Aquí todo el mundo miente Capítulo 18 — Los que regresan
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Capítulo 18 — Los que regresan

Los que regresan

* * *

Santiago llegó a Hacienda Real del Monte ocho minutos antes de la hora acordada.

El Almirante lo esperaba junto a recepción, con el reloj en una mano y la gorra en la otra. Al verlo bajar del coche de Lucía, consultó la hora.

—Llegas temprano.

—Buenos días para ti también.

—Te cité a las diez.

—Puedo esperar afuera si te molesta.

Héctor se puso la gorra.

—No hace falta llevar las cosas a esos extremos.

Santiago sacó una bolsa de pan del asiento y se despidió de Lucía. Su hermana volvería después de la cita.

El Almirante miró la bolsa.

—¿Qué trajiste?

—Pan.

—¿Para quién?

—Para todos.

Héctor negó con la cabeza.

—Nunca vas a aprender a negociar.

Se acercó y lo abrazó. Terminó con dos palmadas en la espalda y otra mirada al contenido de la bolsa.

Habían pasado varios meses desde la mañana en que Santiago salió con la maleta.

Héctor también había terminado su tratamiento. Volvía algunas mañanas para colaborar en las actividades de convivencia y acompañar a quienes acababan de ingresar. Conservaba sus propios espacios de seguimiento y había acordado con el equipo qué podía hacer durante aquellas visitas.

Cuando se lo contó a Santiago por teléfono, dijo que lo habían nombrado asesor naval.

Después admitió que ayudaba a acomodar sillas y a explicar el ajedrez.

Santiago había regresado a la Hacienda para sus citas. Entraba, acudía a la sesión y se marchaba. Aquella vez tendría tiempo para reunirse con los demás.

Mauricio y Teresa también habían confirmado que irían.

—¿Ya están aquí? —preguntó.

—En el jardín. Mauricio lleva un rato intentando ayudar a Teresa a ganar.

—¿Y ella quiere?

—Ése parece ser el problema.

Atravesaron recepción. Habían cambiado de lugar el tablón de anuncios y colocado una planta junto al mostrador. La mujer de turno levantó la vista.

—Buenos días. ¿Viene a una cita?

—Sí. Primero voy a saludar a unos amigos.

Héctor apareció a su lado.

—Yo respondo por él.

La recepcionista sonrió y comprobó el nombre en la agenda.

Santiago siguió al Almirante por el corredor. Llevaba una mochila pequeña, su cuaderno y las hojas que necesitaba para la sesión.

Al llegar a la puerta del jardín reconoció las voces.

—Si mueves eso, dejas al rey descubierto —decía Mauricio.

Teresa sostenía la pieza entre los dedos.

—Estoy pensando.

—Te lo digo para ayudarte.

—Ya me lo dijiste tres veces.

Santiago se acercó.

—Yo esperaría a la cuarta. A lo mejor cambia la recomendación.

Teresa levantó la cabeza.

—¡Santiago!

Dejó la pieza y se puso de pie para abrazarlo. Mauricio hizo lo mismo.

Santiago miró el tablero.

—¿Quién va ganando?

—Yo —respondió Teresa.

Mauricio abrió la boca, pero ella levantó una mano.

—Todavía estoy jugando.

Héctor dejó la bolsa en el centro de la mesa. Mauricio la abrió y Teresa eligió un pan.

—Hay un orden —advirtió el Almirante.

—Sí —dijo Santiago—. El que alcanza primero.

Héctor miró dentro de la bolsa y tomó uno antes de que los demás continuaran.

Se sentaron.

Durante la primera media hora hablaron del taller, de una reparación interminable en la calle de Mauricio y de un perro que apareció en el patio de Teresa.

—Se quedó —contó ella—. Ahora todos le damos de comer y mi mamá dice que nadie lo está alimentando bien.

—¿Cómo se llama? —preguntó Santiago.

—Capitán.

Héctor se enderezó.

—Excelente elección.

Teresa sonrió.

—Ya sabíamos que te iba a gustar.

Santiago los escuchaba mientras partía el pan. Dentro de la Hacienda habían compartido historias que a veces costaba terminar. Esa mañana podían discutir dónde debía dormir un perro sin sentir que faltaba hablar de algo más importante.

Mauricio había vuelto al taller con horarios distintos. No siempre los respetaba, pero su encargado conservaba tareas que antes él revisaba personalmente.

—¿Y la mesa? —preguntó Santiago.

—Donde la puso.

—¿No la volviste a mover?

—Una vez.

Teresa se rio.

—¿Y?

—La regresaron cuando me fui.

Héctor negó con la cabeza.

—La autoridad está en crisis.

Después le preguntaron por la agencia.

Santiago les contó que Daniel llevaba más cuentas y que habían rechazado un proyecto cuyo cliente esperaba reuniones a cualquier hora. Aceptar esa decisión le había costado más de lo que reconoció el día que la tomaron.

—La cuenta de aquella cena no volvió —añadió—. Conseguimos otros proyectos.

Mauricio asintió.

—¿Y ya sales a tu hora?

—Bastantes veces.

—¿Las otras?

Santiago hizo una mueca.

—Me descubro diciendo «solo termino esto».

Héctor levantó la taza.

—Una frase peligrosa.

—La conoces.

—Yo la uso con el ajedrez.

—Por cierto, Mariana y yo estamos pensando en darnos una escapada un fin de semana —dijo Santiago.

El Almirante bajó la taza.

—¿Solos?

—Ésa es la idea. Hemos estado saliendo. Ella encontró un lugar pequeño en la playa y me enseñó las fotos el domingo.

—Mira nada más, picarón.

Santiago se rio.

—Quedamos en no hablar nada de trabajo durante el viaje.

