Capítulo 15 — Lo que cabe en una maleta
Lo que cabe en una maleta
* * *
El lunes que le confirmaron el alta, Santiago no sintió la alegría que había imaginado durante sus primeras semanas.
Estaba sentado frente a Verónica, con el cuaderno abierto, cuando ella le explicó que el equipo había revisado su evolución y acordado la salida para el viernes. Antes terminarían de confirmar los preparativos y tendrían una reunión con Lucía.
Santiago miró la fecha.
—¿Este viernes?
—Este viernes.
Asintió. Había preguntado tantas veces cuándo podría irse que ahora le sorprendió no encontrar nada que decir.
—¿Cómo te sientes?
—Contento.
Verónica esperó.
Él cerró el cuaderno.
—Y bastante asustado.
—¿Qué te preocupa más?
Santiago miró la puerta del consultorio.
—Llevo semanas diciendo que quiero salir. Ahora tengo que hacerlo.
Hablaron de la primera noche, del regreso al trabajo y de las horas que aún no sabía cómo ocupar. No apareció una dificultad que no hubieran considerado antes. Eran las mismas, pero ahora tenían una fecha al lado.
Al terminar, Santiago volvió a abrir el cuaderno para anotarla. La escribió debajo de las citas de seguimiento.
Viernes.
Durante sus primeros días habría subrayado la palabra varias veces. Esa mañana dejó el bolígrafo sobre la hoja.
En el jardín encontró a Mauricio intentando afilar un lápiz con un sacapuntas que ya no cortaba.
—¿Qué tal?
—Salgo el viernes.
Su compañero dejó de girar el lápiz.
—¿Ya te confirmaron?
Santiago asintió.
—Qué bueno.
Mauricio le dio una palmada en el brazo. Después miró hacia el comedor.
—Al Almirante no le has dicho.
—Todavía no.
—Pues prepárate.
Durante la comida, Teresa le apretó brevemente el hombro al enterarse. Héctor llegó unos minutos después y se detuvo antes de sentarse.
—¿Qué pasó?
—Santiago se va el viernes —dijo Mauricio.
El Almirante miró de uno a otro.
—¿Y quién autorizó eso sin consultarme?
—El equipo —respondió Santiago.
—Una omisión importante.
Se sentó y acomodó los cubiertos. Durante un rato no añadió nada.
Santiago empezó a contarles cómo sería la reunión con Lucía. Héctor escuchaba mientras partía un trozo de pan.
—Entonces tendré que buscar otro compañero para el ajedrez —dijo finalmente.
—Puedes jugar conmigo —respondió Mauricio.
—He dicho compañero.
Santiago se rio. Quiso decirle que lo extrañaría, pero Elena preguntó por una actividad y la conversación se fue hacia otro lado.
Más tarde, mientras llevaban las bandejas, Héctor se quedó junto a él.
—¿El viernes a qué hora?
—Después de la reunión. A media mañana, supongo.
El Almirante asintió, como si necesitara ese dato para organizar algo.
No preguntó más.
Los días siguientes se llenaron de asuntos concretos. Santiago confirmó sus citas y repasó los contactos de apoyo. Con el equipo revisó las indicaciones que llevaría a casa y qué necesitaba hacer si volvía a dormir mal o sentía ganas intensas de consumir.
Preguntó por una situación que no había considerado y corrigió un horario que había anotado mal.
Durante las primeras semanas habría aceptado las hojas con tal de terminar pronto. Ahora quería entenderlas antes de guardarlas.
El martes llamó a Lucía.
—Me voy el viernes.
—Ya me avisaron para la reunión.
—¿Puedes venir?
—Sí. Ajusté mi horario.
Santiago se quedó callado.
—¿Qué pasa?
—Me acordé de cómo empecé a organizarte la semana cuando fuimos a casa.
Lucía se rio.
—Esta vez sí puedo ir a recogerte.
—Gracias.
—¿Compramos algo para comer después?
Él pensó en el departamento.
—Sí. Lo decidimos cuando salgamos.
No hicieron un programa para todo el fin de semana. Antes de colgar, Santiago comprobó con ella la hora de la reunión y dejó los demás pendientes donde estaban.
Mariana llamó el miércoles. Habían acordado verse el lunes posterior al alta.
—Una hora, a las diez —dijo—. Llevaré el resumen de cuentas y lo que necesita tu autorización.
Santiago revisó que no se superpusiera con sus citas.
—Está bien. Que venga Daniel también.
—Se lo digo.
Mariana hizo una pausa.
—¿Cómo llevas lo del viernes?
Él apoyó el cuaderno sobre la mesa.
—Quiero salir. También me preocupa llegar y empezar a llenar todos los huecos de trabajo.
—Por eso acordamos una hora.
—Lo sé.
Santiago sonrió.
—Y no me prepares una bienvenida con diez personas esperando que les resuelva algo.
—Pensaba llevar el resumen y unas galletas.
—Con eso podemos trabajar.
Después de colgar abrió la agenda. La reunión del lunes ocupaba un espacio pequeño.
Durante unos segundos pensó en añadir otra con producción, ya que estaría en la agencia.
Dejó la página como estaba.
El jueves sacó la maleta.
Había ropa que apenas utilizó y prendas que parecían haber pasado semanas sobre el mismo respaldo. Doblar las camisetas resultó más sencillo que decidir qué hacer con los papeles.
Héctor tenía el tablero de viaje sobre la cama. Movía las piezas de ambos lados y levantaba la vista cada vez que Santiago abría un cajón.
—¿Vas a vigilar todo el proceso? —preguntó.
