Capítulo 3
S iguiendo los consejos de sus amigas, Agatha llegó puntual a su puesto de trabajo al día siguiente.
Sus compañeros la recibieron con muestras de afecto y cariño.
Muchos de ellos habían conocido a la abuela Margarita y sentían su perdida.
Calista, fue la única que se manutuvo más distante, y apenas la saludo con un mohín.
—Vaya, ya llego la señorita. Que sepas que estos dos días van a cuenta de tus vacaciones.
—No esperaba otra cosa —afirmó Agatha muy digna poniéndose la tarjeta que la identificaba como personal del supermercado, sintiéndose rota por dentro.
Como un autómata pasaba los artículos por el scanner y cobraba el importe de sus compras a los clientes.
No se inmutó cuando la antipática le tendió la tarjeta para pagar la barra de pan y el paquete de jabón, sin mirarla siquiera se la devolvió después de pasarla por el lector.
Los chillidos del bebé tampoco la hicieron reaccionar.
Algo más consciente de la realidad, respondió con cariño a las muestras de afecto de la pareja de ancianos, por la muerte de su abuela.
La encargada no perdió la ocasión para reprenderá por demorarse más de la cuenta con ellos.
—No te entretengas. ¿No ves la cola que hay? Como vienes de descansar cinco días te crees que aquí nos hemos estado de vacaciones también. Por cierto, este fin se semana trabajas los dos días. Tus compañeros han tenido que cubrir tus faltas, y ahora te toca a ti trabajar por ellos.
Fue la gota que colmó el vaso de la poca serenidad que le quedaba a Agatha.
Con los ojos llenos de lágrimas, y ahogando un sollozo en la garganta, Agatha no fue capaz de responder a los improperios de su jefa.
El estudiante al que en ese instante estaba cobrando la compra salió corriendo, sintiéndose intimidado también.
Agatha alargó la mano hacia el siguiente artículo: una botella de vodka.
Levantando la mirada lo vio. Los heladores ojos azules la contemplaban impertérritos y con gesto de enfado.
De un gesto se arrancó la tarjeta identificativa de cajera, cogió el bolso y la chaqueta que guardaba debajo de la caja, y salió del supermercado sin mirar atrás.
Escuchando a su espalda los gritos de sus compañeras y de su jefa.
No era suficiente caminar, tenía que correr, y lo hizo.
Corrió y corrió, sin detenerse, cruzando calles y avenidas, hasta que sus piernas no pudieron más, y se derrumbó en una pequeña plaza de las afueras de la ciudad.
Al abrigo de los árboles, sentada en la hierba, dejo salir sus lágrimas y todo su dolor.
Los escasos transeúntes que pasaban junto a ella, se apartaban temerosos de verse involucrados es su pena.
Algunos pensaban que estaba borracha, otros que estaba drogada.
Todos se cruzaban de acera para caminar lo más lejos posible de Agatha.
El cielo comenzó a nublarse y unas gotas empezaron a caer sobre la cara de Agatha lavando sus lágrimas.
El suave viento que se había levantado trajo hasta ella un folleto arrancado de un limpiaparabrisas de un coche cercano.
Era de una agencia de viajes que anunciaba varias promociones a buen precio, por estar en temporada baja.
Enero llegaba a su fin, la gente se lo había gastado todo en navidades y en las rebajas.
De entre todas las ofertas una llamó su atención:
“ IVERNESS: DESCUbrA LA MAGICA ESCOCIA Y LA BELLEZA DE LAS TIERRAS ALTAS”
Margarita le había hablado de su viaje a las Highlanders antes de que sus hijos nacieran.
“—Es el país de las hadas, los duendes, las leyendas. Allí conocí a tu abuelo. Es el lugar más bello que he visitado nunca.”
Juntas disfrutaban viendo su serie favorita: Outlander, acurrucadas en el sofá, bajo una manta.
Nunca, había faltado a su cita las noches de los lunes en casa de su abu Margarita.
Cuando terminaba una temporada, también juntas leían el libro en el que estaba basada la serie.
Agatha lo leía en voz alta para las dos, mientras su abuela tejía una de sus famosas toquillas, bebiendo una taza de té.
Margarita soñaba con regresar un día con su nieta para poder mostrarle los rincones y paisajes que había conocido tantos años atrás.
La pereza, el trabajo, las escusas, el caso era que viaje no había llegado a materializarse nunca.
—¿Por qué no? —se preguntó Agatha. Como su abuela le había recordado en el testamento, su trabajo no le gustaba, la relación con sus padres estaba más que debilitada. Nada, ni nadie la ataban—. Escocia, allá voy.
La decisión estaba tomada. Lo primero que hizo fue volver al supermercado, su jefa la estaba esperando con cara avinagrada.
—¿Estarás contenta con lo que has hecho? Abandonar tu puesto de trabajo como una histérica, si no estás bien mentalmente tomate el día libre, pero mañana te quiero aquí. Y por supuesto el día de hoy no te lo voy a pagar.
—Me da igual lo que hagas, renunció. Búscate a otra que aguante tus malos modos y tus órdenes.
Aquí te quedas, y no te preocupes, no me pagues el día de hoy.
Mándame el finiquito a casa con Teresa. ¿No te importa?
