Capítulo 15 — Lo que cabe en una maleta #2
El viernes cerró la maleta antes del desayuno.
Héctor lo observó bajar el cierre.
—Demasiado pronto.
—¿Para qué?
—No revisamos el inventario.
Santiago dejó el equipaje junto a la puerta.
—Pregunta.
El Almirante miró el bolsillo exterior.
—¿Las galletas?
—Se acabaron.
—Entonces no hay nada que retener.
Salieron juntos. Santiago volvió un momento la cabeza hacia la habitación. Su cama estaba tendida, el cajón vacío y el cargador ya no colgaba del enchufe.
En el comedor, Mauricio ocupaba su lugar habitual. Teresa conversaba con Elena, que ahora reconocía los horarios sin preguntar a cada paso.
Santiago se sentó.
No hubo un discurso. Hablaron de una reparación en el jardín y de una partida que Mauricio aseguraba haber ganado limpiamente.
—Te dejé avanzar —dijo Héctor.
—Me dejaste la reina.
—Es una forma de avanzar.
Santiago se rio. Tomó el café y escuchó. Varias veces estuvo a punto de comentar que sería su último desayuno con ellos por un tiempo. No lo hizo.
Cuando terminó, llevó la bandeja al sitio de siempre. Regresó por el cuaderno que había dejado sobre la silla y se encontró con que Teresa lo tenía en la mano.
—Que no se te olvide.
—Gracias.
Lo guardó en la mochila.
Lucía llegó a media mañana. Se sentaron con Verónica y el personal encargado de coordinar la salida.
Repasaron las citas, las indicaciones y los acuerdos de reincorporación al trabajo. Santiago confirmó los traslados que había organizado y anotó un dato que faltaba.
Lucía sacó su libreta al escuchar una fecha.
—Yo puedo encargarme —dijo él.
Su hermana lo miró.
—Ya sé. Solo quería anotarla.
Santiago sonrió.
Al terminar, Verónica le preguntó si tenía dudas.
—Ahora no. Probablemente esta noche me aparezcan.
—Tienes los contactos para pedir apoyo.
Él comprobó que la hoja estuviera entre sus documentos.
Quiso agradecerle las sesiones, las preguntas y las veces que lo había escuchado sin aceptar la primera explicación. Terminó diciéndole algo más sencillo.
—Gracias por ayudarme a preparar esto.
Verónica sonrió.
—Ahora te toca probar los acuerdos fuera. Y revisarlos cuando haga falta.
Santiago asintió.
Guardó los papeles y se levantó. Durante unos segundos tuvo la sensación de que aún faltaba otra entrevista, una última indicación, algo que debía completar antes de que lo dejaran marcharse.
Pero la reunión había terminado.
Lucía recogió su bolso.
Patricia estaba junto al escritorio de enfermería cuando lo vio con la maleta.
—Así que hoy es el día.
—Eso parece.
Dejó los papeles que estaba revisando.
—¿Todo listo?
—Llevo las indicaciones. Las citas están confirmadas y el teléfono cargado.
Patricia sonrió.
—Entonces no voy a hacerte otro repaso.
—Te lo agradezco especialmente.
Se rieron. Santiago se acercó y le dio un abrazo breve.
—Gracias por escucharme aquellas veces.
La enfermera le apoyó una mano en el hombro.
—Cuídate.
Al separarse miró el corredor donde la había buscado cuando no sabía qué hacer con las ganas de consumir. Recordó la vergüenza de acercarse y el alivio de que no pareciera sorprendida.
—Voy a seguir pidiendo ayuda —dijo.
Patricia asintió.
Santiago tomó de nuevo la maleta y siguió hacia recepción.
Lucía lo esperaba junto a la puerta. Héctor estaba allí con el tablero bajo el brazo. Mauricio y Teresa, a su lado.
—¿No tenían actividad? —preguntó Santiago.
—Tenemos una misión —respondió el Almirante—. Comprobar que llegues al coche.
