajo las sabanas.
Como cuando era pequeña, y junto con sus hermanas se ocultaban en la cama de su abuela, sintiendo protegidas de los monstruos que aterrorizaban sus pesadillas.
No podía tener peor suerte. Tras mucho tiempo sin encontrarse con un hombre que la hiciera sentir mariposas en el estómago.
Cuando más feliz se sentía, intentando adivinar el momento en que el escocés la iba a besar; soñando en cómo sería ser abrazada por aquel inmenso pelirrojo, descubría que el tipo era un vampiro.
¡UN VAMPIRO! Con sus colmillos y todo, bebiendo sangre del cuello de aquellos dos indeseables.
No es que se alegrara de que estuvieran muertos, pero mejor ellos que ella.
¡Había viajado en coche con un chupasangre!
Cogió el móvil para contárselo a sus amigas por el grupo del WhatsApp, ya estaba tecleando las primeras letras, cuando decidió dejarlo otra vez en la mesilla.
No la iban a creer, pensarían que había bebido demasiado de aquel delicioso licor escocés.
Luego estaba el otro tema. Aquel loco decía que era un hada, y al parecer su abuela también lo era.
Recelosa, miro las flores de su mesilla.
Un pequeño ramillete de flores silvestres, que desde el día que habían llegado a Inverness, decoraban su habitación.
Cierto era que parecían recién cogidas. Bueno, eso no significaba nada, la dueña de la casa, podía haberlas puesto allí esa tarde.
No recordaba haber visto a su abuela nunca con una varita.
Las hadas tenían varitas, lo ponía en todos los cuentos, era algo que todo el mundo sabía.
No había ninguna en casa de su abuela. Y también estaba el asunto de su edad.
¡Ciento diez años!, cuando no aparenta más de ochenta.
¿La increíble maternidad después de haber cumplido los sesenta!
De nuevo cogió el móvil, y mandó un mensaje al chat del grupo.
Era casi la una de la madrugada, sus amigas no estarían.
Hola guapas. ¿Qué tal todo por allí? He conocido al dueño del castillo. Un poco rarito ya os contare.
Marta
Todo el día esperando saber algo de ti y escribes a estas horas????????? ☹ No tienes ninguna consideración con tu tía.
¿Y tú qué haces despierta?
Marta
Los gemelos tienen fiebre. Han estado jugando con Lino y con Vega a que eran Aquaman en la bañera de la casa de Macarena y Julián. Estábamos cenando, cuando nos extrañamos de que estuvieran tan silenciosos. Fuimos a ver que hacían y estaban en la bañera, salvando al mundo decían.
Ja, ja, ja. Son geniales mis primitos.
Marta
Claroooooooo, me parto. No veas como me rio.
Nosotras hacíamos trastadas peores en casa de tu madre. Por cierto, te han vuelto a molestar? Está todo bien?????????
Ana
Las dos. Algunas madrugamos mañana. No tenemos vacaciones, como otrasssssssssss
Anaaaaaaaaaaaaaaaaa. Petardaaaaaaaaaa. Qué tal estas???
Ana
Muy ocupada. El libro de tu abuela es genial. Hoy he hecho la primera crema hidratante con aloe vera del jardín. Es una maravilla.
El jardín. ¿Cómo están las plantas?
Ana
Yo las riego, no como tú. Siempre me he preguntado cómo te duran. Con la vida que les das.
Marta
Se le mueren, pero las cambia por otras y no nos lo dice.
Ana
Ja, ja, ja seguro.
¿Algo raro en el jardín?
Ana
¿Pero a ti que te ha dado con el jardín? Verde y florido como siempre. ¿Y tu highlander?
Bien, ha cocinado para mí.
Marta
Y???????????????
Ana
Un hombre que cocina y además está cañón. ¿Tiene un hermano?
Tiene unos gustos gastronómicos un tanto raros para mi gusto. No habréis encontrado por la casa de Margarita un palo, corto, como de unos cuarenta centímetros.
Marta
¿Un palo? ¿Qué has bebido con la cena?
Drambuie. Una bebida algo fuertecita.
Ana
¿Y te has bebido tu sola toda la botella?
Solo un poquito.
Ana
No te pregunto por lo que has dejado en la botella, sino por lo que te has bebido
¡Mal pensada!
Marta
Niñas, encantada de hablar con vosotras, pero son las dos y media. ¿Dormimos un ratito? Besitos.
Vale, hablamos otro rato. Descansad. Besos.
Ana
Buenas noches. Y no te olvides de averiguar si tiene hermanos.
No había podido decirles nada. Lo haría cuando regresara a España.
¿Y si todo había sido una broma de Jaime?
¡Ojalá! Pero, no, la sangre y los colmillos habían sido reales, y los gritos de aquellos dos infelices también.
Si cerraba los ojos podía oírlos. Tardó un rato, pero el efecto somnífero del alcohol, y el calor de la ropa de cama, la fue llevando al sueño, sin percatarse de los ojos verdes que tras la ventana la contemplaban dormir.
