Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

T enía que darse prisa, eran las cinco pasadas y a las ocho había quedado con las chicas en la puerta del bar donde se tomarían unas tapas antes de cenar.

Después habían reservado mesa en un coqueto restaurante italiano en el barrio antiguo.

Y por último irían de copas, hasta que el cuerpo aguantará, o en el caso de Marta, hasta que empezará a recordar que tenía hijos y debía volver a casa.

—También son los hijos de Mateo —le recordaba Agatha en esas ocasiones—. Estarán durmiendo en sus camitas tan a gusto. Relájate y disfruta de la noche. Su padre les cuidará igual de bien que tú.

—No sé qué deciros. Le da igual lo que llevan puesto, y si comen chuches o no.

—No seas pesadita —la solía reñir Ana—. Los tres sobrevivirán a unas horas sin ti.

Se había puesto unos cómodos leggins y una camisola de cuadros escocesa, con un abrigo encima para ir a casa de su abuela.

Quería volver a su piso sobre las siete para arreglarse con detenimiento a fin de celebrar el cumpleaños de su amiga.

Natalia se había ido con unos compañeros de la facultad a pasar el fin de semana a Oporto.

Tenía el piso para ella sola y pensaba disfrutarlo dándose un largo baño antes de salir.

Su abuela les había preparado una mermelada casera de mandarina, un tarro para cada una, que Agatha tenía que recoger esa tarde.

—¡Hola abuela! Ya estoy aquí —anunció en voz alta, después de abrir la puerta con la copia de llaves que la anciana le había dado a los quince años y que guardaba a buen recaudo como el más preciado de su tesoros.

Su madre no sabía nada, Marta había sugerido que era mejor no decírselo, se enfadaría al saber que su hija tenia llaves de la casa de su madre y ella no.

Cuando su abuela se enteró de los planes de los padres de Agatha de vender la casa, había hecho cambiar la cerradura y se había negado en rotundo a darle una copia de las llaves nuevas a su hija.

Solo Agatha y Marta tenían una copia. Nadie más.

Agatha extrañada de no obtener respuesta de su abuela, dirigió sus pasos al salón, desde dónde llegaban las voces de la película que esos momentos estaban emitiendo por televisión. Al entrar en la habitación, vio la coronilla de su abuela asomando por encima del sillón.

—Abuela, otra vez estas con la tele tan alta que no me has oído entrar —dijo risueña Agatha acercándose a besarla.

—¿Abuela? ¿Estás dormida?

No estaba durmiendo como había pensado Agatha al verla con los ojos cerrados. Su faz relajada y en paz, no mostraba signo ninguno de dolor. Con miedo, temblando, alargó la mano hasta tocar aquella mejilla que había besado tantas veces, estaba fría y pálida.

—Abuela, no, no puedes estar muerta —sollozó Agatha arrodillándose junto el cuerpo inerte de la dulce mujer que había sido su abuela, su madre, su confidente, su todo.

Sollozando hasta quedarse sin lágrimas, sin percatarse de la hora y de cómo la noche caía tras la ventana, Agatha se desmoronó.

Nunca había sentido tanto dolor, era como si su cuerpo se partiera en dos, todo su mundo había dejado de tener sentido para ella.

Si no estaba su abuela, no sabría cómo podría enfrentarse sola a la vida.

Margarita era la única persona que la había querido siempre incondicionalmente, solo por ser ella.

No importaba lo que dijera o lo que hiciera, su abuela la quería por encima de todas las cosas.

No podía respirar, le faltaba el aire. Hecha un ovillo en el suelo, temblaba y lloraba.

Ana y Marta extrañadas por la tardanza de Agatha, que era la más puntual de las tres, la llamaban al móvil inquietas.

Al principio pensaron que un imprevisto de última hora, la hacía retrasarse.

Entraron en el bar, para esperar más calientes, y pidieron unas cañas y unas patatas bravas.

Sin embargo, cuando se fue aproximando la hora de la reserva en el restaurante, comenzaron a preocuparse.

—Es muy raro Ana.

—Iba a ver a tu madre antes de quedar con nosotras. Tenía que recoger los tarros de mermelada.

—Umm déjame ver…tampoco lo coge. Hacer frío para que salga de a estas horas. Deberíamos acercarnos a su casa. Son las nueve y veinte, Agatha nunca llega con más de cinco minutos de retraso.

—Venga, pidamos la cuenta y vamos a casa de Margarita.

Por el camino apenas hablaron, su nerviosismo iba en aumento. Ana insistía llamando a Agatha y Marta hacia lo mismo con Margarita. Cuando llegaron a casa de la anciana, Marta sacó las llaves del bolso y entraron en el pequeño palacete. Desde la puerta escucharon el llanto lastimero de Agatha.

—¡Agatha! ¡Mamá!

—Está muerta Marta, está muerta.

Marta se unió al desconsuelo de Agatha, y Ana con ellas.

Cuando algo más tarde, se sintieron con fuerzas para ello, avisaron al 112 y al resto de miembros de la familia.

Agatha necesitó que le dieran un suave calmante, para que dejara de temblar y sollozar.

Las siguientes horas se fueron sucediendo en una confusión de rostros y vacías palabras de ánimo.

