Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Somos tres contra ella, tendrá que aceptar lo que decida la mayoría —afirmó la madre de Agatha muy segura de sí misma.

Agatha había preferido no oír más de lo que decía su madre, sin escrúpulo ninguno, ni sentimiento aparente de pena por la muerte de su progenitora, a la que aún no habían ni siquiera enterrado. Decidió tomarse la pastilla que le habían recetado esa tarde, y quedarse grogui unas horas.

***

El despacho del notario de su abuela estaba situado en un piso antiguo, con suelos de madera que crujían a cada paso, escasa iluminación, y legajos por doquier.

En la salita de espera se agolpaban todos los miembros de la familia.

Sus padres, sus tíos con sus esposas, y Marta con Mateo.

Ella hubiera preferido no ir, pero el abogado había insistido que tanto ella como Ana debían de estar allí presentes.

Ambas se sentían como ratoncillos apuntó de ser devorados por un grupo de gatos hambrientos.

Su madre la miraba con abierta hostilidad.

—¿Agatha? ¿Por qué tiene que ir ella? —preguntó sorprendida cuando su padre les informó de la petición del notario, tomando un café a la salida del cementerio—. ¿Y esa arrimada de Ana?

—¡Mamá! Es mi amiga.

—Me importa un bledo, no es de la familia. Tú tampoco tendrías que ir. Es cosa de hijos, no de nietos.

—Si ellas no van, el notario ha dicho que no se podrá leer el testamento —explicó el padre de Agatha.

De modo que allí estaban los diez, esperando a que el notario les llamara a la sala de reuniones donde harían la lectura de las últimas voluntades de la abuela Margarita.

—Pueden pasar —anunció una secretaria.

En el extremo más opuesto de la mesa, se sentó Agatha, flanqueada por Marta y Ana. Las tres cogidas de las manos se dispusieron a oír lo que el notario tenía que decirles. La madre de Agatha se sentó al lado del notario, con cara de fastidió, por estar perdiendo el tiempo.

—…todos los bienes se repartirán en cuatro partes que se distribuirán equitativamente entre los cuatros hijos de la Doña Margarita —dijo el notario ante las sonrisas de satisfacción de la madre de Agatha y sus hermanos— a excepción de lo siguiente.

Ahora debo entregar una carta a su hija Marta, otra a su querida Ana y una última a su nieta Agatha.

Ana abrió su carta, ante la mirada sorprendida de los tíos de Agatha que no sabían que hacia allí:

“ Querida Ana,

Desde el día que apareciste en mi puerta supe que habías llegado para quedarte, que serías la fiel compañera de mi hija Marta y mi nieta Agatha.

Sé lo que te gustaban mis cremas y como has intentado sonsacarme durante estos años mis “pócimas secreteas” como vosotros las llamabais.

Mi buen amigo Rogelio, el notario que te ha dado esta carta, tiene a buen recaudo un cuadernito que ahora es tuyo.

En él te he dejado apuntado mis remedios, mis fórmulas magistrales y mis mezclas de infusiones.

Te será útil, pero estoy segura que pronto no lo necesitarás, ya que tú crearas tus propias “pócimas”.

También te lego algo de dinero para que puedas crear esa línea de cosméticos y productos de belleza con la que sueñas.

Lo único que te pido a cambio es que sigas cuidando de mi jardín, Agatha te ayudara con las plantas.

Te quiero.

Abu Margarita.”

—Bien —comenzó a decir el notario cuando vio que Ana había terminado de leer la carta—. Este es el libro y si es tan amable de darme sus datos y su número de cuenta le hare la transferencia del dinero, en cuanto firme estos documentos.

—¿Dinero? —preguntó la madre de Agatha abriendo los ojos.

—Sí —afirmó Rogelio, guardándose de mostrar cara de satisfacción.

Margarita le había hablado en varias ocasiones de su hija mayor, una mujer egoísta casada con un hombre al que manejaba a su antojo.

Desde donde quiera que estuviera Margarita, se estaría divirtiendo al ver la situación, y aún faltaban dos sorpresas más—.

6000€. Cualquier ayuda que necesite para iniciar su negocio, no dude en consultármela joven.