—le preguntó a su compañera en la línea de cajas, a la que la boca se le había quedado abierta al escuchar a Agatha.
—No, no me importa —respondió la aludida, moviendo la cabeza como un muñeco.
—Te arrepentirás —le amenazó su jefa.
—No bonita, la que se arrepentirá serás tú, no tienes quien haga mi trabajo el fin de semana y te va a tocar a ti. Que lo disfrutes Calista, esta vez te has pasado de lista.
Mientras salía por la puerta, pudo escuchar como el encargado de carnicería iniciaba un aplauso que fue seguido al instante por el resto de personal del supermercado y por parte de los clientes.
Todos estaban hartos de los malos modos de Calista.
Los compradores preferían no preguntarle a ella donde estaba tal o cual artículo, por miedo a una mala contestación.
—¡Así se hace!
—¡Con dos ovarios!
—¡Olé la gracia de Agatha!
Con el folleto en la mano se dirigió a la agencia de viajes que anunciaba el viaje a Inverness. Era un tour de siete días que incluía varios destinos de Inglaterra, Irlanda y Escocia.
—Es la semana de carnavales —le explicó la chica de la agencia.
—No, no, lo que yo quiero es irme ahora, por mi cuenta.
—Le saldrá más caro.
—No me importa. ¿A qué hora sale el primer vuelo?
Sintiéndose liberada de un peso que oprimía su cuello, salió de la agencia con los billetes en la mano, los guardó en su bolso y sacó el móvil para llamar a Marta y a Ana.
—¿Cariño estás bien? —preguntó Marta asustada al ver la hora que era, pensando que a Agatha le había ocurrido algo en el trabajo.
—No me pasa nada, tranquila. He renunciado al puesto de cajera. Lo he dejado ahora mismo, tal y como me sugirió abu.
—Bien hecho. Ahora que vas a hacer, ¿quieres venir a comer con los niños y conmigo?
—Gracias, pero estoy muy ocupada. Tengo que hacer las maletas.
—¿Maletas? ¿Dónde te vas? —quiso saber Marta sorprendida, dejando de remover las lentejas que estaba terminado de preparar.
—A Escocia. Ya iba siendo hora de que fuera a conocer el país del que siempre nos hablaba tu madre.
—¡Oh! Me hubiera encantado ir contigo, pero los niños…
—Lo sé Marta, pero quiero estar sola. Estaré bien, tengo que distanciarme de la realidad que estaba viviendo. Necesito recuperarme de la muerte de la abuela y rehacer mi vida. Lejos de mis padres.
—Haces bien, pasa de ellos. No te preocupes por tu madre y mis hermanos, no pueden hacer nada. La casa es tuya. Por mucho que les fastidie el testamento es claro en ese aspecto.
—Gracias Marta.
—Me encargaré de cambiar las cerraduras hoy mismo, las llaves de mi madre desaparecieron el día que murió, creo que las tienen uno de ellos. Cuando vuelvas avísame, te iré a recoger a la estación y te llevaré las llaves nuevas. Así no podrán entrar en tu ausencia.
—¡Genial! Es buena idea. Dale un beso a los gemelos de mi parte.
—Lo haré, pero más te vale traerles un regalito cuando vuelvas de Escocia, y de paso otro para mí.
—Ja, ja cuenta con ello.
Una hora más tarde con el manos libres activado, iba metiendo algo de ropa en la maleta a la vez que hablaba con Ana y escribía una nota para Natalia.
—¿Hoy mismo? ¿Te vas ahora a Escocia? —preguntó su amiga sin creérselo.
—Sí, voy a coger el autobús a Madrid que sale a las cinco de la tarde. El vuelo a Iverness sale de madrugada. No tengo tiempo que perder.
—Me hubiera gustado irme contigo. En carnavales o en Semana Santa tal vez pudiera haberme cogido una semana de vacaciones.
—Tendremos ocasión de viajar juntas, pero este viaje tengo que hacerlo sola Ana. Debo encontrar mi destino.
—¿En Escocia?
—No sé si estará allí, pero debo aclarar mi mente, romper con las cadenas de obligaciones autoimpuestas que me han estado atando toda mi vida. Nunca es tarde para iniciar el camino.
—Si es lo que deseas, te apoyaré en lo que necesites. Cuidare el jardín por ti.
—Lo harás por las dos, es tan mío como tuyo. Quiero una línea de cremitas con mi nombre.
—La tendrás.
Sentada en el autobús que la llevaba al aeropuerto de Madrid, prefería no pensar en los casi 500 euros que le había costado su vuelo a Londres.
Desde la terminal debía coger otro que la llevaría a Edimburgo y por último le habían asegurado en la agencia de viajes que en el aeropuerto encontraría el modo de llegar a la ciudad situada a nueve kilómetros.
Había pensado hospedarse durante toda su estancia en Bed & Breakfast, que lucían encantadores en las fotos de internet.
En Inverness se alojaría en una Villa que según la web estaba a nueve minutos andando del castillo y a casi dos kilómetros del Canal de Caledonia.
Para moverse se valdría de las rutas de autobuses y trenes.
No tenía prisas, sería un viaje tranquilo disfrutando del paisaje.
Lo que no sabía era que sus planes no saldrían como había planeado.
***