Arándanos con mandarina (Un té con amor 2) Capítulo 1
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Arándanos con mandarina (Un té con amor 2)

Arándanos con mandarina (Un té con amor 2)

Por Mar P. Zabala

© inepub.com

Capítulo 1

E staba cansada. Llevaba cinco horas de pie tras la caja del supermercado donde trabaja desde hacía cuatro años, y todavía le quedaban otras tres.

El pantalón azul del uniforme, ya necesitaba ser cambiado, estaba desgastado y con un par de rotos por haberse enganchado con una caja.

El polo rojo, manchado de refresco de cola, que un gracioso melenudo de quince años, había agitado justo antes de dárselo para que se lo cobrara, se le pegaba al cuerpo, y la incomodaba.

¡Lo que daría por sentarse cinco minutos!

Pero no estaba permitido. Tenían que estar de pie las ocho horas con la mejor de las sonrisas.

Su madre no perdía ocasión de reprenderla cada vez que la veía.

—¿Para qué malgastaste cuatro años de tu vida estudiando derecho? Una oposición tenías que estar preparando. ¡Lo que nos sacrificamos para pagarte la carrera! Un puesto fijo de funcionaria, de esos de ocho a tres con las tardes libres. Mira tus hermanas, ellas sí que lo hicieron bien.

Lo que su madre no entendía era que no era capaz de ponerse a estudiar durante todo el día viendo la vida transcurrir al otro lado de la ventana.

Claro que ver pasar los alimentos y los paquetes de papel higiénico horas tras hora, día tras día, mes tras mes, tampoco era lo que deseaba hacer durante toda su vida.

¿Qué quería hacer? ¿En qué le gustaría trabajar?

No lo sabía, así de sencillo. Desde luego derecho no.

¿Ser abogada o juez? Aburrido. ¿Una oposición?

¡Qué pereza! Admiraba a sus hermanas pequeñas.

Catalina era maestra en un pueblo de Andalucía y Lucía trabaja como administrativa en un centro de salud de Badajoz.

Venían a ver a sus padres una vez al mes, ¿para qué más?

Ya estaba Agatha para ocuparse de ellos cuando la necesitaban.

Les quería, sabía que sus consejos eran por cariño, o al menos eso prefería pensar, pero necesitaba su espacio.

Su trabajo tenía también una parte buena, los clientes eran casi todos habituales.

Sabía cuándo los estudiantes del portal de enfrente tenían fiesta en casa, ese día su compra era todo bebidas.

La joven pareja que acaban de ser padres de un niño, que siempre anunciaba su llegada al supermercado llorando con fuerza.

La morenita de cinco años que llenaba el carrito de su madre con chocolatinas cuando esta no miraba.

La pareja de ancianos que compraba ingredientes para la paella del domingo, a la que asistirían sus nietos, de los que ya se sabía los nombres.

Luego estaban los otros. La antipática que no la miraba a los ojos nunca y le daba la tarjeta para que la cobrará mientras se mensajeaba con alguien por el móvil, él que siempre pagaba con un billete de cincuenta euros, aunque solo llevara una barra de pan; el altilicón rubio de fríos ojos azules, que compraba una botella de vodka todos los sábados y estaba por la primera vez que respondiera a su saludo.

Sin duda el mejor momento de la semana era la tarde que pasaba con su abuela Margarita, en su diminuto palacete, reminiscencia del pasado.

Una casa pequeña, de dos plantas, rodeada de un jardín que en medio de la ciudad era un vergel.

Numerosos constructores habían llamado a su puerta ofreciéndole cuantiosas sumas de dinero, debido a su excelente ubicación.

En medio de la ciudad, donde ya no quedaba un metro edificable.

Su abuela les había dicho a todos que no, era su casa, y de ella nadie la sacaba.

Había oído a sus padres hablando, cuando creían que ella no les escuchaba.

Planeaban vender la casa en cuando estuviera al nombre de la madre de Agatha y al de sus tíos.

—Será el dinero para nuestra jubilación. Para viajar y darnos algún capricho — repetía su madre a su padre—. ¡Qué ya nos toca a nosotros disfrutar un poco!

—No sé qué decirte, piensa en las niñas.

—Las niñas ya tienen su trabajo.

—Pero Agatha…

—Le pagamos la carrera, no podemos hacer más. Si prefiere malgastar su inteligencia en ese supermercado, es cosa suya.

