Capítulo 4
¡C uatro horas! El paisaje pasaba rápido ante sus ojos que se llenaban de verdor de los campos y el gris de las montañas. La impaciencia la consumía. ¡Inverness!
“—Abuela me gustaría que estuvieras sentada a mi lado, en este viaje que tanto soñamos con hacer juntas. En el que me enseñarías los lugares que conociste en tu juventud. Lo fuimos posponiendo hasta que fue demasiado tarde —pensó Agatha, imaginando que su abuela la oía, que estaba a su vera, tal y como le había prometido.”
Las lágrimas asomaban a sus ojos, dos caían ya por sus mejillas.
Un viento cálido sopló en el vagón, como una suave caricia, reconfortándola, incluso sintió el aroma que siempre acompañaba a su abuela, un suave y tenue perfume de madreselva.
Entonces, sonrió, su abuela, estaba a su lado, podía sentir su serena presencia de algún modo.
Abriendo el libro que tenía en su regazo, decidió leer un rato.
Pronto se sumergió en la historia que contaba, y las horas de viaje volaron rápidas.
Ya en el andén respiro el fresco aire de la mañana, llenado sus pulmones hasta el último rincón.
Un gentil taxista la llevó hasta la casita de cuento donde se iba a alojar durante la semana que iba a pasar en Inverness.
La dueña no era tan amorosa y maternal con la del B&B pero no se podía quejar, su habitación era amplia y luminosa.
Como era la hora de almuerzo se refresco un poco y bajo al comedor.
¡Se estaba haciendo adicta a los deliciosos brunches en los que se podía comer ricas exquisiteces desde las diez de la mañana hasta primera hora de la tarde!
Con disimulo, se metió en la mochila un par de panecillos por si luego tenía hambre.
Hacía años que no comía tanto, y eso que la comida inglesa tenía mala fama, pero desde luego la escocesa alegraba su paladar cada día.
Con su mochila a la espalda se dirigió al centro de la ciudad.
Quería visitar el Museo de Inverness donde se guardaban piezas de origen picto y vikingo.
Los retratos que colgaban de las paredes le maravillaron, y los autómatas la asombraron.
Los vestidos antiguos y las joyas le hicieron soñar que estaba en un baile en un castillo, rodeada de musculosos y fuertes hombres vestido con kilts.
Eso la hizo recordar que quería visitar el Kiltmaker Centre para descubrir todo lo relacionado con el tartán.
Marta le había pedido que le buscara algún contacto para la futura tienda que quería abrir.
Quería dedicar una sección de ella a los famosos cuadros escoceses tan de moda en la actualidad en camisas y ropa de dormir.
Ya se había puesto el sol, pero si no iba, a su amiga le daría algo.
No le fue fácil hacerse entender. El rígido inglés de Oxford que se enseñaba en los colegios valía de poco con aquel acento escocés al que no terminaba de acostumbrarse.
Un comerciante, se apiado de ella y recurriendo al español que había aprendido en una estancia de Erasmus en España, consiguieron llegar a un acuerdo.
Intercambio con él los datos de Marta y le dejo también su teléfono.
Sin poder resistirse adquirió para ella una manta de suave lana de oveja, de fondo blanco y con rayas azules, rojas y amarillas, que según el avispado comerciante pertenecían al clan de los MacGraw.
No se lo creía demasiado, y menos al ver el guiño cómplice que el dueño del establecimiento y un cliente se habían intercambiado.
Pero con historia o no, la manta era justo lo que necesitaba para envolverse con ella, y junto con una taza del té con arándanos y mandarina, que se había traído en una bolsa, leer un ratito antes de dormirse.
Satisfecha con su compra regreso a su hotel.
Tenía que descansar, al día siguiente le esperaba una excursión local que partiendo de la oficina de turismo al llevaría a la Smoo Cave en los acantilados de Sutherland, pero antes habló con Natalia que se había llevado una sorpresa al regresar de la universidad aquel miércoles y encontrar la nota de Agatha en la cocina.
—Te llamé, pero no te pudieron localizar —se disculpó Agatha.
—Lo sé, me pasaron más tarde tus mensajes. Estaba en un seminario.
—Fue una decisión de último momento.
—Me parece genial, hace tiempo también visite Escocia, es preciosa.
—¿De verdad? No lo sabía.
—Fui con unas amigas. La ruta por los castillos es una maravilla.
—He visitado un par de ellos y te doy la razón. Cuando regrese recogeré mis cosas y me trasladaré a casa de mi abuela.
—Echaré de menos nuestros domingos de cine.
—Eh que eso no se ha terminado. Seguiremos quedando. ¿Ya tienes a alguien para mi habitación?
—Sí, una compañera de universidad. Ella está haciendo el doctorado en otro departamento. Se estaba hospedando en un Colegio Mayor y está harta de las fiestas en las habitaciones. En febrero vendrá a instalarse.
—Me alegro. Es un piso genial y tú eres una excelente compañera de piso.
—Yo también te quiero, jaja. Hablamos a la vuelta, me tienes que contar todo el viaje con detalle.
—Cuenta con ello.