***
Eran las diez cuando se despertó con un terrible dolor de cabeza.
Nunca más volvería a beber tanto, especialmente nunca jamás tomaría un sorbo del Drambuie.
Bueno, tal vez debería llevarse una botellita para que sus amigas lo probaran, pero ella solo daría un sorbito.
Arrastrándose, en una postura muy poco grácil, consiguió llegar al baño.
Después de la ducha se sintió algo mejor, pero no demasiado.
La hora del desayuno había pasado y como no quería discutir con la dueña de la casa, se fue a un pub cercano a tomarse un café con dos ibuprofenos.
No sabía qué hacer. Por una parte, estaba la alternativa de regresar a Salamanca, y contarles a Ana y a Marta lo que había descubierto.
Eso parecía una buena idea. Por otra parte, Jaime conoció a su abuela antes de casarse con su abuelo.
Sin duda él tendría contestación a las múltiples preguntas que llenaban su mente.
Esa alternativa la tentaba tanto o más que la otra.
Quizás nunca volviera a tener una oportunidad así.
Decidió pasar el resto del día callejeando por Inverness, y haciendo alguna compra en las tiendas locales.
Ya tendría tiempo de pensar que hacía más tarde.
Compró un par de cosas más para ella, y una cajita de madera tallada a mano para Natalia.
Cuando empezaba anochecer, volvió a recorrer los pasos que la noche antes le habían llevado al castillo, aunque esta vez su estado de ánimo y sus expectativas eran bastante diferentes.
Ya no iba a cenar con el atractivo hombre con el que no le disgustaba la idea de tener un rollo, ahora iba a ver a un vampiro que, en lugar de besarla, querría morderla.
No se creía demasiado lo de que su sangre fuera venenosa para él.
En el bolso llevaba la navaja multiusos que había comprado por la mañana.
No le mataría, pero si Jaime intentaba atacarla, al menos le ralentizaría un poco, y podría huir del castillo.
—Hola. Bienvenida, supuse que vendrías —la saludó Jaime al abrirle la puerta.
—Quiero saber si en toda la historia de hadas y vampiros hay algo de verdad —afirmó Agatha siguiendo a Jaime hasta el despacho.
—Creo que de la última parte no tienes dudas, por algo te sientas en el lugar más alejado de mí.
—¿Qué has hecho con los cuerpos?
—Oh, no los mate. Al menos no a los dos. Al que te quiso clavar la navaja, sí. Está enterrado en el bosque. El otro está en el hospital, no recuerda nada, salvo que le atacó un perro salvaje. Le buscaban por otros robos con asaltos, de modo que cuando se recupere ira a la cárcel.
—¿Debería darte las gracias? —preguntó Agatha con ironía.
—Deberías. Podías ser tú quien estuviera en esa cama de hospital.
Agatha —no podía temblar cada ver que aquel atractivo ser pronunciaba su nombre, y no solo de miedo—, reconozco que no fue la mejor manera de que te enteraras de que soy un vampiro, y tampoco fue el momento más adecuado para decirte que tú eres un hada.
Me asuste. Sí, no me mires así. Pensé que ese par de estúpidos te iban a hacer daño y me cegué.
Llevo mucho tiempo siendo vampiro y aunque no lo creas, he aprendido a controlarme.
—¿Cuántos años tienes?
—420 —respondió Jaime sonriendo al ver la sorpresa en el rostro de la preciosa rubia que tenía delante.
—¿¿¿420???
—¿Sabes la edad de tu abuela?
—110. Lo descubrimos el día que murió, no nos cuadraban las cuentas. ¿Ella no sería…?
—No pueden converger las dos naturalezas.
O eres un vampiro o eres un hada. Ya te dije que tu sangre es venenosa para mí.
Las hadas tenéis una larga vida, no sois inmortales, pero sí que tenéis más resistencia a las enfermedades que suelen acortar la vida del común de los mortales.
Tú tienes cuarenta y dos años, pero luces como si tuvieras treinta.
—¡Yo no soy un hada! Lo sabría si lo fuera.
—Lo eres, lo que no sé es porque Margarita te lo ocultó. Hagamos una prueba. Vamos fuera.
Agatha siguió a Jaime hacia la puerta trasera del castillo con reticencia, donde había unos pequeños matorrales. Uno de ellos estaba más seco que el resto, y hacia él se dirigía el vampiro.
—De acuerdo, ahora vas a tocar las ramas de este arbusto, y vas a desear que recupera su verdor.
—No creo…
—Inténtalo.
Con un suspiro Agatha sacó la mano del bolso donde estaba sujetando la navaja y la colocó junto la otra, rozando con suavidad el arbusto.
—No puedo hacerlo —negó Agatha frustrada al cabo de unos segundos.
—Vuelve a colocarlas —le pidió Jaime cogiendo sus muñecas haciendo que un escalofrió recorriera su espina dorsal—. Cierra los ojos, piensa en tu abuela, recuerda su jardín. ¿Cómo es?
