Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

E se día tenía planeada una excursión a Culloden y algunos otros lugares, en una visita guiada a los escenarios de rodaje de la serie Outlander.

Como pudo comprobar no era la única a la que le gustaba la serie.

En el autocar, llenó con cincuenta admiradores de la serie, la mayoría de género femenino, se podía sentir la excitación por conocer los detalles de la grabación.

Había personas de todo el mundo, hasta una pareja de chicas japonesas con las que Agatha entabló amistad.

Para disgusto de todos, la serie estaba realizando uno de sus descansos habituales, y no pudieron ver a ninguno de los actores.

—En otra ocasión. Así tendrán que volver a Inverness —afirmó el guía sonriendo ante la cara de decepción de los turistas.

A pesar de todo Agatha y sus nuevas amigas se lo pasaron en grande, haciéndose fotos en cada rincón.

No faltó una ruta por comercios cuyos dueños avispados, vendían réplicas de objetos y del vestuario utilizados en la serie.

Una de las japonesas, se probó un vestido rojo similar al que Claire lucia en una escena de la segunda temporada en Paris.

Era igual de atrevido, pero sin la elegancia de aquel.

En otra tienda había kilts, faldas, bufandas, y un sinfín de artículos más, con el estampado de cuadros del clan de los Highlanders de la serie.

Agatha tocó el género, pero no era ni de lejos tan suave como el que le había comprado a Jaime.

Era una manufactura barata y de baja calidad.

La última tienda estaba llena de los típicos artículos de suvenir con fotos e imágenes de la serie e Inverness.

Agatha no se pudo resistir, y compró una taza con la cara del protagonista.

El té con arándanos y mandarina de esa noche, le iba a saber mucho mejor.

Para sus amigas adquirió algunas postales y un par de los típicos dedales que se solían comprar al visitar un lugar.

A las cinco ya estaban de vuelta al lugar de partida.

Agatha quería darse una ducha y cambiarse de ropa.

No llevaba ningún modelito glamuroso con el que vestirse, había llenado su maleta con ropa cómoda y caliente.

Pero al menos estaría, limpia y bien peinada.

Cuando al llegar la noche antes a su habitación, se vio en el espejo, reprimió un grito de espanto.

Con pelos de loca, y la cara roja por el aire que había soplado todo el día, estaba horrible.

Era una suerte que Jaime la hubiera reconocido, parecía un tomate con pelo, sucio y desgreñado.

En el pueblo había comprado una botella de Drambuie con la que obsequiar la hospitalidad de Jaime.

El vendedor le había dicho que era típico de Escocia.

Era una bebida hecha con miel, whisky de malta, especies y hierbas, cuya receta era un secreto.

De alta graduación alcohólica, no tenía intención de dar más que un sorbo en caso de que Jaime decidiera abrirla.

Quería ser capaz de regresar a su hotel con sus propios pies, y no achisparse tanto que dijera algo de lo que más tarde pudiera avergonzarse.

Poco después de las seis y media, con la mochila a la espalda y la vista fija en el móvil, donde tenía abierta la aplicación que le iba guiando, fue caminando hasta llegar a un cruce de caminos.

Al girar a la izquierda, como decían las instrucciones, miró al frente y se quedó impactada por lo que veían.

“—¿Casa? ¿Esto es una casa? —pensó Agatha mirando el inmenso castillo que tenía delante de sus ojos.”

En ese instante su teléfono vibró, era un mensaje de Jaime, que impaciente y temeroso de que se perdiera, le escribía para saber por dónde andaba. En el móvil de Agatha podía leerse:

Jaime el guapetón

Hola. ¿Todo bien? ¿Salgo a tu encuentro?

Jaime al instante pudo leer en su móvil:

Agatha ojos tristes

Estoy delante de tu casa. ¿Podías haberme dicho que era un castillo? Me hubiera sido más fácil encontrarla.

Jaime el guapetón

¿Y perderme tu cara?

El escocés sonrió observando desde la ventana como la pizpireta mujer se acercaba al castillo.

Deseaba volver a ver en los ojos de la bella rubia, la chispa de alegría que atisbó en ellos, mientras la llevaba a la Villa donde se hospedaba.

Aún recordaba la tristeza que se reflejaba en su mirada cuando la conoció comprando la manta, y cuando en el trayecto hasta Inverness, recordó a Margarita, conteniendo las lágrimas.

Tan parecidas y tan distintas a la vez. Suspirando, dejo el retrato que había estado admirando, hasta que había cogido el móvil para ver donde estaba su invitada.

El timbre de la entrada, le anunció que ya había llegado.

—¡Es un castillo! —exclamó Agatha cuando Jaime abrió la puerta.

—Lo sé

—Podrías decírselo a tus próximos invitados, es una pista para encontrar donde vives.

—Lo tendré en cuenta para futuras ocasiones —replicó Jaime divertido ayudando a Agatha a desprenderse del abrigo.

—Deberías. Te he traído Drambuie, me han dicho que es típico de por aquí. Pensé que te gustaría.

—Un poco fuerte para tomarlo como aperitivo —dijo Jaime cogiendo la botella que Agatha le tendía, momento que esta aprovechó para darle dos besos a modo de saludo que agradaron al receptor.

