Aquí todo el mundo miente Capítulo 16 — Un espacio para elegir #2
91%

Capítulo 16 — Un espacio para elegir #2

Él sintió que se le aflojaba un poco el pecho.

—Gracias por invitarme.

La vio reunirse con sus amigas. No la llamó para pedirle un abrazo ni para comprobar si seguía molesta.

Salió después de ellas.

Dentro del coche permaneció unos minutos sin encender el motor.

El enojo no había desaparecido. Tampoco la tristeza.

Había imaginado llegar temprano, ver el partido completo y quizá conversar un rato después. En cambio, estaba solo en el estacionamiento, recordando la expresión de su hija mientras él empezaba otra explicación.

Mariana le había escrito.

Dejamos acordados los cambios. El lunes revisamos la propuesta.

Santiago leyó el mensaje. La reunión había continuado sin él. Nadie le pedía que regresara.

Abrió la conversación con Lucía y empezó a escribir.

Hice todo por llegar y Denia me reclamó como si no le importara que hubiera ido.

Se quedó mirando la frase.

Eso no era lo que su hija había dicho.

Le había reclamado la hora. También le había dado las gracias.

Borró el mensaje y guardó el teléfono.

Durante el regreso pasó frente a un restaurante. Vio gente reunida alrededor de una mesa, copas, risas y una puerta abierta.

Sintió ganas de detenerse.

No quería comer. Quería dejar de pensar en el gimnasio, en el reclamo y en la vergüenza de haber deseado hacerla sentir culpable.

Continuó hasta su edificio.

Antes de subir llamó a la persona con quien había acordado mantenerse en contacto después del alta. Contó que llegó tarde al partido, que Denia se lo reclamó y que estuvo a punto de responderle mal.

—Todavía estoy enojado —dijo—. Y en el camino me dieron ganas de beber.

Se quedó hablando dentro del coche. No necesitó contar todas las dificultades de la reunión para que lo escucharan.

Cuando terminó, seguía triste. La urgencia había disminuido.

Subió al departamento.

El refrigerador estaba casi vacío. Quedaban huevos y arroz, además de algunas cosas que había comprado días antes y olvidado utilizar.

* * *

Santiago se quedó mirando los estantes.

Había organizado sus citas y el trabajo. Se le estaba olvidando volver a comprar comida.

Preparó los huevos y calentó el arroz. Comió en la mesa de la cocina, sin encender la computadora.

Mientras terminaba llegó una fotografía de Denia con sus compañeras. Todas sonreían, todavía con el uniforme.

Su hija se la había enviado sin añadir nada.

Santiago amplió la imagen. Reconoció a la jugadora que levantó el balón antes del remate que alcanzó a ver.

Respondió:

Qué buena foto. Me dio gusto verte jugar.

No agregó otra disculpa ni preguntó por el siguiente partido.

Después escribió la lista del supermercado y lavó el plato.

En su cita de seguimiento de la mañana siguiente contó lo ocurrido. Había dormido, aunque despertó dos veces pensando en el gimnasio.

—Quise decirle que era una desconsiderada —admitió.

Repasaron el momento anterior a esa respuesta: el cansancio, las llaves apretadas, el deseo de que Denia reconociera su esfuerzo.

Santiago se quedó mirando el calendario.

—Ella no estaba en la reunión. Tampoco tenía que agradecerme que me hubiera salido a la hora acordada.

Habló del tráfico. No podía prever aquel atasco, pero sí había organizado la tarde con poco margen y prometido una llegada que dependía de que todo saliera bien.

—Pensé que bastaba con salir a las cuatro.

Revisaron cómo había respondido a las ganas de beber y qué necesitaba ajustar. Santiago anotó la compra de comida junto a los asuntos que había dejado sin atender.

No había consumido. Había pedido apoyo.

También había descubierto lo rápido que podía empezar a descuidar las cosas pequeñas mientras se concentraba en cumplir las grandes.

El lunes, Mariana llegó con el resumen de la reunión.