Hastiada de aguantar reproches un buen día, decidió alquilar un piso, que compartía con una estudiante de postgrado a la que nunca veía, ya que se pasaba el día en el laboratorio haciendo prácticas y desarrollando una innovadora técnica para analizar las moléculas inestables de un compuesto de nombre impronunciable.

Ella era de letras, no había entendido nada cuando Natalia se lo había explicado la primera vez.

Bueno, si era sincera consigo misma, ni la segunda, ni la tercera vez tampoco.

Pagaba bien su parte del alquiler, no traía gente al piso y cumplía con sus tareas de limpieza.

Las raras tardes de domingo que coincidían las dos, Natalia era una agradable compañía para ir al cine o pedir una pizza y acomodarse en el sillón.

Agatha no ganaba demasiado, pero si lo suficiente para no depender de sus padres y tener su independencia.

Cuando alguna vez, había gastado demasiado y andaba justa de dinero a final de mes, su abuela le ponía algún billete en el monedero, sin que ella lo supiera, y más tarde, lo descubría agradeciendo tener una abuela tan dulce.

—Algún día sabrás cuál es tu destino —le solía decir su abuela, cuando le confiaba su desasosiego—. Déjales que hablen, llegará tu momento.

—No lo sé abuela, tal vez debería hacerles caso y prepararme una oposición.

—Si ese hubiera sido tu destino, ya lo habrías alcanzado.

A veces su abuela se ponía muy filosófica.

Se reían de ello mientras Agatha le decía a su abuela que parecía Yoda y ella le replicaba que ella era mucho más sabia y estaba menos arrugada gracias a sus cremas.

Sus remedios naturales eran codiciados por toda la familia y sus amigas.

Su abuela tenía la tisana perfecta para la tos, la crema ideal para hidratar la piel, la solución más adecuada para un doloroso sabañón.

Ni Agatha ni sus hermanas, habían tenido que sufrir el molesto acné juvenil, gracias al tónico de su abuela Margarita.

Las tres habían sido la envidia de sus compañeras de clase en el colegio.

Ese sábado tendría la tarde libre y antes de salir con sus amigas, quería pasar un rato a verla.

Le llevaría uno de esos bizcochos para merendar que tanto le gustaban.

Cuando habían hablado por teléfono, la había sentido algo alicaída, llevaba una semana con catarro y no parecía terminar de quitársele nunca.

Le había ofrecido acompañarla al médico, pero se había negado.

—No es nada mi niña. Un catarro que me curo yo misma con unas hierbas de mi jardín. Los médicos solo mandan medicamentos buenos para una cosa y malos para ciento.

Aun así, el sábado le compraría algún jarabe antes de ir a verla, y ya vería como conseguía que se lo tomara.

—Agatha, ¡La Lista! —le advirtió su compañera dándole un golpecito en el hombro para hacerla volver a la realidad, al ver que se acercaba la encargada, Calista, o como la llamaban todos: La Lista.

Tenía que centrarse si no quería quedarse sin la tarde libre por un enfado de “La Lista”.

Llevaba sin tener un sábado libre más de un mes, y no estaba dispuesta a cambiar esa tarde por una tarde de lunes, ni aunque le ofreciera el día entero.

Una cosa era hacer un favor a un compañero, y otra tener que trabajar todos los sábados porque a la encargada no le caía bien.

Era el cumpleaños de Marta y lo iban a celebrar a lo grande.

Ella y Ana eran sus mejores amigas. En realidad, la primera era su tía, la hermana pequeña de su madre.

Sólo se llevaban tres años, ella tenía cuarenta y dos, y su tía-amiga tenía cuarenta y cinco.

Cuando Agatha nació, su madre trabajaba con su padre en el negocio familiar: una carnicería; de modo que su abuela la había criado a la vez que criaba a su propia hija.

Su hermana Catalina nació cuando ella ya tenía diez años, y Lucia, dos años después.

Ellas dos eran uña y carne, la diferencia de edad hizo que no compartieran mucho tiempo de juegos y de aventuras con su hermana mayor.

Sin embargo, a su tía Marta le pasaba lo contrario.

Era la menor de cuatro hermanos y por ser la pequeña pasaban de ella.

Juntas habían compartido confidencias, cigarrillos y fiestas, bajo las faldas de su abuela.

Ana había llegado a sus vidas, cuando apareció en la puerta de su abuela vendiendo cosméticos de Avon.

Su abuela Margarita no le compró ninguno, porque hacia sus propias cremas con las hierbas de su jardín, pero la invitó a pasar y tomar una taza de té aquella lluviosa tarde de otoño.

Un té de arándanos con mandarina, especialidad única de su abuela, que cultivaba ambos frutos con amorosas manos.