Agatha con timidez aceptó la invitación a pasar al interior que su anfitrión le hacía.

Nunca había estado en un castillo hasta llegar a Escocia, bueno sin contar el parador de Ciudad Rodrigo, donde una vez había comido de pequeña con sus padres.

Toda aquella majestuosidad le quitaba el aliento.

En los otros dos que había visitado en su viaje, solo había podido admirar los salones abiertos al público, en esta ocasión podría ver las estancias más íntimas, como los dormitorios, los baños, la cocina.

Caminando sin ver donde pisada, tropezó con la esquina de una alfombra, cayendo al suelo de rodillas.

—¿Te has hecho daño? —preguntó Jaime asustado.

—No. Me ha parecido una bonita alfombra y quería verla más de cerca —contestó Agatha azorada.

—Ja, ja. ¿Sabes que con la cámara del móvil puedes hacer zoom y ver las cosas con detalle, sin poner en riesgo tu integridad? —inquirió Jaime divertido por la contestación de la española.

—Soy más de tocar —replicó Agatha sintiendo como el rubor cubría sus mejillas.

Hicieron un pequeño recorrido de la planta baja del castillo, deteniéndose en algunas de las dependencias.

Una de ellas, un enorme despacho, con una gigantesca chimenea donde un preciso fuego calentaba la habitación, llamó la atención de Agatha.

Era cálida y acogedora, lejos de la frialdad y opulencia que siempre había asociado a un castillo.

—Aquí hay algo que te gustará ver —le dijo Jaime tendiéndole un retrato de los años sesenta donde una joven sonriente, miraba a la cámara, flanqueada por dos apuestos escoceses vestidos con los típicos kilts.

—¿Ella es…?

—Sí, es tu abuela Agatha. El de la derecha es Lincoln tu abuelo.

—El otro hombre se parece mucho a ti, ¿es tu abuelo?

—Eh…si. Justo. Tú también te pareces a tu abuela.

—Algo, pero salgo más hacia a rama de mi padre. Ellos eran rubios y mi abuela y mi madre son muy morenas. Tú eres una copia exacta de tu abuelo. Es curioso pensar que ellos serían amigos y ahora nosotros podemos serlo.

—Tengo entendido que tenían una buena amistad, que duro hasta que Lincoln se fue a España con Margarita.

—Cuando la foto fue tomada, no se podían imaginar que años después sus nietos se conocerían. Este viaje tenía que haberle hecho hace mucho con mi abuela, seguro que ella estuvo alguna vez aquí y le hubiera encantado volver a verlo.

Jaime viendo que la tristeza se volvía adueñar del rostro de Agatha, la distrajo llevándola al comedor a cenar.

Había preparado dos exquisiteces locales para que su invitada probara comida local casera.

Conocía a los dueños de la casa de huéspedes donde Agatha se alojaba, y sabía que no era conocida ni por la calidad de su comida ni por la simpatía de sus propietarios.

—¡Umm, está deliciosa! Parecen pasas.

—Lo son. Se llama Coock a Leeki. Es una sopa de pollo, puerros y pasas que se suele tomar en invierno.

—¿Lo has hecho tú?

—Sí, no tengo muchas ocasiones de cocinar, pero me gusta hacerlo. Normalmente la señora Darius cocina para mí, pero se ha ido con su marido a ver a su hija a Edimburgo unos días. Regresan mañana.

—Necesitaras mucha ayuda para mantener el castillo limpio y en orden.

—El matrimonio Darius vive aquí conmigo. Ella se encarga de contratar a quien haga falta para el mantenimiento del castillo y él me ayuda con el ganado. No sé qué haría sin ellos.

—De hambre no morirías, está muy rico.

—Espera a probar el segundo plato.

—¿Más? —preguntó Agatha que entre la deliciosa sopa y el surtido de quesos que Jaime había dispuesto en la mesa, estaba a reventar.

—No puedes irte de Escocia sin probar el Stovie Este, un guiso con carne de ternera, guisantes y tomate.

—¡Qué bien! —exclamó Agatha pensando que no podría probar ni un bocado. Sin embargo, se equivocaba. Sin darse cuenta, entretenida con la conversación de Jaime, se zampó el generoso plato que su anfitrión había puesto ante ella.

Ya eran más de las once y el vaso de Drambuie que Agatha tenía en sus manos, hacía que se sintiera adormilada y aletargada. Se habían acurrucado junto al fuego, y estaba disfrutando con las anécdotas de Jaime en el castillo y en la granja.

—¿Así que la gente visita el castillo los domingos?

—Sí. Al ser festivo hay menos trabajadores por la zona, y los visitantes pueden echar un vistazo sin tropezarse con mi personal. Una guía local se encarga de enseñar a los visitantes la zona habilitada para ello, en dos turnos por la mañana, bajo la vigilancia de la señora Darius.

—Debería apuntarme.

—Conozco al dueño, estaría encantado de enseñarte todo lo que quieras ver y no hayas visto aún —dijo Jaime retirando un mechón de la cara de Agatha, y colocándoselo detrás de la oreja.

—¿También las zonas privadas? No me has enseñado los dormitorios.