Como una marioneta Agatha se dejo llevar con la mente llena de recuerdos y añoranza.

Su madre apareció dando órdenes junto con sus dos hermanos varones.

Las tres amigas se mantenían al margen, prefiriendo no intervenir.

Ya no había nada que ellas pudieran hacer.

Mateo se quedó con los gemelos, para evitar que vivieran los tristes momentos. Ana y Agatha estaban en un rincón con las hermanas de esta última, Lucía y Candela, que con ojos llorosos recordaban a la abuela Margarita.

—Tenía pensando ir a visitarle el fin de semana que viene, este me había dado pereza venir, y ahora…—se lamentaba Lucía.

—Yo iba a ir mañana, me dijo que ya me había hecho la crema para la alergia de las manos —comentó Candela llorosa.

—Estaba en una bolsa con un tarro de mermelada, junto los nuestros —le dijo Agatha haciendo un esfuerzo por sonreír, besando en la frente a su hermana.

—Chicas, vengo un rato con vosotras.

—¿Cómo estas Marta?

—Mi hermana puede ser agotadora Ana. Están hablando de ir al abogado el lunes después de la misa funeral. Uno de mis hermanos estaba diciendo que el martes tenemos que estar en el notario a las doce.

—Todavía no está enterrada, la abuela Margarita está en su ataúd en la otra habitación —replicó Agatha molesta.

—No creo que eso les importe.

El velatorio se llenó de amigos de los padres y tíos de Agatha, vecinos y conocidos, que habían ido a dar el pésame y a que se les viera como solía ocurrir en estos casos.

—¿Quieres que me quede contigo Agatha? Si Natalia no está, no es momento para que estés sola.

—Oh, ¿no vienes con nosotras? —preguntó con tristeza Lucia.

—Si hermanita, esta noche voy a casa de papá y mamá, y me quedo con vosotras —afirmó Agatha, con Candela abrazada a su cintura—. Ana me encantaría que durmieras con nosotros, pero mi madre seguro que protestaría.

—Ana se viene a casa con Mateo y conmigo.

—Gracias Marta.

—De nada tesoro. Sé que la querías, y que ella te quería como una más de nosotras. Eras su familia tanto como ella era la tuya.

Ninguna de ellas durmió esa noche, se limitaron a permanecer tumbadas en la cama recordando a su abuela Margarita.

Si se esforzaban, podían sentir su tibia mano acariciando su rostro.

Incluso a Agatha le pareció oler su perfume de madreselva, cuando cerró los ojos, en la cama que ocupaba con sus dos hermanas.

Las lágrimas volvieron a humedecer su cara, haciendo un esfuerzo las contuvo, y paso el resto de la noche, escuchando las respiraciones acompasadas de Candela y Lucía, que al alba lograron dormirse.

El día del entierro amaneció soleado y claro.

Como si su abuela hubiera querido enviarles desde el cielo un rayo de luz y esperanza.

La misa funeral fue larga, llena de las mismas caras anodinas y vacías que había visto en el velatorio.

Agatha se envolvió en el abrigo, incapaz de sentir algo de calor.

Sin darse cuenta, el funeral llegó a su fin.

Tras el desfile de caras compungidas dando el pésame, se subieron a los coches que debían llevarles al cementerio.

Allí, con sorpresa, vieron como había acudido más gente que al velatorio y la iglesia, había varias mujeres, jóvenes y mayores a las que no conocía.

—¿Quiénes serán? —le preguntó Agatha a su tía.

—Supongo que clientas que se han enterado de la muerte de mi madre. Sé que le vendía sus cremas e infusiones a un círculo reducido de amigas, hijas de amigas, conocidas de estas, etc.…

—Pues son un montón —apuntó Agatha.

Estaba de pie, entre Marta y Ana, esperando que llegaran los de la funeraria con el ataúd, cuando sintió un suave tirón en la manga. Era Natalia, su compañera de piso.

—Agatha, siento mucho no haber estado ayer en la ciudad —le susurró Natalia mientras la abrazaba.

—Gracias —le respondió Agatha con una mueca, que pretendía ser una sonrisa—. ¿Cómo te has enterado?

—La casera me avisó. Ya sabes que era amiga de tu abuela.

—Te agradezco que hayas venido.

—¡Cómo no iba a estar a tu lado! —exclamó Natalia con ternura—. Puedes volver al piso, ya no estarás sola. Me quedare contigo el fin de semana, no hace falta que sigas en casa de tu madre —agregó bajando la voz, conocedora de la relación entre Agatha y sus padres.

—¿Me puedo ir con vosotras? —preguntó Ana, a lo que Agatha le respondió cogiéndola de la mano.

Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que sus padres. La noche antes desde la cama doble que habían formado uniendo la cama de Lucía y la de Candela, Agatha había oído hablar a su madre en la cocina.

—El martes a las doce nos reunimos con el notario. Es protocolo solamente, ya sabemos que los bienes y el dinero que pudiera tener en el banco mi madre, se repartirá a partes iguales entre los cuatro.

—¿Y la casa?

—Mis hermanos están de acuerdo en venderla al constructor que nos hizo la última oferta.

—No sé si Marta querrá vender su parte.