—Alguien debe evitar que olvides lo importante.
Santiago recogió un calcetín del fondo del armario.
—¿Esto cuenta?
—Depende de quién sea.
Guardó la ropa y abrió el cajón de la mesita. Sacó la carpeta de Los Olivos.
Dentro estaban los documentos de la agencia, las copias que Samantha le había dejado y el relato que aportó sobre sus conversaciones con Gabriel. Comprobó que cada grupo permaneciera separado.
Sobre Mateo seguían faltando respuestas. Sobre Tomás habían comunicado lo que sabían, pero no habían conseguido demostrar quién le administró la sustancia.
Santiago no retiró las hojas que lo comprometían a él. El comunicado continuaba junto a sus anotaciones.
—¿También te llevas eso? —preguntó Héctor.
—Sí.
—¿Todavía tienes que hacer algo?
Santiago sostuvo la carpeta antes de cerrarla.
—Contestar si encuentran más información. Y no guardar lo mío como si ya no tuviera nada que ver conmigo.
Héctor asintió y volvió al tablero.
Santiago colocó los documentos en la maleta. Después tomó el cuaderno.
Pasó por las páginas sobre el sueño, las ganas de consumir y las primeras preguntas sobre el trabajo. Encontró la llamada con Denia, el endulzante y la visita de Mariana.
Se detuvo en una frase.
Hoy supe que murió Tomás.
Recordaba la noche en que la escribió, con Héctor dormido al otro lado de la habitación. Había pensado en añadir una explicación y terminó dejando únicamente lo que sabía.
—¿Todo bien? —preguntó el Almirante.
—Sí. Me estaba acordando.
Cerró el cuaderno y lo dejó aparte, junto a las indicaciones que llevaría a mano.
Héctor movió un peón.
—Si vienes de visita, trae tiempo para una partida.
—Eso espero.
—Y avisa. No puedo tener libre todo el calendario.
Santiago miró las piezas.
—¿Por tus compromisos internacionales?
—Principalmente.
Se sentó en el borde de su cama. Durante unas semanas, aquella habitación había sido un lugar al que quería dejar de volver. Conocía ya el cajón que se atoraba, el ruido de la ventana y la forma en que Héctor buscaba los lentes antes de ponerse a leer.
El Almirante siguió estudiando el tablero.
Santiago no terminó de empacar.
Después de la última actividad salió al jardín. Caminó hacia la fuente y pasó junto al lugar de la fogata.
Recordó a Héctor levantándose con el bombón pegado al pantalón. Se le escapó una sonrisa. Todavía podía oír las carcajadas de aquella noche, aunque ahora solo llegaba el ruido de la cocina y alguna conversación desde el corredor.
Se sentó en la banca donde habló con Tomás.
Durante las semanas posteriores había vuelto muchas veces a esa conversación. Al principio buscaba algo que debió preguntar. Después empezó a recordar también lo que sí había podido decir.
Le habría gustado contarle que Denia llamó para hablar de su partido. Que consiguió escucharla sin ofrecerse a resolverlo todo. Que Mariana había ido a verlo y no le gustaron algunas de las cosas que le mostró. Que había vuelto a casa unas horas y abierto un mueble vacío.
También estaban los documentos. Las preguntas sobre Mateo que Tomás ya no podría contestar.
Santiago apoyó las manos sobre la banca. Había querido que aquel hombre lo ayudara a entender su participación en una historia que durante años guardó bajo el nombre de un cliente. Ahora tendría que continuar sin poder preguntarle qué recordaba.
Del comedor salió un auxiliar con una caja. Lo saludó al pasar y Santiago levantó la mano.
La vida de la Hacienda seguiría al día siguiente, después de que él se marchara. Alguien ocuparía su lugar en las actividades. Otro paciente entraría al comedor sin saber dónde sentarse.
Permaneció allí hasta que empezó a enfriarse.
—Gracias, Tomás —dijo al levantarse.
Regresó despacio a la habitación.
Héctor ya estaba acostado, con el libro abierto.
—¿Dónde andabas?
—En el jardín.
El Almirante lo miró por encima de los lentes y volvió a la página.
Santiago entró al baño y recogió lo que faltaba. Dejó fuera el cepillo de dientes y acomodó el resto en una bolsa.
Al regresar encontró a Héctor cerrando el libro.
—La primera noche aquí pensé que no iba a soportarte —dijo Santiago.
El Almirante se quitó los lentes.
—La primera noche estabas muy confundido.
Santiago se rio y se sentó.
—Me caías bastante mal.
—Te estoy dando una explicación generosa.
Permanecieron un momento callados.
—Después hubo noches en que me tranquilizaba escucharte moverte —añadió Santiago.
Héctor dejó los lentes sobre la mesita.
—No sabía.
—Yo tampoco, hasta ahora.
El Almirante acomodó la almohada.
—A mí me gusta tener con quién hablar.
Santiago miró la cama de enfrente. Habían pasado tantas horas juntos que no había necesitado preguntarle eso.
—Espero que te toque alguien que juegue peor que yo.
Héctor soltó una risa.
—No pidas imposibles.
Santiago se acostó. Dejaron la luz encendida un rato más, sin hablar de nada importante. Héctor comentó una jugada del libro y él le recordó que todavía no terminaban la partida de la tarde.
—Queda pendiente —dijo el Almirante.
—Sí.
Cuando apagaron, Santiago tardó en dormirse. Escuchaba los mismos ruidos que al principio le resultaban insoportables y pensaba que, al día siguiente, ya no estarían al otro lado de su cama.