Echaría de menos a Natalia, pero cada vez le apetecía más vivir en la casa de su abuela Margarita.
***
A las ocho, colorada hasta la raíz del pelo, Agatha aguardaba en la puerta de la oficina junto con otros excursionistas. Al salir de la casa donde se alojaba, el dueño le había dado una bolsa de papel.
—Mi mujer le ha preparado un bocadillo. Con los dos bollos que lleva en la mochila no pasará hambre —le había dicho en un perfecto inglés, con cara poco amigable.
¡La habían visto! No era su culpa si los panecillos se deshacían en la boca al primer mordisco.
Ya se pondría a dieta de lechuga y tomate cuando volviera a España, pero ahora no se iba a privar de comer cosas ricas.
Además, con lo que caminaba, gastaba muchas calorías y seguro que quemaba toda la grasa y el azúcar.
¡Segurísimo! La próxima vez cogería tres panecillos.
La cueva era preciosa, sobrecogida palpó las paredes mientras escuchaba al guía.
Las vistas desde la puerta de entrada a la misma, eran espectaculares.
Después de la visita les dieron un rato libre para curiosear por los alrededores.
Desde la lejanía había divisado una formación rocosa que le había llamado la atención y quería verla más de cerca.
Sentada en una gran piedra, abrió la bolsa del bocadillo, nada más olerlo tuvo que contener una arcada.
¿Qué era esa carne pastosa? Le dio un pequeño mordisco, y escupiendo lo que había mordido en la bolsa, la volvió a guardar para tirarla más tarde.
¡Oh los panecillos! Eso si era comida. Girando la cabeza, de repente vio que la gente con la que había llegado se subía al autobús.
¡No podía ser! El guía había dicho que una hora.
¿O había dicho media? ¡Maldito acento escocés!
Saltando por las piedras y cayéndose un par de veces, desesperada contempló como el autobús se marchaba cuando a ella le quedaba aún un buen trecho para llegar hasta él.
—¿Inverness? ¿Inverness?
Ninguna de las escasas personas que quedaban junto la cueva parecían entenderla.
Un matrimonio inglés con dos niños se ofreció a llevarla a Rhinoich.
Agatha aceptó pensando que desde allí sería más fácil llegar a Inverness, y de paso vería el antiguo campo volcánico en el que estaba situado.
Los niños se pasaron el corto trayecto mirándola fijamente, casi hubiera preferido que gritaran y alborotaran como habrían hecho los hijos de Marta. Aquellos ingleses eran muy raritos.
—Mañana. Hoy no —fue la desoladora respuesta de la mujer que atendía la taquilla de la estación de trenes, o eso le había parecido entender entre pompa y pompa de chicle.
—¿Y qué hago yo ahora? —se preguntó Agatha en voz alta, sentada en un escalón de la puerta de la estación, viendo como asomaban las primeras estrellas al anochecer.
Tenía frío, estaba cansada, las heridas que se había hecho al caer la molestaban, no tenía nada para comer.
Casi lamentaba haber tirado el bocadillo de carne pastosa que el dueño de la Villa le había dado.
—Yo puedo llevarla —dijo una cortes voz masculina a su espalda. ¿De qué conocía esa cara? Estaba segura que le había visto antes—. Quizás me recuerdo, nos vimos ayer en la tienda de mi amigo Joe, donde compró la manta escocesa.
Ya lo recordaba, era el cliente con el que el tal Joe se había reído a su costa. Era un fornido pelirrojo, de metro noventa, de ojos verdes que la miraba divertido.
—Te recuerdo. Tú y tu amigo os reíais a mi costa.
—Oh perdona si te hizo sentar mal. Mi familia desciende del antiguo clan MacGraw, de hecho, ese es mi apellido. Fue gracioso ver como elegías una manta de estampado tartán con nuestros colores.
—¿Y delante de ese apellido hay un nombre?
—Jaime.
“—Vale, ¿dónde está la cámara oculta? —pensó Agatha abriendo los ojos como platos. Pelirrojo, escocés, con músculos a tutiplén, y se llamaba como el protagonista de Outlander, con el que tenía sus sueños más húmedos y que nunca admitiría tener en voz alta. ¿Era una broma de sus amigas? No podía ser. Ellas no podían saber que se iba a despistar visitando la cueva, y que una pareja la llevaría hasta ese pueblo del que desconocía el nombre hasta hacia unas horas. ¿Su abuela? ¿Le enviaba a ese adonis desde el más allá? Lo dudaba, pero y si…”
—Normalmente las personas educadas suelen responder diciendo su nombre —le dijo el escocés levantado su ceja.
—Oh, lo siento. Tienes razón. Me llamo Agatha Boss.
—Lo sabía —respondió riendo el atractivo pelirrojo—. Ayer oí como se lo decías a Joe.
—¿Y a ti no te han dicho que las personas educadas no escuchan conversaciones ajenas? —preguntó Agatha haciendo un mohín con la nariz.
—Touché —respondió Jaime abandonando la socarronería—. Voy a volver a Inverness esta misma noche, puedo llevarte si quieres.