Capítulo 17 — Lo único que le quedaba
Lo único que le quedaba
* * *
Gabriel Landa llevaba tres noches despertando antes de la alarma.
La primera creyó escuchar el teléfono. La segunda se levantó para comprobar que la puerta estuviera cerrada. La tercera abrió los ojos con la certeza de que alguien acababa de pronunciar su nombre.
Encendió la lámpara.
El otro lado de la cama permanecía intacto.
Desde la separación había aprendido a dormir solo. Durante años le resultó cómodo dejar un libro sobre la almohada y levantarse sin preocuparse por despertar a nadie.
Aquella madrugada habría agradecido escuchar otra respiración.
Miró la hora. Cuatro y diecisiete.
Fue a la cocina. Sobre la mesa estaban la agenda, las llaves y unos documentos de la Hacienda. Los apartó para poner una taza.
Al abrir el mueble encontró una bolsa de pan.
Se quedó mirándola antes de cerrar la puerta.
Habían pasado varias semanas desde el alta de Santiago. La Hacienda seguía con sus ingresos, sus visitas familiares y las reuniones de preparación para quienes estaban por salir.
Gabriel llegó a la hora habitual.
En el jardín preguntó por una tubería que había dado problemas. Un trabajador le confirmó que estaba reparada. Más adelante, una paciente quiso cambiar el horario de su llamada y él la remitió a la persona encargada de coordinarlo.
Al pasar por una sala vio que habían sustituido una mesa.
—¿Qué ocurrió con la anterior?
—Estaba floja de una pata —respondió un auxiliar.
Gabriel observó el mueble nuevo. Era sencillo, parecido al que habían retirado.
—Está bien.
Continuó hasta su despacho y cerró la puerta.
Podía resolver aquellas cosas. Una reparación, un horario, el presupuesto de un proveedor. Siempre había sabido qué hacer cuando un problema podía dividirse en tareas y asignarse a alguien.
Encendió la computadora.
Buscando un sello encontró una llave antigua. Tenía una etiqueta azul con un número casi borrado y ya no abría ningún armario del edificio.
La sostuvo entre los dedos.
Había pertenecido a Los Olivos.
Gabriel recordaba dónde estaba cuando Tomás llamó para insistir en el traslado de Mateo. No necesitaba reconstruirlo a partir de un expediente.
Estaba en su casa.
Su esposa tenía una maleta preparada. Llevaban tiempo discutiendo por las ausencias, por las promesas de regresar temprano y por la manera en que Gabriel convertía cualquier asunto de la clínica en algo que no podía esperar.
Ese día ella había dejado de discutir.
Cuando sonó el teléfono, Gabriel salió al pasillo. Escuchó a Tomás y le pidió que mantuvieran a Mateo preparado, que esperaran su llegada.
Después volvió con su esposa.
Había intentado retener dos conversaciones a la vez. En casa pidió más tiempo. En la clínica ordenó esperar.
Durante años habló de lo ocurrido después como si aquellas palabras no hubieran sido una decisión.
La muerte de Mateo llevó nuevas llamadas a su casa. Solicitudes, entrevistas, documentos que Gabriel revisaba en la mesa mientras la cena se enfriaba.
La crisis no había creado los problemas de su matrimonio. Los encontró allí y terminó de ocupar el espacio que quedaba.
Su esposa dejó de preguntarle a qué hora volvería. El día que se marchó, Gabriel encontró las llaves sobre la mesa.
Tomás lo acompañó a comer aquella noche.
Gabriel dijo que no tenía hambre. Su amigo pidió dos platos y dejó uno frente a él.
Durante los meses siguientes repitieron esas comidas al terminar la jornada. A veces discutían por Mateo y volvían a la clínica sin hablar. Otras veces Tomás le preguntaba por sus hijos, le recomendaba una película o se quejaba de alguna reparación que seguía pendiente en su departamento.
Incluso cuando Gabriel no quería escuchar sus reproches, esperaba aquellas comidas.
Sus hijos fueron llamando menos. Las conversaciones se hicieron breves y prácticas. Gabriel encontraba una razón para quedarse trabajando cuando no sabía qué hacer al llegar a casa.
La Hacienda terminó ocupándolo todo.
Cuando decía que era lo único que le quedaba, Tomás todavía estaba sentado al otro lado de la mesa.
Con los años, Gabriel dejó de distinguir entre una amenaza a la clínica y una amenaza contra él.
Una familia que pedía información podía poner en riesgo nuevas admisiones. Una pregunta sobre Mateo podía alcanzar a los trabajadores, a los pacientes que seguían atendiendo, a todo lo que habían construido.
Era una explicación que utilizaba con facilidad.
Tomás nunca dejó de discutirle la parte que faltaba.
—Fuiste tú quien pidió esperar.
Gabriel respondía que nadie podía asegurar que un traslado anterior hubiera salvado a Mateo.
—No estoy diciendo que podamos asegurarlo —contestaba su amigo—. Estoy diciendo que pediste que esperáramos.
Podían pasar meses sin mencionarlo. Después una llamada, un documento o un comentario devolvían aquella tarde a la conversación.
Gabriel se convenció de que habían encontrado una manera de seguir trabajando juntos sin resolverla.
Hasta que ingresó Santiago.
El nombre en la lista de admisiones le devolvió una versión de sí mismo que había aprendido a mantener a distancia: el hombre que llamó a una agencia mientras una familia seguía esperando respuestas.