—Pues compórtate como un caballero. Esa mujer te quiere y merece que la trates bien.

—Lo sé.

—Y deja que termine de hablar. Aunque no estés de acuerdo.

—Estoy aprendiendo, Almirante.

Héctor lo miró con una sonrisa.

—Y quién quita, civil… A lo mejor hasta me toca hacer el brindis en tu boda. Con jugo de manzana, por supuesto.

—Ya me casaste, Almirante. Todavía ni reservamos.

—Pues empieza por reservar. Yo voy preparando unas palabras.

Hablaron también de Denia. Santiago iba a algunos partidos cuando ella lo invitaba. A veces conversaban al terminar; otras veces su hija se marchaba con sus compañeras.

—La última vez me pidió que tomara un video —contó—. No sabía que tenía tapado el micrófono.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Y qué te dijo?

—Que por lo menos ya no estaba detrás del poste.

Santiago sonrió al recordarlo.

No dijo que todo hubiera vuelto a ser como antes. Había temas que todavía les costaban, silencios que no sabía interpretar y momentos en que debía contener el impulso de preguntar si seguía enojada.

Pero Denia le contaba cosas. Él estaba aprendiendo a escucharlas sin pedir que cada conversación confirmara que lo había perdonado.

* * *

A media mañana fue al comedor por agua.

Encontró la cesta de endulzantes junto a la cafetera. Preparó una taza y tomó un sobre.

Recordó el polvo sobre la mesa y la imagen de aquella noche de trabajo. La vergüenza de levantarse del desayuno y decir que necesitaba ayuda. Después, el grupo.

Tomás no llegó a escuchar cómo le había ido.

Santiago abrió el sobre. Un poco del contenido quedó adherido al borde de la taza. Lo limpió con una servilleta y permaneció unos segundos quieto.

La imagen volvió brevemente.

No intentó discutir con ella.

—Qué gusto verte.

Patricia estaba junto a la puerta.

Santiago dejó la taza y se acercó a abrazarla.

—Vine a mi cita y a comprobar que el Almirante no hubiera tomado el control.

—Llegas tarde para eso.

Él se rio.

Patricia miró hacia el jardín.

—Se ven contentos.

—Sí. Hacía falta reunirnos.

Antes de que ella se marchara, Santiago señaló la mesa.

—A veces todavía me acuerdo de aquella mañana.

Patricia asintió.

—¿Cómo te encuentras ahora?

Santiago se detuvo a pensarlo.

—Bien. Fue el recuerdo.

No respondió para terminar pronto. Esa mañana podía distinguirlo.

Hablaron un momento más. Después Patricia regresó al área médica y él llevó la taza al jardín.

Al pasar frente a una sala escuchó la voz de una terapeuta que no conocía. Un paciente sostenía una hoja doblada y buscaba las palabras mientras los demás esperaban.

Santiago siguió caminando.

Recordaba a Tomás en aquel edificio, pero también veía a personas que no llegaron a conocerlo y que necesitaban atención. Los grupos continuaban, había nuevos horarios y alguien ocupaba el consultorio que antes fue suyo.

Más adelante encontró a Elena junto al tablón.

—¡Santiago!

Se saludaron con un abrazo.

Ella había salido unas semanas después que él y acudía a seguimiento. Ahora preparaba su regreso al trabajo.

—Estoy nerviosa —admitió.

—Yo también lo estaba.

—¿Se te quitó?

Santiago pensó en su primera reunión con Mariana.

—A ratos.

Elena se rio.

—Qué alentador.

Hablaron unos minutos. Ella tenía dudas sobre los horarios y las tareas que retomaría. Santiago le contó qué había tenido que ajustar en su propia agenda, sin suponer que le serviría exactamente lo mismo.

Antes de despedirse, Elena lo detuvo.

—¿Te acuerdas de cuando me invitaste a sentarme con ustedes?

—Sí.

—Después hice lo mismo con una muchacha. Llevaba toda la mañana dando vueltas con su taza.

Santiago sonrió.

Recordaba bien esa sensación: mirar un comedor lleno y no saber si había un lugar donde pudiera sentarse.

—Qué bueno que la viste.

Elena volvió al tablón. Él continuó hacia su cita.

Durante la sesión habló del trabajo y de cómo estaba durmiendo. También de una discusión reciente que lo dejó inquieto y de una noche en que volvió a abrir el correo después de acostarse.

No había consumido, pero las ganas aparecían algunas veces. Seguía necesitando prestar atención a lo que hacía después.

Recordó el primer partido al que Denia lo invitó tras su salida: el retraso, el reclamo y las frases que estuvo a punto de decirle.

Habían trabajado aquello antes. Esa mañana volvió al tema por otra razón.

—Me acuerdo de que no le contesté mal y enseguida quiero pensar que ya aprendí —dijo—. Pero todavía me pasa que alguien me reclama algo y empiezo a preparar mi defensa.

La terapeuta lo escuchó.

Santiago contó lo que había hecho en la discusión reciente. Había conseguido interrumpirla antes de seguir hablando desde el enojo, aunque después tardó en retomar la conversación. No quería confundir haberse detenido con haber resuelto lo que necesitaban hablar.

Al terminar confirmaron la siguiente cita.

Guardó las hojas en la mochila y salió. No tenía una lista de cosas vencidas para siempre. Tenía asuntos concretos que seguir trabajando.

Encontró a Héctor junto al tablero de viaje. Teresa y Mauricio habían ido a recepción.

—Nos esperan allá —dijo el Almirante.

—¿Y tú?

—Estoy resguardando el material.

Las piezas ya estaban colocadas.

Santiago dejó la mochila.

—¿Una rápida?

Héctor miró el reloj.

—Tengo tiempo.