Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Especialmente —insinuó Jaime contemplando las bellas facciones de la bella mujer que tenía ante sí, mientras que con el dedo seguía el contorno de su mentón y su cuello.

Agatha sonreía con las mejillas arreboladas por el calor del fuego, de la bebida, pero sobre todo por el efecto de la sutil caricia de Jaime.

—Es tarde — dijo de pronto el escocés, con un suspiro de pesar—. Será mejor que te acompañe a casa.

¿A casa? ¿La estaba echando? Tenía medio cuerpo sobre el de Jaime, con la vista fija en sus voluptuosos labios, mientras marcaba pecho con el precioso Wonder Bra que llevaba puesto.

Su pierna derecha estaba prácticamente encima de la de él.

¿Y ni siquiera la besaba? Allí estaba pasando algo que no lograba entender.

No sin cierta dificultad, Agatha se incorporó y cogiendo la mochila se dispuso a irse a su hotel.

—Vamos, te acompañare.

—No hace falta —afirmó Agatha molesta por la indiferencia de Jaime—. He venido sola puedo irme sola —recalcó caminando hacia la puerta.

—Hay algo de niebla, puedes extraviarte —acertó a decir un nervioso Jaime, tendiéndole el abrigo.

—Oh ya sabes, el Google Maps es una excelente ayuda.

En silencio, a excepción de una serie de comentarios educados, fueron alejándose del castillo y adentrándose en el sendero.

Agatha estaba desconcertada por el extraño giro que había dado la noche.

De estar intercambiando insinuaciones, habían pasado a la más fría indiferencia.

Sumida en sus pensamientos, con Jaime en silencio caminado junto a ella, entraron en una zona umbría donde la vegetación era más tupida, de repente, escucharon un crujido de ramas.

Al girarse vieron a dos jóvenes, nerviosos y agitados, amenazándoles con un cuchillo y una navaja respectivamente.

—Dadnos el dinero que tengáis, vamos, quiero todas las libras —ordenó el más alto de los dos, agitando el cuchillo de uno a otro. El segundo asaltante no quitaba la vista de los pendientes de Agatha, dos aros de plata regalo de su abuela por su cuarenta cumpleaños.

—No llevo mucho —dijo la joven, rebuscando en su monedero donde solo llevaba unas veinte libras y alguna moneda. Como iba a cenar a casa de Jaime no había cogido más dinero pensando que no iba a necesitarlo.

—¡Los pendientes! —gritó el de la navaja, clavándole la punta de la misma en el cuello.

Antes de que pudiera razonar, Agatha escuchó el grujido de algún animal, cercano a donde ellos estaban, visiblemente molesto por haber sido perturbado.

Sin poder reaccionar, notó un rápido movimiento a su lado, donde instantes antes estaba Jaime.

Una figura envuelta en sombras la empujó a un lado y atacó a sus dos asaltantes.

Solo se escuchaban los gritos de terror y de dolor de los dos hombres.

Agatha acurrucada contra un árbol, temblaba asustada.

Veía salir chorros de sangre de los cuerpos desgarrados.

¿Y Jaime? ¿Dónde estaba? ¿Había huido dejándola allí sola?

La figura se volvió, unos negros ojos inyectados en sangre la miraban.

El líquido rojo goteaba desde su boca, donde se venían asomar unos grandes y puntiagudos colmillos.

Era grande enorme, y el pelo… ¡Era rojo!

No, aquello era una pesadilla, se había quedado dormida en el sofá de Jaime bebiendo Drambuie.

Seguro. Eso era lo que había pasado. Estaba soñado.

Los vampiros no existían, eran mitos y leyendas.

Había disfrutado viendo con sus amigas Crepúsculo y todas las versiones de Drácula que existían.

Ana y ella eran fieles seguidoras de Crónicas Vampíricas.

Pero no eran verdad, todo el mundo sabía que esas historias eran solo ficción.

—No tengas miedo Agatha —dijo la figura acercándose a ella. Los ojos comenzaban a cambiar su negrura por el verdor que la había hechizado, los colmillos retrocedían. Con un pañuelo Jaime se limpiaba los restos de sangre de su cara y de su ropa.

