Capítulo 3 #2
La luz del sol entraba por la ventana, sentía el calor del tímido rayo de luz que incidía sobre su frente.
Tras dos días de viaje, se había derrumbado sobre la cama del B&B de Edimburgo, y en ella llevaba durmiendo doce horas.
Abriendo los parpados contempló la rosa, que un pequeño florero de porcelana inglesa, adornaba su mesilla.
Estaba tan mustia como ella. Hasta su nariz llegaba el aroma del desayuno que estaban sirviendo en el comedor.
Su estómago rugió recordándole que los frutos secos rancios y las patatas fritas de bolsa que había comido en el aeropuerto no eran comida.
Arrastrándose fuera de la cama se dio una ducha rápida y se vistió lo más rápido que pudo.
La amable mujer que la había recibido al llegar, la sonrió al verla entrar en el comedor.
Con buena voluntad consiguió despolvar su oxidado inglés y responder a los comentarios corteses de la dueña del B&B.
No había mucha gente, una pareja de ancianos, unos excursionistas alemanes, y un cura con sotana, de mejillas rubicundas que prestaba más atención a su pudding que a lo que pasaba alrededor.
—¿Española? —le preguntó una de las alemanas. Cuatro chicas y dos chicos más jóvenes que ella.
—Sí, de Salamanca.
—¡Oh! Nosotros ir allí después. España, paella y olé.
—Hay más cosas que paella en España.
—Sí, sí, nosotros saber.
Con una sonrisa cortes se centró en su desayuno.
Después iría en busca de una oficina de turismo donde adquirir el famoso Edinburgh Pass que le permitiría el acceso gratuito a veinticinco atracciones de la ciudad, incluyendo restaurantes.
Tenía intención de estar dos días en Edimburgo y pensaba disfrutarlos antes de partir hacia Inverness, dándose algún que otro capricho.
En el castillo se encontró a sus compañeros de alojamiento, y aunque lo intentó, no consiguió hacer la visita sola.
Tras un rato con ellos descubrió que no eran tan cabezas huecas como había pensado al principio.
Juntos pasearon por la calle principal de la Old Town, la Royal Mile, con sus antiguos edificios, sus mil y un callejones, sus maravillosas tiendas donde compró unos juguetes para sus primos y unos colgantes para sus amigas.
Sin embargo, el comercio que más captó su atención fue el Tartán Weaving Mill, lugar elegido por los dos chicos del grupo para comprarse un kilt.
—Estáis muy guapos —dijo riéndose con sus compañeras de excursión. Ni de lejos les quedaban como al prota de su serie favorita. Las pantorrillas de los alemanes parecían dos patas peludas.
Al salir de la tienda siguieron hasta llegar al Holyrood House.
Una zona boscosa llena de verdor, con montañas, lagos, cañadas, estepas.
Incluso sus charlatanes amigos se quedaron mudos por su belleza.
Subieron a Arthur’s Seat, el volcán extinguido, desde donde intentaron ver las Highlands.
Y se detuvieron junto el Duddingston Loch para comer lo que la dueña de la pensión les había preparado: unas bolsas con bocadillos y pedazo de pudding.
Tras almorzar, fueron a visitar la aldea de Duddingstone Village, una de las mejor conservadas, y en la que su encanto antiguo permanecía intacto.
Por último, caminando por el sendero conocido como Radical Road, llegaron a las Salisbury Crags, desde esta formación rocosa contemplaron la ciudad.
—Mejor volver —sugirió uno de los chicos a sus compañeros.
El resto asistieron, la tarde empezaba a caer y tenían una buena caminata de regreso al B&B. De camino pararon en un pub para tomar una cerveza y algo de comer. Vestida, sin descalzarse siquiera, Agatha se derrumbó en su cama como un leño, quedando al instante dormida.
***
No se despertó hasta oír el trajín de cacerolas en la cocina que precedía a la hora del desayuno. Decidió llamar a Ana, que con impaciencia esperaba saber de ella desde la noche anterior, a tenor de los quince mensajes que tenía en el WhatsApp.
—Hola guapa.
—¡Ya es hora! Nos tenías muy preocupadas.
—Estaba agotada, entre visitas turísticas, compras y paseo por el bosque, cuando llegue a mi habitación, caí redonda en la cama.
