Aquí todo el mundo miente Capítulo 16 — Un espacio para elegir
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Capítulo 16 — Un espacio para elegir

Un espacio para elegir

* * *

El lunes, Santiago llegó a la agencia a las nueve cincuenta y dos.

Mariana estaba junto a recepción, hablando por teléfono. Lo vio entrar, levantó una mano y continuó la llamada.

Santiago se detuvo frente al mostrador. Había imaginado muchas veces aquel regreso: saludar al equipo, entrar en su despacho, recuperar la sensación de estar donde debía.

Lo primero que notó fue el frío del aire acondicionado.

Lo segundo, que habían movido la impresora.

—¿Dónde está?

La recepcionista señaló el pasillo.

—En el cuarto de copias.

—¿Por qué?

—Aquí hacía mucho ruido.

Santiago miró el espacio vacío. La impresora llevaba años allí y nunca había pensado en quienes pasaban toda la jornada escuchándola.

Mariana terminó la llamada y se acercó.

—Buenos días.

Se abrazaron.

—Veo que empezaron por desmantelar la recepción —dijo él.

—Si es por la impresora, puedes presentar tu queja.

—¿Dónde?

—En el cuarto de copias.

Lo acompañó a la sala de juntas. Daniel esperaba con la computadora abierta y tres tazas de café.

Santiago lo saludó, dejó el cuaderno y se sentó.

Durante la reunión revisaron las cuentas activas, los proyectos en negociación y la distribución de responsabilidades. Santiago preguntó por una campaña cuyo alcance había cambiado. Daniel mostró la propuesta que prepararon.

—Está bien resuelta —dijo.

Daniel sonrió y pasó al siguiente asunto.

Faltaban cinco minutos para las once cuando Santiago miró el reloj. Quedaban tres puntos.

—Podemos seguir media hora.

Mariana consultó la lista.

—No hace falta. Están asignados. Te enviamos el resumen.

—Solo quería ver lo del proveedor.

Ella giró la hoja para que pudiera leer quién se encargaba.

Santiago podía quedarse. Era su agencia y nadie iba a levantarse para impedirle prolongar la reunión.

También tenía una cita de seguimiento y había acordado que aquella primera visita duraría una hora.

—Está bien. Mándame el resumen.

Al salir sintió ganas de pasar por cada escritorio. Se detuvo a saludar a dos personas y después fue hacia la puerta.

Mariana lo acompañó.

—Bienvenido de vuelta.

Santiago miró hacia la sala donde Daniel recogía sus cosas.

—Nos vemos según lo acordado.

No añadió que estaría pendiente todo el día.

El miércoles, Denia le escribió mientras preparaba la cena.

Jugamos el viernes a las cinco. Si quieres venir, puedes.

Santiago dejó el cuchillo sobre la tabla.

Leyó el mensaje otra vez.

Desde aquella primera llamada en la Hacienda habían hablado de los entrenamientos, de la escuela y de algunas cosas cotidianas. Ella no lo había invitado a verla.

Respondió:

Me encantaría. Gracias por invitarme.

Esperó un momento antes de añadir:

Voy a organizarme para llegar antes de que empiece.

Denia respondió con un pulgar hacia arriba.

Santiago abrió el calendario. El viernes tenía una reunión a las tres con una empresa interesada en la agencia. Mariana había previsto terminarla a las cuatro.

Consultó la dirección del gimnasio. Calculó el trayecto y dejó marcado el momento de salir.

Después escribió a Mariana.

El viernes tengo que irme a las cuatro. Denia me invitó a su partido.

Ella contestó enseguida.

Qué bueno. Organizamos la reunión para que puedas salir a esa hora.

Santiago volvió al mensaje de su hija. Quería explicarle cuánto le alegraba la invitación. Terminó guardando el teléfono.

La cena seguía a medias.

El viernes empezó con una llamada de un cliente mientras Santiago desayunaba.

Miró el nombre en la pantalla y dejó que sonara. Devolvió la llamada a la hora en que había acordado comenzar a trabajar.

El cliente quería cambiar casi por completo una propuesta aprobada el día anterior. Santiago tomó notas y, al terminar, habló con Daniel.

—Revísalo con producción. El lunes podemos darle una respuesta.

—Dice que es urgente.

—Primero necesitamos saber qué implica. No le prometas que estará hoy.

Después resolvió los asuntos previstos para aquella mañana y cerró la computadora.

Durante la comida volvió a consultar la ruta al gimnasio. Le pareció que el margen era suficiente.

Llegó a la agencia antes de las tres. Mariana había preparado la reunión y Daniel tenía listas las primeras ideas. Santiago participaría en la parte comercial.

El cliente llegó con dos personas de su equipo.

Al principio todo avanzó sin dificultad. Hablaron del proyecto, del público al que querían dirigirse y del calendario.

A las tres cuarenta y cinco, uno de los visitantes pidió revisar el presupuesto.

Mariana explicó qué incluía la propuesta y qué servicios necesitarían una cotización adicional.

—Entendimos que eso ya estaba contemplado —dijo el hombre.

Santiago conocía aquel tono. En otro momento habría intervenido de inmediato, buscando un ajuste con el que evitar que el cliente se levantara sin aceptar.

Dejó que Mariana terminara.

—Podemos revisar esas necesidades y enviarles la propuesta actualizada el lunes —dijo ella.

El visitante se volvió hacia Santiago.

—¿Usted qué opina?

Eran las tres cincuenta y dos.

—Que necesitamos revisarlo antes de darles una cifra.

—¿No podemos resolverlo ahora?