—Muchas gracias —respondió Ana emocionada devolviéndole la sonrisa a Agatha que estaba tan sorprendida como ella.

“—¿Las plantas? —pensaba Agatha—. Sí soy un desastre con ellas, nunca me acuerdo de regarlas. Si no es por Natalia, no tendría ninguna viva. Seguro que lo último había sido una broma de mi abu.”

—Ahora es su turno. Su madre escribió esta carta para usted —dijo el notario tendiéndole un sobre a Marta.

“Mi pequeña Marta,

Me dirás que a tus 45 años ya no eres una niña pero para mí siempre lo fuiste.

Alumbraste mi madurez cuando creía que ya no tendría más bebes correteando por la casa.

Ya es hora de que haya luz en tu vida también.

Tus gemelos ya tienen siete años y no te necesitan tanto.

Con la ayuda de Rogelio he encontrado un precioso local, cerca de la Plaza Mayor donde una tienda de ropa, con el toque vintage de tus diseños, tendrá éxito.

Es el momento de que además de a tus amigas Marta y Agatha, les hagas preciosos vestidos a las demás mujeres de la ciudad.

Te dejo algo de dinero con el que podrás empezar tu negocio.

Te quiero. Siempre estaré contigo, aunque no me veas, en tu corazón me llevarás.”

—El local está libre de cargas —le explicó el notario al terminar de leer su carta—. Como le he dicho a su amiga Ana, puede contar con mi ayuda en lo que necesite.

—¿Y a ti cuánto dinero te ha dejado? —preguntó la madre de Agatha cada vez más enfadada.

—Seis mil euros, como a Ana.

—¿A descontar de tu parte supongo?

—No señora —intervino el notario con cara de inocencia, disfrutando de las caras de los hijos de su amiga, cuya ambición no tenía límites—. Este legado es independiente del resto.

—¿Y a ella también le ha dejado dinero? —preguntó uno de los tíos de Agatha, mirando con recelo a su sobrina.

—Esta carta es para ti —continuó el notario ignorando las protestas.

“Mi dulce Agatha,

No estés triste. Estoy en un lugar mejor, lleno de paz y amor.

No me verás, pero te acompañare en cada paso del camino que estas iniciando.

Te esperan sorpresas. Algunas te gustaran y otras al principio no tanto.

Ten paciencia. La recompensa será grande, el destino inesperado.

A ti mi vida, te dejo mi casa, sé que para ti significa tanto como para mí.

Ana te ayudara en el cuidado del jardín, es mucho más importante de lo que parece, no dejes que se estropee.

A las plantas hay que darles agua y mimos, no se te olvide.

Te dejo, como a tus amigas, algo de dinero para que dejes de trabajar en ese supermercado.

Sin embargo, no olvides a las personas que allí conociste y te acompañaron en tu vida estos años.

Nunca se tienen amigos suficientes. No llores, no sientas pena, ¡VIVE!

Te quiero.

Tu Abu Marga.”

—¿Otros seis mil euros? —preguntó la madre de Agatha.

—No, diez mil en este caso.

—¿Entonces que queda para nosotros?

—Doscientos euros a repartir, aquí tienen cincuenta para cada uno —anunció el notario, sin poder contener está vez la sonrisa. Cuando Margarita le contó como quería que se repartiera su herencia le advirtió de que sus hijos no se lo tomarían demasiado bien.

“—Lo sé Rogelio, confió en que tu ayudes a las chicas. No dejes que el resto de mis hijos las impidan realizar sus sueños.

—Lo hare, tenlo por seguro.

—Gracias, eres un buen amigo.

—¿Agatha sabe...?

—No, aún no estaba preparada, pero empieza a estarlo.”

Entre gritos de “Impugnaremos el testamento”, “No estaba en sus cabales al final”, “Demandaremos”, Agatha, Marta, Mateo y Ana abandonaron el despacho del notario después de firmar todos los papeles.

Sus pasos les dirigieron a la que había sido la casa de Margarita.

Desde el día de su muerte no habían vuelto a poner un pie en ella. Todo estaba revuelto y desordenado.