—¡Eres un…! ¡LOS VAMPIROS NO EXISTEN! —gritó Agatha desesperada.

—Me temo que si querida.

—Sois un cuento, historias para no dormir, nada más —replicó evitando mirar los cuerpos destrozados de los hombres que habían intentado robarles.

—Somos reales y somos más de los que crees, pero nos confundimos entre vosotros.

—¿Ahora vas a matarme para beberte mi sangre?

—No cariño. Si hubiera querido tu sangre, la habría tenido ayer cuando te traje en mi coche. Nadie te aguardaba, y hubieran tardado en echarte de menos. No me hacía falta esperar a hoy.

—¡Ahora me dirás que te alimentas de ardillas, como el de Crepúsculo!

—¡Qué asco! No me gusta la sangre de animales, la humana es más sabrosa.

Siempre hay turistas por la zona, que regresan a casa con una pequeña herida en el cuello que no recuerdan haberse hecho.

Y como nuestros amigos, hay malos tipos de vez en cuando por Inverness, que no van a extrañar ni en su casa.

Lo de alimentarse de animales son fabulas románticas de las películas para justificar que la chica se enamore del vampiro.

—¡No era tu abuelo!

—Chica lista. Soy yo el que está con tus abuelos. Lincoln era uno de mis mejores amigos, estaba bien para ser humano.

—¿Y mi abuela?

—Margarita era especial, como tú.

—¿Qué quieres decir con eso? —le preguntó Agatha confundida.

—¿No lo sabes? —preguntó Jaime al que le había llegado el turno de sorprenderse.

—Mi abuela era humana. Tuvo hijos y no le chupaba la sangre a nadie. Nos sentábamos en el jardín a tomar el sol. No era como tú.

—Tenía un precioso jardín, ¿verdad?

—Sí. Siempre se le dieron bien las plantas. Hacía cremas, colonias y tés con las flores y las frutas. ¿Qué tiene que ver con esto?

—¿Y a ti se te dan bien las plantas?

—De pena, nunca recuerdo regarlas. Sobreviven gracias a mis amigas y a que mi abuela me solía dar las que eran más resistentes.

—¡Es increíble! —exclamó Jaime acercándose a Agatha, haciendo que esta instintivamente diera un paso hacia atrás.

—No te acerques, te oigo y te veo bien donde estas.

—No me tengas miedo, nunca te haría daño. De todas formas, aunque fueras la última persona viva en la tierra, nunca bebería tu sangre.

—¿Tan mal crees que sabe mi sangre? —preguntó Agatha enfadada, arrepintiéndose al instante—. No te estoy invitado a morderme, mantente alejado. Me gusta mucho el ajo, muchísimo, seguro que sabe fatal. No deberías morderme.

—Eres tan graciosa como era Margarita. Cariño el ajo no me afecta, en eso las historias románticas de vampiros de la televisión son ciertas.

Y en cuanto a los crucifijos, no te molestes, como has visto tengo alguno en el castillo —añadió Jaime al ver como Agatha cogía dos palos del suelo y formaba una rustica cruz delante de ella.

—Pues vaya gracia —dijo la española tirando los palos al suelo—. ¿La plata?

—Eso son los hombres lobos, no los vampiros.

—Me estoy quedando sin ideas.

—El sol es otra cosa —explicó Jaime que empezaba a encontrar diversión en la situación—, pero un clima tan húmedo como el escocés, con sus habituales días nublados, lo hace más llevadero. En España sería diferente.

—Ya bueno, mejor mantente separado, que corra el aire —replicó Agatha alejándose un paso más del vampiro.

—Puedes estar tranquila. Tu sangre y la de los tuyos, es venenosa para los de mi especie.

—¿La sangre de mi familia? ¿Por qué? ¿No estamos ricos?

—No me has entendido. No me puedo creer que Margarita no te dijera nada, ella sabía lo que eras, estoy seguro —insistió Jaime negando con la cabeza—. Me refiero a los que son como tú, mejor dicho, a las que son como tú. Sois todas mujeres.

—¿Quiénes?

—Hadas. Agatha, eres un hada.