—¿Tú te crees que después del mensaje: Me voy al bosque con unos alemanes. Son muy majos” nos podíamos quedar tranquilas?
—Estamos alojados en el mismo B&B, son algo jóvenes, pero son buena gente.
—¿Están buenos?
—¡Ana!
—¿Qué? Un dulce no le amarga a nadie. Contesta a la pregunta.
—Bueno Steve no está mal, pero no es mi tipo. Las piernas las tienen muy peludas y delgaduchas.
—¿Les has visto las piernas? ¿Compartís baño? ¿Ha pasado algo de lo que tu amiga del alma deba estar informada?
—Ja, ja, ja. Se compraron un kilt. Tenían un aspecto muy cómico en deportivas y falda escocesa.
—¿Hoy también vas con ellos?
—Tienen demasiada energía, prefiero ir por mi cuenta.
—Aburrida —le espetó Ana burlona.
—¿Mi jardín cómo está?
—Florido y hermoso. Tu madre quiso entrar el otro día, hice que no la oía. Debe de estar dando la tabarra a Marta.
—Pobre, hablaré con ella luego.
—Ya se cansará, no te preocupes por ella. Tú pásalo bien, estrecha lazos con Alemania.
—Uy me estoy quedando sin batería. Te tengo que dejar.
—Ni se te ocurra colgarme.
Agatha cortó la llamada partida de la risa y puso a cargar su móvil, apartando con cuidado el jarrón. No pudo evitar hacer una foto a las rosas del jarrón que se habían abierto desprendiendo una agradable fragancia que inundaba su habitación.
“—¡Qué raro! —pensó Agatha—. Juraría que ayer estaban más estropeadas estas flores, las habrá cambiando la dueña del B&B.”
Esa mañana tocaba visitar el Grassmarket, que el día anterior solo había visto de pasada.
Quería vagabundear sus calles, y hacer una parada en el famoso Bow Bar, para tomarse una autentica cerveza escocesa.
Por la tarde realizo la última visita de su recorrido, la Catedral de St. Giles, una magnifica iglesia medieval asentada en pilares normandos del 1120.
—¡Española! —escuchó que la llamaban a su espalda, con un inconfundible acento alemán.
—Nos volvemos a encontrar. ¿Qué tal vuestro día?
—¡Mucha cerveza! —exclamó una de las chicas, visiblemente achispada.
—Ya veo que habéis hecho ruta por los pubs.
—Siiiiiiii. Mañana Londres. ¿Y tú?
—Inverness.
—Ohhhh nosotros tres días hace.
—Mejor aquí, más cerveza —añadió uno de los chicos interrumpiendo su conversación.
Entre risas y canticos se despidieron. A pesar de todo, los alemanes habían sido una compañía agradable para Agatha.
Con pena, les dijo adiós, porque su ScotRail hacia Inverness salía a primera hora de la mañana.
Dándose una ducha, y dejando preparada la ropa del día siguiente, dedicando unos momentos a cotillear las redes sociales, y charlar un rato con Marta.
—Hola tita.
—¿Qué tal Steve?
—Hablaste con Ana —dijo Agatha dejando a su amiga por imposible—. Hoy les he visto un momento, por la tarde. Estaban como cubas.
—Lastima, ja, ja.
—Creo que mi madre te está dando la lata.
—Tu madre y mis otros dos hermanos. Querían impugnar el testamento, pero el notario de mi madre les ha puesto en su sitio al instante. Las tres somos ahora personas non grata para ellos.
—Pues tienen dos tareas, enfadarse y desenfadarse.
—Vaya, te están sentando bien las vacaciones.
—He estado demasiado preocupada toda mi vida por la opinión de mis padres. Nunca fui ni seré la hija perfecta para ellos. ¿Y sabes qué? No me importa.
—¡Así se habla!
—Cuando terminemos de hablar, mando al grupo unas fotos de hoy para que veáis que bonito es todo esto.
—Descansa, y sigue pasándotelo bien.
—Lo haré.
Después de enviar las fotos, apago el móvil, y haciéndose un ovillo en su cómoda y calentita cama, se dispuso a dormir tan relajada como no lo había estado en mucho tiempo.