Cuando Agatha llegó de la tienda en la que entonces trabajaba como dependienta con Marta, se encontró a su abuela y a Ana en amigable charla.

—Querida —le dijo su abuela después de darle dos sonoros besos en las mejillas—, hay alguien que quiero que conozcas, seréis buenas amigas.

—Pero abu…

—Lo sé. Pasa a conocerla.

De eso hacía ya quince años. Su abuela no se había equivocado.

Agatha, Marta y Ana se hicieron inseparables.

Juntas habían vivido el noviazgo de Marta y Mateo, sus rupturas y reconciliaciones, sus peleas y sus buenos momentos.

Su boda hacia siete años y el nacimiento de los gemelos.

Cada una era la madrina de uno de ellos.

Su abuela, era la tata de ellos. Decía que como sus otras nietas no le habían dado bisnietos, ellos se llevaban todo su afecto.

Los muy picaros, se aprovechaban de ello, consiguiendo que la abuela Margarita jugara con ellos sin parar y les cocinara todos los dulces que deseaban.

Para lo bueno y lo malo, sabían que Margarita siempre estaría allí para ellas.

Ella había sido el hombro en que lloró Ana cuando descubrió que su marido la estaba engañando con otra.

Incluso vivió un mes en casa de la abuela de Agatha, incapaz de enfrentarse a la vida sola.

Margarita hizo que volviera a tomar las riendas de su vida y la ayudó a encontrar un piso pequeño en alquiler cerca de donde Agatha vivía. Las dos amigas se veían a diario.

Ni Ana ni Agatha eran muy aficionadas a la cocina, así que cada día comían una en casa de la otra para no tener que cocinar.

Eso sí no tenían tuppers que les preparaba la abuela Margarita, con los que llenaban el congelador y se alimentaban la mitad de los días.

Tortilla de patata, croquetas de jamón, lentejas, albóndigas…

Su abuela no solo era buena sanadora, sino que también tenía una excelente mano para la cocina.

Cuando no tenían ganas de cocinar, o no les quedaba nada de lo que les había dado Margarita, iban a comer algún menú del día, en alguna de las cafeterías cercanas a su casa o al supermercado donde trabajaba Agatha.

Si Ana tenía que viajar y no podían comer juntas, Agatha comía con su abuela o con Marta y los gemelos.

Rara vez iba a casa de sus padres, pues sabía que en cuanto dijera que tenía que ir o que venía del supermercado habría bronca en casa.

Salvo que necesitaran que los acompañara a algún médico o a hacer algún trámite, prefería no ir a verles.

Sus padres sí que iban al médico: si podían todas las semanas mejor, no fuera a ser que tuvieran algo grave y no se lo detectaran a tiempo.

Las tisanas de la abuela Margarita eran “agua sucia” para su madre.

Su abuela fingía que no le importaba el desprecio, pero Agatha sabía que le dolía.

Candela y Lucía solían visitarla a escondidas de su madre, para abastecerse de infusiones y cremitas.

Ese viernes ya era casi la hora de cerrar, solo quedaban diez minutos para que llegará el momento de echar la tapra [1] y comprobar que la caja cuadraba, antes de irse a su casa.

¡No se lo podía creer! Allí estaba el rubio a la carrera, creía que esa semana se libraría de verle porque solía ir los sábados por la tarde, pero no, estaba entrando en el supermercado y se dirigía a las bebidas alcohólicas.

Quizás aún evitaría tener que atenderle si se iba a alguna de las otras tres cajas que aún estaban abiertas.

¡Mala suerte! El altilicón se había puesto en su cola.

¡Qué buena forma de terminar la jornada!

Respirando, decidió ser educada y le saludo con un formal “Buenas noches”.

—Ehh…si, buenas, deme una bolsa, por favor.

—Por supuesto —nada, ni un “Hola”, aunque al menos había dicho “por favor”. Ojos de Hielo, que era como le había apodado Ana cuando Agatha le había hablado de él, le tendió un billete para que le cobrara—. Aquí tiene su cambio, que tenga buena noche.

—Umm gracias.

Agatha vio como se marchaba, y suspirando resignada, se concentró en cerrar la caja y preparase para irse a casa.

Eran las nueve y media, al día siguiente tenía que estar a las ocho de la mañana en el super otra vez, para ayudar a reponer las estanterías antes de que abrieran al público.

De forma, que pensando en su cómodo sofá y en el bocata de jamón que llevaba en el bolso, salió de trabajar directa a su piso.