Tomás reconoció a Santiago enseguida.
Gabriel quiso saber cuánto recordaba. Le preocupaban los documentos que habían entregado, las anotaciones hechas durante las reuniones y las preguntas que quedaron fuera del comunicado.
Después supo que Tomás había llamado a Samantha.
Primero discutió con él. Le habló de su trabajo, de la Hacienda, de las consecuencias. Intentó conseguir que pospusiera la reunión.
Tomás no aceptó.
Cuando reconoció que había vuelto a beber y pidió ayuda, Gabriel creyó por un momento que todo se detendría. Su amigo tendría que ocuparse de su atención y de su futuro en la clínica.
Pero siguió hablando con los Salvatierra.
Incluso apartado de los pacientes, incluso avergonzado de necesitar ayuda, mantenía la decisión.
Gabriel empezó a comprender que amenazarlo con perder el trabajo ya no bastaba.
La noche del lunes, Gabriel llegó al departamento poco antes de las nueve.
Llevaba pan.
Tomás lo dejó entrar y fueron a la cocina. Había preparado dos tazas. Durante unos minutos hablaron de asuntos pequeños, de una reparación aplazada y de Ernesto, con quien Tomás se vería a la mañana siguiente.
Después recordaron una tormenta que dejó a Los Olivos sin electricidad.
Tomás se rio al mencionar a un paciente que intentó organizar la cena con una linterna. Gabriel corrigió un detalle y su amigo sostuvo que lo recordaba mejor.
Por un rato volvieron a discutir de aquella manera, sin que ninguna palabra necesitara defender algo más.
Gabriel había extrañado eso.
También había ido con una decisión tomada.
* * *
Cuando la conversación se apagó, preguntó por los Salvatierra.
Tomás dejó la taza.
—Sigo pensando en la reunión.
Gabriel miró el pan sobre la mesa.
—Ya hablaron.
—Sí.
—Quizá necesitas descansar de todo esto.
Tomás se frotó los ojos.
—Necesito descansar. Eso no significa que lo demás esté resuelto.
Gabriel esperó.
—Quiero pedir orientación —continuó—. Revisar lo que puedo aportar si volvemos a hablar.
—¿Vas a llamarlas otra vez?
—Puede que tengamos que hacerlo.
Gabriel sintió regresar la tensión de los días anteriores.
No sabía exactamente qué había dicho Tomás el sábado. El mensaje posterior resumía los horarios, la recomendación médica y los motivos de su silencio. No decía si había atribuido la espera a alguien.
Podía preguntarlo.
No lo hizo.
Le resultaba más fácil hablar de lo que vendría después: otra reunión, nuevos documentos, una declaración que ya no pudiera detener.
Tomás tomó la taza.
—Hoy hablé con Santiago.
Gabriel levantó la vista.
—¿De qué?
—De su hija. De lo difícil que es escuchar una respuesta que no es la que uno quiere.
Tomás sonrió apenas.
—Me contó que todavía le sale empezar por que no quería hacerle daño. Aunque después tenga que reconocer lo que hizo.
Gabriel no respondió.
—Llevo toda la tarde pensando en eso —añadió Tomás.
El ruido de un coche entró por la ventana. Gabriel miró hacia ella.
Su amigo no estaba amenazándolo. Esa noche ni siquiera hablaba con enojo.
La calma le resultó más difícil de soportar.
Tomás se levantó para recoger unas cosas y volvió a sentarse.
—No quiero que sigamos peleando.
—Yo tampoco.
Gabriel lo miró. Conocía aquel departamento, la silla, la mesa donde habían comido tantas veces. Sabía cómo sonaba Tomás cuando estaba cansado y cuándo empezaba a recoger para indicar que era hora de terminar la visita.
Podía haberse marchado.
Podía admitir que había pedido esperar mientras intentaba impedir que su esposa se fuera. Podía dejar de presentar su decisión como una consecuencia de las valoraciones.
No podía saber qué habría ocurrido con Mateo de haber salido antes. Sí sabía lo que él había hecho.
—¿Crees que alguna vez podremos dejarlo atrás? —preguntó.
Tomás tardó en responder.
—Quiero que dejemos de esconder lo que pasó.
Gabriel apartó la mirada.
Tomás había sido su amigo durante años. Le había llevado comida cuando no quería comer y había seguido llamándolo después de discusiones que a otros les habrían bastado para alejarse.
Gabriel pensó que, si volvía a hablar con los Salvatierra, podía quitarle lo que le quedaba.
Había llevado el sedante.
Tomás no se lo pidió. No formaba parte de la ayuda que estaba recibiendo ni sabía que Gabriel se lo había dado.
Cuando lo vio beber, Gabriel todavía podía detener lo que había empezado. Podía decirle la verdad y pedir auxilio.
Permaneció sentado.
Más tarde, Tomás comenzó a hablar con dificultad. Dijo que estaba cansado e intentó levantarse. Gabriel le sostuvo el brazo.
—Quédate un momento.
Su amigo aceptó el apoyo.
Gabriel conocía ese gesto: Tomás dejando que lo ayudara, sin apartarse, sin preguntarse qué pretendía.
Cuando dejó de responder, no llamó a nadie.
No fue una confusión ni una decisión tomada por Tomás. Gabriel sabía lo que había hecho. Había ido para impedir que su amigo siguiera hablando y permaneció allí sin buscar ayuda.
Después abandonó el departamento.
Tomás no había elegido morir.
Gabriel lo había asesinado.