—Aprobaron el alcance revisado.

Santiago levantó la vista.

—¿Sin mí?

—Sin ti.

Él sonrió.

—Qué falta de consideración.

Mariana dejó la carpeta sobre el escritorio.

—¿Cómo te fue en el partido?

—Llegué tarde.

—Lo siento. ¿Se complicó el camino?

—Muchísimo. También dejé el tiempo justo. Salí a las cuatro como si eso garantizara llegar.

Mariana tomó asiento.

—La próxima vez podemos terminar antes.

Santiago abrió el calendario.

—O puedo no estar en esa reunión.

Ella asintió.

Revisaron los asuntos del día. Cuando terminó la hora acordada, Santiago cerró el cuaderno.

—Lo demás lo vemos en la próxima.

Mariana recogió la carpeta.

—¿Qué tienes después?

—Voy a comer.

Esa vez había comprado lo necesario.

Mariana seguía junto a la puerta.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste en la Hacienda? —preguntó él—. Que podíamos vernos sin hablar de trabajo.

—Me acuerdo.

—Me gustaría.

Ella apoyó la carpeta contra el costado.

—A mí también. El domingo puedo desayunar contigo. Hay un lugar con terraza al que llevo tiempo queriendo ir.

—¿A las diez?

—A las diez. Te mando la dirección.

Santiago sonrió.

—Sin carpeta.

—La mía se queda aquí. A ver si tú dejas el teléfono guardado.

—Lo voy a intentar.

Mariana se despidió. Él permaneció un momento sentado antes de levantarse para ir a comer.

Denia no volvió a mencionar el retraso durante los días siguientes.

El martes le preguntó si había tomado alguna fotografía. Santiago le envió la única que consiguió desde las gradas.

Sales antes del remate.

La respuesta llegó poco después.

Jajaja. Casi no se ve nada.

Santiago miró la imagen.

Es arte abstracto.

Denia le mandó un emoji de risa.

Él sonrió y dejó el teléfono. No intentó convertir aquel intercambio en una conversación sobre el viernes.

El jueves recibió otro mensaje.

El sábado jugamos a las cinco. En el mismo gimnasio.

Santiago terminó la llamada de trabajo que estaba atendiendo antes de responder. Abrió el calendario.

Tenía la tarde libre.

Marcó el tiempo para el trayecto y dejó margen. No agregó una reunión antes ni calculó qué pendiente podría resolver de camino.

Gracias por avisarme. Ahí estaré.

Ok, pa.

Santiago dejó el teléfono sobre el escritorio. Terminó lo que estaba haciendo y apagó la computadora a la hora prevista.

El viernes, Samantha le escribió.

No había novedades que permitieran explicar cómo ocurrió la intoxicación de Tomás ni atribuirle a otra persona la administración del sedante. Sobre Mateo seguían faltando respuestas en la documentación que habían podido reunir.

Santiago contestó que el archivo de la agencia estaba ordenado y que conservaría disponibles los originales.

Guardó la carpeta y salió hacia su cita.

El sábado llegó al gimnasio antes de las cuatro y media.

Compró agua y buscó asiento. Las jugadoras todavía calentaban. Reconoció a Denia por la manera en que se acomodaba el cabello antes de recibir el balón.

Ella levantó la vista.

Santiago alzó una mano.

Denia hizo un gesto breve y, al terminar el ejercicio, se acercó a las gradas.

—Si vas a tomar fotos, no te pongas detrás del poste.

Él miró alrededor.

—Creo que esta vez elegí bien.

—Un poco más allá.

Le señaló un lugar a la derecha.

Santiago recogió la botella y cambió de asiento. Su hija comprobó dónde se había sentado.

—Ahí sí.

Después regresó con sus compañeras.

Santiago no sabía si tendrían tiempo para hablar al terminar. Tal vez ella volvería a irse con el equipo. No le había pedido otra cosa que asistir.

Desde ese lugar veía la cancha completa.

Cuando sonó el silbato, guardó el teléfono.