Aquí todo el mundo miente Capítulo 14 — La puerta abierta #2
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Capítulo 14 — La puerta abierta #2

En el dormitorio encontró la cama tendida y una fotografía de Denia sobre la cómoda.

Era de un torneo de años atrás. Sostenía un trofeo casi tan grande como su torso.

Tomó el marco.

Recordó la botella de agua que ella le pidió guardar y lo mucho que se molestó cuando él cambió de asiento sin avisarle. Desde la cancha había buscado el lugar donde lo dejó y no lo encontró.

Sonrió.

Había estado allí toda la mañana. No todos sus recuerdos con Denia necesitaban empezar por lo que hizo mal.

Devolvió la fotografía a su sitio y eligió ropa para llevar a la Hacienda. Después se sentó en el borde de la cama.

La puerta estaba abierta. Al otro lado se veía el pasillo hacia la sala.

Imaginó una noche cualquiera: llegar, dejar las llaves, preparar algo de comer y quedarse solo. No le pareció insoportable, pero tampoco podía asegurar que sería sencillo.

Se levantó y fue a buscar a Lucía.

—¿Nos vamos?

—¿Terminaste?

—Por hoy, sí.

Hablaron menos durante el regreso.

Al acercarse a la Hacienda, Lucía le preguntó cómo había sido volver a casa.

—Raro.

—¿Bueno o malo?

—Las dos cosas.

Santiago observó el camino.

—Me dio gusto estar allí. Pero abrí el mueble y casi me puse a trabajar sin darme cuenta. Después intenté convertirte en mi calendario.

Lucía sonrió.

—Eso último lo noté.

Él también sonrió.

—Gracias por venir conmigo.

—De nada.

—Y por decirme lo de tus horarios.

Su hermana mantuvo la vista en la calle.

—Prefiero que podamos hablarlo.

Cuando llegaron, Santiago bajó con la mochila y las bolsas de ropa. Se despidieron sin acordar todos los días de las semanas siguientes.

Patricia lo recibió. Repasaron lo ocurrido durante la visita y Santiago describió lo de la cocina, el correo y la conversación con Lucía.

Más tarde habló con Verónica.

—Pensé que lo difícil sería encontrarme con mis cosas —dijo—. Me sorprendió empezar a hacer lo de siempre tan rápido.

—¿Qué pudiste hacer cuando lo notaste?

—Apagué la computadora. Se lo conté a Lucía. Y no me quedé discutiendo cuando me dijo que no podía estar conmigo todo el tiempo.

Santiago apoyó la mochila en el suelo.

—Pero me preocupa la noche en que no haya nadie en la sala.

Revisaron los apoyos acordados y lo que todavía necesitaba concretar. Algunos horarios estaban confirmados; otros seguían pendientes. Lucía formaba parte de ese plan, pero no podía ser la respuesta para cada dificultad.

Santiago escribió una pregunta nueva:

¿Qué voy a hacer con las horas en las que antes trabajaba o bebía?

No intentó llenar todo el espacio debajo.

* * *

Héctor estaba en la cama con el libro abierto cuando Santiago entró.

—¿Qué tal el mundo exterior?

—Raro.

—¿Raro bueno o raro malo?

Santiago se rio.

—Eso mismo me preguntó mi hermana.

—Es una mujer sensata.

Dejó la mochila y se sentó.

—Todo estaba en su sitio. Yo empecé a hacer lo mismo casi en cuanto entré.

Héctor cerró el libro.

—¿Y después?

—Después me di cuenta.

Abrió la mochila.

—Te traje algo.

El Almirante recibió la caja y leyó la cubierta. Sacó el tablero, lo desplegó sobre la cama y colocó un caballo. Inclinó un poco la superficie para comprobar que la pieza no se movía.

—Esto es extraordinario.

—Para que no se te caigan.

Héctor levantó la mirada.

—¿Y si quiero tirarlas después de una derrota injusta?

—Eso ya no lo resuelve el fabricante.

El Almirante soltó una carcajada. Volvió a mirar el tablero.

—Gracias, Santiago.

Él asintió.

