Capítulo 2 #3
—Debieron de ser mis hermanos buscando el testamento —aventuró Marta al ver e desastre—. Ninguno sabíamos que había hecho uno y estaba en poder de notario.
—Serán tu familia cariño, pero estaban más interesados en hacerse con la casa que en llorar la muerte de tu madre —dijo Mateo abrazando a Marta.
—¡Muerte natural! —exclamó Agatha sentándose en el sillón favorito de su abuela, recordando el informe médico—. Su corazón dejo de latir si más.
—¡Tenía 110 años! —dijo Ana arrodillándose junto a su amiga—. Ya sé que no los aparentaba, pero era mayor.
—Nadie sabía su edad real, siempre fue un secreto que mantuvo oculto, pero…
—¿Qué pasa Marta?
—Agatha, si mi madre tenía ciento diez años y yo tengo cuarenta y cinco años, ¡eso implica que me tuvo con sesenta y cinco años! No aparentaba tener más de ochenta actualmente y cuando yo nací desde luego no parecía tener ni cuarenta. No lo entiendo.
—El libro que me dio el notario solo contiene fórmulas magistrales para la elaboración de cremas y cosméticos. Al menos a simple vista. Si hay alguna otra cosa escrita en él, os lo diré.
—Nada puede explicar cómo una crema o una infusión, consiguió lograr que una mujer de más de sesenta años se quedara embarazada —afirmó Marta en alto dando voz a lo que todos estaban pensando.
Decidieron que era mejor dejar las elucubraciones para cuando estuvieran más despejados.
Había que poner orden en la casa, limpiar los restos de tierra y pisadas que había por doquier, fregar suelos y ventanas y un sinfín de cosas más.
Pasaron toda la tarde ocupados en sus quehaceres, haciendo una pausa para tomar una taza del famoso té de arándanos y mandarina de su abuela con unas galletas de miel que había hecho el mismo día que murió.
Los papeles y documentos personales los dejaron en un armario de una de las habitaciones.
Los artículos del baño se los apropió Ana, olfateando el contenido de los botes y tarros.
—Lavanda con algo de romero.
—Tenemos una perfumista como amiga y no lo sabíamos —le dijo Marta a Agatha al ver como Ana hundía la nariz en el bote de gel.
—¡Qué se preparen las marcas francesas, que llega una española pisando fuerte! —exclamó Ana al oírlas, haciéndolas reír.
Tiraron la comida estropeada, junto con los periódicos atrasados y los folletos de los supermercados.
Al llegar a su habitación abrieron el armario de tres cuerpos, donde la abuela Margarita guardaba su ingente cantidad de vestidos, faldas, chaquetas, zapatos, bolsos, y un sinfín de cosas más.
Siempre había sido una mujer coqueta, y el paso de la edad no lo había cambiado.
—¿Qué queréis hacer con su ropa y sus cosas? —le preguntó Ana a sus amigas contemplando boquiabierta el contenido del armario.
—No soy capaz de deshacerme de nada todavía. Tendré que hacerlo, pero no hoy. Marta puedes llevarte lo que quieras, no tengo que decírtelo.
—Me llevare esa toquilla que me gusta tanto, y dentro de unos días revisaremos juntas el armario. Entonces decidiéremos que nos quedamos y que podemos donar. Tal vez me sirvan de inspiración para algún modelo.
—¿Vas a dormir aquí hoy? Si quieres me quedo contigo.
—Gracias Ana. Si esta es mi casa ahora, tengo que acostumbrarme a vivir aquí.
Será un poco triste, pero a la vez entrañable, tocar y ver las cosas de la abu Margarita.
Hablaré con Natalia para dejar todo arreglado con la casera del piso.
Seguro que encuentra pronto una nueva compañera.
Alguna otra estudiante de postgrado o algo así.
—Marta porque no te quedas tú también.
—Mateo no puedo, los gemelos.
—Los recogeré de casa de Macarena y me los llevare a la nuestra. Puedo arreglármelas una noche con ellos. Vosotras necesitáis estar juntas.
—Eres un sol —respondió Marta besando a marido.
Cenaron unos bocadillos, y poniéndose unas camisas de la abuela Margarita a modo de camisón, se metieron juntas en la inmensa cama que presidia el dormitorio principal. Como cuando Marta y Agatha eran pequeñas y fingían estar en un campamento, acurrucándose junto a Margarita en su cama.
—Chicas no voy a poder vivir sin ella —sollozó Agatha.
—Lo superaremos juntas —respondió Marta abrazándola.
—Tienes que continuar con tu vida, será duro al principio, pero Margarita no querría que te pasaras el día llorando bajo las sabanas —añadió Ana.
—Lo sé —contestó Agatha entre hipidos.
—Mañana debes volver al supermercado. Cuando sepas que hacer con tu vida, les dices que te vas.
Es un hecho que vas a dejar a trabajar en él, sin embargo, ahora necesitas sumergirte en la rutina.
Allí estarás distraída y alejada de lúgubres pensamientos.
Si después decides ser mi socia o ayudarme en la tienda estaré encantada.
Seguro que a Ana también le viene bien tu ayuda.
—Si tía Marta.
Las tres rompieron a reír, liberando la tensión del día. Más calmadas, cerraron los ojos, sintiendo como poco a poco el sueño se apoderaba de ellas. Incluso podían sentir la tranquilizadora presencia de Margarita, velando su descanso.