Mauricio le estrechó la mano.
—Cuídate mucho.
—Tú también.
Teresa lo abrazó. Santiago recordó las veces que se había sentado con ella sin necesitar hablar y la tarde en que no intentó convencerlo de que debía estar contento por la llamada de Denia.
—Gracias —le dijo.
—Me dio gusto conocerte.
Elena se acercó desde el corredor.
—Me ayudó que me invitaras a sentarme aquel día.
Santiago recordó la taza entre sus manos, la manera en que miraba las mesas.
—Me alegra.
Ella sonrió y se quedó junto a Teresa.
Héctor carraspeó.
—El transporte está esperando.
Santiago se volvió hacia él.
El Almirante extendió la mano. Santiago la tomó, pero en lugar de soltarla se acercó y lo abrazó.
Héctor le dio dos palmadas en la espalda. Ninguno se apartó enseguida.
—Te voy a extrañar —dijo Santiago.
—Lo comprendo.
Él se rio y sintió que se le humedecían los ojos.
—Cuídate, Héctor.
—Tú también, civil.
Al separarse, el Almirante acomodó el tablero bajo el brazo.
—Queda pendiente la revancha.
—Tendrás que decirme de cuál.
—No abuses del día.
Santiago miró una vez más a los cuatro. Había pasado muchas tardes junto a ellos sin pensar que también tendría que aprender a despedirse.
Tomó la maleta y salió con Lucía.
Guardó el equipaje en la cajuela. La mochila con el cuaderno y las indicaciones quedó a mano.
Antes de subir se volvió. Mauricio levantó un brazo. Teresa y Elena permanecían en la puerta. Héctor había avanzado unos pasos y estaba junto al camino.
Santiago se sentó y bajó la ventanilla.
—¡Almirante!
Héctor levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Santiago pensó en hacer una última broma sobre el caballo. Miró el tablero que su compañero llevaba contra el cuerpo.
—No termines nuestra partida sin mí.
El Almirante asintió.
—Tú no tardes demasiado en avisar cómo estás.
—Te aviso.
Lucía puso el coche en marcha.
Santiago siguió mirándolos hasta que el sendero giró. Al pasar junto al jardín alcanzó a distinguir una parte de la banca donde había hablado con Tomás.
Después los árboles la ocultaron.
Durante los primeros minutos ninguno habló.
Santiago llevaba las manos sobre las piernas. Había salido otras veces de la Hacienda, pero siempre con una hora acordada para regresar. Esa mañana no la tenían.
Pensó en el departamento. En las llaves sobre la mesa. En lo que comprarían para comer y en la llamada de apoyo que había dejado prevista.
Luego recordó a Héctor poniéndose la gorra sin levantarse de la cama para supervisar sus nervios. Sonrió y se limpió un ojo con el dedo.
Lucía lo miró brevemente.
—¿Cómo te sientes?
—Contento.
Esperó antes de añadir:
—Y triste. Pensé que salir iba a quitarme las ganas de quedarme.
Su hermana mantuvo la vista en la calle.
—Puedes extrañarlos.
Santiago asintió. No había pensado que necesitara escuchar algo tan sencillo.
El coche avanzó entre el tráfico. Un teléfono sonó en otro vehículo, alguien tocó el claxon y un repartidor pasó junto a ellos.
—¿Compramos comida antes de ir a casa? —preguntó Lucía.
—Sí.
—¿Qué se te antoja?
Santiago miró los locales de la avenida. Tenía hambre, aunque también sentía un nudo en el estómago.
—Podemos empezar por un café.
Su hermana sonrió.
—Podemos.
Él se acomodó en el asiento. No sabía cómo sería la primera noche ni cuánto le costaría mantener lo que había preparado.
Sacó el teléfono para comprobar la hora de su llamada y volvió a guardarlo.
Todavía faltaba.
Por el momento iba con su hermana, rumbo a casa.