Héctor empezó a colocar las piezas. Santiago guardó la ropa mientras lo escuchaba comprobar cómo cerraba la caja y cuánto espacio ocupaba.

—Mañana jugamos —dijo el Almirante.

—¿Ya tienes preparada una reclamación?

—Dependerá de tu conducta.

Durante los días siguientes, la visita apareció varias veces en las sesiones. Santiago habló de lo que había encontrado agradable y de las costumbres que reconoció al entrar.

Había pasado unas horas en casa y había regresado según lo acordado. No necesitaba describirlo como una demostración de que ya podía con todo ni como un fracaso por haber abierto el mueble.

También revisó con el equipo la fecha tentativa del alta.

Escuchó las condiciones, tomó notas y preguntó por una cita que aún no estaba confirmada. No intentó reducir la conversación a cuánto podía adelantar su salida.

En esos días, Samantha volvió a comunicarse.

Habían revisado el relato que Santiago preparó sobre sus conversaciones con Gabriel. Él corrigió una frase que presentaba como exacta cuando solo recordaba su sentido. Después firmó su propio escrito para aportarlo a la revisión de la muerte de Tomás.

Samantha también distinguió lo que conocía directamente de lo que le habían contado.

No incluyeron como hechos las sospechas que compartían.

La información que recibieron después no descartaba valorar nuevos datos, pero tampoco les daba lo que esperaban.

La visita de Gabriel ya constaba entre lo que él había declarado.

No había aparecido un testigo de lo ocurrido dentro del departamento ni un elemento que permitiera atribuirle la administración de la sustancia.

La intoxicación no explicaba por sí sola cómo llegó a producirse.

Santiago leyó la respuesta con el cuaderno delante.

—Creo que sabe más de lo que dice —comentó Samantha.

—Yo también.

Ella guardó silencio un momento.

—No pudimos demostrarlo.

Santiago miró la página donde había anotado las preguntas de Landa durante el ejercicio de la silla. Ahora las leía de otra manera, pero su interpretación no podía ocupar el lugar de algo que no había visto.

—Voy a conservar mi copia —dijo—. Si necesitan que vuelva a contar lo que escuché, lo haré.

Después hablaron de Mateo. Seguían esperando respuesta sobre parte de la documentación. La nueva búsqueda en la agencia no había localizado el respaldo que Santiago solicitó once años antes.

Samantha no le pidió que olvidara el asunto. No le pidió que pasara cada día esperando una llamada.

Al terminar, Santiago guardó los escritos por separado.

Esa noche abrió la maleta. Sacó la ropa que había traído de casa y terminó de acomodarla en el armario.

El cuaderno seguía sobre la mesita. Lo abrió en la lista de preparativos.

Todavía había reuniones de trabajo que había colocado demasiado cerca de su regreso. Tachó dos y dejó pendiente acordarlas con Mariana. Añadió los traslados que tendría que organizar y el tiempo para comprar comida.

En otra página anotó lo hablado con Samantha.

Podía responder por su participación en la campaña. Podía decir lo que Gabriel le había contado. No podía ofrecerle a la familia una certeza que los documentos no contenían.

Dejó el bolígrafo.

—¿Vas a tardar mucho, civil? —preguntó Héctor.

—Ya termino.

—Mañana hay que levantarse temprano.

—La campana no ha cambiado de horario.

—Por eso. No quiero que me sorprenda.

Santiago sonrió y apagó la lámpara.

Al día siguiente encontró a Mauricio frente al nuevo tablero. Héctor caminaba a su alrededor con el libro abierto.

—No puede ser tan difícil —decía.

Santiago se acercó.

—¿Qué pasó?

—Un ejercicio —respondió Mauricio—. Lleva un rato buscando la jugada.

El Almirante le mostró el diagrama.

—Desarrolla la paciencia.

—¿Y cómo vas?

—Muy mal.

Santiago tomó asiento. Estudió las piezas y movió una mano hacia la torre, pero se detuvo antes de tocarla.

No encontraba la solución.

Mauricio le ofreció el libro para consultar la respuesta.

—Dame un minuto —dijo.

Héctor se sentó enfrente.

—Tómate dos. Todavía no suena la campana.

Santiago volvió a mirar el tablero.