Aquí todo el mundo miente Capítulo 17 — Lo único que le quedaba #2
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Capítulo 17 — Lo único que le quedaba #2

A la mañana siguiente llegó a la Hacienda y escuchó a Patricia contarle que Ernesto había encontrado a Tomás al acudir a la caminata.

Preguntó quién había avisado y qué se sabía.

Dejó que la enfermera le explicara el final de una noche que él conocía.

Después hubo reuniones, llamadas y pacientes que necesitaban hablar. Gabriel participó en todo. Ofreció frases de apoyo, revisó los horarios y permitió que lo miraran como a un hombre que acababa de perder a un amigo.

Había perdido a un amigo.

Era él quien lo había matado.

Cuando Santiago entró en el despacho, Gabriel le acercó una silla vacía.

Lo escuchó hablarle a Tomás.

Santiago mencionó a Denia, la vergüenza de reconocer las ganas de consumir y el grupo donde pudo contarlo. Le dio las gracias por haberlo escuchado.

Gabriel sabía a quién estaba recordando. También había conocido esa paciencia. También se había sentado frente a Tomás sin saber por dónde empezar.

Después Santiago habló de las copias de Los Olivos.

Había encontrado una pregunta sobre las horas del traslado. Quería consultarla con Tomás y ya no podría hacerlo.

Gabriel preguntó qué había recibido y si había podido enseñárselo.

Las copias no existían solamente en el archivo de la agencia. Santiago las tenía consigo.

La conversación no le dijo qué sabía Samantha ni qué había escuchado Amalia el sábado.

Cuando el paciente salió, Gabriel devolvió la silla a su lugar.

* * *

Durante las semanas siguientes continuó trabajando.

Autorizó pagos, recibió familias y revisó expedientes. Se enteró de que Santiago había pedido hablar con Samantha. Más tarde la vio salir con Amalia, llevando otra vez una carpeta.

Santiago volvió al despacho con preguntas.

Diferenció la atención inicial de Mateo de la recomendación posterior de trasladarlo. Insistió en saber quién había pedido esperar. Después preguntó si Gabriel había visitado a Tomás aquella noche.

Landa admitió la visita. Era un hecho que ya había comunicado cuando le preguntaron por la última vez que lo vio.

Santiago no tenía manera de reconstruir lo ocurrido en la cocina.

Eso no lo tranquilizó como esperaba.

La muerte de Tomás no había hecho desaparecer los documentos. Tampoco había impedido que otras personas se sentaran a comparar las horas.

Gabriel siguió respondiendo que el caso era complejo, que faltaba contexto, que debía solicitarse la información por el conducto correspondiente.

Conocía aquellas respuestas desde hacía once años.

En su despacho, dejó la llave antigua dentro del cajón.

Una administrativa llamó para confirmar una reunión. Gabriel le pidió que pasara y revisaron la agenda del día siguiente.

Había asuntos que necesitaban su firma. Una familia esperaba una respuesta y un proveedor insistía en modificar una fecha.

Terminó la conversación, firmó los documentos y salió al corredor.

En una sala escuchó a un paciente empezar a contar algo. Se detuvo sin entrar. La terapeuta aguardaba mientras el hombre buscaba las palabras.

Gabriel continuó.

Tomás había sabido esperar de esa manera. No llenaba todos los silencios ni utilizaba cada pausa para hacer otra pregunta.

En la cocina del departamento también había esperado a que Gabriel terminara de hablar.

Landa entró en su despacho y cerró la puerta.

Esa tarde, al marcharse, encontró una conversación antigua en el teléfono.

Había abierto la de Tomás por costumbre.

El último intercambio seguía allí. Más arriba estaban los mensajes sobre el trabajo, la reunión con los Salvatierra y la visita del lunes. Si continuaba hacia atrás encontraría años de asuntos pequeños: horarios, comidas, preguntas que ninguno habría considerado importantes entonces.

No borró nada.

Cerró la pantalla y dejó el teléfono en el asiento contiguo.

Durante mucho tiempo había dicho que la Hacienda era lo único que le quedaba. La clínica seguía abierta. Conservaba su despacho y el personal acudía a él cuando necesitaba una decisión.

Al terminar aquella jornada no tenía a quién llamar para proponerle que fueran a comer.

En casa encendió la luz de la cocina.

La bolsa de pan seguía en el mueble. Era otra bolsa, comprada otro día, pero bastó verla para recordar a Tomás poniendo dos tazas sobre la mesa.

Gabriel preparó café y se sentó.

Todavía ignoraba qué había respondido su amigo cuando los Salvatierra preguntaron quién ordenó esperar.

Podía imaginar que había dicho su nombre. Podía pensar que la reunión siguiente habría sido peor, que las preguntas llegarían a otros lugares, que había actuado para proteger el centro.

Ninguna de esas posibilidades le devolvía la certeza con la que entró en el departamento.

Santiago había salido con las copias. Samantha seguía buscando respuestas. La Hacienda continuaba funcionando.

Tomás estaba muerto.

Gabriel dejó el café sin terminar.

Volvió a despertarse antes de la alarma.

Esta vez no creyó escuchar un teléfono ni una puerta. Recordó la mano de Tomás apoyándose en su brazo cuando intentó levantarse.

Encendió la lámpara.

Permaneció sentado al borde de la cama hasta que empezó a entrar luz por la ventana.

Después se duchó, se vistió y salió hacia la Hacienda.

Había personas esperando que llegara. Pacientes, trabajadores, familias que todavía confiaban en él.

Nadie lo detuvo en la entrada.

Gabriel saludó a la recepcionista y cruzó el corredor. Al llegar al despacho abrió la puerta, dejó las llaves y tomó asiento.

La campana anunció el comienzo de las actividades.

Por un momento miró la silla al otro lado de la mesa.

Después abrió el primer expediente.