—Mágico, exuberante, precioso —comenzó a decir Agatha, viendo en su mente a su abuela caminado por el jardín de la que ahora era su casa—. Mi abuela sabía cómo hacer que los frutales dieran los frutos más sabrosos, que las rosas olieran más, que las bayas fueran las más jugosas.
—Abre los ojos, Agatha —le pidió Jaime en un susurro.
Al hacerlo la joven vio como el arbusto que estaba tocando resplandecía con más brillo y más verdor que los que le acompañaban.
Extendiendo sus brazos, los abarcó, como con una caricia, deseando que crecieran y aumentaran su frondosidad.
Atónita, observó cómo crecían, a la vez que el resto de plantas del jardín lo hacían con ellos.
A los pocos segundos, estaban rodeados de ramas verdes, en las que asomaban preciosas flores.
—Tú creas vida, yo la destruyó —dijo Jaime mirando como la dulce hada que tenía delante sonreía.
—¿Todas las mujeres de mi familia son hadas? —quiso saber Agatha, dudando que su madre, a la que no le duraban los geranios que en verano compraba, más de un mes, fuera una de ellas.
—No. Debido a la gran longevidad que tenéis se salta una generación, y durante el esplendor de un hada, el poder de la descendiente permanece aletargado.
Con Margarita muerta, tu poder se acrecentará, e irás descubriendo por ti misma de lo que eres capaz.
De igual modo, si hubieras sido madre antes, tu hipotética hija no sería la portadora del “gen” de las hadas.
Será la hija que tengas en un futuro, la que le transmitirá tu esencia a su hija, tu nieta.
—No tengo pareja ni hijos, y ya me hablas de nietas —replicó Agatha arrugando la nariz para diversión de Jaime que empezaba a encontrar encantador aquel gesto tan típico del hada. Tal vez el vampiro no fuera tan malo como creía.
Durante los siguientes días Agatha fue descubriendo de la mano de Jaime, hasta donde llegaba su poder.
Era capaz de sanar a un pequeño polluelo que se había roto una pata jugando con sus hermanos.
Podía hacer que la lana de las ovejas de su vampiro predilecto, fuera más tupida y su leche más sabrosa.
A veces, su poder se manifestaba sin ella desearlo, y otras debía concentrarse para que la rosa que deseaba hacer crecer lo hiciera.
Harta de las malas caras de la dueña de la casa de huéspedes se trasladó a casa de Jaime, donde la señora Darius la recibió como a una hija.
—Gracias, me ha mirado de mala manera desde el primer día que llegué. Su marido es diferente, pero ella…
—Ella es como yo. Más joven, tiene ciento cinco años. Su “marido” en realidad, es su nieto. Se ocupa de los huéspedes durante el día o los días soleados en los que no podemos salir al exterior. Te ve como una amenaza, te recuerdo que tu sangre es venenosa para ella.
—Ya decía yo que no me gustaba.
Agatha miró sonriendo al highlander que tenía ante sí. Todos sus intentos de tener un acercamiento físico con él habían fracasado. Él mismo le había contado que había tenido relaciones con mujeres en el pasado, pero ella no conseguía arrancarle ni un beso al calor de la lumbre.
—¿Cuándo conociste a mi abuela, sabía ella que era un hada y que tú eras un vampiro?
—Su poder acababa de aumentar, se ve que es algo de tu linaje, siempre me encuentro con las hadas principiantes de tu familia.
—Ja, ja, ja.
—Sabía lo que yo era. Aprenderás a reconocernos igual que nosotros os reconocemos a vosotras.
Es algo de vuestro olor, la forma que vibra el aire cuando un hada está cerca.
Mientras tu abuelo vivió, mantuvimos el contacto, pero luego he de reconocer que nos distanciamos.
Una vez estuve en la que ahora es tu casa.
La belleza del jardín quitaba la respiración.
—Estos días se ocupa mi amiga Ana de él. Me alegro de tener este poder. ¡Como las plantas tuvieran que depender de mis cuidados para sobrevivir, no me quedaría una viva dentro de tres meses!
—Hacía cremas y ungüentos, creo recordar.
—¡Oh sí! Hasta su muerte continuó haciéndolos.
—¿Seguía haciendo su té de arándanos con…
—…mandarina? Es mi favorito —afirmó Agatha con satisfacción—. ¿Te gustaría venir unos días conmigo? Tu ayuda me vendría bien.
—No sé qué decirte —respondió Jaime sorprendido por la propuesta.
¿Ir con ella? Lo estaba deseando, se le rompía su muerto corazón cada vez que pensaba en separarse de Agatha.
Intuía que ella sentía algo por él, y si era sincero consigo mismo, él también lo sentía.
Sin embargo, no era posible. Agatha nunca debía saber lo que una relación vampiro hada podía llegar a significar—. ¿Cuándo nos vamos?