Capítulo 4 #2
—No sé…—era tentador, pero no le conocía en realidad. Algo le decía que podía fiarse, aunque no sabía si era una locura aceptar.
—Es difícil que encuentres alojamiento, puedes intentarlo, pero sería una pena que pagaras por una noche de hotel en uno de los caros establecimientos de la zona cuando yo puedo acercarte al tuyo.
—Si no te causa molestia…—afirmó Agatha cada vez menos indecisa.
Le gustaban sus ojos, parecían sinceros, y para que engañarse, estaba deseando regresar a su habitación, y si eso implicaba pasar unas horas con el apuesto highlander, no iba a ser ella quien se negara.
Como decía su abuela: si el destino llama a tu puerta, déjale entrar.
—Ninguna —respondió Jaime sonriendo—. Será un placer tener compañía, el viaje es largo, será agradable tener alguien con quien conversar.
—Está bien. Gracias.
Agatha siguió a Jaime hasta tu coche, con gusto agradeció el confort del asiento y el agradable calor de la calefacción, ya empezaba a lloviznar y sentía la humedad traspasando las capas de ropa que llevaba.
En la cercanía, pudo captar la varonil colonia de su compañero de viaje, un aroma fuerte y masculino, como él hombre que la llevaba.
Tras unos momentos de incomodo silencio Jaime le preguntó por su estancia en Inverness.
—He venido a conocer las Highlands. Mi abuela Margarita siempre me hablaba de su belleza.
—¿Hablaba? —preguntó Jaime apretando el volante.
—Sí, murió hace poco —contestó Agatha sintiendo como sus ojos se humedecían—. Mi abuela conoció a mi abuelo aquí.
—¿Cómo se llamaba?
—Lincoln Scott. No lo conocí, murió un año antes de nacer yo.
—No te lo vas a creer —dijo Jaime con cara de incredulidad—. Mi abuelo era amigo de tu abuelo, tengo fotos de ellos dos. Me parecía que el nombre de Margaret me sonaba, pero ahora unido al de Lincoln, no tengo ninguna duda.
—¿En serio? Me gustaría ver las fotos.
—Claro, ven mañana a cenar a casa y te las enseñó. Además, si estas visitando la ciudad estoy seguro que te gustará ver mi casa.
—¿Es un edificio interesante? —preguntó Agatha, como si fuera importante, se moría de ganas de ver la casa del highlander que tenía al lado.
—Es bastante antiguo. Si me das tu teléfono te paso luego la dirección, está cerca de tu hotel.
El pelirrojo era listo, ya le había pedido el número de teléfono, y ella con una sonrisa tonta había aceptado.
No parecía un sádico dispuesto a hacerla pedacitos, estaba claro que era conocido en la zona.
Por otra parte, ¿qué era lo peor que podía pasar?
¿Acostarse con él y no volver a verse una vez que ella regresara a España?
Como decía su amiga Ana: ¡qué te quieten lo bailado!
Si sus abuelos eran conocidos, estaba predestinado que ellos dos tenían que conocerse. Era el destino una vez más.
—Acepto encantada. ¿Y tú que hacías en “Rhincon”? —quiso saber Agatha intentando en vano pronunciar el nombre de la ciudad en la que se habían encontrado.
—En “Rhinoich” tengo varios clientes. Poseo un negocio de lanas. La lana de mis ovejas es la mejor de la comarca —afirmó orgulloso—. El precioso tartán que compraste está hecho con mi lana.
—Es muy suave, anoche me envolví en la manta para leer.
—Desde hace quinientos años, en mi familia nos hemos dedicado a la lana como principal negocio. También aprovechamos la leche para elaborar unos quesos famosos en el mundo entero, mucho mejores que esos insípidos quesos franceses.
—Umm espero una cata mañana.
—Eso por descontado.
La conversación se fue distendiendo, y Agatha se sintió relajada en compañía de Jaime.
No solo era un hombre tremendamente atractivo por su físico.
Su carácter, su voz, su presencia, eran complementos que aumentaban su magnetismo.
Dudaba que hubiera muchos hombres que lograran destacar en a su lado.
Con caballerosidad, se bajó del coche al llegar al hotel de Agatha, y la acompañó hasta la puerta.
—¿Quedamos a las siete?
—Vuestros horarios me matan —se quejó Agatha—. A esa hora en mi tierra estamos merendando un dulcecito con un café, y aquí estáis cenando.
—Ja, ja, ja. ¿Llegarás bien a mi casa?
—Dices que está cerca, y con el Google Maps se puede ir a cualquier lado sin perderse.
—Ya, y por eso estamos aquí.
—Ehhh que yo no me perdí. Sólo me despiste un poco mirando el paisaje. Mañana estar a las siete en tu puerta.
—¿Con la típica puntualidad española?
—Soy muy puntual, mi abuelo era escocés —respondió Agatha dudando si despedirse con un par de besos o con un discreto “hasta mañana”.
—Ha sido un placer —se adelantó Jaime, dándole un beso en la mejilla—. Hasta mañana.
Agatha subió directa a su habitación, dando las buenas noches a la dueña de la casa, que desde la recepción la miraba arrugando el ceño.
¡Qué mujer más desagradable! Prefería no pensar en ella, sino en el apuesto hombre que la había dejado en la puerta.
Si tuviera quince años, no se lavaría la cara en una semana.
Sintiéndose feliz como no lo había estado desde la muerte de su abuela, se dispuso a dormir bien arropada por la manta de su nuevo amigo.