—Podemos dejar claros los cambios. La cotización requiere comprobarlos con producción.

El hombre asintió sin parecer satisfecho.

A las tres cincuenta y ocho, Santiago cerró el cuaderno.

—Tengo que retirarme. Mariana y Daniel continuarán con ustedes. El lunes revisaré el resumen.

—¿Tiene otra reunión?

Se puso de pie.

—Tengo un compromiso con mi hija.

Hubo una pausa. Mariana retomó los puntos pendientes y Santiago se despidió.

Al cerrar la puerta quiso volver a entrar.

Le preocupaba que el cliente pidiera una rebaja, que Daniel ofreciera algo difícil de cumplir o que interpretaran su salida como una falta de interés.

Se quedó un instante en el corredor.

Después fue al estacionamiento.

* * *

A las cuatro y diez apenas avanzaba.

Un camión de reparto bloqueaba parte de la avenida. Los coches intentaban cambiar de carril y los conductores tocaban el claxon como si el ruido pudiera abrirles paso.

Santiago miró el reloj del tablero.

Todavía podía llegar.

Diez minutos después seguía en la misma calle.

Golpeó el volante con la palma.

—No puede ser.

El coche de atrás volvió a tocar el claxon. Santiago sintió el impulso de bajar la ventanilla y gritarle. Apretaba tanto la mandíbula que le dolía.

Había empezado a conducir de nuevo después del alta, con el coche ya reparado. Hasta entonces había hecho trayectos cortos y organizado otros traslados sin utilizarlo.

Ahora volvía a estar entre una reunión y otra parte de su vida, calculando cómo recuperar minutos que ya no tenía.

Miró la fila. Ninguno de sus enfados podía moverla.

A las cuatro cuarenta y cinco consiguió salir de la zona más atascada. Buscó un lugar permitido para detenerse y le escribió a Denia.

Voy retrasado por el tráfico. Es probable que llegue después de que empiece. Lo siento.

Dejó el teléfono y reanudó el camino.

No consiguió estacionarse hasta las cinco treinta y seis.

Antes de bajar vio la respuesta de su hija.

Ok.

La leyó sin saber qué había detrás de esas dos letras. Guardó el teléfono y entró en el gimnasio.

Escuchó el silbato antes de ver la cancha.

El marcador indicaba que estaban jugando el segundo set. Denia se encontraba cerca de la red, con las rodillas flexionadas y la mirada fija en el balón.

Santiago se detuvo junto a las gradas.

Una compañera consiguió levantar una pelota difícil. Denia se acomodó, saltó y remató.

El público aplaudió.

Él también.

Buscó sitio en la parte alta y se sentó. Le latía deprisa el corazón por haber caminado desde el estacionamiento casi corriendo.

Había llegado tarde. Se había perdido el comienzo y no podía hacer nada para recuperarlo.

Siguió el resto del set con atención.

Denia no lo vio entrar. Él no la llamó ni levantó la mano para que supiera que estaba allí. En un momento intentó tomar una fotografía, pero el movimiento y un poste junto a las gradas dejaron una imagen borrosa.

Guardó el teléfono.

El encuentro terminó poco después de las seis. El equipo de Denia ganó.

Santiago permaneció sentado mientras las jugadoras se reunían con el entrenador. Algunas se abrazaban; otras recogían sus cosas.

Denia levantó la vista y lo encontró.

Él sonrió y alzó una mano.

Ella sostuvo la mirada un instante antes de volver con sus compañeras.

Santiago esperó.

La encontró en el vestíbulo cuando terminó de despedirse del grupo. Llevaba la mochila colgada de un hombro.

—Hola, hija.

—Hola.

—Vi tu remate en el segundo set. Qué buen punto.

Denia lo miró.

—Llegaste tarde.

Santiago asintió.

—Sí.

—Dijiste que ibas a estar antes de que empezara.

—Salí de la reunión antes de las cuatro, pero había un tráfico…

Ella bajó la vista hacia la mochila.

—Siempre hay algo, papá.

El enojo le llegó antes de que pudiera ordenar lo que sentía.

Había dejado una reunión importante. Había pasado más de una hora conduciendo, pendiente del reloj. Consiguió llegar y ver una parte del partido.

Quiso poner todo aquello delante de Denia.

¿No puedes ver el esfuerzo que hice?

La frase estaba lista. Detrás venía otra, más dura: antes se quejaba de que no fuera; ahora iba y tampoco era suficiente.

Abrió la boca.

Denia lo observó.

Santiago tenía las llaves apretadas dentro del bolsillo. Aflojó la mano y soltó el aire.

—Te dije que iba a llegar antes y no llegué. Lo siento.

Ella ajustó la correa de la mochila.

—Siempre pasa algo.

Santiago sintió otra punzada. Podía discutir el siempre. Podía recordarle partidos a los que había ido y explicar otra vez lo del camión.

—Hoy te hice esperar —respondió.

Denia no dijo nada.

A su alrededor los padres seguían conversando. Un niño pasó corriendo entre ellos y una mujer lo llamó desde la puerta.

—Me dio mucho gusto verte jugar —añadió Santiago.

—Jugamos mejor en el primero.

—Ése me lo perdí.

—Ya sé.

Volvió a sentir ganas de defenderse. Esperó hasta poder responder sin hacerlo.

—Me habría gustado verlo.

Denia miró hacia sus compañeras.

—Voy a ir con ellas a comer algo.

—Está bien.

Santiago se apartó para dejarla pasar.

Ella dio unos pasos y se volvió.

—Gracias por venir, papá.